Cuento de Invierno por Gema Samaro

Cuento de invierno

Era el último día de clase antes de que nos dieran las vacaciones de Navidad y recuerdo que me pasé la última hora terminando de pintar, es un decir, a un angelito que había recortado, es otro decir, con mis tijeras rosas de punta redonda.
Era un angelito rubio, de pelo amarillo y mofletes rosas, que sonreía con una U gigante pintada en negro. Las alas las coloreé de azul celeste y la túnica, de forma triangular y larga hasta los pies, de dorado; bueno, realmente del amarillo que resultó de apretar fuerte el lápiz Alpino con el que había pintado de amarillo pollo el pelo de mi angelito.
Tenía cinco años pero no era idiota. Mi angelito era de los peores de la clase, recortaba fatal, como si empleara serrucho en vez de tijeras, y coloreaba aún peor porque me salía de la raya a menudo con mis trazos nerviosos, así que el resultado solo podía ser puro expresionismo alemán: el azul de los ojos se desbordaba por encima de las cejas y por debajo de las pestañas y los mofletes, más que dos redondeles rosados, eran dos estrellas puntiagudas que casi se escapaban del rostro. No obstante, con todas sus imperfecciones era un ángel, y lo más importante: era mi ángel.
Así que, en cuanto tocó la campana que anunciaba la salida, salí toda orgullosa al patio con mi angelito en ristre para regalárselo a mi madre…

Pero mi madre aquel día no estaba… Quien me esperaba era mi tío Nene, se llamaba José, pero todo el mundo le llamaba Nene, que destacaba entre todos porque parecía un almirante con su elegante abrigo azul de botones dorados larguísimo y una gorra con un águila y la visera bordada en oro.
Todo el mundo le miraba porque tenía pinta de ser alguien muy importante y eso a mí me hacía sentir una niña importante, muy importante, a pesar de ser la peor de la clase haciendo ángeles.
—Tu hermana ya ha nacido. Por eso estoy aquí. ¿Has visto cómo nos miran todos? —dijo emocionado en cuanto me vio.
Asentí con la cabeza.
Era extraño. Sentía todas esas miradas y por un lado me daba vergüenza, pero por otro confieso que también me encantaba…
—¿Le gustará a mi hermana el angelito? —dije mostrándole tímida mi ángel, sin esperar demasiado de él.
—Claro, es precioso. Venga, dame la mano, que te voy a llevar al hospital para que la veas.
Y de su mano, me condujo hasta un coche que ocupaba media calle, un Cadillac, que rodeaba un grupo enorme de niños con la boca abierta.
Sentí un corte tremendo por ser el centro de atención, por dar el cante de esa forma, pero al mismo tiempo me gustaba que ese cochazo estuviera aguardando por mí. Era raro cómo se podía sentir una cosa y su contraria, pero así era.
—¡La que estamos liando! —exclamó mi tío por si acaso no me había dado cuenta del revuelo que se había montado.
—Sí.
—Es un coche de princesa, como tú.
Mi tío abrió la puerta del Cadillac con mucha solemnidad y yo entré en el coche a toda prisa, porque aquella situación ya me estaba viniendo demasiado grande. Una cosa era sentirse una princesa en pijama y sola frente al espejo de mi casa y otra era interpretar ese papel ante tantos espectadores, así que respiré aliviada cuando por fin perdimos de vista mis compañeros de clase.
Qué experiencia.

Una experiencia, una anécdota con el paso del tiempo, que mi tío me recordó muchas veces… El día que vino a buscarme al colegio con el uniforme de gala, con uno de los coches de la embajada de Arabia Saudita donde trabajaba de chófer, para llevarme al hospital junto a mi madre y mi hermana recién nacida.
Es el primer recuerdo que atesoro de mi tío, él y yo juntos, en un maravilloso coche…

