Sucedió en Ojete.

Sucedió en Ojete

 

 

Casio el solterón circulaba por la comarcal dirección Boñiga-Ojete, al pasar la vieja fábrica de harinas puso el intermitente, giró a la derecha, y apagó el motor junto a la mujer que lo esperaba. Como todos los viernes, La Úrsula, con las viejas botas de tacón de aguja y el uniforme de guerra, se ciñó  el chaquetón de falso leopardo al cuerpo y subió a la furgoneta luciendo muslamen  y carreras en las medias. Él no era un simple cliente, era su amigo. Casio llevaba parando en ese punto desde hacía ya cinco años, la convidaba a café y puro los primeros meses, a comida y copa los siguientes. Cincuenta y tantos ella, setenta y uno él. Además de  una entrañable e íntima relación, si la cosa se ponía a tiro y  funcionaba lo que tenía que funcionar, en el fondo ambos huían de  un  lugar llamado soledad. Ella, cascada por la mala vida y las miserias; él, sentía cerca su hora y le entristecía la idea de que la parroquia, como se esperaba de un anciano solterón y sin familia, heredase la casa y sus cuatro gatos.

 

—Úrsula, quiero hacerte una propuesta, ties que dejar la pensión.

—Pero hombre, si dejo la pensión ¿adónde quies tú que me meta?  Yo ya no estoy pa cambiar de vida, Casio.

—Nos vamos a casar.

 

Bien se le vieron las cuatro muelas que le quedaban  de tanto que Úrsula abrió la boca pintarrajeada de rojo.

 

—¿Pero tú qué es lo que has bebío?

— Ni una gota, Úrsula. ¡Ni una! Ya me he informao, me ties que preparar unos papeles y echamos la firmita.

—Casio, tú eres un buen hombre y sabes que te aprecio, pero ¿cómo te vas a casar con una como yo? ¡Que he sio puta Nicasio! Bien que ahora de uvas a peras me para algún cliente, pero yo no soy mujer pa llevar del brazo.

—Eres la mejor persona que conozco, Úrsula —Casio le tomó la mano, la miró a los ojos y la convenció con un tierno apretón—. No tenemos que dormir juntos si no quieres— le sonrió—, tengo una casa grande en el pueblo con muchas habitaciones…Y no creas que quiero que me cuiden, quiero cuidarte yo el tiempo que me quede. Y no se hable más.

 

Y así sucedió, se casaron por lo civil y Úrsula se mudó a casa de Nicasio en el número uno de la calle larga. La noticia de que Casio el solterón, natural y residente en Ojete de Abajo se había casado a los setenta, y a todas luces con una lagartona fue el chisme del momento. Las beatas se rasgaban las vestiduras y las vecinas criticonas daban rienda suelta a la imaginación teorizando sobre la vida íntima de la pareja.

En un primer momento a Casio le hubiese gustado casarse por la Iglesia, pero convino en esperar un tiempo respetando los deseos de su futura.  Con la  llegada de Úrsula la casa cobró vida: brotaron las plantas, que  florecieron con más brío y color luciendo como nunca antes en el patio y los balcones, y los gatos, en contra de todo pronóstico, se acostumbraron a  la nueva señora de la casa en un tiempo récord. La vida del matrimonio transcurría en cotidiana armonía y maduro entendimiento. Y así, día a día, semana a semana  inmersos en su nueva vida, la pareja se disponía a disfrutar de su primera Noche Buena como esposos dando un paseo del brazo por la plaza de su pueblo.

 

—¡Nieva!

 

Hacía más de diez años que la nieve no visitaba Ojete de Abajo.

 

—Hace un frío que pela, ¡se me están helando las pelotas! —Exclamó El Llagas desde su lugar de privilegio en el Belén viviente—. Menos mal que  bajo el sayo llevo dos jerséis y la barba ésta calienta un huevo, aunque huele un poco a choto…

—A mí me pican los leotardos —se quejó la Virgen María con voz lastimera.

—A ver si lo que te pica es otra cosa Pepi… —contestó El Llagas, que no quería ni levantar la vista por miedo a toparse de nuevo con esa pelusilla morena que como un toldo sombreaba el labio superior de la muchacha—No me pongas ojitos que estás lista si piensas  voy a caer otra vez.

