Corazón DeSastre por Gema Samaro*

Manualidades para adultos: de la literatura erótica a los cupcakes

¡Hágalo usted mismo! ¿Qué tienen en común el boom de la literatura erótica con los cupcakes?  Todo. Ambos forman parte del mismo fenómeno que arranca con Lehman Brothers, su desplome y la tremenda crisis económica internacional que se nos vino después.

La crisis  nos obliga a pasar muchísimo tiempo  en casa, porque  no hay ni para pipas, y eso nos hace redescubrir  los placeres del handmade y al DIY (Do it Yourself), las cositas manuales, vamos.

Ahora podría ponerme a disertar  un poco sobre la fiebre de los cupcakes, los muffins, el knitting y la bisutería variada, pero esto es Amor Fú y debo centrarme en otro tipo de manualidades para adultos.

Y es que con esto de que estamos más en casa, tenemos más tiempo para disfrutar con la pareja o con nosotros  mismos, y ahí es donde  creo que estriba  el éxito de la novela erótica, que viene muy bien tanto para reavivar el fuego de la pasión matrimonial (¿mito? ¿oxímoron?) como para deleitarse a solas…

Woody Allen dice que el sexo “es como jugar al bridge. Si no tienes un buen compañero, más vale que tengas una buena mano” y qué duda cabe que las novelas eróticas dan mucha vidilla a la mano traviesa de los desparejados y de los que tienen pareja pero se encuentra tan ansiosa y/o deprimida, por el temor a la pérdida del empleo o por haberlo perdido  hace ya tanto que ni se recuerda, que no tiene el cuerpo para muchas alegrías.

De hecho los expertos nos advierten de que es muy difícil tener una relación sexual sana cuando no llega la camisa al cuello, así que es normal que las erecciones  y el deseo se apaguen al tiempo que nuestras esperanzas se hacen fosfatina.

Según datos del Estudio Europeo sobre Satisfacción Sexual 2012, realizado por Pfizer,  un tercio de los españoles (34%) afirma que la preocupación  actual por la situación económica de España ha repercutido sobre su libido y deseo sexual.

Otros  estudios  señalan que debido  a la crisis económica cuatro de cada 10 parejas españolas tienen problemas sexuales añadidos por este motivo.

En fin, que la crisis se mete en la cama y repercute en el deseo, la frecuencia y calidad de las relaciones sexuales y la vida  amorosa. Así el andrólogo José Luis Arrondo, presidente del comité organizador del XVI Congreso Nacional de Andrología, Medicina  Sexual y Reproductiva  asegura que “la respuesta sexual de las personas  está  muy influenciada por  la actual situación de  crisis  social y  económica” y  que “los casos de impotencia y  de  falta de  deseo  sexual están  aumentando  en España, sobre  todo  entre  las personas con dificultades para pagar hipotecas o en parejas que se encuentran de pronto desempleadas”.

Estando  así las cosas lo que nos queda  es indignarnos, protestar, manifestarnos y al llegar a casa, recurrir  a la lectura erótica y con cacharrería varia para seguir sintiéndonos vivos, dignos y libres.

Así que no se llamen a engaño, leemos novela erótica  porque  necesitamos  más que nunca orgasmar, liberar dopamina, sacudirnos la ansiedad y ya liberados y sin miedo, gritarles a todos esos que nos han metido en este hoyo: señoresvayanseustedesalamierda.

* Escritora. Autora de las novelas Susana&COUna Navidad en Manhattan (El Maquinista), Pasión Bereber (Manderley-Suma) y Entre las azucenas olvidado (Finalista del premio HQÑ). Ha ganado varios premios literarios entre ellos el Margarita Xirgú de Guiones Dramáticos RNE-REE (1996) y el XVIII  Certamen Literario Internacional Dulcinea en la modalidad de ensayo (2005) y el Premio Internacional de Novela Romántica de Seseña (2011).

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Cántame, me dijiste cántame por Rocío Camino

Mi nombre es Rocío Camino y soy letrista. Vale que tengo miles de letras registradas y todavía nadie se ha interesado  por ellas, pero eso no obsta para que yo sepa mucho de esto. Y del amor, bufff, del amor lo sé casi todo, de qué si no iba a yo a cantarle al amor… Bueno, cantar  no canto, escribo, escribo  para que canten otros, pero  por  ahora nada. En  fin. Tengo paciencia y determinación. No sufráis por mí. Seguiré haciendo lo que me gusta hasta que un día alguien se fije en mis letras y todo el mundo acabe cantando mis estrofas con cara de flipados.

Mientras tanto, hasta que  ese  momento  llegue, he decidido   que  me voy  a dedicar   a descuartizar canciones de amor de los otros que me relaja mogollón y aprendo muchísimo ¿me acompañas? De verdad que no lo hago por venganza ni por envidia a los que han logrado  lo que más anhelo, no. A ver, me fastidia muchísimo que gente destalentada y absurda, sin absolutamente nada que decir, triunfe, pero bueno… lo llevo bien. No respiro por la herida ni nada. Solo prometo descuartizar  canciones haciendo mucho ruido y poniéndolo  todo perdido de sangre.

 

Blanco y Negro de Malú.

 

Lo primero que tengo que decir es que odio esta canción porque José Ernesto, Jernest para los amigos y followers, uno de mis últimos novios decía que definía a la perfección nuestra relación. Y sí, tenía razón, aquello fue un infierno with or without you, ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, del que logré escapar porque tuve un arrebato de lucidez en medio de aquella locura. Amor Fú.

Al lío, vayamos con la canción que empieza así:

Se que faltaron razones/Sé que faltaron motivos…

Y digo yo ¿si lo sabes para qué sacas el tema ahora? Enreda-bailes, water-party, mete-mierdas, eso es lo que eres. Luego sigue diciendo:

Contigo porque me matas/Y ahora sin ti ya no vivo…

Puaj, puaj, el clásico perro del hortelano que ni come ni deja comer, que ni sabe si sube o si baja. Que te dice que quiere ir al cine y ya en el cine te dice que está ahí porque tú te has empeñado, que él lo que quería hacer era irse de cañas con su amigo Joaquín, Joaco para los amigos y followers, que recién acaba de llegar de Nueva Zelanda y  le interesa mucho lo que tiene que contarle  porque  él quiere  marcharse para allá en cuestión  de semanas, pero que tú, Roci, RociCam para los amigos del Feis y los followers, cari, no te preocupes, que por Skype las relaciones funcionan mejor que en la vida palpable. ¿Palpable?  Respondes, pero si no me tocas desde hace cuatro meses y cuando lo haces esa mierda de bandera no se levanta ni izándola entre veinte estibadores del puerto de Génova.

