Ojete Oscuro

OJETE OSCURO

En Ojete de Abajo, como en cualquier otro pueblo de la geografía española, se celebraba la festividad de Todos los Santos el primero de noviembre. La víspera y faltando un cuarto para la media noche El Llagas y El Josete lanzaban un par de chinas contra un cristal a modo de contraseña.

—¡Pssssshhhh! ¡Liendres! ¿Bajas ya? —El Liendres asomó la jeta  por la ventana.

—Habíamos quedado a y media —gruñó.

—Ha sido El Josete —protestó El Llagas— que justo antes  de venir le han entrado ganas de cagar.

—Joder, Josete, siempre haces lo mismo tío… —. El aludido se encogió de hombros.

—Entonces, vamos a la vieja casa abandonada ¿no?

—A mí meee da un poooco de can can canguelo… —tartamudeó El Josete.

—Pues entonces al cementerio —propuso El Llagas.

Nnnno, tío… Ufff preeffffiero la casa.

Estaba muy oscuro, no se veían la luna ni las estrellas  y caían cuatro gotas. Llegaron a la vieja casa deshabitada,  los muros de piedra se caían a pedazos, el portón de entrada no tenía cerradura  y se sujetaba al marco por una única bisagra enrobinada que chirrió como un gorrino.

—¿Habéis traído las velas?

—Sí, aquí están.

—Joder, Llagas… Esas rojas son las que se le ponen a los muertos.

—Mi madre no tenía otras, haberlas traído tú.

—Bueno, calla y enciende una.

La vela iluminó tenuemente el interior, estaba en ruinas:  las baldosas del suelo rotas y levantadas, fantasmagóricas manchas de humedad  asomaban por las paredes resquebrajadas, el respaldo de una silla  tirado por ahí,  un aparador sin puertas en una esquina , cagadas de rata, papeles y polvo a capazos. Usaron la silla y todo lo que ardiese para prender una fogata en el suelo y los tres se sentaron alrededor. El Liendres encendió el resto de las velas,  hizo  un sitio para el radiocasete, pulsó el botón PLAY y la música comenzó a sonar.

You’re not good, can’t you see ♫

Brother Louie,Louie, Louie ♫

—¡Ehhh tío! ¿Otra vez Modern Talking? Se supone que esta noche se hacen otras cosas, otro tipo de música. No sé…de esas de misterio como en las películas o contar historias de miedo.

—Siiiii, eeesso

Siiii…—se burló El Liendres—. Sabrás tú de las películas, Josete. Si en tu casa tenéis todavía la Telefunken en blanco y negro. ¿Has traído la calabaza?

Noooo la he podido con con conseguir, pero me he pasado toda la tarde vaciando un meeelón.

—¡No me jodas! ¡Tío, no te enteras! Venga, métele por el ojete un par de velas y la pones encima de ese aparador.

—Llagas, ¿tú qué has podido pillar?

—Dos botellas de crianza.

—Yo he pillado una de orujo y el Anís del Mono de mi abuela. Venga, vamos a ponernos hasta el culo ¡Josete! ¿qué haces ahí?

—¡Tíos, aaaquí  hay libros!  —voceó El Josete desde la otra punta orientando los ejemplares mohosos y polvorientos hacia la luz de la calabaza melonera:  “An…annnnntifaz”, “Ceeeerámica popular españnnnñññola”… ¡Eh! Mirad este, la portada aaacojona… Panfi… Canfi… ¡Candi! “¡Cándida de Todos Los Santos!”

Cándida

El radiocasete se quedó mudo.

—¡Mierda¡ Las pilas… Me cago en … Venga, haced lo que os dé la gana que mañana es fiesta  —accedió El Liendres empinándose la botella — pero que lea El Llagas que tiene la  E.G.B.

Se acomodaron los tres frente a la hoguera bebiendo vino y fumando Ducados. Los tablones prendieron rápidamente, se retorcían y despedían chispas como tracas a la puerta de una iglesia.  El Llagas abrió el libro y comenzó a leer.

Cándida llegó a este mundo una  fría y lúgubre noche de difuntos. Nació fea, fruto tal vez de un pecado igual de horripilante. Aún no le habían crecido las tetas cuando su madre la vendió a un posadero por dos quesos y un barril de cerveza. Fregó baldes y cacharros hasta que se le torcieron los dedos. Con su apostura y fealdad no tardaron en echarla a la calle refiriendo que  le espantaba al personal. Sucia y harapienta vagó  por tierras inhóspitas,  rodó por arroyos y caminos  sufriendo  hambruna y mendicidad; recibió limosnas, pedradas y escupitajos hasta que un fraile se apiadó de su alma y le dio que hacer entre los fogones de un austero monasterio. Pronto, la necesidad del torcido religioso pudo más que la fe y el buen gusto, convirtiendo a la muchacha  en su manceba a cambio del cobijo y unos chuscos de pan. Eran tales los abusos  y perversiones a los que el  gordo y grasiento cenobita la sometía que, a la primera ocasión, Cándida  abandonó el monasterio oculta bajo la lona de la carreta de un ambulante mercader.

—¡Joder con el fraile! —exclamó El Liendres— la ponía mirando pa Cuenca…Y todavía me reprochan  que no quise ser monaguillo…

—Venga, que sigo.

 Durmiendo se hallaba tras unos matorrales,  todo lo plácidamente que su perra vida le podía permitir,  cuando la despertaron el crujir de las ramas y el firme pisar de una botas; un chorrillo caliente le bañó el rostro.

—¡Pero qué hacéis so…! —Cándida detuvo su lengua al vislumbrar, aturdida por el sueño como estaba, la fornida y amenazante figura de un pudiente—. Grande es el campo y tenéis que derramar vuestro orín sobre mí… —gruñó, tragándose una maldición.

—¡Coño! El tío la meó encima puaggg. Sigue Llagas, sigue que esto se pone interesante.

El Caballero dio un paso atrás sobresaltado al escuchar la voz y desenvainó su espada  al ver emerger una maraña de pelo cobrizo de entre los arbustos. Cándida enfocó la vista y quedó pasmada ante la imponente figura que se cernía sobre su cabeza: un individuo corpulento con el pelo largo y oscuro, por lo menos le llegaba por media espalda le clavaba la mirada con el rostro alerta y rígido ante tal soponcio visual; era tosco, mas no carente de belleza y su… su miembro ¡por todos los santos! ¡tenía el miembro fuera y aún goteaba! El atuendo y  las ropas bien cosidas le indicaron de inmediato que se trataba de un poderoso señor. Instintivamente, la muchacha se protegió la cabeza con ambos brazos y  se echó a los pies del caballero asiéndose a las botas de cuero y balbuceando perdón.

—Disculpe mi señor, no quise ofenderos.

¡Qué fealdad! Se dijo a sí mismo mientras trataba de zafarse. Cándida, temerosa, pudo ver por el rabillo del ojo cómo la gruesa y larga sombra del  falo masculino  volvía al interior de los calzones con el diestro movimiento de una mano. Después de esto el caballero envainó la espada.

—Está bien, levantaos —su voz sonó profunda y resonante—. ¡Y no volváis a esconderos así entre la maleza o la próxima vez será mi caballo y no mi verga el que se os eche encima!

—Piedad, señor —rogó—. No tengo  techo que me cobije ni pan que echarme a la boca, llevadme con vos, señor,  y os juro que  os serviré y atenderé como os merecéis.

 En verdad parece desvalida —consideró el apuesto caballero—.  Observó que tenía  profundas ojeras de hambre en el  rostro, rostro desagradable  en extremo y no mucho mejor  figura: canija y  desgarbada  sin proporción ni arreglo. La brisa llevaba hasta sus fosas nasales un denso olor a mugre y el aliento de la muchacha olía como el ano de una cabra.

—Por favor, señor… no tengo a donde ir.

Queeeé se la lleeevee, pobrecilla.

—¡Pero si es más fea que una mierda de perro!— exclamó El Llagas—. ¿Para qué la va a querer?

Y fue así que  Cándida,  lanzada como un fardo a un carromato, atravesó las puertas del regio e imponente Castillo de Hodorror.

El ama de llaves, flaca y huesuda envuelta en lana negra la recibió con desagrado encargándole desde ese día las tareas más tediosas y desagradables. Las  sirvientas formaban corrillos,  murmuraban y se mofaban a su paso.

— ¿Habéis visto  esa horrenda  la nariz?  —comentó la una.

—Si tiene el bigote más negro que el amo— añadió la otra.

—¡JA! –interrumpió El Liendres— como la Pepi, que tiene más bigote que tu padre, Llagas.¡Y te la llevaste a la era en fiestas! JAJAJAJA

—Tío, me había soplado una botella de aguardiente, ya te lo dije…

Aaaa lo meejor el biiigote te dio gustirriiinnnin— no había terminado la frase cuando se le vino encima una sonora colleja.

—¡Tú calla, Josete! que todavía eres virgen y eso es mucho pior.

—Bueno, amos Llagas, sigue leyendo a ver qué pasa.

En el castillo la evitaban como a un pájaro de mal agüero. Pero todas las burlas y comentarios se hacían soportables para Cándida si a cambio podía verlo a él, a su señor. Lo acechaba por los rincones, siempre pendiente, vigilante, no le estaba permitido acercarse al amo  pero en algunas ocasiones, bien entrada la noche,  se colaba en sus aposentos  y le  velaba el sueño. Lo observaba con deleite en el lecho durante horas, completamente desnudo, fascinada por su pecho ancho y robusto bañado por rayos de luz de luna.  Ansiaba sentir entre sus dedos el tacto de ese cabello  que le caía por la espalda fuerte y musculosa.  Nada que ver con el gordo y decrépito religioso que solo despertó en ella un asco infinito. Ahora, sin embargo,  al observar a su señor se le hacía la boca agua y cerraba los puños  presa de un deseo insoportable hasta que se clavaba las uñas.

En una ocasión la señora del castillo se hallaba en su alcoba desvistiéndose con la ayuda de una doncella. La dama poseía noble y voluptuosa figura y su larga trenza rubia casi rozaba la alfombra.  Cándida tocó a la puerta y entró sofocada cargando dos baldes de agua hirviendo.

—Da usted su permiso, mi señora. Le  traigo el agua para el baño…

Unos ojos de sapo, de un vivo azul claro, se clavaron en su persona frunciendo  el ceño con repulsión.

—Pero… ¡Qué espanto! ¿Quién es esta? — inquirió a su doncella— ¿De dónde ha salido? –chilló poniéndose en pie.