 

La Pepi, azorada, agachó la cabeza y estiró de un hilo que se escapaba de su túnica.

 

—A ver muchachos, volvamos otra vez a la posición original —ordenó el párroco—. La Virgen María a la izquierda, y tú Llagas, deja de moverte que parece que tienes azogue ¡Y colócate bien la barba!

—Padre…

—Deja de quejarte y pon cara de piadoso.

—Es que  la mula está orinando en el pesebre…donde Manolito.

—¡Ay, pobrecito mío! Cagoen…—gruñó el cura.

—¡Andá! —exclamó El Llagas— ¡Por ahí van La Úrsula y el vejestorio!

 

El cura se volvió a mirar y saludó a la pareja con un gesto de cabeza.

 

—A  ver si tenemos más respeto por los mayores, muchacho —lo reprendió.

 

El Llagas se disponía a replicar cuando  El Liendres, montado en su Rieju con el pelo al viento  y disfrazado de Papá Noel, apareció derrapando sobre el suelo helado. Detrás, de paquete, llevaba al Josete que se  agarraba al sillín con las dos manos como una garrapata. Una turba  de humo gris salía del tubo de escape atufando al personal.

 

—¡Eh, Padre Cipote! ¡Le presto la moto para dar una vuelta! —se cachondeó El Liendres haciendo cabriolas alrededor del Belén.

—¡Gamberro! —gritó el párroco— ¡Y disfrazado de mamarracho! ¡Ya hablaré yo con tu abuela! ¡Gamberro!

—Phsss… Pepiiii —susurró El Llagas—. Seguro que sabes por qué al cura le llaman “El Padre Cipote”

—Mmmm, mi madre dice que es porque de joven tocaba el tambor…

—¡JA! Conmigo no te hagas la inocente. ¿No me digas que no te has fijado lo que sobresale de la sotana?  Ya sabes lo que dicen: quien tuvo, retuvo…

—Venga, vosotros dos dejaos de charreta —protestó el cura más cabreao que una mona—No hagáis caso de ese hereje,  ¡a lo nuestro! que está empezando a llegar la gente.

—¡Eh Llagas! —exclamó El Liendres en tono burlón—¡Si pareces un santurrón ! ¿Vas a dejar que La Pepi te toque la zambomba? JAJAJAJA

 

Al atardecer  había más de un palmo de nieve sobre la plaza, los copos caían ligeros como plumas y Ojete se iluminaba con el modesto alumbrado dispuesto para las fiestas navideñas. La cruz del campanario destelló de rojo y amarillo y  las bombillas colgantes, con forma de angelitos panzones se encendieron todas de una vez. A los pies del Belén un puñado de pequeños pillos abrigados hasta la asfixia cantaban villancicos y tocaban la pandereta a cambio del aguinaldo. Los vecinos se fueron dispersando y  los miembros del Belén  abandonaron al fin sus posiciones volviendo a sus casas para celebrar la cena de Noche Buena en familia. Las chimeneas rendían a todo trapo colmando el aire de un aroma a leña, a carne asada,  y a hogareño calor.

 

A las doce en punto, las campanas de la iglesia doblaron llamando a Misa de Gallo. Esa noche, el pueblo de Ojete al completo, con la muda limpia y la ropa nueva, acudía a la Iglesia de Nuestra Señora de la Angustias para recibir la navidad. Empezada la misa, Casio el solterón y su flamante esposa se abrían paso entre los feligreses  buscando asiento en los primeros bancos. Algunas mujeres, que presumían de ser las más cristianas se persinaron.
Realmente esta es una Noche Buena, noche gloriosa y valiosa por un nacimiento en Belén. Una noche en la que se junta el cielo con la tierra y…

 

El murmullo interrumpió el sermón. El día anterior el cura había oficiado en privado el casamiento religioso de Nicasio y María Luisa otorgando su bendición a la pareja.

 

Le acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido curadas de enfermedades y espíritus malignos: María, llamada “Magdalena”enfatizó el sacerdote improvisando en su discurso para acallar los cuchicheos.

 

Al término de la oratoria exclamó:
—¡Que la navidad sea el pan nuestro de cada día! Podéis ir en paz.

 

El Liendres escurrió el bulto y fue de los primeros en abandonar el la iglesia.

 

—Vámonos tíos, que no me caiga encima El Cipote que me la tiene jurá.