Arggggggggggggggggggg. Pero yo no respiro por la herida, no… Y creo en el amor, de verdad, a pesar de estos tíos de museo de los horrores, sigo teniendo fe y confío en que un día aparecerá alguien que me redimirá de todos estos pufos de amores de tercera. Lo sé. (Solo espero que no sea en la residencia  y a tres semanas de palmar).

Y ahora vuelvo a la canción que continúa con Tú  dices blanco yo digo negro/tú dices voy yo digo vengo/

Miro la vida en color/ y tú en blanco y negro.

¿Pero  qué mierda de relación es esta? Para qué quiero estar con un tío que es un toca-pelotas, que cuando abro el pico y digo mis dientes son blancos, él me suelta que son negros… Un tío con el que me voy a pasar el día en el camino, porque si cuando él dice voy, yo digo vengo…ya me dirás, apañados vamos, y que para colmo de males es un pobre perroflauta que todavía tiene en casa la Telefunken en blanco y negro de la abuela….

¿Pero qué invento es este?

Lo peor es lo que viene ahora:

Dicen que el amor es suficiente/pero no tengo el valor de hacerle frente….

Manolete si no sabes torear pa qué te metes, y ahora remata la faena:

Tú eres quien me hace llorar/pero solo tú me puedes consolar.

¿Perdona?  ¿Esta  majadería qué es? Y que no me vengan con que quien bien te quiere te hará llorar, porque quien te hace llorar es un cerdo, del que no hay que esperar ni consuelo. Nada. ¿Qué   consuelo? ¡Si quieres consuelo, cómprate un dildo!  Si me haces llorar, soy yo la que te va a mandar a Parla, que está más cerca y te va a gustar más.

Se me llevan los diablos, pero es que por si ya no tuviera bastante, la letra sigue:

Te regalo mi amor te regalo mi vida/

A pesar del dolor eres tu quien me inspira/

¿Cómo?  ¿Que tengo que regalar a este pedazo de impresentable mi amor y mi vida, si es más malo que taconazos de plástico  de dos tallas menos? ¿Y qué me inspira para qué? ¿Para escribir  un manual sobre mil maneras de deshacerse de un chungo?

Pero espera que todavía hay más, que por si acaso no te has enterado la letra insiste en que:

No somos perfectos solo polos opuestos

Sí, yo polo de fresa y tú de limón de marca blanca y caducado.

Y ya termina diciendo:

Mientras sea junto a ti siempre lo intentaría

¿Y qué no daría?

Pues yo lo daría todo para que se quedara en Nueva Zelanda, que por fin se marchó, y lo de intentarlo… ¡No me vuelvo a subir a unos zancos de plástico ni muerta!

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El tarot del amor por Miss Orchidea Sousa

Una trapecista  húngara me enseñó a leer el tarot durante un viaje París- Budapest en el Orient Express hace ya unos cuantos años. Ni pienso decir cuántos, ni pienso decir  nada más sobre  mí. Por  supuesto  yo no me llamo Miss Orchidea Sousa, pero el nombre me gusta tanto como beber vodka mientras disfruto del descenso de Saint Moritz  desde la terraza de mi casa en Parrot Cay. El apodo me lo puso una espía rusa que era amante de un actor mexicano que compraba crucifijos para su madre en la chamarilería de Porfirio de la calle Leganitos de Madrid. Yo por aquel entonces frecuentaba esa tienda porque salía con un cirujano burgalés y cleptómano al que lo que más le relajaba era afanar planchas antiguas. Era un ladrón patoso al que ayudaba a delinquir sacando mi tarot para distraer a los tenderos y clientes. Ni que decir tiene que entre tirada y tirada pagaba siempre lo que hurtaba mi ladrón de medio pelo hasta que un día me cansé y lo dejé por un banquero que sí que robaba con arte. De él también me deshice en seguida, pero no quiero hablar de mí, así que no insistan. Solo diré que de quien no me he cansado nunca es de Porfirio, que ha sido el que me ha animado a colaborar con esta revista. Y es que todavía recuerda el día que le vaticiné a la rusa que dejaría al actor por un noble polaco apuesto, escultor y peluquero, de pelo negro y ojos azules, aficionado a perderse  por el Amazonas, a tomar ayahuasca y a tocar  la bandurria  las noches  de  luna llena… Como  así fue… Pero yo no tengo mérito ninguno, todo lo que sé lo aprendí de la trapecista  húngara a la que por cierto volví a ver hace un par de años haciendo kate-surf en Tarifa y eso que debe tener ya una tupa de años. Según Porfirio me dijo  en su día, ese encuentro fue una señal para que compartiera  mis conocimientos  con los demás, para que me pusiera al servicio de todos  los que tengan cualquier duda, cuita o problema relacionado con el amor, porque  ya les adelanto  que lo que me enseñó la húngara solo funciona con el amor, con los demás asuntos no doy  pie con bola, si bien qué más da ¿hay algo más importante que el amor? Pues eso. Y nada, hace un par de semanas recibí una carta de Porfirio en la que me contaba que iba a colaborar en una revista en la que necesitaban una tarotista del amor y que ni me lo pensara, que había llegado el momento de darme a los demás, de  arrojar  luz a los que están perdidos  en los mares de  la incertidumbre y/o el desespero amoroso, que esa sección solo podía ser para mí. Y, efectivamente, ni me lo pensé. Creo  que ya va siendo hora de que  me ponga a disposición  de todos  los flechados, de todos los que se desangran por amor, de todos  los que en definitiva necesitan una respuesta. Así que aquí me tienen, háganme sus preguntas, con toda confianza, amigos.