—¡Que salga de inmediato de mis aposentos! ¡Me daña la vista!

Pérfida mujer, sapo perverso y altanero…  En la oscuridad de su camastro Cándida farfullaba todos los insultos que le venían a la mente. ¡Odiaba a esa cerda! Esa arpía con ojos de lechuza no podía hacer feliz a su señor…

Un día, al caer la tarde, Cándida escuchó cómo una de las criadas,  una de las más pechugonas  y bien parecidas,  contaba en confidencia a otra sirvienta que  había vuelto a  recibir recado  del amo. Debía esperarlo a su llegada en el salón de la caza.  Anticipándose,  Cándida se introdujo en la sala ocultándose detrás del pesado cortinaje. La intimidó la cabeza de un fiero jabalí con los ojos huecos. Docenas de  trofeos y cornamentas colgaban inertes de las paredes mudos testigos que un día habitaron los bosques de Hodorror. La tarde se marchitaba, el fuego ya estaba encendido en el hogar. No tardó en llegar el señor, se quitó la camisola, se sirvió una copa de vino  y esperó a la criada acomodado y despatarrado  en uno de los sillones frente al fuego que chisporroteaba e iluminaba tenuemente la estancia. La criada entró, dejó la vela en el suelo y sin mediar palabra se arrodilló a los pies de su señor. Comenzó por desatarle las calzas y el cinto,  luego introdujo la mano en el interior del calzón. Cándida observaba la escena oculta entre las sombras con los ojos muy abiertos y el alma envenenada, pero inmóvil como una estatua.  La joven tomó con una mano  el miembro viril y excitado entre sus dedos, ancho y largo,  se apoyó  en el brazo  del sillón obstaculizando así el campo de visión de Cándida, que ahora solo podía ver el rostro de su señor.

Osstrasss tíííos, esto es por pooor…¡porno!

—¡Calla! Sigue Llagas, ¡sigue! Qué suerte tienen algunos… ¿Veis? Por eso no me corto yo el pelo.

El amo inclinó ligeramente  la cabeza hacia atrás, exhaló un aliento y  comenzó un lento y cadente  jadear. El fulgor de la llamas caldeaba cada vez más la habitación. Involuntariamente, Cándida abrió la boca ebria y turbada por el deseo. Con cada jadeo de su amado Cándida se estremecía y sentía las piernas flaquear.  El uno frente al fuego, la otra tras una fría cortina ardiendo igualmente pero sumida en un túnel de amor y deseo inalcanzables. Se moría por tocarlo, por ser ella la que ocupase el lugar de aquella y darle más placer que ninguna otra mujer le hubiese otorgado jamás. Y lo haría. Pronto. Muy pronto. Lo amaba y sería suyo aunque fuese una sola vez, le había tocado vivir una vida perra y mísera, pero al menos se daría esa satisfacción antes de irse a la tumba.

La Noche de Todos los Santos se desencadenó una terrible tormenta. La lluvia y el viento azotaban las ventanas y postigos del castillo,  eléctricos rayos en punta descargaban su ira sobre las almenas de Hodorror. Como todos los años en esa fecha se celebraba en el castillo una cena  para honrar a los difuntos, se preparaban viandas especiales,  aves y carnes, dulces,  arropes, buen vino y licor. La servidumbre andaba con prisa de un lado para otro, esa noche había más faena y la cena tenía que llegar caliente a la mesa.

—Apartad del fuego ese caldo— ordenó la cocinera— Tú, adefesio,  ¿qué haces en ese rincón? Lleva esas viandas  al gran salón,  ¡date aire fea del demonio!

Cándida apenas podía creer en su buena suerte, asió  la jarra del vino y tomó las viandas dirigiéndose al salón donde aguardaban los señores y varios comensales.

—Permitidme que le sirva el vino, mi señor—. La turbó su proximidad.

El señor de Hodorror, que departía animadamente  alzó su copa sin mirarla siquiera, pero algo en el rostro pasmado  de su invitado le hizo alzar la vista hacia la muchacha. Un destello brillante  en sus negros ojos denotó reconocimiento.

—¡Demonios! ¿Todavía sigues aquí, muchacha? ¡Qué aparición! —rió descaradamente—. Muy apropiado en una noche como esta.

—¡Sin duda!— exclamó el invitado— Os hacía con mejor gusto, señor mío.  ¿No iréis a enviármela esta noche a mis aposentos? — apostilló con sorna —. A  oscuras se puede llevar uno un susto de muerte ¡qué duda  cabe!  JAJAJAJAJAJA.

La sapo  acompañaba a su esposo sentada a la mesa y rió de buena gana. Cándida agachó la cabeza, la ira hacía latir frenéticamente su corazón y  la sangre se le agolpaba en las sienes. Abandonó el salón con aparente calma y se escabulló  por las escaleras hacia el armario  de los remedios, tomó un frasquito y regresó a la cocina. Cerciorándose de no ser vista  sacó el frasquito del bolsillo y vertió unas gotas de láudano en el vino.

—El señor ha pedido que se le sirva más de este vino— comunicó, de regreso a la cocina. Una criada tomó  la jarra de manos de Cándida con una mueca de asco y salió briosa hacia el salón.

—Dame eso, espantajo.

El Llagas hizo una parada para mojarse el gallete con un trago de vino, la hoguera se estaba apagando y apenas había luz. Avivaron el fuego con un chorro de Anís del Mono. La lluvia caía con más intensidad y el agua comenzaba a filtrarse a través del raído tejado.

Pasada la media noche Cándida aún fregaba y raspaba los cacharros  mientras se escuchaba el sonido de cantos y chanzas procedentes del salón.

—El amo está indispuesto —anunció el ama de llaves —. Menos mal que pronto se irán todos a acostar— suspiró desplegando las faldas como alas de cuervo dejándose caer sobre un taburete. Dice que se siente marear, debe andar borracho como una cuba. Ha ordenado que le preparen la cama.

Ya de madrugada la lluvia seguía cayendo afuera y todos dormían,  la sombra alargada de Cándida la precedía por el corredor, el viento que se colaba por los fríos y lúgubres pasillos hacía  sisear la llama de la vela. Se detuvo ante una puerta, asió con sigilo el tirador y se coló en la habitación como tantas otras noches envuelta en una capa. El aposento estaba a oscuras, se distinguía un bulto boca arriba sobre la cama, mechones de pelo revueltos le ocultaban el rostro. La tormenta descargó un rayo que alumbró su figura encapuchada, desgarbada y siniestra  junto al lecho.  Cándida dejó el candelabro y se sentó   en la cama junto al amo, deleitándose al escuchar su pesada respiración.  Se aproximó más a él,  sus dedos torcidos  apartaron unas hebras de largo cabello despejándole el rostro, le recorrió  la mandíbula, acariciándolo y recreándose en el contorno carnoso de sus labios,  ligeramente  entreabiertos. Tomó su rostro con ambas manos… lo besó, sintió la carne contra la carne, respiró la calidez y la fuerza de su aliento; él seguía sumido en un sueño inducido. Deslizó las ásperas y callosas palmas de sus manos abarcando  el pecho fornido y voluminoso del hombre que ascendía y descendía pesadamente. Continuó ávida su escrutinio hacia el ombligo.

—¡¡Tíos se lo va a hacer!! —exclamó El Liendres. El Llagas continuó con la lectura.

Llevaba puesto el calzón,  Cándida masajeó la parte prominente por encima del  tejido de lino, ansiosa pero sin prisa, comenzó a desatar la prenda hasta que su miembro quedó al descubierto. Palpó el asunto deleitándose en su suavidad y disfrutando la sensación de poder que experimentaba, probablemente,  por primera vez en su vida. El miembro manso y a su merced iba cobrando vida hasta que se torno fuerte, firme, sólido y maravilloso a sus ojos. Asió, masajeó y jugueteó; a continuación se irguió y dejó caer la capa descubriendo su desnudez. Concentró toda  su atención a esa parte de su cuerpo que sí le respondía y  a la que no le importaba su fealdad, se colocó de rodillas entre ambas piernas, la mimó  y animó tratando de darle todo el placer  que a ella le gustaría sentir y, lo montó. Al soniquete de la lluvia al caer se le fueron sumando unos leves quejidos, sintió que él  se tensaba inquieto, comenzó a sacudir agónico  la cabeza  de un lado al otro de la cama, con la frente perlada por  gotas de sudor. La tormenta descargaba con más fuerza empapando los muros en el exterior, estalló un trueno, aumentó el resuello de su señor y  Cándida incrementó la fuerza y velocidad de sus embistes. De pronto, el hombre pareció despertar impulsándose hacia delante y agarrando por los pelos a Cándida en el preciso momento en el que un rayo poderoso iluminó la habitación, haciendo que el puro placer se tornase en violento desconcierto.  Gritó horrorizado y empujó a la muchacha como si de una bruja se tratase. Gritó tanto y tan fuerte que pronto se escucharon  pisadas y voces en los corredores. Cándida se arrastró por el suelo astillado y echó a correr tan rápido como pudo, completamente desnuda como iba cayó rodando por las escaleras. Logró salir al exterior por las cocinas y huyó hacia el bosque.

—¡Que no escape! —gritaba furibundo el señor de Hodorror— ¡Soltad a los perros!

Corrió y corrió en la noche fría y oscura, empapada,  golpeada y arañada por ramas y matorrales, sin aliento, con lamentos,  como un ánima  que pena en la noche de difuntos, pero no tardó en escuchar los fieros ladridos de los perros a sus espaldas. Le dieron caza sin más dilación, clavaron sus dientes en su carne enjuta, cerraron sus mandíbulas en torno a su cuello raquítico causándole heridas mortales. La dejaron allí mismo en un charco de sangre, su cuerpo tirado enlodado en el fango, su alma…

Joooder… era un poco fea pepe pero…

—¡Ssschhhhh! A ver cómo termina.

Un año después, y todos y cada uno de los años posteriores, el espíritu de Cándida regresaba en la noche de difuntos atravesando las fronteras que separan el mundo de los vivos y de los muertos.  El mismo día, a la misma hora en que pereció alguien moría en trágicas circunstancias. Primero  la señora de Hodorror,  que desapareció  la noche de difuntos y fue hallada semanas después, clavada al muro como una  X, encadenada de pies y manos a la fría y tosca pared de una de las torres,  putrefacta y  abierta en canal.

—Agggrrr –exclamaron al unísono—. Abierta como un bacalao —apuntó El Liendres.

