Morfidal en las noches de verano.

Llegó la época que más aprecio: El verano. Me encanta  recorrer los pueblos de la Sierra de Gredos con mi vieja Vespa. Es un modelo 150S del año 62. Los entendidos sabréis de lo que os hablo, ¿verdad?  ¡Oh qué maravilla!  No os imagináis  cómo gozo “tumbando” la moto en  cada curva del camino. Pero quien más disfruta del viaje es mi querida  y vieja amiga  la quijada. En cada bache con el que nos topamos y, son unos pocos,  rebuzna  con la felicidad de un pollino. Supongo que esa sensación de libertad que produce el viento, que azota en la cara producto de la velocidad, no es exclusiva de los humanos, y si vamos al caso tampoco de las quijadas. ¡Qué decir de mi rabo incorrupto! Como el mejor de los látigos de siete colas se emplea a fondo con las moscas,  los tábanos y demás bichos alados que por desgracia se estrellan contra nosotros.

AMORFUMORFIDAL

 

En este tiempo lleno de fiestas, risas y  jarana el Ayuntamiento de la localidad  que mi rabo siempre tiene el honor de elegir, me cede un puesto con mesa y dos sillones bajo palio  en la Plaza Mayor para ayudar con mi gracia y desparpajo  a los pobres descarriados por el  Amor Fú a  resolver sus problemillas sentimentales. Así que amigos asistiremos esta vez  a una consulta en vivo y en directo ¡Emocionante!

Os preguntaréis hacia  dónde me dirijo con  mi moto y mis instrumentos…  Pues a ¡Tiñosillos! (provincia de Ávila por supuesto).

Una vez instalado en mi puesto de trabajo  observo que un muchacho joven, muy  apuesto y ¿trajeado? ¡Con el calor que hace por favor! se dirige con paso incierto hacia mí, tan incierto que el tropezón que pega es mayúsculo ¡Será torpe! …

Buenas tardes. ¿Es usted don Oliverio Morfidal?

—¿Te has hecho daño hijo? Tranquilo respira, mi rabo te abanicará.

—¿Cómo dice? —El salto hacia atrás que volvió a pegar fue apoteósico al igual que su caída.  Mi pobre quijada rebuznó loca perdida, los ojos del zagal  delataban un miedo exacerbado  ¡Será  tarugo!

Rápidamente me levanté a socorrer a la pobre criatura. Le aproximé  despacito el rabo para que no se asustara. Este empezó a moverse y  a girar haciendo las veces de un ventilador improvisado. El chico cerró los ojos agradecido. También le acerqué a los labios una botella de agua fresquita.  Bebió ávidamente como si hubiera atravesado el desierto en vez la plaza del pueblo.

—¿Tu nombre muchacho?

—Procopio – respondió con voz temblorosa—. Procopio Veraz.  —¡Será raro! La quijada rebuznaba  como poco  a  doscientas revoluciones por minuto… se estaba  partiendo de risa.

—Bien  hijo, has venido aquí  para que te ayude  ¿Veraz, digo verdad? Sentémonos.

—Sí claro, por supuesto. El motivo principal de mi consulta es  que  la gente no alcanza a discernir el grado de complejidad de mi  intelecto cognoscible que al transmutarse en mi boca en signos  expresados verbalmente  pierde en el canal de la comunicación toda racionalidad  y comprensibilidad para el interlocutor…

—¿Qué te pasa en la boca, hijo? -¡Será petulante!

—Mire no lo puedo evitar.  Fui educado de esta  forma  y ahora supone para mí toda  una tragedia  euripidiana, expresar mis más excelsos sentimientos  a  la más bella y primorosa de las féminas que mi  infortunado y desvaído ego ha tenido la dicha de conocer…

—No me extraña hijo. Menos mal que la  quijada me está traduciendo que si no ¡ es que ni jota!

—Ella es la más delicada y etérea de las flores del jardín de las delicias que mi paupérrimo ser ha llegado a rozar con el ápice de mis extremos digitales.  Dice que mi cuerpo está diseñado por un  arquitecto deífico.

—¿Eso te dice?

—No, exactamente eso no. Tenga la amabilidad de esperar pacientemente unos segundos por favor-  Observé atónito cómo rebuscaba en los bolsillos de su chaqueta y al poco extraía una hoja de papel pulcramente doblada.  Con  gran agilidad desplegó el papel y leyó:

—Concretamente se dirige a mí persona en estos términos: “Ola keaase kemedaiwuá chati kiero  fFFUuUrRrNÃcaÄr**** con tigo

—Observe por usted mismo. Nuestras psiques y  nuestras almas se acoplan y enlazan a través de la aplicación whats app

—¡Madre de Dios! Pero ¡qué le pasa a esta también en los dedos!

—Mi lógica coherente  no alcanza a discernir ese código secreto que sólo sabe Dios de qué país lejano provendrá. Tenga  en cuenta que yo  me comunico con precisión en treinta y cinco idiomas y  cuarenta y cuatro dialectos…

—¿Y tú cómo reaccionas?

—Yo plasmo en la pantalla de mi teléfono frases sencillas tales como  si mi cuerpo le parece apetecible   y compruebe  por  favor, tenga la bondad de leer la  respuesta.

—Nutentiendonaaa pero killoooooooooo Aaaaaiiiiiii mi ♥*ツ qué AaaAiiI mi MoRenoH prrrreSiosoohH Te ComiA EnteRiitoh Qe me PoneH er ChiFli coMo un Honohh

Cuando mi Romerita rebuzna a mas de 300 revoluciones por minuto significa que se puede bloquear de un momento a otro , como era el caso, por otro lado difícil de resolver. El universo había tenido el mal gusto de criar a dos almas contrapuestas y Dios de juntarlas cuando claramente eran incompatibles; se parecían lo mismo que un huevo y una castaña, el día y la noche… No,  esto que pienso no podía ser .

—Mira hijo-  Comencé en tono totalmente paternalista, este pobre era un cándido digno de lástima- No te preocupes que no te voy a abandonar en semejante tesitura.

—Por favor Don Oliverio, tenga clemencia se lo suplico, y  derrame toda su sapiencia sobre mi mente desolada,  y mi cuerpo destruido, arrasado y devastado por este sentimiento ígneo y calcinador que me invade como…..

—¡¡¡¡¡Diosssssss te quieres callarrrrrrr de una puñetera vez ,Verazzzzz!!!!!! ¡Con tanto vocabulario erudito no puedo pensarrrrrr!

—Lo siento. —Apenas era un susurro quejumbroso lo que llegó a mis oídos.

—Creo que ya  lo tengo, si eres capaz de decir una  frase, solo una, de corrido, sin tapujos, sin equivocaciones de las que te pone ella ,como el consabido ¡Olakease! habrá esperanza para ti y tu… ¿cómo dices que se llama?

—Su nombre es como el rocío que cubre los más delicados pétalos…

—Al grano hijo…

—Layo.

—¿Layo? Héroe divino, fundador de la ciudad de Tebas…

—No señor. Es algo más prosaico, me conminó a que le llamará Layoli, creo recordar que se presentó de esa forma  ¡soilayoliiiii“gυη sιтιO ☆â

—Vale no te preocupes. Haz un esfuerzo sobrehumano, sé que te va a costar, pero muchacho, con tantos idiomas y dialectos que me comentas que dominas, tiene que ser fácil para ti decirme rapidito y sin leerlo en un papel  olakeaseeee ¡Ánimo Veraz! Si eres capaz, sé de un curso que puedes hacer online en ese idioma, y de unos parques que practican esa conversación mientras brindan con calimocho, querido amigo. Los ojos le brillaban llenos de amor y esperanza porque por fin veía una solución a su problema tan, tan,  en fin prefiero no etiquetarlo…

—¡¡Hola qué haces!! ¿Qué tal don Oliverio? —Mire sin equivocarme.