CONSULTA A MISS ORCHIDEA:

Estimada Miss Sousa:

Yo necesito  una respuesta. Verá me llamo, no sé, digamos  que Casandra, que es un nombre que siempre me gustó mucho pero que mi marido no se lo quiso poner a mi hija porque prefería que la llamáramos Octavia  como mi suegra. Y yo como era idiota  y joven, tragué. Pues eso, que me llamo Casandra y no sé por dónde  empezar, bueno, comenzaré por cómo lo conocí a él, él no es mi marido, sino al motivo de mis desvelos, a un tal… llamémosle Apolo. A Apolo le conocí en las clases de salsa, es que estaba tan harta de la vida que llevo, que aprovechando  que en un centro de okupas que tengo al lado de mi casa daban clases de baile gratis, me apunté y le conocí  a él, a Apolo. Un caribeño  que baila demasiado  bien y que me tiene insomne desde  hace seis meses. Mi  marido es un hombre bueno, de esos de peli y manta, que me lleva cuando le pido al centro comercial y a cenar al mismo restaurante desde  hace ya no sé cuántos años. Ya digo que es bueno, pero lo mismo que le digo eso también le confieso que siento que vivo en el día de la marmota desde que lo conozco. Y no lo llevo mal, con mis ansiolíticos  y mis antidepresivos, tiro para adelante, asqueada de la vida pero siempre para adelante, con la sensación de que tengo un agujero por dentro, de que estoy muerta en vida, pero siempre para adelante. Y así he pasado muchos años hasta que me dio por meterme en el centro ese y empecé a bailar con Apolo el hombre que me ha hecho renacer. No sabe cómo es, Miss Sousa… Es un hombre que siempre tiene una sonrisa en los labios y que me hace reír todo el rato. Es muy zalamero, pero también muy sensible. Y muy listo. Se da cuenta de todo, me lee por dentro y eso que estoy tan empastillada que debo de tener lo de dentro con nubarrones muy densos, pero me lee. Y yo me siento cada día mejor, bueno, fíjese si me siento bien que hay días que siento que floto como una nube rosa. Hace  un par de semanas, después  de una clase me invitó a tomarme un café… y me besó en la boca. Un beso de tornillo. Con  lengua. Húmedo. Sabroso. Y me gustó muchísimo y no me sentí culpable. Qué va. Al revés. Ahora lo único que deseo es que me bese y me bese y que me haga el amor de la misma forma rica con que mueve su cintura  cuando  baila. No puedo  pensar en otra cosa… Mi mejor amiga, digamos  que se llama… Majórica… me dice  que me estoy volviendo loca, que he perdido  el norte, que adónde voy, que donde  esté un amor seguro y sereno como el de mi marido que se quiten estos experimentos, que la pasión se pasa, pero los grandes amores como el que me profesa mi marido son para siempre. Y en estas que mi Apolo  me dice  que está enamorado de mí, que me desea y que me quiere, que soy su delirio. Bueno, Miss Sousa me dice cada cosa, porque tiene un pico que no vea, de oro del bueno, y mi marido como no habla… No vea usted qué diferencia. Y en estas estoy, que no sé qué hacer… Mi amiga Majórica me dice que lo corte ya, antes de que se me vaya de las manos, pero yo solo de pensar en la idea de no volver a ver a mi Apolo me muero de pena. Y entre usted y yo, Miss Sousa, que yo no quiero dejarlo, que yo quiero seguir viviendo esto… ¿Hago mal? ¿Si sigo con mi Apolo me echaré a perder?  ¿Debo dejarle y volver a mi vida de siempre? Digo vida por decir algo, porque la vida estoy empezando a vivirla ahora… Pero dígame usted ¿qué hago?

RESPUESTA DE MISS ORCHIDEA SOUSA:

Querida  amiga Casandra:

No tengo las cartas  aquí, estoy en el Lago Como con unos amigos, entre ellos un crupier  australiano que me tiene loca, y yo a él, así que tendré  que ser breve,  espero  que  lo  entienda.  Le  respondo sin necesidad  de tarot  porque no me hace falta mirar nada. Usted  misma se ha dado  la respuesta, en su carta me dice  que quiere seguir con su Apolo, que no se imagina la vida sin él, ¿entonces?  ¿Qué más certezas quiere que las de su corazón? Apunte a su amiga Majórica al centro ese, a ver si espabila como usted al fin lo está haciendo. No puedo decirle otra cosa más que que viva, que ame, que sueñe y que salga el sol por Antequera. Esa es mi respuesta, si tiene  alguna duda  más, vuélvame a escribir. Con cariño, Miss Sousa.

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Escribe o revienta por Lola Wellington

Soy Lola Wellington, escritora. Lola como mi abuela y mi madre y Wellington como el solomillo que tanto le gustaba a mi abuelo Vicente.

Mi verdadero apellido es Sevilla, pero claro Lola Sevilla suena demasiado  a tonadillera, que no es que yo tenga nada en contra de la señora que hizo de Carmen Vargas en Bienvenido Míster Marshall, pero es que he leído por ahí que son mucho más comerciales los nombres anglosajones. Nadie es profeta en su tierra, qué le vamos a hacer. Y es que la envidia  es muy mala, pero no voy a empezar a pisar callos  tan pronto, mejor sigo con lo mío.

Comencé  a escribir  mi primera novela, Mirada  Indiferente Es Rara De Amar (MIERDA), allá por 1999, sí, cuando nadie escribía romántica en España más que Corín Tellado y por supuesto, repito, yo.  Ahora todas  se apuntan al carro  del pionerismo, pero la que empezó a escribir  la nueva novela romántica actual fui yo, con MIERDA.

Lo  que sucede es que MIERDA todavía  no  ha visto  la  luz,  por  eso  se aprovechan esas que se ponen medallas que no les corresponden. Y si no ha sido publicada  es porque yo valoro muchísimo lo que hago y no voy a entregar a mi niña, a mi MIERDA, a cualquiera porque lo tengo clarísimo: sé lo que quiero y cómo lo quiero.