—Es que le has tocao la moral con el trajecito del barbas… —rió El Llagas— ¿De dónde lo has sacao?

—Lo pedí por el Venca, el catálogo ese donde mi madre se compra los camisones transparentes para fin de año,  que se cree que soy tonto y  no me cosco… ¡Ayyyyy!

—Ven aquí hereje —El padre Cipote lo agarró de una oreja y estiró y estiró hasta casi ponerlo de rodillas —¡Mañana bien temprano a confesar!

 

La noche continuó como en cualquier otra parte y lugar: unos a acostarse, otros de juerga;  frente al fuego, bajo la mesa de camilla, partiendo nueces, asando castañas, jugando al bingo; con los niños, con los amigos, con la parienta…

 

Los más afortunados coronaban la festividad con un alegre polvete; improvisando sobre la cama, desde el armario, excepcionalmente, de estreno, de aburrimiento, con suerte…

 

Casio y Úrsula se acostaron tan pronto como  llegaron a su casa,  calentaron la cama con un par de bolsas de agua caliente y durmieron abrazados  con un nuevo y pequeño gatito a los  pies de la cama.

 

 

* * *   Felices Fiestas   * * *                                            Betty L♥ve

Advertisements
Standard

Morfidal y el espíritu navideño

Morfidal y el espíritu navideño
“Érase una vez -concretamente en los días
mejores del año, la víspera de Navidad, el día
de Nochebuena- en que el viejo Scrooge estaba
muy atareado sentado en su despacho
—¡Feliz Navidad, tío; que Dios lo guarde! —
exclamó una alegre voz. Era la voz del sobrino
de Scrooge, que apareció ante él con tal
rapidez que no tuvo tiempo a darse cuenta de
que venía.
—¡Bah! —dijo Scrooge—. ¡Tonterías!”.

bola

20 de diciembre 2013.  Siete de la tarde.

Pasear entre la multitud. Comprar una docena de castañas en un puestecito situado a espaldas del cine Callao. Atravesar la calle Preciados adornada con miles de luces de colores. Llegar a trompicones hasta la Puerta del Sol sorteando toneladas de bolsas de regalos colgadas de millones de brazos. Me encamino hacia la calle Postas, con destino a la Plaza Mayor, para ser exactos me dirijo hacia mi taberna preferida a comprarme un bocata de calamares. ¡Mmmm! Pan caliente y crujiente. Anillas de calamar tiernas (últimamente no tanto , que hay veces que parece que mastico chicle ) ¿Qué más se puede pedir? Soy un hombre con gustos frugales. Flipo con las comilonas que la gente se mete entre pecho y espalda en esta época…
¡Ahí está! En los soportales de la plaza vislumbro el color rojo de la portada del bar. Se me hace la boca agua. El humillo a fritanga inunda mis fosas nasales ¡ Qué suerte voy a tener! ¡Calculo que solamente habrá unas 150 personas haciendo cola en la puerta! En un par de horas como mucho los calamares estarán deshaciéndose en mi boca. Gozo solamente con pensarlo.