—Uff ese es el tema hijito, que debes equivocarte… A ver quítale las haches…cambia que por ke  y la ce por ese ¡Tú puedes!

—Ola qué haces… Olake hace… Ola  kehace ..  Ola hace… olake… olakeas … olakeasesssssss…. Olakease..

—Muy bien hijo si no te importa , ¿puedes seguir practicando en el rinconcinto que voy a seguir atendiendo?  Ya no me escuchaba tan concentrado que estaba en  su pequeño triunfo que le pondría si Dios no lo remediaba  en brazos de su Yoli.

Continuará….

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Las mellizas y cia.

Comenzaba el otoño con pocas ganas de dejarse notar. Las tardes se alargaban perezosas hasta la madrugada en las terrazas de la pulcra, invadida y familiar La Latina, (porque no todo va a ser Malasaña, Chueca o Lavapiés) con el gentío propio de un pueblo que saca a la calle los bares a poco que tenga ocasión. Y allí estaba yo. Acodado en una ventana en el bar de abajo, que es como mi segunda casa, con un botellín en la mano y un teléfono en la otra.

Las mellizas habían llamado la noche antes avisando de que iban a venir, para que estuviera localizable y no perdiera el teléfono durante unas horas. ¡Como si fuera mi nuevo hobby comprar un nuevo aparato cada trimestre! de un despiste o dos hacen un chiste estas crías, joder. Así que llevaba todo el día con ese trasto al alcance de mis ojos (aunque hay gente que creo que lo lleva tatuado en la mano) y estaba empezando a estar harto de ellas antes de que llegasen. Porque son un auténtico dolor de cabeza y las conozco, lógicamente desde que nacieron.

Vienen “a conquistar la ciudad” tal como dijo Elena. Bueno, técnicamente a buscar piso, comenzar los estudios y posteriormente conquistar lo conquistable. Con su edad aún es posible. No hablo de conquistar sino de albergar ese sentimiento de poder inabarcable.
Elena va a estudiar periodismo por mucho que he tratado de hacerla cambiar de idea. “¡Pero si yo no quiero ser como tú, Ruso!” fue la frase lapidaria que terminó con nuestra discusión. Y es que en ningún momento había pensado que yo fuera ejemplo ni espejo en el que se mirara, ¡ni de casualidad vaya! Pero la rotundidad de su frase me dejó un regusto amargo que tardé un buen rato en digerir. No he vuelto a dar mi opinión sobre su elección, aunque siga pensando lo mismo.

Esther tiene claro que lo suyo es la filosofía, y nadie en la familia lo hemos dudado ni un momento. Reflexiva, analítica y certera, así es ella. Que las salidas profesionales del grado elegido se reduzcan prácticamente a la enseñanza no parece preocuparle lo más mínimo. Y como damos por hecho que ya ha calculado a lo que querrá dedicar sus días tampoco hemos insistido con ella.

Rápida de reflejos, como siempre, Sonia me cambio el botellín vacío justo tras dar el último trago. Me miró con esa sonrisa suya de “te conozco más que nadie, no me la das con queso” y me hizo un gesto con la barbilla. Son años de cuidarme, observarme y acompañar mis neuras. Nuestra amistad comenzó desde que Raquel me hizo el favor de dejarme y me mudé al estudio que ahora ocupo. “Ahora vuelvo y me lo cuentas” dijo mientras desaparecía entre la gente bandeja en ristre. Luego, frente a sus ojos escrutadores tuve que soltar lo que me tenía agobiado. Porque a Sonia no se le puede mentir sin que te suelte una mirada de pena y un “Ya. Claro”. Las pocas veces que lo he hecho me ha tenido a dieta de sonrisas y tapas varios días. Y teniendo en cuenta que mi alimentación casi se reduce a lo que surge de su bandeja es bastante malo para mi salud.

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Al cabo de tres botellines aparecieron mis hermanas volviendo la esquina precedidas de sus risas, cargadas con maletas y bolsones. “¡Ruso, echa una mano!”. Me gritó Esther, tendiéndome una bolsa casi del tamaño de ella. Mientras Elena se colgaba de mi cuello para besarme y yo obediente cargaba cuantas bolsas podía. Por detrás descubrí a la muchacha que venía con ellas con una trolley rosa chicle. Algo en su forma de afilar la mirada me hizo ponerme en lo peor. Y cuando me la presentaron pude confirmarlo, esta chica me iba a dar dolores de cabeza. Se agarró de mi hombro y me inclinó hasta su altura, en lo que parecía un remedo de reverencia y me dio los dos besos de presentación más lentos y sonoros que me han dado en la vida. Menuda y pequeña, de un rubio poco natural y con poderosa delantera se movía como si fuera la reina del neón sobre unos tacones de vértigo.

Sí, efectivamente, la amiga venía con mis hermanas. Venía quiere decir que se quedaba también en mi casa mientras ellas se dedicaban a la búsqueda del piso que iban a compartir. Sonia se reía ante mi cara de susto. Estoy seguro de que la muy cabrita sabía la tesitura en la que la amiga me iba a poner.

“Esther, las tres no podéis quedaros en casa”, empezaba ya a desesperarme intentando que entendieran que no habría sitio ni para las maletas. “No entiendo por qué, Ruso” y volvían con la cantinela esa de donde caben dos caben tres, o cuatro… Ellas iban a dormir en mi cama y yo en el sofá del salón. Allí dejé los bultos que cargaba, suspirando. Iba a tener que conseguir algo para que una durmiera en el suelo porque tres cuerpos en mi cama, si no están sobrepuestos, no entran. De eso estaba seguro.

“Trae algo de cenar” me gritaron mientras el caos absoluto se apoderaba de los 50 metros a los que llamo casa. Al verme en mitad de la acera teléfono en mano, pasando los dedos por el pelo una y otra vez, Sonia se acercó a preguntarme. “El colchón hinchable de Luis pasó a mejor vida” expliqué. “Si esperas a que cerremos te dejo el colchoncito del sofá cama” me dijo dando ánimos.
Aquel sofá cama barato del Ikea conocía perfectamente la separación entre mis costillas. Lo estrenamos y lo customizamos juntos cuando la compañera de piso de Sonia aún tenía nombre de mujer. He conocido tres fundas distintas, a juego siempre con el tono de piel de mi amiga y coincidiendo sus adquisiciones con la remodelación de su hábitat posruptura. Sonia dice que sus amigas cambian de color de pelo, pero que a ella le gusta mucho tal y como lo tiene y prefiere cambiar de funda o de edredón.

Asilo en su casa es lo que yo quería en esos momentos. Aunque no nos moviéramos del sofá cama en dos días. Ella es de las pocas que comprende que los hombres llevamos un gen que nos pide continuamente tratar de reproducirnos y no se toma a mal que lo intente una y otra vez. Creo que incluso se enfadaría conmigo un día si no trato de desnudarla al primer resquicio. “Qué poco te gusta que invadan tu mundo” contestó, haciendo referencia a las pocas veces que he dejado que durmiera en casa conmigo. “No es invadir, Sonia, es arrasar” contesté pesaroso, mientras veía como ella cargaba con todos los vasos de una de las mesas y se marchaba riendo.

Los fideos chinos de la cena casi ni me pasan de la garganta viendo como sacaban a manos llenas CD’s de la estantería que cubre toda la pared y los apilaban a sus pies, en montones desordenados y sin sentido. Sentadas en el suelo, reían, hacían planes, e ignoraban mi ceño fruncido con una soltura profesional.