Al año siguiente, fue el amo y señor del castillo  al que encontraron sin vida en el propio lecho, con el rostro retorcido, el cuerpo agarrotado y consumido como si le hubiesen robado el aliento y la vida en su interior. No corrieron con mejor suerte el ama de llaves ni el resto del servicio, pese a que abandonaron el castillo, la muerte los persiguió. Se cuentan entre sus víctimas un posadero y un religioso.

 Mucho se ha escrito sobre Cándida y su maldición. Aún hoy es temida,  conocida en todo el reino como la maldición de Cándida de Todos los Santos.

FIN

 

UUUHHHHHHH —se choteó El Liendres—. ¿No me digáis que os creéis esos cuentos?

De repente, la puerta de la antigua casa se abrió y golpeó la pared con tal fuerza que hizo el suelo temblar. Una ráfaga de aire y lluvia se coló con furia en el interior y acabó con lo que quedaba de la hoguera.  El estallido de un trueno resplandeciente rompió el silencio revelando una negra silueta  siniestra y desgarbada con  la cabeza cubierta y asiendo una estaca en la mano. Los tres salieron disparados gritando y atropellándose buscando refugio.

—De la oscura figura salió una voz atronadora alzando la estaca.

—¡Sinvergüenzas! ¡Ya sabía yo que estaríais aquí, fumando y bebiendo! ¡Gamberros!

—¡Hostias, Liendres! ¡Tu abuela!

Con dos alpargatazos, doña Macaria recorrió  la distancia que los separaba blandiendo la garrota y  repartiendo leña a diestro y siniestro.

—¡¿Y esto?! ¿Os estabais bebiendo mi Anís del Mono? ¡Borrachos!

—Liendres, haz algo –suplicaban— ¡que tu abuela nos desloma¡AYYYYYYYYYYYYY!  ¡AYYYYYYYYYY!

—Si tu abuelo levantase la cabeza ¡gañán! Seguro que mañana no irás al cementerio ¡descastao! ¡Te voy a dar más palos que a una estera vieja! Esta joventud no respeta naica. Si  ya se lo decía yo a tu madre: ¡se murió Cervantes y se acabaron los tiempos de antes!

—¡Joder, cómo casca la vieja! Y luego dice usted que está enferma de los huesos…

—¡Calla, deslenguaoTira pa tu casa ahorica mesmo.

Custodiados por doña Macaria regresaron a casa en fila india, El Liendres, que iba en último lugar exclamó:

—¡Eh! ¡Josete! ¿Te has cagao? Llevas una zurraspa en los pantalones

Jajajajajajaja jajajajaja

Queeeé graazzz graciossssos, me habré untao en el suelo.

—Chicos, al fin y al cabo no lo hemos pasado mal ¿verdad? –apuntó El Llagas.

—Id pensando adonde  podemos ir al año que viene– propuso El Liendres— ¡AYYYY! abuela, ¡no me pegue más! Si quiere puede venir usted también y le llevamos una botella de aguardiente…

¡¡ZAS!!

¿Continuará?

                                                                                                          Betty L♥ve

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Morfidal y el extraño caso del Conde de Dónde

Morfidal y el extraño caso del Conde de Dónde

¡Cuán  gritan esos

malditos!

Pero ¡mal rayo me parta

si, en concluyendo la carta,

no pagan caros sus gritos!!

Don Juan Tenorio.

Treinta y uno de octubre. Me encuentro apaciblemente acomodado en el salón de mi casa.  El hogar desprende  calor y una luz única y perfecta que ilumina la estancia.  Aún así, estoy arrebujado en una batamanta con mi quijada y mi rabo.  Hoy es la Noche de Difuntos. Sí, habéis leído bien. La globalización no ha podido conmigo. Ni a martillazos van a conseguir introducirme el concepto Halloween en la mollera. Mantendré mi empecinamiento cultural, siendo fiel a  la tradición de ver una grabación en vídeo del Tenorio que conservo del año de “MariCastañas”. El aparato reproductor de cintas “VHS” lo adquirí en una tienda muy curiosa de la calle Leganitos de Madrid. Su dueño, Porfirio, un señor muy simpático, me lo vendió por cuatro euros. De modo que ya podéis aporrear  la puerta  hasta destrozaros los nudillos, pequeños y globalizados monstruitos del truco o trato, pues  ni el mismísimo Jason, venido  de Viernes Trece a colonizar y aterrorizar las mentes adolescentes, logrará que levante mi culito del sofá y abra la  jodía puer…

 

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¡¡¡¡¡BOOOOOOMMMMMMMMMMMMMMMM!!!!!

—¡La Virgen! —susurré.  —La quijada castañeteaba sin control, presa del terror, las cuatro muelas que  le quedaban, mientras que su rabo se había introducido hábilmente por la cinturilla de mis pantalones del pijama. ¡Alojada entre mis piernas y hecha un ovillo! No pudo encontrar mejor forma de esconderse ¡Condenada!

De esta guisa y sin poder moverme del asiento, observé atónito cómo surgía a través de la niebla espesa, producto de la explosión, una figura humana y… fantasmagórica. No, no podía ser don Gonzalo de Ulloa, padre de doña Inés. Tanto Tenorio me estaba chamuscando las neuronas. Yo y mis cabezonadas. Todo por mantener ante mí  mismo la imagen romántica de un inconformismo que ya solo respondía blandamente con píldoras antiglobalización. ¡Más me hubiera valido repartir unos caramelillos que guardaba de la última cabalgata de Reyes, a  unos niños inocentemente disfrazados!

¿Qué era toda aquella sarta de tonterías que se había adueñado de mi mente como si fuera un médium en las listas del Inem? ¡Acabáramos! En la mesita baja que tenía delante de mí, una botella de Cointreau vacía indicaba a las claras  que la  cogorza que había pillado, casi sin darme cuenta, era del quince por lo menos.

—¡Jajajaja!  —Reí con fuerza mientras me frotaba los ojos.

—¡Hiiiiiiiiiiii!  —Siguió la quijada, que también le había dado al Cointreau on the rocks.

—¡Perdonad que en tales horas os moleste! ¿Sois vos Oliverio Morfidal de Ávila natural?  —Pero ¡si hablaba en verso y todo! Alargué un brazo despacio hasta alcanzar la botella abandonada en la mesita de café que había adquirido una movilidad terrorífica. Me la acerqué a un ojo y comprobé que efectivamente no contenía ni una puñetera gota. Decidí seguirle el juego a esta suerte de delirium tremens disfrazada de Comendador de Calatrava.

—¿Qué se le ofrece?

—Hablar con el mecánico del Amor Fú

—Yo soy. ¡Decidme pues!

—¿Sois vos?

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—¡Que sí, leñe! —digo—. ¡Resolved que me puede la impaciencia! —Impaciencia porque se marchara por donde quisiera que hubiera venido aquella aparición—. ¿A qué debo el honor de vuestra presencia?

—Mi dueño y señor don Iñigo Onofre Perdiguero Mantovani, Conde de Dónde, requiere de vuestro servicio…

—¡Es verdad que soy bueno en mi oficio! Más…  ¡Aclaradme!

—Don Iñigo requiere de vuestra sapiencia, ya tiene con vos prevista la audiencia. Así pues, recoged vuestros trastos, él se hará cargo de todos los gastos que de este asunto se pudieran desprender.  —¡Expectante el abuelo me tiene, del misterio con que viene! ¡Qué decir de la quijada, entre absorta y espantada!

—¡Daos prisa, don Oliverio!  Largo es el viaje, no hay tiempo que perder. Allá en el horizonte… ¡Mal rayo me parta! Se atisba el amanecer…

Entre ripios y más ripios metí en una bolsa de deporte cuatro cosillas para mi higiene personal y algo de ropa de abrigo. Recé para que se me pasara pronto el estado de embriaguez que me nublaba la vista y las entendederas. Una nueva explosión inundó la habitación llevándonos esta vez a los cuatro, rabo, quijada, don Gonzalo y un servidor ¡vaya usted a saber dónde!

Lo siguiente que recuerdo es estar sentado en un coche tirado por cuatro caballos zainos sin cochero, leyendo una carta que don Gonzalo me entregó minutos, horas, días, siglos antes o después de la explosión en el salón de mi casa. Cualquiera sabía y calculaba. Nunca había pillado una turca de Cointreau y no controlaba los efectos espacio-temporales que pudieran causar en mi cerebro empapado y entumecido por el alcohol:

Mi querido don Oliverio,

Espero que el viaje hasta mis dominios le resulte cómodo. Aguardo con ansia su llegada. Notará que pasadas unas horas de viaje, el bello paisaje que irá descubriendo y admirando, se tornará hostil y casi desértico. Cuando esto ocurra, mi fiel amigo, don Gonzalo, le entregará una máscara muy parecida a la que usan ustedes en esta época cuando hay escape de gases o catástrofes similares. ¡No haga preguntas! ¡Sólo colóquesela si es que aprecia su vida en algo! ¡Descanse,  y disfrute mientras tanto!

            Su amigo

            Iñigo Onofre Perdiguero Mantovani, Conde de Dónde.

Me dispuse entonces a observar el horizonte, haciendo caso omiso de la cara siniestra y cadavérica de don Gonzalo. De vez en cuando se le quedaban los ojos en blanco y abría una boca descomunal, dejando al descubierto unos fantásticos caninos afilados como estiletes. Claro que no pasaban desapercibidos por más que uno quisiera disimular. Mi pobre quijada entrechocaba las muelas, presa del pánico, mientras que el rabo se escondía entre mis pantalones como siempre hacía cuando la situación se tornaba difícil. Sin embargo, algo le conminaba a retraerse de lo que fuera que se le cruzara por la mente  ejecutar, pues pasaba  de estar agazapado en el interior del carruaje y presto a lanzarse contra mi persona, a acomodarse al segundo siguiente en el asiento de enfrente, como un niño formalito que no hubiera roto un plato en su vida. ¡Joder qué viajecito me estaba dando el abuelo!

Con un ojo puesto en el viejo chupasangres y otro en la ventanilla, pude contemplar, cómo sobrevenían ante mis narices, imágenes tan espléndidas como increíbles e inverosímiles: bosques de coníferas sucedían a kilómetros y más kilómetros de selvas tropicales, atestadas de pájaros exóticos y flores gigantescas de colores brillantes y playas paradisíacas con excitantes mujeres desnuuu…

—Ha llegado el momento, don Oliverio. Es menester que use ahora la máscara que le servirá de protección ¿Me hará el favor de prestar atención?