LOLAW

Que no me he pasado yo catorce  años escribiendo  una novela para acabar en el último rincón de la librería. No. Yo exijo escaparates, publicidad  en los autobuses y pirámides de libros, cual bombones Ferrero Rocher, en todas partes. No me conformo con menos.

Es  que lo merezco, lo  merezco  más que  nadie, porque  para  empezar  he estudiado  dos carreras para documentar MIERDA. Tengo que reconocerlo, sí, soy extremadamente rigurosa, profesional, seria, y si hay que estudiar  dos  carreras  para escribir  una historia convincente, lo hago.

Y así ha sido.

MIERDA está ambientada en la España de la Restauración, cuenta la historia de  don  Laureano  Buendía  y  Casel,  marqués de  Linilla,  terrateniente y  médico, influyente y rico, o sea  lo que viene a ser un cacique de pro, de esos que seguían las instrucciones  del  gobernador  y  amañaban las elecciones  (se nota que estoy  bien documentada, ¿eh?). Bien, pues don  Laureano, joven  apuesto, de  oceánicos ojos azules, putero mujeriego y castigador,  harto de utilizar la violencia y las amenazas, de cambiar votos por favores y de los pucherazos (es decir harto de ser un hijo de puta) no puede evitar caer rendido ante los encantos de María Elvirita de la Fuente y Robles de Pinilla, la hija pequeña del nuevo gobernador. María Elvirita, bella como nadie, con los ojos de luna llena (grandes, no  de rana) y los labios de fresa (rositas, pero sin pintas, quiero decir  sin llaguitas ni aftas, rositas solo, que hay que explicároslo  todo, joer), también siente una gran atracción por el cacique que al tiempo detesta. Y no es para menos, ella viene de la capital, con muchas ideas nuevas, y no para de liarla (y ni se os ocurra criticarme diciendo  que es un personaje demasiado siglo XXI  porque ipso  facto pensaré que sois unas jodidas  envidiosas de verruga y bigote, así que absteneros  guapas, que sois todas  guapísimas, mientras estéis calladitas): se niega a que se elija al “encasillado”, el candidato  elegido por las élites, denuncia la manipulación electoral y exige el control de los votos, a pesar de que eso suponga poner  en riesgo  su vida. Pero María Elenita  no está sola, digo  María Elvirita, pues cuenta con la ayuda de un desconocido,  de oceánicos ojos azules, que le ayudará a salir airosa de las situaciones más peregrinas peligrosas y por el que también se pondrá perraca sentirá una inexorable pasión. Y ya no cuento más porque os destripo MIERDA y tenéis que leerlo porque es una piedra dura de Chipiona; una obra de arte inconmensurable. Sublime. Perfecta.

Una novela de 1012 páginas de extensión que me ha obligado  a estudiar  en profundidad el  sistema  canovista, porque  moninas yo  no  soy  como  esas que  se conforman con la Wiki  y tres articulillos del Google -escritos por un niño de ocho años- para documentar  una novela, no, yo me empapo de todo, me empapo tanto que hasta me salen hongos, y es que me licencié en Historia  y me doctoré  con una tesina sobre Cánovas del Castillo  y el caciquismo español. Pero no conforme con eso, y para entender  a don  Laureano me he pimplado la carrera de Medicina y me he ido de gigolós, y aquí estoy, catorce años después, muy ilustrada y culta, bien follada amada y, por ende, con mi novela terminada y… buscando una editorial  que la merezca. Desde luego, no pienso cejar en el empeño. Seguiré y seguiré hasta que lo consiga.

Entretanto, relataré en esta revista (que no es digna de mí, pero por algo hay que empezar), todo lo que me suceda hasta que logre encontrarle  a mi niña el marido que merece.

Y  por  supuesto,  continuaré escribiendo novelas porque  yo soy Lola Wellington y escribo o reviento…

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Maneras de Vivir por Ruso

¿Quién soy?

Estudié  periodismo en la Complutense. Hasta hace unos años fui un becario más. Ahora tengo la fortuna de estar fijo en el suplemento cultural de un periódico  de tirada nacional y de tener varias columnas de música en periódicos on-line.

Soy Ruso. Nadie me llama de otra forma, ni mi propia familia utiliza el nombre que aparece en mi D.N.I. Cada uno que me conoce da una explicación del porqué de este nombre.

Unos dicen  que me llamaban así en la facultad por ser de Albacete. Por esos mismos años, en los que aún andaba reñido con el ejercicio, alguien sacó parecido a mis pelos y mi barba con los de un cantante griego cuyo  apellido  se pronuncia  de  manera similar a mi mote. Otros  cuentan que es por lo impronunciable de mi castellano  a ciertas  horas de  la madrugada  tras  haber humedecido  el gaznate incansablemente. O porque en alguna borrachera me decidí a cantar Triki, triki, triiiiki, triiiki, triki, Mon Amour… con los brazos en alto.

Son incontables los orígenes de mi mote.

Como  incontables  son las noches en vela, los cuadernos  escritos, las risas con los amigos, los amores repartidos y las maneras de vivir.

NOITE DA QUEIMA

Se acerca la noche de San Juan y no puedo evitar recordar  mi primer baño de las nueve olas. Me viene a la mente la imagen de los ojos de la meiga que me enseñó el rito, con el fuego reflejándose en ellos.

Volvía de correr temprano por el recién inaugurado salón de pinos, sudando como si el estío recién estrenado quisiera hacernos olvidar la primavera de golpe. Había adoptado  ese itinerario por una pelirroja “razón” y trataba de averiguar sus rutinas horarias, porque las de indumentaria deportiva  empezaba a sabérmelas de memoria. En el portal de mi casa Luis insistía con el telefonillo. ¿Ruso, dónde te metes? Fue su saludo al verme. Respondí con un gesto vago, alzando cejas y hombros, mientras trataba de recuperar el aliento. Te llamé anoche y llevo toda la  mañana tratando  de localizarte. Cómo  no iba a localizarme  si este era ya el segundo teléfono que perdía en lo que iba de año, y sin conseguir nada más de la chica de la tienda que un ¡No lo pierdas esta vez!. Simpática. Demasiado. Con  una simpatía algo forzada que parecía producto  de una imposición más que una reacción a mi presencia. A lo que iba, Luis tenía planes (para él y en los que se me incluía a mí como de costumbre) de los que parecía ser que ya me había hablado en el concierto  que dieron un mes antes.