Llegué cargando con el colchón y lo acoplamos en el suelo junto a la cama. El salón parecía terreno minado. Dos maletas abiertas en las que habían rebuscado la ropa para dormir. Conté cinco pares de sandalias antes de desplomarme en el sofá, y desde allí vi otras dos bajo la silla del escritorio. Secadores, pinzas y planchas para el pelo, y botes que ni sé de que serían. Salió de la ducha la amiga con una toalla enroscada. Se paró un momento a mirarme, tirado como estaba y os puedo jurar que vi como relucía el ojo izquierdo. Esta niña nació loba, ya desde la cuna lo era. Me la podía imaginar enseñando las encías al médico el día que su madre la parió.

Pasé al baño y allí de frente me topé con el sujetador de encaje rosa y negro colgando del toallero. Colocado como en un expositor, por si a simple vista no había captado el calibre que portaba la muchacha. “Inmoderadamente descarada. Descaradamente joven.” pensé. En el sofá no había quién durmiera, tampoco es que yo tuviera el sueño fácil. Volví los ojos a las pilas de ropa y CD’s. y tracé un camino hasta el escritorio y el ordenador.

Estaba tratando de recordar mis primeros días en la universidad, pensando si serán para las mellizas lo mismo que fueron para mí. Reconozco que era un niño. Prácticamente desconocedor de todo. Y sin embargo yo miro a mis hermanas y las veo mucho más preparadas para la vida de lo que me sentía yo. Será eso que dicen de que los tiempos cambian o que verdaderamente las mujeres maduran antes… Algunas, claro.

La búsqueda de piso parecía que no iba tan bien como pensaban. “Barrios muy chungos, Ruso”, “Oscuro como la boca del lobo”, “¡Y el de las taquillas en vez de armarios! Sólo faltaban las literas para parecer un cuartel”. Llevaba dos días invadido, escribiendo con el portátil en un bar, y con la espalda como un siete. Tratando de esquivar el descarado sobeteo de la pequeña rubia. Que incluso se me coló en el baño justo antes de entrar en la ducha y ni sé cómo, porque el pestillo lo eché. “Tus hermanas han ido a por la cena, ¿necesitas algo antes de que vuelvan?” me dio un escalofrío porque os juro que su voz sonó como Sarita Montiel. Fui cuidadoso mandando a la cría a paseo, pero noté en sus ojos un mosqueo digno de temer.

Afrontaba mi tercera noche en el sofá. Después de dar un par de vueltas encontré una extraña posición, boca abajo con las piernas sobre la silla. No sé si sería el cansancio pero por un rato quedé dormido. Sentí una mano en mi pierna y empezaba a volverme  bajando las piernas de la silla cuando un sonoro azote en el culo me dejó paralizado. “¡Bernardito! Gordo, vamos de paseo” soltó la loca de la rubia tirando del cuello de mi camiseta. El pasmo y lo absurdo de la situación me dejaron allí, de rodillas con el cuerpo sobre el sofá y una rubia de metro y medio ahogándome. “Vamos, Bernardito” volvió a decir soltándome otra sonora palmada. “¡¡La madre que la parió!!” grité poniéndome en pie justo cuando aparecían mis hermanas, porque había visto claramente como sujetaba una sonrisa. “Ruso, que es sonámbula. Te ha confundido con su perro” trataba de apaciguarme Esther, mientras Elena lloraba de risa sujetándose en la pared. “Vas a tener que afeitarte, te confunden con un chucho, jajajajaja”.
Sí, me habían llamado perro antes, aunque no en referencia a un San Bernardo de 90 kilos. Sí, también me habían dado algún azote pero en otro contexto que ya imaginaréis. No como esta niña, que se iba a ir de rositas con la excusa de ser sonámbula. Pero ya estaba bien. Quiero mucho a mis hermanas pero a pequeños sorbos, y a estas alturas tenía sobredosis.

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Estuve llamando a cuanta gente conocía. A ver quién tenía un primo, un amigo, un vecino, a punto de mudarse. En plan oficinista total y dejando de lado hasta cosas del curro. De algo tendrá que servir tener la agenda a más no poder. Al final a media tarde tenían dos pisos para elegir, un billete para volver a Albacete.

El caso es que su amiga al final se quedó estudiando en Albacete y no la he vuelto a ver  desde entonces. Pero no se fue del todo de mi casa, a los dos días en un cajón me encontré un tanga con un lazo y una nota: “Un besito, Bernardito”.

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Novia a la fuga. Susan Elisabeth Phillips

Eran las nueve  de la mañana y como siempre me dirigía a la tienda de mi amigo Porfirio a relajarme con una buena charla totalmente intrascendente, acompañada de un buen cafetito bautizado con una chispita de orujo para entonarnos. Bajaba silbando por la cuesta de Sto. Domingo sentido Plaza de España la última de Alejandro Fernández, “Procuro olvidarte”, cuando de repente observé en “la lontananza” a mi Porfi salir de la tienda con un crucifijo en ristre a toda velocidad y pararse en el borde de la acera… y como si fuera una centella, entrar de nuevo en su chiscón, agitando la cruz a modo de estandarte, gritando como un descosido palabras indescifrables que no llegaron a mis lindos oiditos dado que me encontraba todavía a unos cincuenta metros de la chamarilería…

Cuando entré en la tienda hallé al pobre hombre tirado en una silla, con la cara blanca como un folio y la respiración agitada…

—¡Qué te pasa por Dios no me asustes!

—No me hables Teté. Creo que tengo ratas en la tienda…

—¿Y por eso abandonas el local como un  poseso empuñando un crucifijo como si fuera una navaja de Albacete? ¿Qué tal si llamas a una empresa de desratización?  —Dejé apoyado el bolso y los cafés en un huequito que quedaba libre en el mostrador, entre platos de Duralex, palillos chinos y discos de Falete.

—¡Ay qué rica! Si fuera tan sencillo como eso que me cuentas… Ven siéntate a mi lado que te voy a comentar la jugada más relajadamente. Acércate esa silla y perdona que no lo haga yo querida, pero tengo que recuperar el resuello. —No tardé ni un segundo en cumplir con aquel deseo. La curiosidad me estaba matando.

—Verás —empezó a narrarme en tono confidencial, arrimando  su boca a mi oreja— resulta que estaba leyendo esa novela que dijimos de esta mujer que ahora no me viene el nombre a la cabeza… ¡como se llame! —añadió en tono desdeñoso—. El caso es que cada vez que comento algo en voz alta oigo un ruido muy extraño en ese rincón de ahí —señaló con el crucifijo a modo de puntero. Mis ojos volaron al sitio indicado, y acto seguido hice ademán de levantarme.

Nooo.

Nooo, ¿qué?

—Observa primero—. Y alzando las cejas un par de veces a modo de seña de dúplex, como si estuviera jugando al mus, comenzó su relato:

—Ponte en situación querida, imagina a una novia a punto de casarse que le da el pronto y deja plantados a los invitados y al novio justo cinco minutos antes de que comience la ceremonia. Sale corriendo por la puerta de atrás, deshaciéndose del vestido y cogiendo una túnica de color azul del coro de góspel, que se endosa para disimular que es la hija de la que fue presidenta de los EEUU..

Mmm me suena a la peli aquella de Julia Roberts —añadí prácticamente en susurros mientras seguía hipnotizada observando aquel rincón misterioso

Shhhh. ¡No me interrumpas!Tras correr yo qué sé cuánto tiempo huyendo de periodistas y curiosos, aparece de “la nada” un motero que se la lleva prácticamente en volandas de allí. Y a partir de ahora, la protagonista llamada Lucy, pero solo por un ratito, andará por esos pueblos perdidos de la mano de Dios, disfrazada de cantante de góspel con casco de motera durante más de cincuenta páginas acompañada por un hombre apodado Panda, que es muy guapo por otra parte pero que, según la autora, tiene la nariz roma de punta cuadrada…… “ññiñiñiññiñiññiñi”.