—¿Y usted tendrá a bien dejar de hablarme en verso? ¡Me está atacando los nervios! ¿No ve que así con ese discurso perverso, me disperso, y tergiverso el anverso y el reverso de este desequilibrado Universooooo?—. Esto no tenía remedio. Parecía que me habían dado cuerda y no era capaz de frenar mi lengua y mucho menos mis pensamientos. Con toda la calma de la que fui capaz de reunir, tomé de aquella mano gélida la máscara y me la coloqué protegiendo así mi cabeza y mis sentidos del peligro inminente que me acechaba, pero del que ignoraba todo. Su origen y sus efectos suponían para mí un completo misterio que muy pronto resolvería

Súbitamente pasamos de un escenario lleno de luz, verdor, agua, y vida, a otro diametralmente opuesto, donde la muerte era la protagonista. Un paisaje desértico dominaba el horizonte. Ni un solo árbol quedaba en pie. Un sol abrasador se colaba por la ventanilla del carruaje. Y ¡Por Dios Bendito! ¿Qué era ese aroma nauseabundo que se filtraba atravesando la máscara? ¡Qué asco más inesperado! ¡Qué  olor a mier…!

—¡Daos prisa, caballero! ¡Bajad del carruaje! Ya hemos llegado a nuestro destino.

—¡No puedo! el tufo apestoso me ha aflojado el intestino.

—¡Andad, agrandad las zancadas si no queréis morir ahogado entre grandes arcadas! —El mareo y la pérdida de conocimiento me sobrevinieron al instante. Recuerdo vagamente cómo don Gonzalo recogía la quijada y unas cuantas muelas que había perdido, supongo que por efecto de la pestilencia.  El rabo seguía metido entre mis pantalones.  Me dejé llevar entonces  por una dulce y amable oscuridad.

Hete aquí que me encuentro nuevamente consciente. La sala en la que estoy sentado me tiene anonadado. Suelos de mármol, alfombras orientales, espejos venecianos, aparadores victorianos, librerías y sillones estilo Sheraton atraen mi atención, de la misma forma que la luz a las polillas y eso que a mí me importan un rábano la decoración y el interiorismo.  Yo soy más de IKEA y de sus montajes tan sofisticados y entretenidos solo aptos para mentes del norte de Europa. Mientras espero pacientemente a que el Señor Conde me reciba, el fétido olor desaparece para consuelo de mis maltratadas fosas nasales

Del fondo de la estancia surge la figura de un hombre joven, apuesto. Con la fría belleza marmórea de los guaperas de gimnasio que se alimentan de la envidia del resto de los mortales De gran altura, demasiado para mi gusto. Nunca me atrajo la idea de estirar el cuello para dirigirme a las personas. Me da tortícolis.  Finalmente se acerca a mí, mientras analiza intensamente mi pobre humanidad, desde unos ojos provistos con la terrible belleza de las pupilas lavanda de Elisabeth Taylor.

─¡No se moleste, don Oliverio!  ¡No se levante! ¡Quédese tranquilo y cómodo! Mi nombre es Iñigo …

—¿Cómo lo hace? ¡Si no ha abierto la boca y lo escucho alto y claro! —No me diga más, eso es ¿telequinesia?

—No el término correcto es…

—¡No me lo diga , no me lo diga!

—Telepatía…

—¿Y por qué no usa la boca, como Dios manda, para hablar?

—No es recomendable en absoluto, incluso sería trágico para su integridad física.  —Mientras se acercaba a mí, noté que sus ropas eran las típicas del siglo XXI, vaqueros raídos y camiseta negra ajustada a su potente musculatura. El pedo de Cointreau me estaba durando, más de… ─ ¡No, no sufre ningún tipo de alucinación producida por el alcohol, querido doctor! Es a través de los sueños que yo puedo comunicarme con usted y con los de su raza.

—¿Cómo dice? —Esta sí que era buena.

—No debería escandalizarse, teniendo en cuenta cómo obtuvo sus poderes.

—No, hijito, si yo ya no me trastorno con nada ni por nadie. Solo que me choca un poquitín que ande por aquí en un mundo paralelo.  Hablando con un ser de otra raza distinta a la mía. ¿Y en qué nos diferenciamos, amigo Iñigo, si se puede saber? Aunque claro, tontito no soy. Calculo que tras esa boca, se esconden unos piños marfileños con los caninos un pelín más desarrollados de lo estrictamente conveniente. Si se piensa que me voy a asustar,… ¡olvídelo! Su lacayo, ese que se parece tanto al padre de doña Inés, debe estar muy orgulloso de los colmillos que posee. No hacía más que mostrármelos durante el viaje… deduzco que su raza tiene un gusto desmesurado por ¿la carne poco hecha? ¿Los cuellos de un blanco prístino de inocentes adolescentes?

—Bien, si me permite.

—¡¡Nooo!! No le permito nada. ¡Quiero irme a casa a ver don Juan Tenorioooooo! ¡Pero solo, yaaa! ¿Qué ha hecho con mi quijada y mi rabo? ¡Devuélvamelos ahora mismo! ¡Sáqueme de este sueño, o borrachera o de lo que sea que se  haya servido para traerme a este mundo paralelo, coincidente o secanteeeeeeee! —No sé ni para qué me molesté en gastar saliva y cuerdas vocales. Me hallaba frente a un genio del control de las mentes.  Posó su mirada sobre la mía, y al momento siguiente la flojera invadía mi cuerpo y mi raciocinio.

—Solo le pido que me escuche. Y que si puede, me ayude. Le prometo que seré breve y conciso. —Se sentó a mi lado. Comprobé más de cerca su fuerza, su juventud, y  un levísimo aroma  a… ¿?¿?

—Estando de vacaciones en una casa “lunariega” de las Pedroñeras, capital mundial del ajo con mi amigo Basilio Sotavento Pérez-Cerillero, Conde de Bonafragua…

—Esto es increíble, caballero. Pero, ¿se puede saber qué hace un individuo de su raza  entre ajos?

—Puro y duro “morbo”, doctor…

Mmmmm, morbo, ¿Dónde habré oído o leído yo esa palabreja? Últimamente sale hasta en la sopa…

—¡Concéntrese doctor o no podrá ayudarme! Como le decía, Basil y yo salimos de ronda la misma noche que llegamos. Fue entonces cuando apareció ante mis ojos una mujer deslumbrante. No pude resistirme y …

—La mordió…

—Sí, la verdad es que sí.

—Mire tengo prisa por llegar a mi casa. —Hice ademán de levantarme. Este tipo de clientela me ponía muy nervioso. Debí adquirir en aquella chamarilería, aquellos crucifijos tan bonitos…

—No le ocurrirá nada. Se lo prometo. Solo deje que termine mi relato. —Posó su mirada tranquilizadora en mí. Le creí. No sé por qué lo hice, pero me volví a sentar, y juré que escucharía lo que tuviera a bien transmitirme.  —Cuando la mordí, ignoraba las consecuencias de aquel acto tan natural en mí. Aquella mujer tenía la sangre envenenada

—¿Se enamoró de ella al primer mordisco?

—Es algo más complicado. Aunque sí, para qué negarlo. Me enamoré de ella. El problema es grave. Desde entonces vivo recluido en este mundo onírico, por temor a ocasionar catástrofes en el suyo. Algo así como un exterminio total de los seres vivos que habitan su planeta.

—No será tan grave.

—¡Mordí nada menos que a la dueña de una de las fábricas de ajos en conserva!

—¿Y?

—¿Cómo que Y? Trabaja en el departamento de control de calidad. ¡¡Se pasa la jornada de trabajo, probando  ajossss!!

—¿Y?

—No puedo abrir la boca. Esa sangre, me “repite” Padezco desde entonces halitosis.

—¿Cómo?

—¡Mal aliento! Halitosis.
—No, si le entendí. Vaya si lo comprendí. O sea ¿¿¿ Que me hace pasar las de Caín solo para escuchar que le huele el bote??? Mire es fácil, lávese los colmillos tres veces al día, y tómese un caramelito de menta si es que en este mundo secante no existen los colutorios. —La indignación hizo sobreponerme a la debilidad que sentía y esta vez sí, me levanté enérgicamente del sofá. Me dirigí a la puerta con paso firme, y en el momento en que posé la mano sobre el picaporte, noté ese olor que no por familiar, resultaba menos hediondo—. ¡Oh cielos! ¡Ese tufo otra vez! ¿Qué le pasa a su condado? ¿Han desenterrado a todos los muertos para celebrar Halloween? —Cerré los ojos un momento, pero no fue a causa del sueño, sino para reunir las fuerzas suficientes y pedir socorro. —¡Rápido tráigame un gin tonic, un cognac,… algo, siento que me estoy muriendo o algo peor! ¡Memento homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris! ¡Jajajajaja! ─ ¡Si se me daba bien hasta el latín!
—¡Sosiéguese hombre!—De nuevo escuchaba su voz dentro de mi cabeza. El decorado había cambiado ciertamente. Ahora me hallaba tumbado en una gran cama con dosel mientras el rabo me acariciaba la cara y la quijada se posaba sobre mi hombro. Probablemente había perdido el conocimiento.¡Qué ratos más malos me estaba dando el jodío conde halitósico! — No tuve más remedio que demostrarle lo que estoy padeciendo, por culpa de ese mordisco, abriendo la boca un poco para que entendiera. No puedo acercarme a nadie. Mis bostezos producen catástrofes apocalípticas. La mujer que amo, a la que mordí, se debate entre la vida y la muerte.
—No entiendo Iñigo. —Me incorporé, doblando los almohadones y apoyando la espalda sobre ellos. El joven se paseaba por la estancia todo nerviosito, mesándose los cabellos. Por fin había conseguido atraer mi atención—. ¡Explíquese! ¿Qué es eso de que su amada se debate…?
─Muy sencillo. Justo al instante de morderla, la sonreí. Cayó como un saco de patatas, Intoxicada por la inhalación de los vapores…
─¿Fue rápida la reacción en su cuerpo entonces?
—Nada más morderla, el sabor a ajo me impactó con la fuerza de mil megatones. La reacción fue instantánea. Ella no pudo soportar el aroma…
—¿Se encuentra aquí?
—En la habitación contigua. La pobre está así como cataléptica. Mi sangre podría ayudarla si no estuviera envenenada…

—Quiero verla.

—¿Me ayudará?