Me recorrió  un escalofrío. Yo conocía esa expresión  en la cara de  mi amigo. Es  más o menos así; abre sus ojillos de manera que los parpados no tocan el iris, sonríe con un sutil “quiero y no puedo” en plan mona Lisa (salvando las distancias, claro, porque no hay misterio en lo que hace sonreír  así a este hombre: siempre tiene nombre de  mujer…) y las orejas se le despegan unos milímetros de la cabeza. Lo juro. No he llevado encima nunca un metro cuando ha ocurrido, pero cuando alguien lleva el rapado de mi amigo y sus pabellones auditivos tienen las proporciones  que tienen los suyos… esas cosas se notan.

Y así terminé conduciendo  seis horas hasta tierras  gallegas, con mi amigo y sus compañeros, porque  sabía que  cuando  las  orejas  de  Luis  despegan el fin de  semana será memorable.

Estaban en el cartel de un festival en Pontevedra, tocaron varios grupos durante toda la tarde y parte de la noche. Algunos locales fueron una sorpresa, mal está por mi parte que lo diga y anoté sus nombres para seguir un poco su pista. Más de una vez me han salvado a última hora estás notas y algún artículo pasable podría salir de allí el día de mañana.

Los minis pasaban de mano en mano mientras oscurecía y el colegueo aumentaba. Público heterogéneo frente al escenario y niñas de risa fácil entre los músicos. Luis no perdía el paso, ni quitaba los ojos, de una morena menuda que mantenía una sonrisa permanente en su boca. Un flequillo recto sobre unos ojos azules muy claros y muy redondos. Ruso, es tierra de meigas.

¡Déjate hechizar!, me soltó un Luis pletórico del brazo de su Cleopatra al ver que mantenía la verticalidad perfecta, el ceño marcado y la cadera contra una pila de bafles.

Y es que yo me estaba esperando  algo del estilo  a la última escapada  que me organizó Luis, cuando  apareció  ante mí colgado  del  brazo  de  dos  alemanas de  metro  ochenta . Cómo consiguió ligárselas es un misterio. Ellas  de español solo sabían olé, paella y Macarena. Y él de inglés casi lo mismo que de alemán. ¡Este es Ruso, veréis que bien lo pasamos! Gritaba, y ellas riendo todo  el tiempo repetían algo así “ic furs teiu das nik” que di por hecho sería algo como “qué dice  este tío”. Terminamos  en la sierra, con varias litronas vacías y dos  alemanas coloradas enrollándose en la parte trasera de mi coche y él y yo mirándonos con cara de tontos.

Mientras el cantante de uno de los grupos me hacía partícipe de todo  el conocimiento musical que poseía en un intento por camelarme para que escribiese  de su grupo y de él, acabé perdiendo  de vista a Luis. No pasaba nada, sabía que estaría bien acompañado y justo dónde quería estar desde antes de salir de Madrid. Imaginé que daría señales de vida cuando el sol calentase un poco a media mañana y dejé pasar las horas con mi habitual despreocupación.

Dejamos bajar unas Estrellas  en Barbol, un pequeño bar de tapas con unas camareras muy majas. Un buen surtido de tapas abundantes y con la consumición: callos, croquetas, calamares y el consabido pinchito de tortilla alargaron el mediodía. Luis y la morena no se quitaban las manos de encima. Cuando ya estábamos en los coches, dispuestos  para la vuelta, Luis me puso una mano en el brazo diciendo Oye, vamos a Coruña, Ruso, a las hogueras. Le miré un segundo, desde unos pasos de distancia Cleopatra  esperaba la respuesta. Tres  son multitud  pensé, malditas las ganas que tengo. He  quedado  con mi primo, nos esperan. Versos  de Quevedo me vinieron a la mente mientras asentía;

“Amor me ocupa el seso y los sentidos,

absorto estoy en éxtasis amoroso,

no me concede tregua ni reposo

esta guerra civil de los nacidos…”

Nos encontramos con el primo junto a la estatua del gigante Breogán, a los pies de la Torre de Hércules y fuimos en busca del resto hacía la plaza de María Pita. No sé como llegué, y mucho menos como aparqué en el paseo, ya que según caía la tarde  la ciudad
bullía de gente, copando calles  y plazas. Formábamos  un grupo  ecléctico. Los amigos del  primo, amables y generosos, adoptaban a todo aquel que se les unía, que por los acentos
eramos más de uno, sin preguntas y con complacencia.

Desde  la fachada del Palacio Municipal las cuatro Gracias vigilaban el gentío y las dos matronas en lo alto sujetaban el escudo de la ciudad. Según una leyenda, Hércules se enfrentó al mítico rey de Brigantium, lo derrotó  y posteriormente le cortó la cabeza. Enterró sus restos y construyó  sobre ellos un gran faro para ayudar  a los navegantes a surcar  las peligrosas  costas gallegas. Me recuerda  a una bandera pirata, me parece la leche tener como escudo de la ciudad dos tibias y una calavera.

La noche se desperezaba  con alma de  fiesta y las parrillas prendían en cada recodo llenado el aire con olor a sardina, como dice el refrán popular Por San Xoán a sardiña molla o pan.

Mi mente voló, sin que yo hiciese mucho por evitarlo, a una noche de agosto en una playa de Mijas, poco tiempo después de terminar la carrera. Con los espetos en el fuego y nosotros sentados en la arena. Raquel con su larga melena rizada me dejaba besar su boca con sabor a mar. Es increíble como ciertos olores consiguen evocar con tal nitidez los recuerdos, y me pregunté si ella recordaría  esa noche de igual manera que lo hacía yo. Seguro que tenía razón cuando me dejó diciendo  que lo hacía por mi, que yo era un lobo con piel de cordero  y que me gustaba más cazar una presa que tener la certeza  de una despensa llena. Tampoco  sé si es cierto  o no. Aún estoy intentando entenderlo. Me gusta más la versión de mi hermana de que soy un romántico solitario.