???????????
—¡ Oliveriooo, ven que te voy a dar lo tuyooo! —Hoy era mi día de suerte. Marcelo, el dueño de la tasca, me había reconocido entre la gente que esperaba el turno para ser atendida.
—¡ Marcelo, amigo mío! ¡Cuánto tiempo hacía que no te veía! —Me acerqué corriendo a la puerta que daba a la cocina. —Toma Oli, llévatelo y que no te lo vean. Corre ¡vete! Mañana te llamo y hablamos un rato. —Puso entre mis manos un paquetillo envuelto en papel de aluminio, mi preciado bocata, desapareciendo del escenario a la velocidad del rayo.
Tranquilo y satisfecho me encuentro en medio de la plaza rodeado de puestecitos que venden toda clase de adornos navideños, con los ojos entreabiertos, dirigiendo el objeto de mi deseo previamente desenvuelto, a la boca abierta de par en par…
—¡Tranquilos que dentro de nada, todos a comerle la polla al Papá Noel! ¡Mentir a vuestros hijos! ¡Gastar lo que no tenéis! ¡Soportar a quien no queréis! ¡Enriquecer a esas grandes superficies que ahora odiáis! ¡Y hasta la gola! ¡Todo, comérselo todooooooo! —Se me cayó. Ahí en el empedrado y sin remedio yacían desparramadas siete anillas doradas, las dos tapas de pan con la miga empapada en aceite y agua sucia y mugrosa.
Sin pensármelo dos veces y abriéndome paso entre la multitud de personas arremolinadas en torno al pinchaglobos navideño, saqué el rabo de mi burra Romera que siempre me acompaña y a modo de látigo lo usé para golpear al individuo grosero y maleducado responsable de mi desdicha, en medio de los omoplatos.
—¡Pero qué coño estás haciendo, viejo del demonioooo! —Un segundo latigazo, esta vez en medio del pecho, aprovechando que se había girado, le hizo doblarse por la mitad. En el instante en que bajó la guardia encorvándose por el escozor, lo arrastré hasta los soportales y lo arrinconé contra la pared.
—En primer lugar no soy viejo y mucho menos del demonio. —No era difícil intimidarle pues no debía medir más de 1,75 m de estatura. Por supuesto lo superaba en altura. — En segundo lugar estoy más que harrrrrrrrrto de escuchar cómo se utiliza el infinitivo en vez del imperativo para exhortar al interlocutor: No se dice “Mentir a vuestros hijos” sino Mentid, ni “Soportar” más bien es Soportad, lo mismo para “Enriquecerrrrr”, ” Gastarrrrrrr” , se dice  Enriqueced y Gastad ¡¡ Cojonessssss!!…
—¡Tu nombre mequetrefe! ¡ Dime tu nombre bellaco o no respondo! —Utilicé la mano derecha para sujetarle las suyas por encima de su cabeza.
—¿Para qué quieres saberlo viejo?
—Me gusta dirigirme a las personas por su nombre, antes de hacerlas picadillo. No te lo voy a repetir más.
—¡Clemente Rador! — Su mirada desafiante no dejaba lugar a la más mínima duda. Me encontraba frente al típico quejoso, que le amarga hasta un dulce, que no está a gusto ni en el Paraíso, o si vamos al caso, me encontraba ante la nueva versión de la marrana de Tárrega que aún follando seguía gruñendo. El destino sin embargo había querido juntarnos allí a los dos , al hambre y a las ganas de comer. A este hombre le pasaba algo gordo. Por supuesto que  lo iba a descubrir o no volvería a llamarme nunca más Oliverio Morfidal.
—¡Suéltame! —A pesar de su fatiga y su respiración entrecortada me empujó sin ningún tipo de contemplaciones y continuó como un poseso dirigiéndose a la gente que nos había seguido hasta los soportales. No querían perderse el espectáculo bochornoso que estábamos mostrando el señor Rador y yo. — ¡Ya está llegando! ¡Ya casi está aquí! ¡La Navidad y su maquinaria demoledora para dejarnos el cerebro hecho un huevo fritooooo!¡Feliz consumismo y prósperas deudas nuevas! ¡No os olvidéis de eructar pasadas las fiestas! — Tendría que utilizar métodos más expeditivos o el fracasado este terminaría por conseguir sus propósitos. Saqué de la mochila que llevaba colgada de los hombros a mi quijada, el otro utensilio del que me sirvo para arreglar este mundo lleno de desamor y poco o nulo espíritu navideño. La quijada se empleó a fondo.  El mordisco fue certero. No volvería a sentarse el pobrecito Clemente hasta que la estatua de Colón bajase el dedo…
—¡¡¡Ayyyyyy!!! — El aullido fue agudo. El infeliz se llevó las manos al trasero.
— ¡Pssst! ¡Ehh! ¿ No tienes familia, mujer, hijos, un padre o una madre que te acoja en sus brazos en estas fiestas?
—¡Una madreeeeeee! Olvídame viejo. ¡Vete con tu mamaíta como todos los babosos que adoran a la suya! No me conoces de nada. —La mirada que me dirigió fue totalmente reveladora. Avancé unos pasos hacia él; probablemente se sintió amenazado porque echó a correr por los soportales, en dirección a Arco de Cuchilleros.