—¡Lléveme con ella! Luego le daré la solución. —No me dio casi tiempo a poner un pie en el suelo, y ya me hallaba frente a aquella dama postrada en la cama. El teletransporte era un medio magnífico para trasladarse ¡sí señor!). Su respiración era acompasada, sí, pero ese color verde de cara no me gustaba nada.

—Está muy mal, ¿verdad?

—Iñigo, ¿Entiende que no soy médico? —Su cara era todo un poema. —Sin embargo existe un principio  que el hombre conoce desde que  el mundo es mundo.

—Soy solo un poco más joven que el mundo, seguro que he oído hablar de él.

—“¡Similia similibus curantur! ¡similia smilibus sulvantur!” ¡Traduce, querida quijada, a este señor!

—¡Las cosas semejantes se curan con las semejan! ¡hiiiiiiiii! ¡Y las semejantes disuelven a las semejantes! —Finalizó el conde.

—Conozco unos ajos en conserva de la marca Hacendoso, que consumo habitualmente para el corazón. ¡Cómprelos! Tome unos cuantos. No muchos. Seguro que le curarán del mal que padece. También los venden en formato de “perlas”.  No sea ansioso. Con que mastique una pequeña cantidad servirá. En mi mundo hay un montón de supermercados donde encontrará lo que le digo. Funcionará. ¡No se preocupe!

—¡No sé qué decir! No se me hubiera ocurrido nunca.

—Cuando su sangre esté purificada, podrá salvar a su amada conforme tuviera planeado…

─ ¿Cómo puedo agradecerle?

—¡Teletranspórteme a mi casa, no quiero volver a viajar con ese lacayo suyo que solo me produce escalofríos! ¡Bórreme de la memoria todo lo que he vivido en este universo paralelo! ¡Colóqueme en mi sofá frente al televisor viendo al Tenorio! Solo deseo…

Treinta y uno de octubre.  Me encuentro apaciblemente acomodado en el salón de mi casa.  El hogar desprende calor y una luz única y perfecta que ilumina la estancia.  Aún así, estoy arrebujado en una batamanta con mi quijada y mi rabo.  Hoy es la Noche de Difuntos.

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La bruja de las reseñas

La bruja de las reseñas

Por Lola Wellington

Todo el mundo sabe quién es, pero nadie hasta ahora se había atrevido a hablar de ella. ¿Por qué yo lo hago? Porque a mí la bruja con gafas y cara de antigua no me da ningún miedo. Porque puede que yo esté más resentida y amargada que ella. Porque a mí no ha nacido quien me amenace, porque me apetece que esa bruja enana, destalentada y amargada se entere de quién soy yo y porque es Halloween y me divierte que esta tía se cague por la patilla.

Yo la llevo siguiendo desde hace tiempo desde mi trinchera, flipando con su falsedad, su ambición patética y su mala baba, si bien no entramos en contacto hasta que hace unos días me escribió un privado, con un link a su última novela, que adjuntaba la siguiente amenaza:

¡Hola! Soy Esperanza Maravillas, tengo dos carreras y llevo escribiendo desde que le mangué el boli al ginécologo que atendió a mi madre en el parto. Soy muy buena en esto, pero el mercado es un puto cabrón que no hay quien coño lo entienda. Ahora, que todo lo que sube baja, y ya te digo yo que esas que están arriba acabarán mordiendo el polvo y terminarán autopublicando en Amazon truños que ni reseñará la bloguera SinGusto Peláez, esa que todo le parece chachichupiruli y que se vende por tres marca-páginas. Serán apestadas, nadie querrá tenerlas ni en su blogroll y yo sonreiré porque lo vi venir y supe apartarme a tiempo para que no me salpicara la sangre. Tiempo al tiempo. Soy paciente y no olvido. Sé muy bien quién me quiere y quien no, y eso siempre trae consecuencias, acción-reacción, si tú me das, yo te doy, si tú me quitas, yo te destruyo.

BRUJALOLA

Tengo un blog con tropecientas mil visitas y followers para parar un tren, así que lámeme el culo o te arrepentirás. Mis lectores siguen a pies juntillas todo lo que digo, no puede ser de otra forma porque yo tengo criterio, todo el criterio. Si yo digo que algo es bueno, es porque me interesa hacer descaradamente la pelota a la autora; y si digo que algo es malo, es porque lo ha escrito una zorrasca que puede hacerme sombra, y yo soy de las que al enemigo, ni agua. Esto me ha hecho recordar que tengo que hacer limpieza de amistades, a la mierda con todas esas desgraciadas que no me han puesto un comentario cantando las excelencias de mi novela o las que no se pasan a jalear las genialidades que pongo en mis estados. Yo no olvido, recuerdo cada cara y ajusto cuentas reseñando. Así que nada, tú te lees con toda tranquilidad mi novela y ya me cuentas, guapísima. Y en cuanto a ti, he leído que has escrito una novela y que ahora la estás moviendo por las editoriales. Genial. Pásamela. Ya sabes que yo estoy aquí para ayudaros a todas, que me desvivo por poner a vuestras novelas en el lugar que merecen, generalmente en el puto fango, soy muy sincera, terriblemente, es lo que hay, y a las mías en el lugar que verdaderamente merecen, lo más alto.

Pues creo que ya está todo lo que quería decirte. Qué a gusto me he quedado, a veces apetece ser clara y sé que tú eres el tipo de escritora que me entiende, por eso me he atrevido a mandarte este mensaje con el que te identificarás a la perfección. Sin máscaras. En público jamás hablaría tan a las claras, pero contigo intuyo que todo va a fluir. Saludines, maja.

Por un mundo más justo…

La Señorita Maravillas

Pues sí. Pienso como ella. Máscaras fuera. Además me ha quedado tan claro y fluyo de tal forma, que, por un mundo más justo, publico hoy la carta.

Saludines, guapas y que te den, Maravillas.

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Sor Virtudes y los Siete Vampiros Empalmados

SOR VIRTUDES Y LOS SIETE VAMPIROS EMPALMADOS

 

                Había una vez un convento donde vivía una monjita llamada Virtudes. Su piel era blanca como el nácar y suave como el terciopelo. Sus pechos evocaban a sandías enormes, los cuales estaban coronados por cumbres rosadas como caramelos de fresas tentando al alma más puritana. Su felpudo, recortado con forma de corazón, escondía una cueva de exquisito placer y quien entraba allí se perdía para la eternidad en sus profundidades cubiertas de mieles calientes. Cuentan las malas lenguas que era multiorgásmica, algo que sacaba de quicio a la madre superiora, pues solo ella −como máxima representante de la Santa Madre Iglesia− tenía derecho a tener orgasmos.

La bruja madre superiora vivía en un edificio anexo al convento decorado con máximo lujo. En sus paredes había colgados tesoros de valor incalculable y los hábitos de su armario estaban confeccionados con la seda más exquisita. Tenía varios criados y un cocinero de renombre a su servicio que le preparaba los manjares más suculentos. Incluso gozaba como una loca en su harén de hombres alfa bien dotados. Vivir con humildad no estaba entre sus creencias y la opulencia regía su día a día. Además poseía un gran tesoro: un espejo mágico de oro burilado con motivos grotescos que había robado del mismo Vaticano. Dicho espejo era muy cotilla, un estilo al Sálvame, ¡lo sabía todo de todo el mundo!

−Espejito, espejito mágico, dime: ¿quién tiene los orgasmos más fantásticos? −preguntaba la madre superiora al espejo cada mañana cuando se levantaba.

−Tú, mi ama, es quien tiene los orgasmos más fantásticos −contestaba con reverencia el espejo.

Pero un día no le contestó lo mismo:

−Mi ama, es Sor Virtudes la que tiene los orgasmos más fantásticos, ella es multiorgásmica…

La madre superiora entró en cólera, nadie, absolutamente nadie, podía desafiarla de aquella manera. Ella, mujer malvada con recursos, ideó un maléfico plan a fin de liberarse de Sor Virtudes. Se acordó de que no muy lejos de allí, en el centro de la espesura de un bosque había un convento abandonado. Se decía que por aquel prohibido lugar seres de otras dimensiones transitaban a placer. Era tal el ambiente terrorífico que se respiraba que incluso los rayos de sol se negaban a traspasar las tupidas copas verdes de los árboles. Circulaban varias leyendas sobre aquel bosque, en todas se decía que el valiente que se adentraba en sus entrañas nunca más regresaba. Por ello, con el paso de los siglos se le había bautizado con el nombre del Bosque Devorahombres.

La madre superiora no tardó en cavilar su maléfico plan: enviaría a Sor Virtudes al Bosque Devorahombres con cualquier excusa estúpida y se libraría de ella para siempre. Ya paladeaba la victoria y una risa histriónica de triunfo recorrió todo el convento mientras.

Dicho y hecho. La bruja religiosa convenció a la inocente monjita con el cuento de que en aquel bosque la esperaba un hombre con un miembro XXL aficionado al sexo. Ella con un hambre sexual insaciable se levantó el hábito y corrió como una posesa hacia el Bosque Devorahombres. Una vez en el interior quedó atrapada, plantas espinosas se alargaron como si fueran tentáculos de pulpos verdes. Las ramas de los árboles hicieron lo mismo y pronto la inocente, pura y culta monjita se vio cercada de monstruos sin cara ni ojos. Sor Virtudes no tenía nada qué hacer. Estaba atrapada, a merced de lo que quisieran hacerle aquellas plantas salvajes. Hizo lo que hace una buena doncella en un cuento de hadas: se desmayó con reverencia y se quedó tendida en el suelo ante los monstruos en una posición elegante, modosita y con el rostro de no haber roto nunca un plato. Su destino estaba sellado.

MONJA

Sor Virtudes abrió los ojos con lentitud. A su mente acudió la imagen de los monstruos del bosque antes de desmayarse con elegancia; no pudo evitarlo y  el miedo acudió a su cuerpo. Se levantó rápidamente y se encontró rodeada de los hombres más espléndidos que había visto jamás. Se trataba de siete machos, había de todo: uno moreno, otro castaño, otro rubio, otro pelirrojo, otro mulato, otro de piel negra y un chino. La monjita los miró de arriba abajo y cual fue su regocijo cuando vio que iban completamente desnudos. Sus cuerpos eran perfectos, fibrosos, de esos que quitan el aliento. Y no solo era eso, sino que en el ecuador de su espléndida anatomía se alzaban majestuosos unos miembros XXL, incluso la del chinito (¿quién dijo eso de que los orientales la tenían pequeña? Porque lo que ella veía en aquellos momentos distaba mucho de ser pequeña).