Deambulamos por la Ciudad  Vieja, aún cerca de la plaza de María Pita, hasta un parque. Junto a los ábsides de una pequeña iglesia románica nos esperaban dos amigos más, con palés y maderas traídos de todas partes, bolsas con bebidas y neveras con hielos. De allí nos marchamos a la playa.

En el aire cabalgaban las notas de una lejana verbena y a ratos se podían oír charangas, bandas de cornetas  y tambores y de gaitas. Miles de personas abarrotaban el Paseo Marítimo, entre las playas de Riazor y Orzán. En el arco de la ensenada del Orzán, cientos de pequeñas pilas de cartón y madera aguardaban para la noche mágica, de ritos y cultos ancestrales, pues por mucho que lleve desde hace siglos el nombre de un santo católico, el fuego y la fiesta tienen claros tintes paganos.

Parecían tener claro la zona de la playa que era la suya, delimitada por cintas en parcelas y alejados de la gran Hoguera. Acomodaron cajones y maderos, y ya perdí la cuenta de los que éramos en grupo  cuando  rebasamos la veintena. El ambiente cálido de principio de verano no hacía necesario usar chaquetas y aún había claridad  en el cielo.

Sería  cerca  de  la medianoche  y sentí una extraña emoción. Llegó a la playa la vistosa comitiva del fuego de San  Juan y comenzaron  a alzarse las llamas. Me quedé mirando el mar cuando el cielo se iluminó de fuegos multicolor y empezaron a arder con fuerza las hogueras. Era la hora bruja y el ambiente parecía crepitar como las llamas, lleno de energía.

El primo de Luis se acercó  a mi dándome  una palmada en la espalda, a noite de san Xoán, pasaralo ben, e o día seguinte mal, me dijo y con un guiño me tendió una cerveza. Yo  lo  estaba  pasando  realmente  bien  sólo  que  a veces  me gusta  quedarme  apartado sintiendo el momento. Pero no es porque no disfrute, todo lo contrario, la magia de la noche se podía sentir, la fuerza de una costumbre  tan ancestral como la humanidad misma. Y la luz de las hogueras se proyectaba en el cielo y en el mar, con un color casi fantasmal.

Volví al grupo junto a la hoguera. Al otro lado de las llamas descubrí unos ojos fijos en los míos. Por  un segundo quedaron  ocultos  por el fuego y sentí un chispazo en la nuca. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaban esos ojos? ¿Habían sido todo imaginaciones mías? No. No porque sus ojos seguían fijos en mí mientras me acercaba a ella, que parecía haber decidido   por ambos en algún momento de la noche.

Media melena por encima de los hombros, unos enormes ojos hazel que parecían camuflarse con  las llamas. Llevaba un vestido  corto  de  algodón azul marino y  una chaqueta vaquera con las mangas dobladas. ¿Eres una meiga? Pregunté exhibiendo una carencia total de ingenio e imaginación. Con mi brazo como punto de apoyo se deshizo de las sandalias que llevaba. Unas  veces más, otras menos. Vamos, descálzate, hay que darse el baño de las nueve olas.

Me descalcé  mientras ella dejaba la cazadora  y la bandolera sobre las sandalias. Con las manos sobre mi pecho se alzó en puntillas y susurró: “Si no piensas quitarte la ropa, al menos deja el móvil aquí”. La risa bailaba en sus ojos sin rastro de maquillaje. No pude contenerme y, mientras acariciaba su mejilla, la besé.

Cuando  me preguntó mi nombre me planteé por un momento qué versión del origen de mi mote  debería  utilizar. Explicar   que  mis  hermanas, que  posiblemente  fueran de  su edad, me bautizaron  como Ruro  cuando  comenzaron a balbucear  no era una opción. Pero  ella, Uxía, sólo sonrió y tras escuchar mi nombre, dijo: “Muy apropiado”.

Me parecía tan joven que me daba miedo calcular su edad. Solo con pensar en las mellizas se me anudaban las tripas. Mi cabeza no paraba de dar vueltas, porque meiga o no, cuando uno sobrepasa la treintena dejarse hechizar por ciertos duendecillos  puede traer consecuencias. Aún así vacié lo que llevaba en los bolsillos sobre su bolso, y quitándome la camiseta lo cubrí todo. Tal y como me encontraba, descalzo y en vaqueros, me dejé llevar al mar para cumplir de su mano el rito purificante.

Tenía la voz dulce como la cantante a la que debía el nombre. Parecía tener tan claro todo, que ni pedía ni preguntaba. Tomaba las cosas sin más, con esa pasmosa seguridad  que da el tener claro  lo que se quiere. Y aquella noche Uxía  me quería a mí. Estudiaba   cuarto  del  grado  en Publicidad  y Relaciones Públicas en la Universidad de Vigo, por lo que pasaba de los veintiuno. Hablaba de todo pero sin hablar de nadie, reía con cada poro de su piel y se mordía el labio al final de un beso largo. A su lado, con esa simple alegría de vivir que destilaba, la huella de las noches de insomnio y humo que el tiempo ha dejado en mis ojos se intensificaba. Pero no parecía que le importaran mis arrugas, ni su procedencia.

Hablando  junto al fuego dejamos secar nuestras ropas. Sus amigos se dedicaban  a beber y fumar. Algunos decidieron  saltar por encima de la hoguera, en otro de los ritos acostumbrados:

Salto por enriba

do lume de San Xoán

pra que non me trabe

nin cobra nin can.

Al igual que mi amigo Luis y su compañera la noche antes, buscamos la forma de perdernos unas horas antes del amanecer. Había conversaciones  y exploraciones  que con naturalidad  no se podían realizar en la abarrotada playa.

Mi pequeña meiga poseía una sabiduría ancestral y amaba haciéndote sentir el único hombre del mundo. Pensé que sin duda había sido la noche más corta del año cuando el sol nos pilló abrazados en el monte de San Pedro. Después de aquello no hubo email’s, ni números por medio, ni promesas de volverse a verse, sólo el placer mutuo de habernos conocido. Sin más.