—¡¡¡¡Qué ha sido esooooooo!!!! Grité histérica perdida.

—La rata. ¡¡¡¡ Érase un hombre pegado a una nariz tan cuadrada como superlativaaaaa!!!!

— “Ñiñiñimentirañiñiñiñ” —Porfirio me puso una mano en el hombro tratando de tranquilizarme,  mientras que con la que sostenía el crucifijo que no había soltado ni aunque lo sometieran a tortura, apuntaba ahora más sereno a la pared del fondo adornada con un póster de Cassius Clay. Continuó con la historia como si no hubiera ocurrido nada…

AMORFUPORFIRIO

—Lucy, que de niña había tenido una vida de perros, pero que había sido adoptada por tan ilustre mujer, había huido nada menos que con un tipo que eructaba, bebía como un borrachuzo y  que comía con la boca abierta, pero solo por un ratito… porque según vas pasando las páginas de este novelón, vas descubriendo mi querida amiga, que nada es lo que parece…que la remilgada y dulce protagonista que no practicaba apenas sexo con su maravilloso novio, porque tenía miedo de que sus gemidos fueran fuertes, sus movimientos torpes, sus caricias indecisas en las zonas inadecuadas, su aliento fuera apestoso o que se le escapara un pedo en pleno coito… Se siente atraída por este tío aparentemente zafio que la abandona por el camino, y por lo tanto decide emularle y llevárselo al huerto, ha decidido que los eructos  son mejores que la erudición, así que a partir de ahora comenzará una nueva vida, en la vieja casa de él, que por supuesto allanará y modificará a su antojo y para que haga juego con el nuevo hogar, modificará su indumentaria de señorita ONG , por unas faldas de tul complementadas con unas botas militares, camisetas guarras, piercings y tatuajes falsos, así como rastas de distintos colores según le plazca…todo esto aliñado con un buen apodo: “Víbora” y pagado por supuesto con las tarjetitas de crédito de mami la expresi.

—Ñiiñuñubiennñiñihiiiiiiiiiiiiii. —De nuevo aquel ruido mitad humano mitad “Black&Decker” invadía el local… En un tono totalmente confidencial como si estuviéramos en un  confesionario añadió: Ahora verás cómo cambian las revoluciones de la onomatopeya, en cuanto que meta caña a los protagonistas…

—La tal Víbora, que no es otra que una mujer de 31 años cronológicos pero 14 mentales, posee un listado escrito en un papel (adornado con dibujitos de hello kitty ) con unos cuantos deseos que ha de cumplir a riesgo de perder la vida, a saber: Fugarse de casa, Dormir por ahí, decir palabrotas, emborracharse en público, gastar una broma ¿?¿?¿?¿?…

—Espera un momento Porfirio ¡Para el carroooo! ¿No había por ahí una novela de una noble borderline que también tenía una lista…?

—Sí, Teté. Esto huele a chamusquina, porque los deseos que necesitan cumplir a toda costa tanto la contemporánea como la cansina histórica aquella, son de lo más peregrino… Centrémonos en esta y dejemos a aquella que ya no tiene remedio… Figúrate una mujer hecha y derecha llamando por teléfono a un número desconocido comunicándoles que les va a dejar a la puerta de su casa 50 kilos de estiércol….”ñiñiñiñjiijijiñiñiñi”.

—Veo que a la rata le hace mucha gracia. —solté algo más relajada.

—No tanta como cuando escuche el siguiente objetivo que nos propone.

—No me lo cuentes, ¡bañarse en las playas de Fukushima!

—Casi aciertas pero no, es algo más trepidante, como irse a la cama sin desmaquillarse después de haber trasnochado. —Se me desencajaron las mandíbulas, no daba crédito a tanta estupidez supina junta.

—Esta Lisbeth Salander de cuarta regional, que quiere beneficiarse al protagonista, que no es otro que su guardaespaldas contratado por su excelsa madre, con un grado universitario y amante de la ópera, militar, policía, guardaespaldas, entrenador de famosas de la televisión…

—¿¡Pero no era un cerdo ignorante?!- Salté muerta de la risa. —Los gruñidos que provenían de detrás del poste del boxeador me hacían elevar el tono de voz a unos decibelios peligrosos para la salud.

—¿Tú no me escuchas Teté? ¡En esta novela nada es lo que parece! Este pobre que también ha vivido entre ratas, con madre drogata y padre narcotraficante, no puede amar a la víbora de Lucy , está traumatizado por tanto sufrimiento.

—iiiiiiiiñiñiñiññiiiiiiii.

Cállateeeeee ! —Fue el grito de guerra que se escapó de nuestras gargantas al unísono al percibir tanto asentimiento ratonero.

—En resumen y para no aburrirte con tanto despropósito junto causado por las desgracias infantiles de Panda y Víbora, agregaré que la señora escritora, introduce unos cuantos elementos que actúan de cemento compactante para que la pareja termine unida: la vecina traumatizada por un matrimonio nauseabundo, el niño traumatizado por ser un huerfanito, cuya tutora es la vecina traumatizada, la presentadora de un reality show traumatizada por su condición sexual, el vendedor de bienes muebles e inmuebles traumatizado por haber jodido en su juventud a la vecina traumatizada por el matrimonio nauseabundo, la psicóloga amiga de la presentadora de televisión traumatizada porque en su juventud padeció trastornos de alimentación… según sumaba traumas a su perorata, (tanto trauma suena “morboso”, ¿verdad?)  fue  levantándose despacito de la silla para dirigirse al rincón  misterioso, de donde procedían los gruñidos con timbre cada vez más humanoide… Con un movimiento ágil impropio para su edad, arrancó de un solo manotazo el póster y…

—No te lo vas a creer querida. Acércate y “flípalo”.

—Madre mía, Porfirio! ¡Menudo agujero a modo de butrón te ha hecho la “jodía” rata!

Continuará…

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¿Y tú de quién eres?

Amor y Mortadela     Capítulo 2

 “ Y tú de quién eres ”

 Ojete era un pueblo pequeño y por lo que le habían contado, un pueblo de catetos con mala sombra que vivían anclados al pasado y a los que les importaba un rábano la moderna sociedad. Greta pensaba en Francesco, no se había tomado muy bien el súbito cambio de planes que daba al traste con las románticas vacaciones  en Sicilia. Francesco era un compañero de universidad y amigo “especial”  desde hacía unos meses. Al principio su relación era puramente intelectual pero, como suele ocurrir en estos casos, pasaron de hacer  trabajos en la biblioteca, a hacer manitas en el baño. Además de aprender italiano, practicaban el griego, el árabe, el francés…

Se despertó  al amanecer sobresaltada por el  kikiriki de un gallo. El olor a café recién hecho la atrajo hasta la cocina. Allí se encontraba su madre preparando la bandeja con el zumo y las pastillas para la abuela.

—Buenos días Greta,  ¿has dormido bien?

—Como un tronco hasta que el gallo ha empezado a tocar diana. Por cierto, el teléfono no funciona— se sirvió café con leche, dos galletas y una breva madura; tampoco había mucho más en la despensa.

—Se habrá estropeado la línea, otra vez.

—Mamá, creo que necesitamos hacer la compra… en el pueblo — lo dejó caer, mientras se llevaba una galleta blanduja a la boca.

—Sí…ya va haciendo falta. Durante estos días no he querido dejar sola a tu abuela y nos hemos ido apañando. Siempre podemos echar mano del gallo.

—Le perdonaré la vida, de momento —murmuró Greta mientras una idea le rondaba por la cabeza—.   ¡Iré yo a comprar!

—No, no —se apresuró a contestar doña Clara—. Mejor te quedas esta tarde con tu abuela  mientras  yo hago las compras.