PLAZA MAYOR

No me amilané. Hacía un frío insoportable así que una carrera para entrar en calor no me vendría nada mal. No obstante había ganado la San Silvestre el año pasado. Para los no iniciados os comentaré: Esta es una carrera de diez kilómetros que se celebra cada 31 de diciembre. La más famosa de todas se corre en Sao Paulo. El año que viene quizá “trotaría” esos 10.000 metros a ritmo de samba . El loquito resentido bajaba las escaleras del arco de Cuchilleros de dos en dos a todo gas en dirección a la Cava de San Miguel.
—¡Para desquiciadoooo! —Cruzó la calle sin mirar y aunque me lancé sobre él y logré placarlo, no pude evitar que un coche nos atropellase a los dos…

La sensación de ingravidez y la paz que sentía eran claros indicadores de que algo no marchaba bien, pero que nada bien…Me encontraba tumbado. A mi alrededor se alzaba un magnífico bosque, así que me incorporé. Giré la cabeza hacia la derecha. A mi lado yacía el rigor de mis desdichas.

—Dios aprieta pero no ahoga. Lo jodido es que me tiene cogido por los huevos. —Ni muerto dejaba de protestar el saborio.
—¡ Eh Clemente! Levántate hijo.
—¿ Qué ha pasado? —Totalmente desorientado se echó las manos a la cabeza atusándose el cabello.
—Por tu culpa nos arrolló un coche y creo que estamos en el otro barrio.
—Me parece que me he pasado un poco con la maría. ¿Sabes? Toda mi vida he padecido de insomnio. Los médicos no hacían más que recetarme pastillitas y ahora ¡Planto en mi casa mi propia medicina! No veas cómo es de efectiva induciendo el sueño, ¡Vaya pandilla de hijos de puta los médicosss!
—Esta vez no te has pasado con la maría, muchacho. Y por favor modera el lenguaje, o te voy a lavar la boca con agua y jabón.
—¿Dónde dices que nos encontramos, viejo? —No parecía haberse percatado de la gravedad de mis palabras.
— Mucho me temo que no vas a necesitar plantar más hierbajos inductores del sueño.
—Pero, ¿qué estás insinuando? Me cago yo en todo el colegio de médicos y en la madre que los parió, no vuelvo a tomarme ni una puta pasti… ¡Aayyyyy! ¿Qué es esa cosa que no para de morderme en el culo?
—Es mi quijada, un elemento indispensable para mi trabajo. Y ahora ponte de pie agorero…
—Viejo, ¿Has visto en tu vida algo más hermoso que este bosque? —Susurró. Se levantó muy despacio. Los rasgos endurecidos de su cara se suavizaron, su mirada se dulcificó al contemplar el paisaje. Los rayos de Sol se colaban entre los ramajes de frondosos robles y hayas tapizados de musgo, consiguiendo unos efectos de luz majestuosos e impresionantes.
—Sí, he visto muchos bosques, y ahora si no te importa será mejor que nos movamos. —No paraba de erizárseme el pelo de la nuca. La paz que sentía al principio estaba empezando a abandonarme. Resultaba muy curioso, que en la situación en la que me hallaba no me hubieran abandonado el rabo ni la quijada, y tampoco la mochila. Así pues guardé el instrumental de trabajo. Pusimos rumbo hacia ninguna parte. Andábamos en silencio. Al fondo divisamos un prado con una cabaña. Se podía distinguir luz a través de las ventanas y el humo gris y espeso que salía por la chimenea. Por fin podríamos preguntar a alguien qué parte de la Eternidad nos había correspondido en el sorteo de esta Navidad: ¿Cielo? ¿ Infierno? ¿Purgatorio? Yo, no sé, pero el que tenía al lado, me daba la sensación de que iba a purgar lo que no estaba en los escritos… Como si le llevaran los demonios, aquel tristón con espíritu navideño nulo, voló hasta la cabaña surgida de la nada. Apreté el paso. No quería perderlo de vista por si tenía en mente hacer alguna trastada de las suyas. Vi cómo se arrodillaba y observaba a través de una de las ventanas.
—¿Estás ahí viejo? —Apenas escuchaba lo que decía. Un murmullo casi imperceptible se escapaba de sus labios. —Ven acércate y dime si ves lo mismo que yo…