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Amor y Mortadela por Betty Love

Amor y mortadela
Capítulo 1
Regreso a Ojete de Abajo

–Señoras, por favor, tomen asiento. Veamos –el doctor carraspeó con la vista fija en los informes que tenía entre las manos-. Como sospechaba, padece usted una insuficiencia cardíaca congestiva, aegrrrjjj –carraspeó nuevamente–. Tiene las cañerías atascadas, por decírselo de una manera que usted me entienda.

Doña Leonarda lo miraba fijamente, sin pestañear, se disponía a soltar uno de sus comentarios punzantes, pero su lengua se frenó al darse cuenta de la palidez en el rostro de su única hija.

–Afortunadamente, estamos a tiempo -añadió, carraspeando de nuevo-. Haremos un tratamiento previo, en unos días quiero volver a verla y concretaremos la intervención –se despidió ofreciéndoles un enérgico apretón de manos.

Durante el trayecto de vuelta a casa, madre e hija iban más calladas que la h. En el autocar viajaba un matrimonio con dos pequeños monstruos que se encargaron de eternizar con sus gritos y contorsiones, las dos horas de viaje que había desde la capital al pueblo de Ojete de Abajo.

–Madre, no tenía usted que haber esperado a ponerse azul para contarme que se encontraba mal.

–Este asiento criminal me está matando la espalda –protestó la mujer.

–Tal vez, madre, si se reclinase un poco y no fuese tan rígida, estaría un poco más cómoda.

–¿Apoyarme dices? ¿Quieres que me quede pegada como un velcro a esta cosa llena de mugre?

–Aghhhrrr.

–¿Qué ocurre ahora?

–Yo huelo a pies…, menos mal que siempre llevo en el bolso un pañuelo perfumado ¡Puñetas!

–Madre, por favor, recuerde que el médico ha dicho que no deber alterarse.

–Que no me altere, dice… –masculló entre dientes, torciendo el gesto y poniendo los ojos en blanco.– Clara observó a su madre y suspiró, a pesar de los años, el genio no la abandonaba.

–Tendremos que decírselo a tu nieta…

***

En el hospital, cuando la paciente dormía y se agotaba el crédito del televisor, Clara cerraba los ojos y se daba una vuelta por el pasado. Recordó el día en el que cumplió 25 años y sin preámbulos, le dijo a su madre que quería estudiar moda en París. Su padre estaba empeñado en buscarle un pretendiente que le asegurase el porvenir, pero viendo frustrados todos sus intentos, intercedió por ella hasta que Leonarda permitió “tamaña locura”. Don Facundo buscó una buena casa de costura, no la más cara, pues los ingresos de un modesto veterinario de pueblo no se lo permitían, pero sí una pequeña escuela taller de corte y confección, regentada por Madame Petibon, hija de un emigrante español, situada a pocos pasos de la Place Vendôme. Con lo que costaban las clases y el alojamiento, bien podía haber comprado la finca colindante a Los Laureles, pero como él le decía en ocasiones: “es mi deseo gastar mi amor en ti porque eres mi hija y yo tu padre”.

A pesar de la dificultad del idioma y del gran cambio para una chica de provincia, Clarita se habituó pronto a su nueva vida, con la inestimable ayuda de Madame Petibon. Por las mañanas cosía y por las tardes tomaba clases de francés en una academia para extranjeros. Fue allí, en la academia Vive La France, donde conoció a Eugène, el profesor Eugène. Clara se enamoró perdidamente de Eugène casi desde la primera pronunciación y él…, bueno, él también se enamoró de ella. Luego vino lo que vino, pero le gustaba pensar que así había sido. De la mano de Eugène, Clarita había conocido la magia y el encanto del París romántico; los paseos estivales por las orillas del Sena, las lecciones al aire libre bajo la Tour Eiffel, el amour y la pasión en el pisito que él poseía en el pintoresco barrio de Montmatre. La vida diurna y nocturna de la gran urbe la fascinaron. Le encantaba callejear, sentarse en la terraza de cualquier café coqueto diccionario en mano.
La dicha duró lo que duró el verano parisino, con el fin de las vacaciones llegaron las verdades y las lágrimas. La decepción, y el regreso desde la costa de la mujer y los dos hijos de Eugène. Le había jurado que la amaba, le rogó que no se marchase, prometió que la cuidaría siempre, pero él ya tenía una familia a la que amar y ella decidió regresar junto a la suya, volver al pueblo y afrontar las consecuencias de su “tamaña locura”.

Meses después, vino al mundo su pequeña. Nada de Abundias ni Orencias, Greta, como “La Garbo”. Tuvo claro desde el momento de su nacimiento, que no la expondría a las habladurías y los chismes de la gente de un pueblo pequeño y conservador. Una tarde de otoño, la visita de Eugène sorprendió a todos. No hicieron falta presentaciones, la pequeña Greta tenía los mismos enormes ojos verdes que su progenitor. No fue bien recibido, no podía ser de otra forma, regresó a París “escopetao”, como suele decirse, con la promesa, arrancada a punta de doble cañón, de no volver jamás.

Cuando Greta tuvo edad para ir a la escuela, madre e hija se trasladaron a la capital. Clara tenía apalabrado un trabajo como ayudante de modista en unos grandes almacenes, al principio, haciendo arreglos y cosiendo dobladillos. Don Facundo y doña Leonarda las visitaban como mínimo una vez al mes, ayudando con un dinero para los gastos y el alquiler. Ellas volvían a Los Laureles en las fiestas y vacaciones, donde colmaban a Greta de amor y caprichos, intentando suplir la ausencia de un padre.

Semanas más tarde…

La vuelta al pueblo coincidió con la inminente llegada de las vacaciones. En los últimos cinco años, desde que empezase a estudiar leyes, Greta apenas había estado en los Laureles. Durante esas visitas no se había atrevido a bajar a Ojete de Abajo porque en el fondo sabía que a su madre la incomodaba y a su abuela la disgustaba. Sentía curiosidad por ese “nido de víboras”, como ellas lo llamaban. La pequeña finca quedaba a las afueras, a una media hora en bicicleta hasta el centro de la plaza.
Conduciendo la vieja ranchera del abuelo, su madre fue a recogerla a la gasolinera, donde tenía la parada el autobús de línea. A su llegada a Los Laureles, lo primero que se esfumó fue la cobertura del teléfono móvil “perfecto” pensó en Francesco, que estaría esperando su llamada.