—Pero mamá, no voy a pasarme todo el verano encerrada en Los Laureles ¡En algún momento tendré que pisar el pueblo!

—¡Claritaaaaaaaa! ¡Mis pastillas! —interrumpió doña Leonarda  desde el piso de arriba.

—¡Ya voy madre! Tengo que llevarle la bandeja a tu abuela, está imposible esta mujer.

Minutos después, Greta subió a su cuarto. Apresuradamente se enfundó unos vaqueros desgastados y una blusa fucsia de tirantes,  se recogió la larga melena en una cola alta colgándose la bandolera al hombro y, desde la puerta  preguntó:

—¡Mamá! ¿Me necesitas?

—¡No, ya puedo yo! ¡No te preocupes!

—¡Estaré en la arboleda, hace un día estupendo! ¡Pasaré la mañana estudiando!

—¡Muy bien, cariño!

—¿Dónde ha dicho que va la chica? —preguntó rauda doña Leonarda.

—Madre, haga el favor de no moverse tanto mientras la visto si no quiere pasar el día con el culo al aire.

—Qué descreída eres ¡puñetas! Clavaíca a tu padre —murmuró la anciana por lo bajini.

Greta encontró una vieja bicicleta roja en el pajar, llevaba un cestito cursi del año catapún en la parte delantera. Se disponía a abandonar la finca  montada en el velocípedo cuando un gallo le salió al paso en trasversal, arreó tras ella levantando el vuelo, cosiéndole los tobillos a picotazos. Greta  pedaleó como alma que lleva el diablo haciendo un par de virajes hasta que consiguió dejarlo atrás y hacerse con el control del aparato, las ruedas parecían estar en buen estado.

Guiándose por la visión de  la torre-campanario de la Iglesia fue a parar a una de las calles empedradas  que desembocaban en la plaza principal de Ojete, la típica  plazuela de pueblo con el suelo adoquinado rodeada por casas bajas.  Abundaban fachadas de piedra, puertas de ajada madera y antiguos  picaportes de hierro colado.  Refrescaba el ambiente una modesta fuente hexagonal con dos chorros acicalada con geranios en coloridos tiestos de barro. Un olor irresistible a pan recién hecho la llevó hasta la puerta de un horno, donde Greta compró un enorme pan casero que crujía con sólo mirarlo. El panadero era un señor panzón con el rostro rechoncho y las manos anchas y regordetas, que la atendió rodillo en mano con la cara salpicada de harina. A Greta le pareció que tenía la intención de preguntarle alguna cosa, pero éste salió disparado como un cohete al olor del pan tostado.

AMORFUMORTADELA

Sentadas en un banco, bajo la sombra de una morera, encontró a una pareja de ancianas vestidas de luto riguroso, llevaban medias tupidas y alpargatas. De camino a lo que parecía una tienda de comestibles,  Greta sintió dos pares de ojos pegados en el cogote. “Ultramarios”, rezaba la pizarra desgastada y apenas legible situada junto a unos portones de vieja madera con enormes cuarterones de cristal.  Una ventana en la fachada hacía las veces de escaparate donde se exponían todo tipo de mercaderías: pastillas de jabón Lagarto, vino, conservas, gaseosa de marca desconocida, tiritas, garrafas de aceite, cubitos de Avecrem, papel higiénico…Cuando Greta entró en el establecimiento, la actividad se congeló en el interior como en una peli de Matrix.

La paisana que llenaba la cesta con patatas se quedó con la patata en la mano. La que olisqueaba  un bote de colonia, de esos de  litro,  con la nariz pegada a la botella. La que pagaba, con el billete en la mano.

—Buenos días —saludó Greta.

—Buenas —contestó, al cabo de unos segundos,  la señora que despachaba detrás del alto mostrador.

La tendera llevaba el pelo recogido en un moño bajo muy prieto y vestía una ridícula bata a cuadros  un tanto descolorida. La tienda tenía forma de tubo con techos muy  altos y estantes en las paredes. Sobre los desgastados baldosines del suelo  descansaban enormes sacos con legumbres y hortalizas dispuestos  frente a un mostrador encima del cual, lucía una  antigua báscula de metal,  de esas que se ven de vez en cuando en los mercadillos de segunda mano. Dos de las clientas allí presentes eran como gotas de agua, vestían las mismas  batas de tela fresca con estampado romboidal y el mismo corte y color  de pelo,  peinado sin gracia ni miramientos, todo sea dicho, melena estilo sota de bastos con flequillo a lo rulé.

¿Ya está todo, Pacas? —voceó la tendera. A todas luces eran hermanas gemelas.

— Todo — respondió una de ellas.

—No nos cargues con más cosas, Ene —recriminó la otra— que luego tenemos que rendir cuentas a los “maríos” que no piensan más que en el fornicio y en las  perras que una gasta.

Pasaron por delante de Greta al salir, pegándole un  repaso visual de los  pies a la cabeza, primero la una, luego la otra.

—Adiós, buenos días —se despidieron al unísono.

—Dime hermosa, ¿te pongo algo? —preguntó la tendera. Greta echó otro  rápido vistazo al caótico batiburrillo de comestibles.

—Sí, por favor. Mmm… Quería leche, unas magdalenas, un kilo de  manzanas, arroz, patatas  y una tableta  de chocolate, una de esas que tiene en ese estante.

—Pues claro, guapa ¡Y sin favor! ¿Tiés dineros o de fíar?

— Al contado, por favor. Imagino que no admitirá pago con tarjeta…

—¡Quiá! ¿Traes cesto?

—Pues no.

La mujer le tendió dos bolsas con la compra y palpó a conciencia el dinero que Greta le entregó. El “clin” de la caja registradora, modernita también, resonó en el establecimiento. Antes de marcharse la joven  preguntó:

—¿Sabe dónde puedo comprar algo de carne?

La tendera apuntó con un dedo hacia el otro lado de  la plaza.

—Justo enfrente ties “al Salchicha”.  Oye guapa, tú no eres de por aquí…

—No, bueno…— titubeó —. Sí, vivo en Los Laureles, soy la hija de Clara.

La tendera abrió mucho los ojos, estudió con atención el rostro de Greta y soltó:

—¿Eres la chica de “La Clarita”? ¿La Franchuta?

—Me llamo Greta, gracias —apenas sonrió, salió a la calle  y continuó con el rústico tour.

Decidió que no iba a  molestarse por el comentario, su abuela y su madre ya la habían advertido sobre la gente del pueblo. Sabía que su padre era francés, que conoció a su madre cuando ella estuvo en París y que murió antes de saber que estaba embarazada, al menos era lo que  le habían contado siempre. De nuevo en el centro de la plaza se dirigió hacia la carnicería, volvió a pasar por delante de las dos abuelas, que seguían sentadas en idéntica postura.

Pschhhhhhhh. –Greta  escuchó el sonido procedente del banco y se volvió a mirar.

—¿Tú de quién eres, hermosa? —preguntó la más delgada de las abuelas con el dedo índice en alto,  apretaba la boca como si se le fuese a escapar la dentadura postiza.

Greta inspiró con fuerza.

—Buenos días. Me llamo Greta y vivo en los Laureles, llegué ayer, para más datos.

De pronto, la anciana sufrió una especie de conmoción, un  tic en el ojo derecho al tiempo que la ceja izquierda se le  subía hasta el nacimiento del pelo como tirada por un resorte, se volvió hacia su comadre y le dijo a viva voz:

— PERPETUAAAAAAAA, LA MOZA ES LA NIETA DE  LA LEONARDAAA—. A lo que la otra contestó:

— ¿Lo queeé?

— QUE LA MOZA ES LA NIETA DE LA LEONARDAAAAAA.

—¡¿La Franchuta?¡

Greta les dedicó una sonrisa falsa, lanzó un bufido y apretó el paso. Empiezo a estar  hasta el ojete… se dijo a sí misma.