−¡Bendito Jesús! −dijo la monjita con los ojos abiertos de par en par, se los comía con los ojos−. Esto sí que son máquinas.

Los hombres expresaron su contento alzando sus respectivas erecciones con un movimiento de cadera hacía delante. Explicaron que eran vampiros en vías de extinción, pues solo quedaban ellos siete. Además no se alimentaban de sangre, sino de orgasmos, y cuantos más, mucho mejor.

−Esto es el paraíso, mejor que el de Adán y Eva… −afirmó la virtuosa monjita.

Los hombres respondieron a la afirmación con ojos de lujuria, tenían hambre y era evidente que deseaban a la dulce monjita de perfectas curvas y con cara de no haber roto nunca un plato. A esta no le pasó inadvertida tal mirada y como ellos iban desnudos Sor Virtudes pensó que había que solidarizarse con ellos. Así pues en un abrir de ojos estuvo delante de los hombres tal como vino al mundo, o sea desnuda de pies a cabeza.

Los siete machos llevaron a la mujer a su hogar para allí atiborrarse del cuerpo femenino entre la privacidad que ofrecía sus paredes, paredes que si hablaran contarían mil y una noches de placer y pecado. Aunque el lugar donde vivían aquellos siete machos a primera vista daba la impresión de ser una especie de convento tenebroso, rodeado de hiedras espesas que parecían ahogar el cemento, la realidad era otra. Por dentro era el lugar más espectacular y lujoso de la tierra. Poseía siete baños y siete habitaciones decoradas con los más disparatados lujos y comodidades. Un Edén.

Después de que Sor Virtudes satisficiera los deseos sexuales de aquellos insaciables machos en cada respectiva habitación, tomó las riendas del asunto. Asignó a cada uno de ellos un día de la semana; era fácil, eran siete y siete eran los días de la semana, o sea que cada día de la semana follaría con uno diferente. No se podía pedir más. Y así fue, cada día se metía en la cama de uno de esos espléndidos ejemplares masculinos para darle su alimento sexual. Por su parte los demás, mientras esperaban su turno, le preparaban suculentos alimentos, limpiaban el hogar, le hacían soberbios masajes, le componían bonitos poemas… Así era el día a día de Sor Virtudes: orgasmo tras orgasmo, habitación tras habitación y macho tras macho. Su vida trascurría entre gemidos lujuriosos, cuerpos sudorosos, posturas acrobáticas, penetraciones profundas, lametones húmedos, lenguas enredadas, felaciones fantásticas, erecciones sin fin… Nadie nunca probó tanto placer. Era la monjita más feliz del mundo mundial.

Pero esto no sería un cuento de hadas si no entrara en acción la bruja de turno, es decir, la envidiosa madre superiora. Esta, muy segura de su triunfo, de que se había deshecho de la cándida y multiorgásmica Sor Virtudes, le preguntó al cotilla de su espejo:

−Espejito, espejito mágico, dime: ¿quién tiene los orgasmos más fantásticos?

−Ohhhhh, mi ama, Sor virtudes es quien tiene los orgasmos más fantásticos, vive con siete vampiros empalmados y se pasa el día teniendo multiorgasmos…

−¡Calla, calla! No quiero saber nada más −explota la religiosa.

Eso no podía ser, la madre superiora no podía consentir tal cosa. Así que se fue a las mazmorras del convento en busca de un potente veneno. Ella misma en persona se encargaría de dar muerte a esa monjita tocanarices. De modo que sumergió una hostia en un potente veneno. Tan pronto como ese pan ácimo tocara la lengua de Sor Virtudes, esta caería muerta y desaparecería para la eternidad. Entonces la bruja madre superiora no tendría rival.

Sin perder tiempo, se disfrazó de cura y se dirigió al Bosque Devorahombres. Aunque en un principio le costó cruzar debido a la espesa y tenebrosa vegetación, consiguió dar con el convento. Se encontró a Sor Virtudes recogiendo flores y se dirigió a ella.

−Hola, bella monjita, ¿cuánto hace que no vas a misa?

−Ohhh, padre, son muchos los días que he cambiado misa por alcoba.

−Eso no puede ser, hay que ir a misa cada día. Venga, bella monjita, vamos a la Iglesia de este convento que yo mismo voy a oficiar una misa solo para ti.

Sor Virtudes no puso impedimento. Además, había mucho pecado carnal que confesar, ella sabía que ni un millón de Padres Nuestros la salvarían de arder en el Infierno, pero qué más le daba, que le quitaran lo «bailao».

Y llegó el momento en que Sor Virtudes tuvo que tomar el cuerpo de Cristo en su dulce lengua. Nada más tocar la puntita el veneno se extendió por su cuerpo. Se desplomó al suelo mientras la madre superiora, más bruja que nunca, reía sin parar. La dejó allí tendida y se fue contenta por su hazaña: había conseguido acabar con Sor Virtudes.

Los siete vampiros empalmados encontraron a su monjita preferida sin vida y dispusieron un altar cubierto con los mejores satenes, la cubrieron de flores y ellos y sus erectos penes la velaron día y noche.

Pero un día un cura muy guapo al estilo príncipe azul de pelo rubio y ojos azules, alto y cuerpo fibroso que conducía un flamante Ferrari se perdió por el Bosque Devorahombres. Fue a parar al mismo lugar donde estaban los vampiros empalmados velando el cuerpo perfecto de Sor Virtudes. El religioso, cuando vio aquella bella monja, su corazón dio un brinco. En su vida había visto piel más blanca, labios inferiores y superiores más rosados, y pechos más suculentos que aquellos. No pudo evitarlo y el niño Jesús de la cabeza «partía», que llevaba escondido dentro de su hábito, despertó a la vida transformándose en un enorme niño Jesús con un cabezón «partío» que quitaba el aliento y encima el muy cabroncete tenía unas ganas de jugar que incluso el cura príncipe azul se sorprendió. No pudo evitarlo y besó a la cándida, perfecta, estupenda, fantástica, maravillosa, elegante y culta Sor Virtudes. Como todo cuento de hadas se dio el ¡¡¡MILAGRO!!! y Sor Virtudes resucitó.

El cura príncipe azul insistió en llevársela a su parroquia y convertirla en su diosa, le prometió que la trataría y viviría como una reina, pues tenía un Ferrari último modelo, una Harley, un jacuzzi, un pilón de habitaciones, otro pilón de baños, piscina climatizaba, criados… y un montón de comodidades. Le explicó que contaba con muchos privilegios dentro de la Iglesia como, ya que cualquier cura bien apreciado por el Vaticano podía hacer lo que le saliera de las pelotas. Además le prometió que follaría cada día, algo muy importante porque Sor Virtudes no aceptaría menos.

Pero Sor Virtudes no era tonta: ¿por qué follar con uno cuando podía follar con siete?  Enseguida tuvo la respuesta: despachó al cura príncipe azul −ahora desteñido por el disgusto− y se fue llorando a su parroquia.

Mientras tanto, como cada día a primera hora, la bruja madre superiora se acicalaba mirándose en el espejo. Confiada de que Sor Virtudes había dejado de existir, le preguntó a la superficie reflectante:

−Espejito, espejito mágico, dime: ¿quién tiene los orgasmos más fantásticos?

Una bruma blanca salió de la lisa superficie y una voz salió de aquella neblina:

−Sor Virtudes, mi ama, sigue siendo la que tiene los orgasmos más fantásticos. No son comparables ni con esos orgasmos exagerados, largos y surrealistas que tienen las protas que salen en las novelas de romántica. Los de Sor Virtudes son de otra galaxia.

La madre superiora no pudo con su rabia, escupía insultos por doquier, las venas de su cuello quedaron marcadas, sus ojos casi se salen de sus cuencas. Estaba que trinaba. En un acto de rabia tiró el espejo a la pared, este se rompió en miles de pedazos con tan mala suerte que un trozo salió rebotado a la velocidad de un rayo supersónico y sesgó la yugular de la religiosa. Acabó como acaba la mala del cuento: derrotada y muerta.

Por su parte Sor Virtudes vivió feliz con sus siete vampiros empalmados follando cada día con uno diferente. ¡Ahhhh! Y también vivieron felices y comieron perdices. Y me dejaba eso de colorín colorado este cuento loco se ha acabado.

¡Que esto ya está, coño!

FIN

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Camino Soria. Entre poetas y fantasmas.

Camino Soria

Entre poetas y fantasmas

            Es la primera vez que cuento esto y me ocurrió hace ya algunos años. Me amparo en que nadie de mi gente sabe que escribo en esta revista. Tampoco vosotros me conocéis aún, pero debéis de saber que todo lo que cuento siempre es verdad, por más que lo adorne o me sirva de recursos. Lo mío es pura deformación profesional y se me escapa la retórica aún cuando no lo pretendo. A día de hoy sigo sin saber cómo ocurrió o si todo fue un delirio.

Un compañero me invitó a pasar el puente de los Santos en la casa de su familia en Soria. Me pintó el plan tan lleno de alcohol y fiesta que no dudé un segundo en apuntarme. Se trataba, por así decirlo, de una tradición fundada por su hermano: hacer una fiesta de Halloween con los amigos en la vieja casa familiar. El hermano que es un fan del Tenorio y junto a su mujer, haciendo de Doña Inés, representaban un par de escenas. Los demás se disfrazaban de fantasmas errantes y demás parafernalia, se leían leyendas de Bécquer y le daban de lo lindo al vino, la zurra y al yantar hasta la madrugada. Me aseguró que no tendríamos el cuerpo para jotas al día siguiente por lo que nos fuimos en autobús.

Llegamos a Soria en un día típico de otoño con el cielo gris claro. La casona  de dos plantas, en una calleja que daba a la plaza del Rosel, tenía en su fachada piedras de sillería, ventanas enrejadas y los restos de lo que debió ser un escudo junto al portalón de entrada. Dentro bullía de actividad. Carlos me presentó a su hermano y a otros dos más junto a la lumbre. Estaban haciendo la caldereta,  catando cuantas veces sea necesario como bien me informaron. En este grupo de amigos todos eran familia, o eso me pareció en las presentaciones. Entre primos y primos de primos me recordó al pueblo de mi padre, donde todos se tocaban algo y a duras penas logré retener un nombre. Salvo el de ella, Mabel, que me acompañó a dejar la mochila en la habitación en la primera planta. Dos mujeres risueñas bajaron las escaleras con sillas y se llevaron a mi guía, que dejó un “ha sido un placer” y una sonrisa colgando tras ella.