Y ahora…
Ahora ha pasado el tiempo y voy subida en otro coche con mi tío, un Mercedes, esta vez él va detrás y yo delante. Tumbado. Muerto.
Voy en un coche fúnebre camino de la tumba que le acogerá para siempre en la Almudena. Mañana es Nochebuena y hoy voy con él en su último viaje…
Llueve, hace mucho frío, y mi madre y yo hemos bajado al cementerio en autobús. Como no había sitio en los coches de mis familiares para mí y su tumba queda bastante lejos para ir andando, y más un día como hoy, el señor del coche fúnebre, muy amable, se ha ofrecido a llevarme.
Me he subido al coche y he sentido que a mi tío le gusta que vayamos en un coche espectacular, un Mercedes, como si fuéramos dos personas importantes.
Tal vez lo seamos, al menos él lo ha sido para mí y yo para él…
De lo que sí estoy segura, mientras atravesamos la llanura de lápidas, es de que a mi tío le gusta que el último recuerdo que tengamos juntos sea como el primero, él y yo, en un coche, en un gran coche, en vísperas de Navidad, mientras todos nos miran expectantes.
Lo único que yo no llevo es el angelito rubio pollo en la mano, ahora es distinto. Es distinto y es mejor. Ahora tengo un ángel de verdad, a mi lado, que sé que velará por mí para siempre.

Por eso, aunque sea víspera de Nochebuena, aunque sea un día muy triste, suspiro y luego sonrío entre lágrimas…

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Amor y mortadela. Capítulo 3.

Un trabajo de verano

—¡Puñetas con la niña!
—Madre, ya no es una niña…
De vuelta a los Laureles y una  vez sosegados los ánimos, Greta tuvo que relatar con pelos y señales lo acaecido durante su visita al centro de Ojete.
—¡Macaria! —exclamó doña Leonarda llevándose  las manos a la cabeza teatralmente,  para después afirmar entornando los ojos —: maaala como  la carne de pescuezo.
—A su lado había otra anciana que debía estar sorda como una tapia —explicó Greta.
—¡La Perpetua! Como si la viera,  toda la vida ha sido marraaana.  Esa está sorda pero de la mierda que lleva en las orejas, las dos arpías andan siempre juntas como uña y mugre… —Clarita trataba de quitar hierro al asunto ignorando las acotaciones de su anciana madre.
—¿Y dices que en la tienda te atendieron con amabilidad? —preguntó a su hija.
—Enemesia… la tendera: ¡esa es una falsa! —doña Leonarda bufó soltando una bocanada de aire que hizo vibrar sus flácidos labios.
—¡Abuela! —rió Greta– ¡No deja usted títere con cabeza! En la tienda  había dos mujeres bien raritas, hermanas supongo por el gran parecido,  la tendera las llamó Pacas.
— Las Pacas… ¡Un par de envidiosas!
—¡Madre! —la reprendió Clarita —deje usted hablar.
—Los filetes  los compré en una carnicería justo enfrente. El carnicero, que es como un Hércules, y su hijo, no parecen tan pueblerinos.
—¿Hércules? —preguntó extrañada Clarita.
—Ese debe ser Modesto —adivinó doña Leonarda— el hijo de  don Justo. Fue muy amigo de tu abuelo, Greta, tú no lo ves desde que eras moza, Clarita.
—Pues deberías verlo ahora mamá —sugirió Greta con picardía— no cabe por esa puerta. Además,  se nota que el hombre se cuida, su hijo debe tener mi edad ¿no, abuela?
—Pobre chico…—se lamentó doña Leonarda—  la madre era muy guapa, Dorita, la hija del anterior Alcalde; murió joven…dicen que de un mal aire, no era mala chica, un poco tímida  pero no era mala…el chico  ha salido a ella. Sabes Greta… Modesto fue pretendiente de mi Clarita, que bien lo despachó… que porque estaba esmirriado —la anciana arrugó el morro y  chasqueó la lengua— a la puñetera no le gustaba ninguno del pueblo.
—Bueno madre, ya está bien de chismes por hoy que tengo la olla en el fuego.
Como tenía previsto, Greta regresó a la Universidad para realizar  los exámenes finales.  Para su sorpresa, no encontró a Francesco entre los pupitres. Lo llamó varias veces al  móvil, pero saltaba el contestador:  “In questo momento non posso rispondere, ti prego di chiamare più tardi”. En los Laureles estaba prácticamente incomunicada y sin cobertura,  por lo que una tarde después de la siesta  decidió bajar a Ojete y probar suerte por última vez:  “In questo momento non posso rispondere…” Eran las seis de la tarde  y el calor no daba un respiro. Greta salió de  la cabina telefónica buscando la sombra, una intensa fragancia la llevó hasta un florido balcón, colmado de rizados claveles reventones; las  cortinas que cubrían las ventanas enrejadas eran de color atrevido,  la puerta de la entrada estaba pintada de rojo y una plaquita dorada relucía al sol:  Pensión Úrsula  “Habitaciones”
Custodiaba el portal un astuto  minino rayado.