Al bajar de la camioneta se dio cuenta de que la propiedad se encontraba bastante deteriorada, las malas hierbas crecían rebeldes a lo largo del camino de entrada y poco quedaba de la verde y frondosa arboleda que fue su jardín de infancia. Los muros de la entrada, que recordaba de un blanco inmaculado, estaban desconchados por las lluvias y agrietados por el sol castigador. Lo que no había cambiado era el hermoso y colorido patio que daba acceso a la casa, cubierto por un techado de cañas y verde hiedra, y un sinfín de plantas y flores de vivos colores. Seguían en el mismo lugar los sillones de mimbre, la mesita auxiliar y el tapete de ganchillo sobre el que descansaba el botijo de beber “a gallo”. Abrió las fosas nasales para aspirar el inconfundible olor a tierra húmeda y jazmín. Aunque se consideraba una chica de ciudad, sentía Los Laureles como su hogar. La abuela Leonarda casi saltó de la cama para abrazar a su nieta.

–¡Qué guapísima está mi nieta! Un poco delgada… ¿Es que no comes, niña? ¿Y tus exámenes?

–No te preocupes, abuela, hablé con el director, sólo quedan unas semanas de clase y los exámenes finales. Lo he arreglado todo para que me envíen los apuntes y no faltaré a las pruebas. En el hospital estuve estudiando por las tardes, mientras te cuidaba, ¿no lo recuerdas?

–¡Claro que me acuerdo! Que me tomáis por chocha… –Greta veía signos de debilidad alrededor de los ojos acuosos de su abuela– estoy muy orgullosa de mi nieta, pero no tenías que haber venido hasta terminar el curso ¡Puñetas!

–¡Abuela! No debes preocuparte absolutamente por nada. Ahora estoy aquí para cuidar de ti, además, –mintió– no tenía planes para este verano y pasarlo con vosotras me parece un magnífico plan para estas vacaciones –afirmó, mientras aplastó de un manotazo una hormiga negra y cabezona que escalaba por su pantorrilla buscando el punto idóneo para hincar los dientes. Las flores le gustaban, los bichos…

Su cuarto no había cambiado, las paredes pintadas de color canela, la cama con el dosel de madera, el cubrecama de patchwork, igualito al que tenía en su dormitorio en la ciudad, ambos confeccionados por su madre como la mayoría de su vestuario. La brisa fresca y perfumada de media tarde se colaba por la ventana agitando los visillos bordados de tulipanes rojos, la madera de las puertas y contraventanas necesitaban una buena mano de pintura. Se sintió acongojada, probablemente no habían podido gastar nada en el mantenimiento de la casa para poder seguir costeando sus estudios. Cuando el abuelo Facundo vivía, se encargaba de todo estuviese como nuevo, era un manitas. En ese momento lo echó tremendamente de menos, su abuelo ya no estaba, y era evidente que poco o nada quedaba del dinero que dejó al morir. Su madre había tenido que dejar el trabajo y mudarse definitivamente a Los Laureles para cuidar de la abuela, la incertidumbre que se cernía en torno a su futuro y la falta de ingresos, no ofrecían un panorama muy esperanzador, puñetas…

Continuará…

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La margarita ¿víctima o verdugo del amor? por Gema Samaro

Los del Amor Fú tenían la foto de una margarita enmarcada   en  un  dorado historiado  y han dicho: venga, vamos a hacer algo con  esto, vamos  a lanzar  una pregunta peregrina a ver si se atreve a responder la Gema Samaro. Qué poco me conocen…

¿Verdugo la margarita? ¿De quién?  Pero  si siempre hacemos trampas con las margaritas y cuando va a salir el no, el no-me-quiere, lo que hacemos es arrancar pétalos según nos convenga, vengativos y crueles, para quedarnos  con un   sí, tan mutilado y triste   como  el esqueleto de flor que sostienen finalmente nuestros dedos.

De verdad qué pregunta. Las margaritas llevan desde la noche de los tiempos siendo víctima de la desconfianza de los que no saben que solo con amar ya se gana. Pero es tan fácil olvidarlo que nos ponemos a deshojar frenéticos incluso cuando somos correspondidos  y a pesar de las certezas, como la Margarita del poema de  Rubén Darío, esa señora  que, aun amando  y  sabiéndose  amada,  era el terror de las florecillas del campo: Tus labios escarlatas de púrpura maldita/ sorbían el champaña del fino baccarat;/ tus dedos deshojaban la blanca margarita,/«Sí… no…  sí… no…» ¡y  sabías que  te  adoraba  ya! Tal vez demasiado champán, o tal vez el amor sea así y las certezas nunca nos basten.

Con todo algunos tienen suerte, Serrat por ejemplo,  que  dice:  que  “la  mujer  que  yo quiero no necesita deshojar cada noche una margarita”. Y es que a veces sucede, a veces, a pesar de que sabemos que el amor es como una flor, bella y efímera, decidimos aceptar el pasado, aprender de lo vivido y saltar desde lo más alto para amar de verdad a alguien que lo hace de la misma forma. Alguien para el que somos la flor   azul,   ese   símbolo   legendario    del imposible, esa flor rara que solo se enraíza en la tierra  pura  y  generosa.  Y entonces, cuando  se ama así,  ya no hay víctimas ni verdugos, solo flores alegres que bailan tangos bajo el sol loco y la lluvia negra.

Flores…

Flores como mis azucenas, las de mi novela Entre  las azucenas olvidado. Una novela de la que yo no voy a hablar porque queda feo, pero vamos me ha dicho  Aurelia de Madrid (o sea mi abuela) que es una maravilla  que  no  hay  que  perderse   por nada del mundo. Ya, ya sé que este no es el lugar para meter cuñas, pero es que repito que siempre hacemos trampas y si no que se lo pregunten a las margaritas.

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