Acompañé a mi amigo a recoger varios encargos mientras varias mujeres acomodaban los muebles para dar cabida a todos los que seríamos, acondicionarlo con velas y demás aportes siniestros. La casa, con su zócalo de azulejos, su escalera de madera oscura, sus anchas paredes de piedra y sus corrientes de aire, me pareció bastante tétrica per se.

            Mi primera impresión de que la ciudad era como un pueblo se afianzó andando por ella con Carlos. Gerardo Diego en el poema Paseo de Portales calcó ese sensación rural: Los ausentes que tornan, / los trajes que se estrenan, / las risas que se pierden, / los ojos que acechan.

 

            ¿Ruso, no me escuchas? Oí que preguntaba Carlos mientras yo volvía de mi mundo. Habíamos pasado frente a la Iglesia de Santo Domingo y me había quedado absorto, como me suele suceder cuando trato de recordar versos o imágenes. Él me estaba hablando de las pastas de las Clarisas, que seguro que estaban de muerte, pero yo estaba analizando la fachada del monumento, sus impresionantes arquivoltas y cómo el románico siempre consigue conmoverme. El caso es que me encontraba algo raro. No, perdona. ¿Qué me decías? Andábamos de vuelta al casa a buen paso porque el frío soriano se acentuaba. Pues que la leyenda del Monte de las ánimas la leerás tú esta noche, que tienes la voz más grave que yo. Se lo he dicho a mi hermano y le parece bien la idea. Me eché a reír, porque ya sabía yo que ese era el motivo por el que me llevaba a la fiesta, escaquearse del papel asignado. No le gustaba ni un pelo hablar en público y no tenía alma de juglar mi amigo, por lo que era un mal trago para él. De acuerdo, pero cumplo con vestir de negro. Lo del disfraz lo dejo para ti. ¿Me llevarás a conocer el monte al menos? La cara de mi amigo era un poema, Pffff, Ruso, tengo aún que hacer las migas. A una legua se notaban las pocas ganas que tenía de pasear. Pareció decidirlo de repente mientras me indicaba Mira, al final de la calle, sigues por San Agustín y cruzando el Duero verás las indicaciones. No te vayas hasta San Saturio que hay casi una hora de paseo. Asentí mientras preguntaba ¿A qué hora empieza la fiesta? No me parecía mal plan dar un paseo por esas sendas que recorriera Machado. Los románticos nacemos así, un poco idos de la olla. En un par de horas, cuando anochezca llegará todo el mundo.

            ¡Ruso, no hagas que tenga que ir a buscarte! Me gritó cuando ya iba a buen paso calle abajo, porque como bien imaginareis, pensaba llegar hasta dónde me habían dicho que no lo hiciera.

Cruzando el viejo puente el frío se iba acentuando. Abroché hasta el último botón de mi cazadora. Un grupo en sentido contrario al mío hablaban emocionados del claustro de San Juan. Justo frente a mi apareció la señal indicando el monumento.

Mi asombro al cruzar la tapia fue total. Mi total desconocimiento de este monasterio no me había preparado para lo que me esperaba. Tal mezcla de estilos, combinados en aquellas arquerías sin cubrir semejante a un esqueleto, me dejo pensando apoyado contra el muro. Perteneciendo a la orden Hospitalaria ese catálogo de arcos se me hacían un símil de la gran variedad de gente que cruzó por ellos y recorrió ese Monte de las Ánimas. En el interior de la iglesia fui atraído hacia los capiteles de uno de los dos templetes. Desde allí seres fantásticos contaban su historia, vista en mi mente como en una película; un centauro, arpías, dragones, una hidra… El tiempo no se detuvo mientras yo soñaba despierto otras vidas.

sanjuan

Las indicaciones hacia San Polo, antiguo monasterio del Temple, me llevaron a un camino bordeado por unos altos setos que parecían muros. La profusa vegetación que cubría las paredes del monasterio y la luz plomiza de finales de octubre afectaron mi ánimo, que iba volviéndose más melancólico por momentos.

Atravesé San Polo y seguí el sendero, disfrutando de las vistas del Duero. A lo largo del camino, se podían leer placas con versos de Machado. ¡Colinas plateadas, / grises alcornoques, cárdenas roquedas / por donde traza el Duero / su curva de ballesta / en torno a Soria, oscuros encinares / ariscos pedregales, calvas sierras…

            En aquel solitario paraje en aquellas fechas y en esas horas, comprendí la inspiración que aquellas tierras encontraron los poetas. El sendero paralelo al río, los montes con sus antecedentes de batallas templarias, esa Soria “mística y guerrera” descrita por Machado… Al fondo, espectacular, colgada de la roca, divisé la ermita de San Saturio. Fue poner un pie en sus escaleras de piedra y empezar a aullar el viento. Por detrás del monte una gran nube, oscura y cargada se desplazaba hacia la ciudad. Di media vuelta. Subí el cuello del jersey lo más que pude y oculté las manos en lo más profundo de los bolsillos de mi chaqueta, pero el viento parecía encontrar la forma de pasear por la piel de mi espalda. Repetía inconscientemente unos versos del poeta sevillano que memoricé de pequeño en la escuela:

aquí bocas que bostezan
o monstruos de tierras garras;
allí una informe joroba,
allá una grotesca panza,
torvos hocicos de fieras
y dentaduras melladas,
rocas y rocas, y troncos
y troncos, ramas y ramas.
En el hondón del barranco
la noche, el miedo y el agua.

Miré las aguas del Duero y no me quedó más remedio que acercarme a su orilla. Ante mis ojos la corriente fluía en sentido contrario al que había observado hacía unos minutos. Pensé que estaba alucinando, y fue cuando noté que algo se movía cerca de mí. Un gran sapo, oscuro y brillante había saltado a un palmo de mis botas. Ruso, te estás volviendo loco pensé, retomando la marcha a buen ritmo, solo entre los álamos temblones. Loco, loco… me repetía, porque mientras andaba, escuchaba susurros en el viento y hasta un eco lejano de campanas. 

            Creo que pocas veces he andado a semejante velocidad. Y pese al ejercicio, mis dedos y mi nariz estaban helados al llegar. Llamé al timbre y Carlos fue quién abrió la puerta. La noche caía sobre la ciudad a mis espaldas. Dentro de la casa los aromas a guiso y lumbre cargaban el aire. Ya pensaba en salir a buscarte. Yo con las manos aún sin circulación abría y cerraba los dedos No he tardado tanto, murmuré sin demasiada convicción.

Lo cierto es que no sabía cuanto había estado fuera, pero pudo ser más de hora y media. Mis ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad del portal y pude ver que la mayoría ya disfrazados, un par junto a las escaleras eran esqueletos, una bruja, creo que al fondo de la sala vi algún fantasma. En la habitación anochecía mientras me cambiaba de ropa con dedos torpes. La oscuridad cayó de golpe obligándome a encender la luz para terminar de calzarme. Soria vivía la noche de difuntos de puertas para dentro, nadie cruzaba por las calles. Como banda sonora se escuchaban unos ladridos lastimeros.

La cena, copiosa. El vino, reconfortante. La compañía, amena. Mis sentidos, aletargados. Los anfitriones, con más oficio que arte, interpretaron el clásico de Zorrilla de la noche de difuntos arrancando clamores con posos de tinto. El libro de leyendas sobre mi regazo esperaba a que tocara mi turno. Yo arrinconado en un acogedor sofá, pedí leer desde allí. Como estaba lejos de la claridad del fuego tuvo que alumbrarme con una pequeña linterna una chica disfrazada de bruja, de las de verruga y escoba. Acomodó su pequeño cuerpo en el brazo del sofá y enfocó al libro, que junto a mis manos, era lo único que se veía nítidamente en esa esquina de la sala. Pese a la cantidad de alcohol ingerida seguía sintiendo los pies helados y un martilleo persistente en la cabeza. Me dolía la garganta al leer en alto. Noté que mi voz, más grave de lo acostumbrado, se rompía en algunos párrafos.

            <<La noche de difuntos me despertó a no qué se hora el doblar de las campanas. Su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria… >>

Cuando terminé la leyenda, el martilleo en mis sienes me tenía mareado y me apreté la frente. La bruja que estaba mirándome fijamente dijo: Tienes mala cara, ¿te encuentras bien? Sonreí Este vino, que entra solo. ¿Dónde está el baño?

            Subí a la primera planta ya que al fondo del pasillo dejando atrás mi habitación estaba el baño. No fui capaz de localizar los interruptores e iba a ciegas. Se escuchaban, deformadas contra las gruesas paredes, las voces y risas del salón. El aire hacía rechinar una puerta mal cerrada en el piso de arriba. Olía al humo del fuego, las velas y el tabaco por toda la casa. Me lavé la cara para ver si me despejaba un poco porque la noche de los Santos me estaba cayendo como un tiro. Al volverme el corazón me saltó del pecho. No había oído a nadie venir detrás de mí, pero ahí estaba ella. Sujetando una vela en medio de la oscuridad del pasillo. Vestida con un hábito blanco y el pelo suelto. Más que una monja parecía ser la representación de un ánima, con un camisón liviano que se movía sutilmente sobre sus pies descalzos sobre la alfombra. Mabel, vas a helarte, me acerqué. Sus ojos, tal vez por efecto de la vela tenían un verde brillante que no recordaba. Para eso estás tú, para darme calor. También su voz sonó completamente distinta, parecía otra mujer. Sonrió. Sonreí. Sopló la vela y la dejó sobre la cómoda. Sus labios cálidos contrastaban con el frío de los míos.