Desde la plaza llegaron voces procedentes de la terraza del bar.
—¡¡Aaaarrastro!! —sentenció un paisano con la  boina puesta,   arrojando el As de bastos sobre la mesa con tal ímpetu que la levantó del suelo haciendo saltar los carajillos.
—¡Recoño Abundio! ¿Otra vez llevas el bastón? —bramó el más grueso— ¡Pero si no pueee ser!  ¡Eres un marañoso y un tramposo!
—¿Marañoso yo? —Exclamó el Abundio levantándose y escupiendo lo que le quedaba del puro —¡Y tú eres un mal perdeor! Si no sabes jugar pos no líes ¡Liante! ¡Que eres un Liaaante! —El tercero a la partida, un bulto que  se retorcía en la silla, se reía como una hiena —¿Y tú  e qué te estás riendo, Chepas?  Chepao agqueroso… Eres igual de tramposo que él ¡Irse los dos a tomar por culo! ¡Ya no me pilláis más! —sentenció el de la boina haciendo saltar la baraja española por los aires. El tres de copas cayó justo a los pies de Greta, fue entonces cuando se percataron de  su presencia. Abrieron  mucho los ojos y las bocas, comíendosela con sus miradas.
Greta los  rodeó  y echó a andar  consciente de que los tres le taladraban el trasero,  en eso, seguro se habían puesto de acuerdo “pensó”.
— Fiuuuuuuuu—silvó uno— ¡Cómo está la moza!
—¿Esa es La Franchuta? Pues le hacía yo un traje saliva…—Y salivó.

minibetty

Greta  apretó el paso sin volver la vista atrás y, al pasar por delante de la carnicería, un cartelito pegado al cristal de la puerta  le llamó la atención:
“Se precisa ayudante”

Obedeciendo a un impulso y sin pensarlo dos veces, entró en el establecimiento. La carnicería estaba vacía, pero al instante Hércules atravesó la cortina con su peculiar tintineo. Llevaba puesto el delantal y  se secaba las manos con un trapo de algodón, a Greta le llegó de inmediato un olorcillo a colonia varonil que se mezcló con el característico olor a chicha.
—Hola, guapa. Veo que sigues por aquí, me alegro de volver a verte ¿Qué ponemos?
—Buenas tardes, acabo de leer que necesitan personal.
—Así es, nos vendrían bien un par de manos.
—¿Qué le parecen estas? —Greta extendió ambas manos, de aspecto suave y delicado con las uñas pintadas de rosa chicle.
—Son muy bonitas, desde luego…—Hércules intentó disimular la sorpresa con su mejor sonrisa— pero…
—¿No contratan mujeres? —preguntó ella.
—No se trata de eso…—respondió él— no sé si el trabajo esté a la altura de tus expectativas.
—Por el momento no tengo expectativas, se lo aseguro.  Póngame a prueba.
Modesto estudió a la joven con detenimiento y caviló rápido la situación.
—¿Quieres hacer una prueba, eh? Bien, te espero mañana temprano a las siete en punto.

gallinitas

Después de la cena, tortilla de patatas y unos dulces caseros, Greta esperó a que se acostase la abuela para dejar caer  el bombazo.
—He encontrado trabajo.
—¿Cómo dices? —Clara se atragantó con un rosco de anís.
—Pues que mañana empiezo a trabajar en la carnicería de tu amigo Hércules.
—Pero Greta, ¿tú estás loca, hija? Trabajar en una carnicería, aquí en Ojete… ¿Y  qué sabes tú de ese oficio?
—Tampoco pedían experiencia. Necesitan un ayudante y nosotras necesitamos una ayudita; será un trabajo de verano, yo no veo tanto problema. Además, aquí encerrada sin hacer nada me va dar una psicosis.
— Pero hija…
—¡Me aburro mamá! —se quejó— no quiero pasarme todo el verano sentada en el patio aferrada al matamoscas…
—Bueno, es que ahora que  has terminado tus estudios… te mereces un descanso, la que tendría que buscar un nuevo trabajo soy yo —se lamentó Clara.
—Tú ya tienes bastante con la casa y con la abuela —una mosca  mosqueaba alrededor—. Quiero hacer algo útil, de verdad… Y necesitamos el dinero— convino Greta, dando por zanjado el tema y atizando un golpe certero al díptero insecto.
—Ya veremos cuando se entere tu abuela… —Clarita puso los ojos en blanco y se encomendó al cielo pidiendo ración doble de divina paciencia.