—¡Virgen del Parral! ¿Qué haces ahí si estás aquí conmigo? —Me arrodillé a su lado pegando todo lo más que pude la nariz al cristal. Ahí estaba don Quintín el Amargado en una salita de estar, sentado en lo que parecía un cómodo sofá, tecleando en su ordenador portátil , con la mirada concentrada en la pantalla. De repente paró de escribir, aunque seguía con las manos posadas en las teclas…
—¡Vamos, sigue, no te detengas! ¡Dale matarile!¡Mándala a la mierdaaaaaaa!¿ Por qué te paras? No puedes frenarte, ahora no… Solo te tienes a ti. No le debes nada a nadie. No tienes obligaciones con nadie ¡Escríbeselo y acaba de una vezzzz!
—¿Quién es esa que mandas a la mierda? —No obtuve respuesta. Gotas de sudor perlaban aquella frente fruncida. Pude comprobar que tenía las pupilas anormalmente dilatadas. Supongo que todo aquello sería producto de la adrenalina que corría alocadamente por sus venas. Enseguida comprobamos que su doble se puso a escribir nuevamente. Un grito de júbilo inundó la garganta de Clemente. Un puñetazo en la pared anunció que el otro yo de don Resentido había llevado a cabo con éxito las órdenes dictadas por Rador, desde el otro lado de la ventana.
No me gustaba en absoluto el comportamiento del cafre este. Volví a arrinconarlo contra la pared. —¿A quién escribías? Contesta.  —No le debo nada a nadie.
—Las cosas se pueden decir de muchas maneras, Neanderthal. Creo que no estás utilizando un lenguaje correcto con esa señora o señorita. Estoy esperando una explicación. Recuerdo que en la Plaza Mayor me llamaste baboso porque aludí a tu madre, ahora mandas a la mierda a una mujer… ¿Qué te pasa muchacho? ¿Existe algún complejillo que quieras declarar? ¿Mmmm?
—¡Mucha exaltación veo últimamente con las madres!
—¿Y? —Vaya, así que la mamá tenía que ver con todo esto… Así que el nene tenía un trauma… Así que me lo iba a explicar. Sería por tiempo.
—No tengo ninguna prisa. Cuando quieras. Habla. Te escucho. Suelta el lastre hijo. —Tanta hostilidad tenía que ser producto de un maltrato o una manipulación que no se curó a tiempo. Sus emociones las debió de traducir en unos malestares físicos insoportables. Claro que ahora eso ya no importaba. Sin más echó a correr nuevamente. No me pilló desprevenido. Los cobardes eran así. Se dirigía directo hacia un precipicio. Uno no podía morir dos veces, ¿verdad?
Se lanzó al vacío. Yo le seguí. No había nada más que temer y mucho menos que perder.
Cuando despertamos después de este nuevo accidente, nos encontramos tirados en un callejón oscuro, lleno de cubos de basura y toda clase de porquería inclasificable tirada por el suelo. Una musiquilla de fondo nos ubicó. Villancicos. Sí señor. Por fin aquella pesadilla siniestra había terminado. Nos encontrábamos nuevamente en Navidad. El sitio decididamente difería bastante de la Plaza Mayor, pero volvíamos a estar vivos ¿ O no?
Una réplica del Cascarrabias, esta vez mucho más joven deambulaba a unos diez o quince metros de donde nos hallábamos. Estaba hurgando en una papelera probablemente en busca de comida…
—Hay madres que abandonan a sus hijos, que los dejan tirados en la calle.
—Entonces todo este conflicto mental que te tiene anulado es porque tu madre te abandonó…
—¡Lo tengo superado! —Vociferó.
—No lo creo hijo. A una persona con la cabeza medianamente amueblada, no le da por plantarse en una Plaza como si estuviera en un foro romano a echar pestes navideñas por la boca en plenas fiestas. Eres ilógico, impulsivo, tus discursitos son poco menos que agresivos. No contento con eso, mandas a la mierda a las mujeres que tienen la desgracia de toparse contigo. Seguramente te dedicas a ayudar a personas que han sufrido como tú, convirtiéndote en abogado de pleitos pobres, pensando que además de esta forma exorcizarás a tus demonios pero no te servirá Clemente.
—No sé de qué me hablas, viejo.