El calor se empezaba a extender desde mi boca al resto de mi cuerpo de una manera extraña. Recorrí su cuerpo, apenas cubierto, con manos exploradoras. La excitación aumentó mis latidos tan rápidamente que paré mis caricias con brusquedad. Sentí la mente embotada. En mi recuerdo todo parece irreal. Se acercó a mi sensual, marcando con sus pezones endurecidos un sendero sobre mi camisa y mordió mi cuello con fuerza, susurrando junto a mi oreja sabes a vino tinto. Un calor ardiente se anudó a mi cintura. Allí mismo la alcé sujetándola contra la pared. Besándonos profundamente enlazó sus piernas en torno a mis caderas. Mis dedos recorrieron sus nalgas, estaba completamente desnuda bajo la túnica. Una de sus manos me desabrochó el pantalón y comenzó a acariciarme. La sangre me ardía casi incapaz de organizar un pensamiento coherente. De nuevo rechinó una puerta y me volví instintivamente. Solo descubrí el pasillo vacío lleno de sombras. El ruido de la gente en el piso inferior consiguió devolverme un momento la lucidez. Entré en la habitación, cerré con el pie y me tumbé sobre la cama sin soltar mi placentera carga. Con movimientos precisos me liberó y me introdujo en su interior. Hipnotizado, contemplé sus movimientos certeros. No se detuvo hasta que temblorosa cayó sobre mi pecho. Después nos quitamos la ropa y entre las sábanas continuamos nuestra tarea. Fuera la noche empeoraba, el viento arreciaba y la cama gemía al compás nuestro.

Me desperté tiritando con la claridad entrando por la ventana. Completamente solo y con el cuerpo dolorido. En la cocina pregunté a Carlos cuándo se había ido de la fiesta Mabel, pareció desconcertado ¿Mabel? Pero si ayer por la tarde se fue con sus padres al pueblo. Completamente confundido volví a insistir, pero me confirmaron que no estuvo ni en la fiesta ni en Soria desde antes del anochecer. La cuñada de Carlos me tocó la frente, estás ardiendo de fiebre, confirmó.

            Por un rato pensé que todo podía haber sido un sueño y que nada había sucedido la noche anterior pero en el autobús de vuelta Carlos señaló mi cuello ¡Menudo mordisco, Ruso! ¿Qué tipo de paseo diste tu ayer? muerto de risa continuó, ¿pero en medio del monte, hombre, cómo no vas a pillar una gripe?

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Crítica de cine: Killers por Adolfa Lafuente

 

                 Soy Adolfa Lafuente y vivo en Veradilla del Campo. Si vienen por aquí pregunten por la hija el campanero. Un hombre despistado, decía mi madre. En toda su vida no llegó a pronunciar cien palabras. Ya saben, el que tenga un hijo majadero, que lo ponga campanero. Pero era un buen hombre. Tenía la costumbre de cagarse en los huertos de los vecinos. Despistado, que decía mi madre. Se perdía en el monte las noches de luna llena. Despistado, decía la buena mujer.

 

                 Tengo edad casadera. ¡Aún no cumplí los cincuenta y seis! Los mozos de este pueblo no entienden de mujeres. Yo los caté y ninguno me gustó. Pepinos, pepinos todos… y además con el amargor propio de tal hortaliza. De ahí mi total adicción televisiva, porque en este pueblo no hay ninguno que se pueda comparar a mis hombres “ti-vi”. Soy experta en cine ñoño de televisión. Sí, sí… ya saben ustedes de que hablo: chico conoce chica o viceversa, saltan chispas (malas y buenas o un poco de las dos) y todo termina con un happy end, ejem. Mezclen también en el puchero a alguna amiga gorda o fea, un gay o dos, una mujer rica pero infeliz o un hombre rico pero incompleto, algunos malentendidos, declaraciones melosas (bajo la lluvia/ en medio de un gentío/ en el aeropuerto/ parando el tráfico… ainsssss) y algún que otro “descamisamiento” sin venir a cuento ni tener por qué.

 

                 He de decir que tengo otras pasiones aparte del cine. Por ejemplo, una que a mi prima Rutina le causa repelús, dice que es como un perro shih tzu con coleta y diastema. ¡Cómo se nota que no entiende! Esta pasión no es otra que el jardinero de la tele ¡ Ainnssssssss, mi Iñigo, tan seco, tan tieso, con su ceño fruncido y con esa cola! Tiene pinta de aizkolari loco, de buena cepa y sin un solo gen recesivo con el que regar su descendencia. Un talador de árboles en potencia y resulta que se dedica a las florecillas, mimándolas, acariciándolas con ternura.. Los fines de semana no me pierdo ni un programa suyo porque es oírle decir pasiflora, y me entran mil calores por el cuerpo. Pasiflora, uhhhhh. Pasiflora, ahhhhhh ¡Yo si que le daba pasiflora en grandes dosis!

 

                 Una “huerta natural del todo”, explicaba el otro día que iba a hacer (que no termino de entender cómo vas a hacer una huerta de plástico, pero da lo mismo, que él haga lo que quiera con mi huerta) y le decía a la dueña de la casa que la huerta tenía que estar ahora en todo su apogeo, que él nunca se iba de vacaciones en agosto porque es cuando la huerta está a tope. Igualito, igualito que yo… así tengo mi huerta todo el día, pero un poco más de abono nunca viene mal.

 

                 Bueno, que me pierdo, a lo que iba. Como experta en pelis ñoñas de sobremesa que soy analizaré, diseccionaré, comentaré, y gozaré con vosotros mis pasiones cinéfilas.

Os pongo aquí el resumen que me ha sacado la hija de mi vecina de interné:

                 Spencer (Ashton Kutcher) es un agente secreto que trabaja para un jefe oculto, para ser más exactos, es un sicario. Cuando Spencer conoce a la bella y divertida Jen (Katherine Heigl) quien veranea junto a sus padres decide dejar su angustioso y estresante trabajo para así poder casarse con ella y llevar una vida matrimonial lo más normal posible entre los dos. Pero él oculta un secreto…y ella también.

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                 Sin embargo la felicidad en el matrimonio durará muy poco, debido a que han puesto precio a la cabeza de Spencer, nadie sabe quién ha podido ser el que haya dado la orden de asesinarle, ¿sus amigos?, ¿sus vecinos?, ¿familiares?… Sólo se sabe que son cinco asesinos los que van en su busca y captura. Finalmente unirá fuerzas con su esposa para tratar de averiguar quién se esconde detrás de todo esto, antes de que los “matones” den con ellos.

****

                 Cuando la película comienza, con toda la familia en los asientos del avión, deja clara sus intenciones: parecer una comedia pero no serlo. Tenemos una hija cargante, un padre extrañamente misterioso y sobreprotector y una madre que parece pasar de todo, y que aguanta a los demás a base de copazos. La chiquita rubia, la protagonista, igualita a la hija de Carmela con su cara de estar perdida y su camisa de cuello cerrado con su collar de perlas, con dos poderosas razones para ir con la cabeza en alto pero sin ser consciente de que están ahí… ¡Ay, señor, dios da mocos a quién no sabe sonarse! Más pavisosa no se puede ser. La deja el novio y se va de viaje con sus padres, no os digo más.

 

                 Pero para ser sincera (porque no sé ser de otro modo) paré mi cruzada por los canales cuando el bien plantado bigote de mi adorado Tom Selleck cruzó por la pantalla ¿No os he dicho que es el padre de la rubia? Bueno, pues es el padre. Ainnssss tiene un bigote tremendo, y lo que no es el bigote. Fue, y siempre será, el señor Magnum.

 

                 Y luego, yates, helicópteros, Ferraris rojos y geo-satélites, por si no te quedaba claro que es espía el chaval.  Espía, espía… Y claro, ya en los primeros cinco minutos de película nos aparece descamisado. ¡Ay, por dios! ¿En los hoteles elegantes sube y baja la gente en bolas en el ascensor? Mira que me pongo a ahorrar ya mismo para ir, aunque sea una vez en la vida, si me aseguran que me cruzo con un mocete así.

 

                 El principio es bastante divertido, el pequeño engaño y lo gracioso de la situación inicial, cuando ambos protagonistas se conocen por primera vez. Ambiente europeo, Niza… Incomprensible como semejante, ejem, espía pide salir a cenar al pato mareado de la rubia, que con la chaqueta esa puesta tenía el encanto más bien difuminado. Pero claro, así es el cine. Si con un no parar de meter la pata y hacer el bobo consigues lío, prometo que si tengo una cita en lo que queda de siglo lo pienso usar de manual de comportamiento, ea. La besa, le quita el vestido a golpe de machete y… ¿Que podíamos esperar de esta chica? Bingo, se queda dormida sin más ni más.

 

                 Y nos muestran después una serie de idílicas imágenes de postal; calas solitarias, besos con puesta de sol, picnic (que dicen los finos, merienda en el campo que lo llamo yo) cenas románticas, etc… A todo esto deducimos que ha surgido el amor, fus fus. Pero sinceramente mucha chispa no tienen ninguno de los dos. ¡Qué buena película haría yo con el padre de la rubia!

 

                 Al espía le hastía su trabajo de matarife a sueldo y redimido por el amor (ay, esto me suena)  deja este bien pagado empleo para casarse con la chica.

 

                 La madre resume perfectamente la situación con la frase: “Creo que lo mejor es que por fin estás con alguien realmente atractivo”.  Después la historia decae durante demasiado rato, nos muestra lo que hace un matrimonio a los tres años de estar casados (es decir, nada de nada). ¿Cómo mantenemos entretenidos a los espectadores? Sencillo, enseñando carnaza. Salir con el sostén al aire a la mínima oportunidad, porque no solo con el torso del imberbe vamos a captar audiencia. Ahora te empujo sobre esta mesa, ahora te beso por acá, ahora una escena de dos segundos con solo una toalla. ¡Qué bonito es todo! Pero en medio de esta felicidad doméstica el pasado vuelve por la puerta grande, ohhhh y es al espía-asesino a quién persiguen para matarlo porque han puesto precio a su cabeza (los clásicos nunca fallan, no queda ni un tópico por mostrar). La Doña Croqueta de la mujer (que más que mujer parece su madre) entra en shock al enterarse de la antigua profesión de su marido. Un vulgar asesinillo por aquí, una vecina insoportable por allá, un familiar todo el día borracho por acullá. Mezclar bien con un posible embarazo, con un par de mentiras y ya tenemos toda la trama lista.

 

                 ¿Os acordáis de Mentiras arriesgadas? Sí, aquella del Schochieneguer, Schuarche… bueno el Conan, para que me entendáis. Aquella en la que es un espía pero no lo sabe su mujer. Con la mítica escena del estriptis ¡o aquel final bailando tango ainnnss! Pues Killers es un remedo malo malo de la película que os digo.

 

                 La parte final, con persecuciones, tiros y explosiones en medio de discusiones de pareja, tratando de emular a Sr. y Sra. Smith se hace eterna. Tratando he dicho, que nadie se llame a engaño, porque entre nuestros protas la química es nula.

                 Un muerto o dos, un descubrimiento (que ya imaginábamos) y un final feliz. Que por eso me temo que lo llaman comedia, porque todo acaba bien.

 

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