Amaneciendo  y con la fresca, Greta se montó en la bicicleta dispuesta para afrontar su primer día de trabajo. Durante la noche había estado dándole vueltas al asunto; a lo mejor se había precipitado. Mejor no saber nada,  tal vez si  hubiese conocido  más  a cerca de sus futuras tareas se habría echado atrás. Como en otras ocasiones, el gallo porculero, que por lo visto tenía muy desarrollado el instinto territorial, le salió al paso intentando picarle, esta vez, envalentonado, consiguió volar casi  hasta el cestillo.
La plaza de Ojete estaba fresquita y desierta a esa hora temprana,  los primeros rayos de sol alcanzaban la fuente y los pájaros  piaban despabilados entre las ramas de los arbolitos. El dueño del bar barría la terraza y del interior del local se escapó el sonido de una tragaperras. Hércules la esperaba puntual en la puerta de la carnicería, afeitado, repeinado.
—Buenos días, Greta.
—Buenos días, eh…
—Modesto, disculpa, no me he presentado debidamente. Mi nombre es  Modesto Guerrero.
Labios finos, brazos fuertes “pensó”. A primera vista Modesto ofrecía un rostro agradable, con  ligeras bolsas bajo los ojos todavía hinchados por las horas de sueño, pero fresco como una rosa y oliendo a loción de afeitar.
—Sígueme, por favor,  entraremos por la parte de atrás y podrás dejar la bicicleta.
Atravesaron un patio grande y el pestamen en el ambiente no era muy esperanzador.  Greta siguió a Modesto hasta el interior de una pequeña nave,  ocupada por jaulas y  corrales para pollos, presos como convictos en sus celdas cacareando y armando gresca.
—Bueno Greta, tu trabajo será atender a las aves: darles de comer y beber, sacarlas afuera, barrer las instalaciones…Por las mañanas cuando llegues tendrás que comprobar las luces, las jaulas, y supervisar que todo esté en condiciones. Marco estará en esa otra sala con la peladora. Durante estos meses hemos tenido muchos pedidos,  estamos creciendo ¿sabes? Nuestros productos, en especial los pollos de corral, son  cada día más demandados. Además, mientras tú nos ayudas  Marco podrá ocuparse de los pedidos y nuevos clientes y, también dedicarle más tiempo a la fabricación de su mortadela, que esperamos sea uno de nuestros productos estrella.