—Consejos vendo que para mí no tengo. Esa fue tu historia. Una lástima que haya terminado de la manera más anodina y de paso, te hayas encargado de arrastrarme en tu caída. — Me levanté despacio. Su testarudez me enervaba. No me lo pensé, le lancé un gancho en plena mandíbula. Este tío zafio había acabado con mi vida de la forma más espantosamente ridícula que hubiera podido imaginar. La rabia me invadía por momentos. Así que le arreé una buena patada en los riñones de propina. ¡¡Qué desahogo Diosss!!
—¡Basta, viejo! No puedo soportarlo más. —Tirado en posición fetal, aquel desdichado empezó a llorar como un bebé. Me temo que empezaba a asimilar la espantosa y dura realidad. Esa puñetera realidad que nos había llevado a una situación mortalmente frustrante. Había venido al mundo a resolver problemillas amorosos de poca monta, sin embargo esto me había superado con creces. Me había topado con un psicópata del amor, con un personaje altamente tóxico en lo que se refería a las relaciones sentimentales. El odio y el rencor se habían instalado en su corazón de una manera tan obstinada y pertinaz, que seguro que tendría que pasar una buena temporadita purgando “defectos de fábrica”. Y yo, ¿qué pintaba en este lugar cuando todo parecía resuelto y abocado a un tiempo de expiación de culpas?
—Viejo, escúchame. —Se incorporó como pudo. Debía de dolerle aquella patada que le acababa de sacudir. Confiaba en que fuera así. No suelo ser violento pero este hombre sacaba el barrio que llevo dentro. —Lo he intentado miles de veces. Quiero amar pero no puedo ¡Me han hecho tanto daño!¡ Me han dejado tirado como a un perro!
—Eso tiene un nombre Clemente.
—No me des la tabarra viejo, que por ahí no vamos bi…
—Miedo. Eres un cobarde. Vivías asilvestrado. El abandono te privó de aprender a comportarte con el prójimo con educación, amor y respeto. Las mujeres con las que intentabas entablar algún tipo de relación, no eran tu madre. Ellas no tenían por qué desampararte como lo hizo tu progenitora. Pero no me obstinaré. No entrarás en razones hasta que a ti o a esos huevos que intuyo que exhibes a menudo les dé por entender y transformar tu actitud. Aunque no sé de qué estoy hablando. Creo que ya no hay remedio. —Agaché la cabeza, preso de una impotencia como jamás había sentido. Eché a andar por el mismo lugar por donde había aparecido aquel joven Clemente que erraba por las calles, hurgando en papeleras, en busca de comida en plenas fiestas navideñas.
—¡Viejo, esperaaa! Adoro a esa mujer. ¡Sí! Lo reconozco ¡Me porté como un canalla con ella! La dejé tirada como a una colilla en medio de una follad… No acabó de pronunciar la palabra. El puño de mi mano derecha se lo impidió. Pero qué tío más lenguaraz.
—¡Joderrrrrrrrrrrr!
—Deja de soltar improperios o te dejo sin dientes. ¡Me tienes harrrtooooooo!
—La amo. Necesito un poco de tiempo para asimilar, eso es todo.
—Tienes toda la eternidad para pensártelo. —Apreté el paso. Esta situación se estaba convirtiendo poco menos que en un dolor espantoso de muelas.
—Me porté de la peor manera posible.
—Vale. Lo siento por ti. Me alegro por ella. —Me perseguía como un perrito faldero en busca de una caricia.
—Le pedí perdón.  Al día siguiente.
—¿Sí? ¿ No me digas? ¿Te pusiste de rodillas?
—No. Le confesé mi amor.
—¡Qué valiente! ¿Qué te contestó? —Me paré un segundo por ver si existía un atisbo de esperanza reflejada en sus ojos.
—No, en realidad escribí mis sentimientos por ella, sin nombrarla claro está, en un papel y lo pegué en el espejo del ascensor. Vivimos en el mismo bloque de pisos. ¡Pudo leerlo perfectamente! —En mi vida había escuchado tamaña estupidez. Comencé a reir sin parar.
—No tiene gracia viejo.
—Eres patético en tu cobardía, Clemente.
—¡Diosssssssssssssssssss! ¡Arggggggggggggggggggggg! ¡Hostiaaaaaaaaaaputaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!¡ Me cagoentoloquevuelayloquesemeneaaaaaaa! —Acompañó los gritos y los improperios con puñetazos dedicados a una pared cercana. Definitivamente había perdido el juicio, no así la soberbia y el orgullo que campaban a sus anchas por el espíritu de Clemente Rador.