La pared del bajo de la carnicería estaba encalada de un blanco inmaculado, a medio metro de la puerta se podía leer: CARNECERÍA, rotulado y pintado de color burdeos. En el interior,  alicatado casi hasta el techo con azulejos en blanco brillo, se estaba fresquito y olía un poco fuerte,  como un matadero. Nada más entrar te encontrabas frente a una  vitrina  frigorífica dividida en dos zonas. A la derecha la carne; pollos, conejos, patas de cerdo,  algo de cordero y surtido de vísceras. A la izquierda, los quesos y embutidos. Colgaban del techo ristras de chorizos, morcillas,  salchichas y unos cuantos  jamones. Un hombre salió de detrás de una cortina de cuentas llevando en la mano  un pollazo enorme,  probablemente, para la señora que esperaba con el bolso arrepretao contra el pecho. El carnicero era madurito y de proporciones descomunales: como metro ochenta  de estatura, de hombros anchísimos  y cinturita  bien estrecha. Vestía una  camisa clara  arremangada a la altura de los bíceps y tenía los brazos como un martillo hidráulico. Por las marcadas arrugas de expresión y el color del cabello, probablemente teñido, debía ser ya cincuentón. Iba peinado hacia atrás con litros de gel fijador y lucía una barba bien recortada. Sus labios, delgados,  llamaban  especialmente la atención,  demasiado finos para un Hércules Farnesio como aquel.

—¿Le parece bien éste, doña Angustias?– La voz del hombre era grave, Greta casi temió escuchar “Sayonara Baby”, como el Terminator.

Efectivamente, doña Angustias estaba a otra cosa. Estudiaba a  Greta  con gran interés por encima de las gafas de pasta color miel rancia y turbio cristal, se disponía a lanzar la pregunta cuando el carnicero reclamó de nuevo su atención.

—¿Doña Angustias?— insistió.

—Ehmm… Sí,  ese es bueno pal puchero.

—¡Buenos días!—  saludó Hércules, centrando ahora su atención en Greta, guiño de ojo incluido—. Enseguida te atendemos, ¡Marco! –gritó.

Un joven de pelo oscuro y enormes ojos negros apareció tras el tintinear de la cortina. Al percatarse de la presencia  de Greta empezó a ponerse colorado.

—Marco — le dijo su padre— atiende a esta belleza  como se merece.

Al joven no le salía el habla del cuerpo, la sorpresa de encontrar a una chica forastera, alta y  guapa,  y con ese par de ojos verdes fijos en él, lo dejó momentáneamente  fuera de juego. Agachó la cabeza, descolgó un delantal blanco de la pared y se lo ató a la cintura con dos movimientos rápidos. Sus brazos también eran fuertes— se percató Greta, aunque no tanto como los del  Terminator. Tenía el cuello firme, bronceado.

—Dígame —consiguió articular palabra—. ¿Queeé necesita?

—Quisiera comprar unos filetes de ternera, por favor, y un kilo de  pechugas de pollo.

Marco se desplazó hasta la zona de la carne, tomó una pieza y se la mostró.

—¿Le parece bien ésta? Sale muy tierna— le explicó con timidez, sin levantar la vista de carne magra.

—Sí, gracias.

Marco cogió el cuchillo carnicero y dejó caer la pesada pieza en la tabla de partir,  sujetaba la carne con la mano izquierda mientras partía, con suma delicadeza, cada unos de los filetes con la diestra. Inconscientemente Greta seguía cada uno de sus movimientos, el chico tenía unas manos bonitas y  las uñas cuidadas. Envolvió los filetes en papel plastificado y los dejó sobre el mostrador.

—¿Necesita algo más?

—Marco… —apuntó su padre, que en ese momento asestaba un golpe de hacha al muslo del pollazo —dale a probar a la señorita un poco de tu mortadela.

Aquello fue lo pior. Marco quiso que el suelo de la carnicería se abriese en ese momento bajo sus pies y se lo tragase, bueno no, mejor que se tragase al bocazas de su padre. ¡ Y para siempre! Si antes se había sonrojado, ahora, a todas luces estaba rojo como la grana, lanzó una mirada asesina a su progenitor y a éste le dio la risa, a carcajada limpia que se reía el muy…Tras el impacto inicial de aquella frase, Greta hacía enormes esfuerzos para no reírse, la cosa se estaba poniendo divertida, pero le dio apuro hacer algún comentario por  miedo a que el pobre  chico se  sintiese aún más violento. Cuando Hércules recuperó el habla, se excusó:

—Verás, ¿cómo te llamas, preciosa?

—Greta— y Greta pensó, ahora viene la preguntita de los huevos.

—Verás, Greta. Es que mi hijo prepara una mortadela riquísima, no vas a encontrar otra igual en toda España. —Greta lanzó una mirada comprensiva hacia el muchacho y  sonrió.

—Muchas gracias, pero se me ha hecho un poco  tarde y tengo un poco de prisa, tal vez otro día ¿Qué le debo?

Salió de la Carnicería mirando el reloj, se había entretenido y ya era casi medio día, tenía que volver a Los Laureles, y rapidito. A esa hora la plaza estaba más concurrida, le pareció que algunos se habían reunido allí simplemente para ver a “la Franchuta”, como si se tratase de un tití. Tal parecía que  el chisme en Ojete viajaba más rápido que la velocidad de la luz. Divisó una cabina de teléfonos en un extremo, debía ser la de origen, llevaba años sin ver una de esas. Se encaminó hacia ella y se detuvo en seco cuando un tipo montado en una  “Rieju” aterrizó a metro y medio de ella rugiendo y pegando acelerones. El tipo bajó de la moto, se echó al hombro el radiocassette y  subió el volumen.

You´re my heart, you´re my soul

I´ll keep it shining everywhere I go

Se situó tan cerca de ella que podía oler su aliento a tintorro. Llevaba el pelo largo y la  melena escalonada con  mechas rubias a lo Modern Talking. Y sí, le habló, directamente a las tetas.

—Hooola— Le faltó pasarse el pulgar por el labio al más puro estilo Martini, pero sin un ápice de sex appeal rural.

Este debe ser el chulo del pueblo, pensó Greta. Estaba de suerte,  porque en ese mismo instante un amigote del pelucas reclamaba su atención a grito pelao :

—¡Eh, Liendres! ¿Vienes o nos vamos sin ti?

El Liendres se giró y  Greta aprovechó para escabullirse. Liendres… no le extrañaba nada, en ese pelo se podían cultivar champiñones.

En el trayecto de vuelta a la finca, al salir de una curva,  tuvo que frenar en seco para no atropellar a un paisano con pinta de guarreras que orinaba en mitad del camino. La rueda trasera de la bici derrapó, pero consiguió mantener el equilibrio.

—¡Yeeepa! Exclamó el paisano al volverse, subiéndose la cremallera de los pantalones de los que colgaba un cuerda de esparto ¿Tas bieeen bonica? ¿Ande vaaas con tanta prisa?  ¡Gasta cuidao no te caigas en un ribaaazo!

Greta pedaleó fuerte para alejarse de aquella boca seca y desdentada. Llegando a Los Laureles divisó a su madre de pie junto al muro de la entrada  protegiéndose la vista del sol con una mano y buscando en todas direcciones.

—¡Puñetas!…

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Continuará…                                                                                                        

  Betty L♥ve

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Novelillas

Novelillas

Por Gema Samaro

El otro día, al comentarle a alguien que escribía novelas románticas, me confesó con el clásico gesto desencajado del desbordad@ por la vida: “Yo también quiero escribir novelillas, pero el trabajo, la casa, los gemelos, el perro, la gata, los jacintos, la azaleas… La vida… Ya sabes…”.

Sé. Vaya si sé.