gallinitas 2

En su primer día como granjera Greta sacó a los avechuchos al exterior como a infantes de guardería para que se ejercitasen y picoteasen el maíz que previamente se esparcía sobre la hierba, y  así crecer gordos y hermosos a la espera de su trágico e inevitable destino. A media mañana Marco se dejó ver,  algo serio y distante  la saludó educadamente. La noche anterior, cuando su padre le comunicó que ya tenían un ayudante y de quién se trataba, su primera reacción fue de enojo y protesta, “ ¿tenía que ser ella precisamente…?”.  Después de meditarlo, admitió que  la chica no tenía la culpa de incomodarlo, quizás fuese preferible a soportar la presencia de cualquier otro bruto paleto de entre el ramillete de holgazanes  oriundos de Ojete  candidatos al puesto. Tratando de vencer su  timidez   y sus reservas hacia la muchacha, se acercó a ella.
—Estos pollitos aún no tienen la edad para salir al exterior —le indicó— dentro de unos días podrás sacarlos,  pero solo por un corto tiempo, debes  evitar las horas más calurosas…son muy sensibles a los cambios bruscos de temperatura.
Se lo dijo muy serio, visiblemente tenso. Marco centraba su atención en los pollos, las plumas, la paja, las paredes…Evitaba mirar a Greta a la cara.
—Perdona…—se atrevió Greta—Te noto algo incómodo ¿No te parece bien que tu padre me haya contratado?
La pregunta lo pilló por sorpresa y alzó la vista,  se percató del desafío en la mirada de la chica, que esperaba una contestación. Sin poder evitarlo Marco se quedó enganchado al  verde de esos ojos tan poco corrientes.
—No—. Su respuesta sonó rotunda y sincera.
—Siento escuchar eso… ¿Es porque soy una chica o porque soy “ La Franchuta”? — Greta le sostuvo la mirada y Marco intentó no ruborizarse mientras sopesaba una respuesta.
—No se trata de ninguna de las dos cosas, perdona si te he parecido algo… borde. Desde un principio no estuve de acuerdo con que mi padre contratase a alguien, eso es todo. Yo puedo quedarme más tiempo si es necesario, pero si se le mete algo en la cabeza…Tampoco esperaba que… que fueses tú, de todas formas no tienes la culpa.
Un  leve movimiento en su garganta atrajo la atención de Greta,  que observó embelesada cómo  la nuez masculina se desplazaba en el breve proceso de tragar saliva, mientras, pensaba que  el  cuello de ese tío era  firme y robusto como el poste de una farola. Llevaba una camiseta ajustada con algunas salpicaduras, también en el delantal que  le ceñía el cuerpo. El contraste entre el blanco de la prenda y el tono bronceado de la piel de Marco,  tostada por el sol veraniego de Ojete, era realmente favorecedor.
—Este tampoco es el trabajo de mi vida ¿sabes?—declaró Greta, saliendo de su embelesamiento—.  No sé si podré aguantar esta peste más de un día —murmuró por lo bajini— pero creo que tu padre  me ha contratado pensando principalmente en ti, para que puedas dedicarle más tiempo  a tu mortadela.
Sin que esta vez pudiese evitarlo, un rubor rosáceo afloró al rostro de Marco al mencionar la mortadela.
—Bueno, ya es un hecho y de nada sirve que le demos más vueltas al asunto…—concedió Marco—.  Agachó la cabeza ligeramente  y esbozó una pequeña y perfecta sonrisa.
Una refriega ocurría tras  los barrotes, había varios pollos sacando pecho y plumas flotando por el aire.
—Mira a ver qué sucede ahí, estaré aquí al lado por si me necesitas —. Se dio la vuelta y se largó.
—¿Y qué pensará que haga yo con estos gallitos? —se preguntó Greta— ¿Que me arremangue y me meta dentro de la jaula a poner orden?… ¡Joder, qué peste!

Los días se sucedían como el avanzar del verano: largos y calurosos.  Las chicharras cantaban enérgicas, las tardes parecían no tener fin, y el gallo cada vez madrugaba más. La abuela había recuperado las fuerzas y la vitalidad y,  aunque Clarita se encargaba de la mayor parte de las tareas  de la casa, la anciana andaba siempre pegada a sus talones rezongando. No pudieron ocultar por mucho tiempo el motivo de las salidas matinales de su nieta.
—Tanto estudio y sacrificio para acabar desplumando pollos, ¡habrase visto! ¡Y qué puñetas!
—Madre, ya le hemos dicho que es algo provisional, un trabajo de verano.
—¡Qué verano ni qué puñetas!

Los pollitos crecían lozanos bien atendidos,  a pesar del madrugón y el nulo glamour de su  empleo,  las mañanas se le pasaban rápidamente.  El trabajo le permitía echar la siesta y  disfrutar de la tarde libre leyendo en el patio, paseando, o simplemente holgazaneando y disfrutando  la paz  y la tranquilidad que da el campo y la sensación de sentirse útil. El trabajo no era gran cosa, mas bien lo contrario, era una gran mierda,  pero día a día la cercanía del guapo y esquivo Marco, si bien pasaba la mayor parte del tiempo ocupado en sus asuntos,  se estaba convirtiendo en un intrigante aliciente.
Una mañana a eso de las diez  Greta  abrió la trampilla y sacó a los pollitos al recreo, se sentó  sobre una piedra y desenvolvió un sándwich de queso para almorzar. En cuestión de dos minutos, el sol se esfumó, el cielo se puso negro como un tizón y comenzaron a caer  gotas de lluvia como escupitajos. Trató de juntar a la pollería para hacerlos entrar, pero estos se empecinaban en seguir picando en el césped como si tal cosa, calándose  hasta las mollejas.
—Pitas, pitas…¡Vamos adentro! ¡Entrad, entrad! Pitas, pitas…
Marco  apareció, alto y enérgico, y la ayudó a resguardar a las aves en un tiempo record.
—Estas tormentas de verano no avisan… ¿Te has mojado?— se interesó.
—Un poco —contestó Greta—.  He intentado hacerlas entrar lo más rápido posible…
—No te preocupes, esto es cuestión de unos minutos, cuando vuelva a salir el sol las sacaremos de nuevo para que se les sequen las plumas.