Lo abandoné en su desesperación. Se encontraba en plena catarsis. Continué mi camino hacia ninguna parte. Una pena,  pues cometí el error de cruzar aquella calle sin mirar, tan ensimismado me encontraba en mis propias tribulaciones. Escuché una vez más aquella voz desagradable y desgarrada que me gritaba que tuviera cuidado. Sentí el golpe en las piernas producto de un placaje, esta vez llevado a cabo por Clemente. Lástima que llegara un segundo tarde la ayuda. De nuevo sufrí un atropello. Las ruedas delanteras del coche aplastaron mis piernas. Arrodillado empezó a soltarme una letanía sin fin.
—¡Viejo, nooooo! ¡A ti no puedo perderte! ¡Eres el único que ha tenido las agallas de escucharme!¡ Diosss! ¡Prometo enmendar la plana! ¡Juro por la memoria de mi padre que entregaré mi amor sin condiciones, sin miedo a Beatriz! ¡Viejoo, viejitoo! ¡Esto no puede estar pasando! — Con su cabeza apoyada en mi pecho, le escuchaba, entre sollozos prometer, jurar y perjurar que sería otra persona, más valiente, menos insolente. Estaba dispuesto a aceptar las navidades, a proclamar su amor por la vecina a los cuatro vientos, todo, a cambio de que saliera ileso del enésimo accidente que había padecido en aquel purgatorio…
Recuerdo que la luz me cegaba los ojos. Un olor penetrante a desinfectante se colaba por mis fosas nasales. Estornudé y con el movimiento del acto reflejo un dolor intenso me atravesó como una espada el brazo derecho. Parpadeé varias veces. Me acordé entonces que yacía inmovilizado en la cama de un hospital. Tenía la pierna derecha enyesada al igual que el brazo izquierdo. ¡Jesús qué cuadro! Giré despacio la cabeza. A mi izquierda se encontraba el alma de cántaro de Clemente. El pobre tenía los dos brazos escayolados. La misma suerte había corrido su pierna derecha. Sentada en el borde de la cama Beatriz su vecina, todo un bellezón de mujer, le daba a cucharaditas con sumo cuidado y mucho ¿amor? unas natillas de chocolate. La cara de bobalicón de Clemente era todo un poema. Un poema de amor sublime. Una oda al más genuino y puro de los sentimientos que pueda albergar el corazón del ser humano. Llevábamos hospitalizados unos cuantos días desde el incidente de la Plaza Mayor y el atropello en la Cava de San Miguel. Parecía sin embargo que habían pasado años. Imágenes extrañas invadían mi pobre cabecita dolorida… Visiones sobre Clemente, sobre su pasado desolador, su presente nefasto y su futuro lleno de cambios, promesas y parabienes.
—¿Qué día es hoy? —Pregunté un tanto desorientado.
—Veinticinco de Diciembre, Oliverio. —¡Qué voz tenía la chiquilla! Sonaba a música celestial.
—O sea que hoy es…
—Feliz Navidad, nena. Te quiero — Ese vozarrón que interrumpió aquel sonido angelical era el de Clemente, pero ¿qué era lo que habían escuchado mis oiditos? Giré la cabeza rápidamente hacia donde se encontraba aquel fanfarrón. Le lancé una mirada de incredulidad. Nunca una frase dicha de forma tan lógica, dadas las fechas, me había descolocado tanto, vamos que me dejó totalmente pasmado y anonadado. Me resultó imposible cerrar la boca.
—¿Cómo dices?
—Feliz Navidad te deseo a ti también viejo. — los ojos brillantes de pasión seguían clavados en la figura de la chiquilla.
—Nunca falto a mis promesas, viejo. Recuérdalo siempre. Soy un hombre de palabra.
—Feliz Navidad Scrooge.
—¿Cómo dices?
—No me hagas caso. Feliz Navidad para ti también niña. —Beatriz se acercó para abrazarme y darme las gracias. Cerré los ojos y esta vez dormí plácidamente sin que nada me perturbara el sueño.

“Scrooge cumplió más de lo prometido. Lo
hizo todo y muchísimo más; fue un segundo
padre para Tiny Tim, que no murió. Se convirtió
en el amigo y hombre más bueno
que se conoció en la vieja y buena ciudad o
en cualquier otra buena ciudad, pueblo o parroquia
del bueno y viejo mundo.”

Standard