Y entonces me acordé de una de las reinas de las novellilas, Barbara Cartland, a la que le dio tiempo a todo: a casarse varias veces, a diseñar aviones, a  comprometerse hasta las pestañazas postizas con distintas causas… y a escribir casi novecientas novelillas.

Qué tía la Cartland…

La editorial M-Y Books publica en el Reino Unido su obra completa compuesta por novelillas de puro romance y sin una pizca de sexo, que escribía a razón de dos al mes. ¡Y sin rechistar! Y qué novelillas… Ella en su autobiografía confesaba: “no se compliquen con mis novelas. Son todas iguales”. Pues sí para qué engañarse… “Mis novelas hablan de amor puro –decía la Cartland en una entrevista-, el romance es lo que importa. El sexo significa cosas sucias, sucias”. Y por ende: “A ninguna de mis heroínas le está permitido acostarse antes de la boda”.

Cuando leí la noticia de que se publicaba su obra completa pensé: ¿Novelería blanca en tiempos de Grey? El director de la editorial lo explicaba a renglón seguido: “Barbara Cartland es una autora única, conocida en todo el mundo por su escritura puramente romántica y porque sus novelas son adecuadas para todos los públicos”.

Lo traduzco: 50 Sombras es un cuento de hadas revisitado mil veces, no apto para menores ni para paladares exquisitos, pero un cuento de hadas al fin y al cabo, una historia como las de las novelillas de la Cartland repletas de cenicientas que acaban comiendo perdices en mansiones Tudor, después de la boda, por supuesto, porque antes de la boda ya sabemos que sus heroínas no comen nada de nada. Y desde esta perspectiva, la apuesta editorial tiene sentido: los cuentos de hadas son atemporales y después de todo nos mola que nos los cuenten muchas veces.

Ahora además, parece que todo el mundo quiere contarnos cuentos, sus propios cuentos, el mismo cuento, y supongo que por eso proliferan las guías y los manuales para escribir novelillas, en las que se nos enseña lo fundamental de la técnica: la planificación, la estructura, del punto de vista… que está fenomenal, pero que no sirve de nada si no estás hecho de otra pasta.

Porque para escribir novelillas, además de dominar la técnica, hay que tener la piel gruesa y la espalda de estibador para soportar cosas como: “tu novelilla es previsible, aburrida, truñesca-castañera-petardesca, tus personajes son planos, tus escenas son olvidables, no conozco a nadie al que regalaría esa cosa que has escrito y que ni con un palo sería capaz de tocar…”, se necesita paciencia, perseverancia, honestidad, autenticidad, humildad… y un vestido rosa de lentejuelas y plumas y un chihuahua que haga juego con tu sombra de ojos.

Barbara-Cartland

Me fascinan las imágenes de Barbara Cartland con sus pestañones postizos y sus tres toneladas de maquillaje, con sus trajes de noche y sus plumas en su salón de Camfield Place, un casoplón en las afueras de Londres, donde vivía rodeada de muebles antiguos, cuadros, y flores y chihuaha disecados.

Me encanta verla tumbada en su sofá vestida de tiros largos y dictando sus novelillas de puro romance a una diligente secretaria que jamás suspirará por nada.

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Pero en cambio ella… Era una mujer conservadora, con un discurso rancio y trasnochado, pero también era muchas más cosas.

Me flipa la joven Barbara que junto a dos oficiales de la Real Fuerza Aérea diseñaron el primer avión-planeador remolcado por vía aérea (por el que recibió el Premio de la Industria Aérea Wright por su contribución al desarrollo de la aviación), la que obtuvo el Certificado de Mérito del Comando Oriental por los servicios prestados durante la Segunda Guerra Mundial, la que más adelante luchó por los derechos de los gitanos y logró una ley del parlamento, la que contribuyó a la mejora las condiciones de matronas y enfermeras, la que fundó y presidió la Asociación Nacional de Salud del Reino Unido, la que logró la Medalla de Oro de París, por sus 25 millones de libros vendidos en Francia, la que fue nombrada Dama de la Orden del Imperio Británico por su contribución a la literatura y por su trabajo para la comunidad…

Casi nada.

En fin, que cuando escucho lo de los gemelos y los jacintos, siempre pienso en esta señora y suelto la misma sentencia: no te queda mili para escribir novelillas…

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UN HOMBRE SIN PASADO de Penelope Williamson

AMORFUYOYAS

¿Qué tienen en común una mujer sencilla, completamente integrada en una estricta comunidad religiosa y un forajido? ¿Y una respetable viuda y un famoso asesino? ¿Qué pueden compartir una mujer que percibe su familia y comunidad como partes de sí misma y un hombre solitario? ¿Y una mujer que cree que solo a través del camino recto y estrecho se puede llegar hasta Dios y un descreído? ¿Cómo puede congeniar una mujer cuyo código de conducta se basa de forma rigurosa en la máxima de ofrecer la otra mejilla, con aquel que ha sobrevivido a base de ser siempre el más rápido al disparar?

No quiero llevar a nadie a engaño, así que las que se animen a leer “Un hombre sin pasado” deben saber a lo que van, pues Williamson no te va a obsequiar con una pormenorizada descripción de la relación sexual de los protagonistas, un clímax que, para colmo, no se produce hasta bien pasada la página 500. “Un hombre sin pasado” es un libro para quienes disfrutan con historias de amor cocidas a fuego muy lento, con aventuras y personajes con sustancia, nada de fast-food, sino guisos de la abuela con caldo espeso y nutritivo. La autora es respetuosa con los personajes creados, no toma el camino fácil, desarbolando a su conveniencia aquello que se supone que los protagonistas son, por llevarte de los pelos hasta un final feliz a través de atajos que rompan con la naturaleza de sus caracteres. La relación amorosa fluye tranquila e insegura, por los sinuosos meandros que necesariamente ha de tomar el río del amor de Rachel y Johnny Caín, que no puede bajar rápido y tempestuoso al mar o resolución que supone su matrimonio, porque el terreno en que se mueven como pareja, tiene tendencia a crear pantanos, es propenso a hacer desaparecer la corriente para renacer con más fuerza como los Ojos del Guadiana. Tampoco esperes o busques una florida declaración amorosa emulando a nuestro sufrido Quevedo y su “polvo enamorado”, pues Johnny Caín se nos queda en un atribulado y avergonzado, pero no por ello menos sentido “Sí, yo también. Quiero decir que siento lo mismo que tú. Por ti.”. Ni por supuesto ostentosos bailes, ni glamour, ni duques, ni vampiros, ni ajustados pantalones de cuero, ni espaldas amplias como armarios roperos, pues deberás conformarte con un cuatrero enjuto y curtido por el sol  y a no salir de una comunidad puritana dedicada a la cría de ovejas en un pueblo perdido en medio de la nada. Porque allí es donde llegará un día el exhausto cuerpo de Johnny Caín al borde de la muerte, muy gravemente herido en una reyerta sin otra motivación que el deseo de unos muchachos de poder exhibir una muesca en la culata de sus revólveres en conmemoración al asesinato de un forajido famoso, como alegoría de su muerte. Y es allí donde encontrará una viuda y un huérfano que, en oposición a él, intentan aceptar con cristiana resignación, como voluntad divina, el ahorcamiento por parte de unos vecinos del cabeza de familia, por una falsa acusación, por un supuesto malentendido.