Greta tenía la blusa empapada, el encaje del  sujetador se transparentaba. Él también lo habría notado. El pelo oscuro de Marco brillaba como recién lavado. Greta se fijó en lo bien afeitado que iba, en lo serio que estaba, en que le miraba… la  boca.
—Acompáñame, por favor —le pidió él—, te daré una toalla.
Greta lo siguió hasta su pequeño cuartel, Marco le tendió la toalla y una camiseta limpia. Ella pasó al baño, se cambió y secó y cuando salió la esperaba una taza de  café humeante encima de una mesa.
—Qué bueno, muchas gracias.
—Aquí en esta sala tenemos cafetera, en ese armario hay botellas de agua, galletas, y algunos aperitivos, por si te apetece.

Se sentaron alrededor de la mesa, el uno frente al otro, Marco tomaba su café y desviaba la mirada cuando sus ojos se encontraban con los de Greta, que lo estudiaba por encima de la taza. El sonido de la lluvia al caer sobre el techo de uralita remitía, estaba empezando a parar. Dentro imperaba el silencio.
No es muy hablador…” pensaba ella”  pero está como un tren.
Es demasiado directa… “ se decía él” pero esos ojos…, es tan guapa.

Greta curioseaba. Se encontraba en una especie de despacho improvisado con dos puertas, una daba a los corrales y la otra a la carnicería. Había  estanterías en las paredes, cajas, carpetas,  un perchero del que colgaban unos pantalones, delantales…, entre un montón de papeles había un diccionario Español-Italiano.
—¡Vaya! —exclamó intentando huir del incómodo el silencio— ¿Estudias italiano?
—No exactamente —contestó—  solo necesito un poco de vocabulario.
Greta se lo quedó mirando pensativa, desde luego el premio al más extrovertido no se lo llevaba
—¿Te sorprende mucho? —le preguntó mordazmente—.Ya sé… piensas que todos en este pueblo somos unos paletos, ¿no es así?
—No, no pienso eso…—Ahora la que se puso colorada fue ella, molesta por el tonito desdeñoso de sus palabras —. Gracias por el café, Marco. Parece que está saliendo el sol, será mejor que vuelva al trabajo.
Cuando Greta atravesó la puerta, Marco cogió el envoltorio del azucarillo que estaba sobre la mesa y lo estrujó con fuerza.
Ese día, al acabar la jornada Modesto se ofreció a llevar a Greta a los Laureles.
—Los caminos estarán embarrados, no es ninguna molestia acercarte. Sube la bicicleta a la  camioneta y en marcha.
Efectivamente, a poco que llovía los caminos se convertían en un barrizal. Llegaron a Los Laureles y Modesto se bajó para ayudarla con la bicicleta, el hombre permaneció de pie unos segundos contemplando  ensimismado la propiedad.
—Solía acompañar a mi padre a ver a tu abuelo, siempre me ha gustado esta finca… es una pena que se esté deteriorando —confesó  fijándose en  los muros— Bueno, guapa, hasta mañana.
—¡Gracias por traerme!

Al día siguiente Marco estaba enfrascado con la mortadela cuando entró su padre.
—¿Cómo va la cosa, hijo? ¿Has encontrado ya la fórmula perfecta?
—Estoy probando con otra especia —comentó—, busco un sabor… no sé, que sea suave pero a la vez impactante.
—Suave pero impactante, ¿eh? Como Greta… —sugirió— ¿Tal vez deberías invitarla a salir?
—Ya empezamos… No necesito que me des consejos sobre mujeres, papá,  limítate a la mortadela.
—Pues yo creo que sí… Una preciosidad como esa no se presenta todos los días, no te estoy diciendo que le pidas relaciones, sólo que salgas y te diviertas como corresponde a un chico de tu edad. Además, tienes que vencer esa cortedad con las mujeres, Marco,  desde luego, en eso no te pareces a tu padre.
—Yo no soy corto.
—Mira hijo, con las mujeres hay que ser decidido, hay que tomar la delantera y nunca deben notar que te ponen nervioso… si se dan cuenta de eso ¡está uno perdido!
La puerta de la carnicería sonó.
—Ha entrado alguien, voy a ver quién es.