Rachel acogerá en su casa el cuerpo moribundo que arriba a su puerta y lo cuidará hasta su total restablecimiento, a pesar de la oposición de su hermética comunidad a que una viuda que vive sola con su hijo, albergue a un hombre, para colmo de nefasta reputación. Sin embargo Rachel dará prueba de su carácter y no se dejará manipular, hará lo que considere correcto, no olvidando nunca lo que la congregación piensa, pero no doblegándose a ello priorizando la opinión ajena sobre la propia, los dictados de su conciencia están por encima del qué dirán, lo diga quien lo diga. Más aún, es así como Caín permanece en casa de Rachel, contratado como pastor, incluso cuando está físicamente recuperado, tentando ambos de forma consciente al destino con la atracción mutua que sienten. El prolongar la estancia de Johnny es una huida hacia adelante, pues alargando en el tiempo su convivencia están dándose ocasión para tantear una relación que ambos reconocen como nacida muerta. Mas, al final, su amor lo vencerá todo, pagará todos los precios, el insignificante de la adaptación de dos personas opuestas en su forma de concebir la vida y el exorbitante desembolso que supondrán los dos principales escollos en su camino a la felicidad: el hecho de que él no puede ser aceptado en el mundo de ella y el de que Caín no puede escapar de su pasado,  que lo persigue incluso en una cabaña en medio de ninguna parte, pues su popularidad convoca a fanfarrones descerebrados que quieren medir con el mejor su rapidez al desenfundar y no admiten un no como respuesta.

¿Cómo pueden encontrar un camino común dos personas cuando una de ellas aspira a doblegarse sumisamente ante los reveses del destino, pues todos ellos provienen del inapelable designio divino, mientras que la otra ha tenido, desde su más tierna infancia, que abrirse paso en el mundo a codazos, luchando a brazo partido por cada pequeño espacio que ha ocupado, devolviendo a la vida golpe por golpe? ¿Cómo pueden encontrar un terreno común en el que anidar juntos, cuando sus mundos se repelen? Pues sí que pueden, y os aseguro que merece la pena verlos batallar consigo mismos y con el mundo en general, para terminar acercándose paulatina pero ineluctablemente el uno hacia el otro, porque, en el fondo, son mucho más parecidos de lo que podría parecer y porque sus diferencias terminan siendo las respuestas a las carencias del otro. Y todo ello contado por una escritora que te coge de la mano al principio del libro y te lleva sin prisa pero sin pausa, con un gusto y una elegancia que me maravillan, hasta el final. Sin estridencias lo consigue todo del lector, desde una sonrisilla hasta una carcajada, desde un encogimiento del corazón hasta unas gruesas lágrimas de emoción. Y sin despeinarse, oiga. Eso es lo que puedes esperar de Un hombre sin pasado y de Penélope Williamson: una historia verosímil, sin saltos injustificados en la trama ni en el temperamento de los personajes, contada con elegancia, emotiva, emocionante, enternecedora, apasionante…

Una autora imprescindible. Un libro chapó.

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Canciones lejanas

CANCIONES LEJANAS

Rocío Camino

Cometí el error de amigar a un antiguo novio en el Facebook y ahora me paso el día espiando sus estados porque es obvio que en ellos se encuentran mensajes cifrados para mí. Él era un gran aficionado a los jeroglíficos de Ocón de Oro y sé que todo lo que cuelga es alusivo… Lo último el “Canciones Lejanas” de Eros Ramazzotti… Una canción que colocó en su muro con la siguiente frasecita: “Para Rocío Camino (y tres corazones seguidos)”. O sea que va para mí, seguro, lo que pasa es que la canción parece escrita por un gallego que no sabe si sube o si baja, no sé, la letra es muy extraña, demasiado críptica, confusa, nebulosa, farragosa, vamos, que no me queda nada claro qué es lo que este tío pretende…

A ver, arranca muy bien: Cuanto tú/ tú me hablabas de amor/ cuando yo/ te di mi corazón/ solo tú/ tú me hacías soñar/ eras tú/ mi principio y final…

AMORFUROCIO

El comienzo sí, es obvio, éramos novios y nos dimos los corazones, hablábamos de amor, nos hacíamos soñar y éramos alfa y omega, sí, hasta aquí todo perfecto. Pero cuando la locura empieza es ahora: canciones lejanas que a veces también recuerdo/ sonando en la radio en el cuarto de mi hermano/ melancolía de nuestros padres…

¿Melancolía de nuestros padres? ¡Pero qué invento es ese! No sé… A ver… Sus padres… y la radio… Que yo recuerde el padre solo escuchaba a José María García, no creo que por ahí vayan los tiros. No. Tiene que ser por el lado de la madre. Sí. Ahora que lo  pienso, a su madre le gustaba mucho Rocío Jurado y la tenía siempre puesta en el cuarto de su hermano mientras planchaba. ¡Dios! ¿Estará haciendo alusión al “te amo con las fuerzas de los mares, yo”? ¿Se me estará declarando? Ay, qué calor me está entrando. Mejor sigo desmenuzando la letra, que ahora habla de amigos que no volverán… de eso paso, de amores fugaces, tampoco me interesa,  de singles rayados en tocadiscos, ¿disco rayado? Eso tampoco va conmigo, yo no soy chapas ni brasas, hablo lo justo y necesario, así que no, la disco rayado definitivamente no soy yo, esa en todo caso debe ser la madre que me tenía siempre tres horas al teléfono para contarme siempre lo mismo, no sé qué cruzada que tenía emprendida con una cajera del Día que siempre la miraba mal y le preguntaba si tenía cambio de 5000 pesetas. Solo de recordarlo, me duele la tripa. Horror. Voy a seguir con la letra: es siempre más cómodo/quejarse que reconocer/ el tiempo malgastado que no vuelve más/ cuando dicen que eran mejores/ entonces sí y les respondo que lo bueno esta ahora aquí… Esto es un lío de tres pares de narices, pero creo que lo tengo porque soy una crack de la decodificación. Me parece que se lamenta por haberme dejado marchar, al tiempo que reconoce que yo soy ahora lo único bueno que tiene. ¿Es eso? A ver si la estrofa final nos lo aclara… la nostalgia me atrapará /
con esa trampa agridulce para el corazón,
que sí, que sí, que ya sé que me recuerdas y tal… melancolía de nuestros padres, esto es otra vez la Rocío Jurado, fijo, tal vez un pretexto para hablar de amor / pues sí, mira, háblame de amor que me mola, ya que por lo visto se les olvidó/ y si un día tengo que darles la razón/ puede ser así pero de momento no. Solo son desde hoy canciones lejanas… ¿Pero qué pastiche, por favor? O sea, a ver si me aclaro, que si un día tiene que darle la razón a los padres con lo de que cualquier tiempo pasado fue mejor… que se lo dará, pero que por ahora que no. ¿Pero que no, qué? ¿Qué es mejor lo que tiene ahora? ¿Y lo que tiene ahora qué es? Si lo único que hace es ponerme cosas alusivas, pero realmente no me dice nada concreto.

Y yo estoy loca porque me lo diga de una vez, y no porque me guste, qué va, si lo mejor que me pasó en la vida fue sacarme a este muerto de encima. Quita, quita. Yo estoy con el jueguecito de las alusiones y los intercambios de fotitos y videos en los muros para vengarme más que nada, lo que yo pretendo es que me diga lo de la Jurado y darle un zas en toda la boca con el “Se nos acabó el amor” y después rematarlo con una de las pocas canciones que reconozco que me habría gustado escribir “Ese hombre”, concretamente esta parte: Es un gran necio, un estúpido engreído, egoísta y caprichoso, un payaso vanidoso, inconsciente y presumido, falso enano rencoroso que no tiene corazón. Lleno de celos, sin razones ni motivos, como el viento, impetuoso, pocas veces cariñoso, inseguro de sí mismo, soportable como amigo, insufrible como amor.

Qué a gusto me voy a quedar. Ay. Y ya no debe quedar mucho para que ese momento llegue, jojojo, entretanto, para que las horas se me hagan más cortas, me quedaré destripando unas cuantas cancioncitas con mi moto-sierra rosa…

Ya os cuento en el próximo número…

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