Modesto cruzó la cortina tintinera  y se quedó petrificado cuando reconoció a Clara, toda digna frente al  mostrador. Se le cerró la glotis y no fue capaz ni de ofrecerle los buenos días. Le flojearon las rodillas, se le humedecieron las palmas de las  manos y no se atrevía a hablar por miedo a ponerse en ridículo. Comprobó con desaliento que, a pesar de los años, se volvía torpe y azorado en presencia de Clarita.

Continuará
Betty L♥ve

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El tarot del Amor. Consulta de María del Carmen.

El tarot del Amor
Miss Orchidea Sousa

Querida Miss Sousa:

En primer lugar me gustaría felicitarle las fiestas y desearle todo lo mejor para el próximo año. Precisamente, por el próximo año quiero yo preguntarle, me gustaría saber cómo me va a ir. En todo. Usted míremelo todo y a ver si me sale algo bueno. Porque llevo una racha… Yo si quiere le cuento, pero no sé si eso será hacerle perder su preciado tiempo. Mejor le hago un resumen, ¿no?
A ver, en la salud no me puedo quejar del todo, no estoy muy mal, pero tampoco me noto yo con mucha energía para hacer cosas que veo que hacen los demás, para que se haga idea le doy un dato: a mí me ha costado mucho poner el árbol, ¿sabe? Oiga que mi abuela Florentina se lo ha puesto del tirón, un árbol de siete metros, petado de adornos, y a mí me ha costado Dios y ayuda decorar mi pequeño bonsái. Es que estoy como floja, sin ganas, como desfondada…
El trabajo, ahí sigo, en el archivo, archivando y mirando de tanto en tanto por el rabillo del ojo a Onésimo Retuerta, el de contabilidad, si le viera… Es tan apuesto, me llamó la atención desde el primer día que pisé la oficina hace veintitrés años, y desde entonces, sueño con que un día pasará algo… pero por ahora nada… Lo máximo que ha pasado es ir a la cena de empresa juntos y que siempre acabemos sentados cada uno en una punta.
Qué hartura. Por eso, escribo. ¿Cambiará mi suerte de una vez? ¿Este año será mi año?
Gracias por escucharme y muchos besos.

María del Carmen

Querida María del Carmen:
Me pillas que salgo para una fiesta y tengo las cartas en la otra habitación. Da lo mismo. No me hacen falta. Te escribo así deprisita porque lo tuyo tiene fácil arreglo: espabila mona, que veo que te jubilas y el compañero Onésimo se te escapa vivo. Invítale a tu casa con cualquier excusa relacionada con la contabilidad, yo qué sé que te contabilice el número de zapatos aburridos que debes de tener, porque presiento que son todos iguales, que te haga una hoja Excel con tus gastos del mes, en fin… cualquier invento, él se sentirá honrado y ya en tu territorio, podrás hacer con él lo que quieras.
Ahora que me da a mí que el Onésimo este es un pavisoso del quince, porque si todos estos años no ha dado el paso. ¿De verdad que te interesa un hombre tan paradito?

consulta
Tú verás, pero yo a ti te veo muy mustia, ¿no será mejor que pases de este señor tan pelma y que empieces a divertirte un poco?
Para empezar, muévete, porque te veo oxidada, más que desfondada como tú dices, yo creo que estás fondona, me da que te mueves poquito, hijita, yo creo que te convendría levantar un poco el pandero de la silla de las lamentaciones y ponerte a moverlo como una loca. Baila. Mueve las caderas. Quítate esa ropa horrenda que llevas, porque seguro que lo es, suéltate el pelo, deshazte de esa coleta horrible y esas cejas que llevas de abuela, y modernízate todo lo que puedas.
Ahora estarás pensando que si tengo una bola para verlo. La respuesta es que tampoco me hace falta. Simplemente, lo sé. ¿A que he acertado?
Bien. Pues sigue mis consejos… Yo empezaría por las medias o los calcetines, empieza a arriesgar por ahí, atrévete a dar la nota. ¡Si no pasa nada! Peor que estar donde estás, no va a ser.
Y haz como yo, sal y vive, no esperes más milagros.
Visita museos, ve al campo, sal a cenar, apúntate a cursos, y sobre todo sé buena. Y que conste que no te aconsejo esto porque estemos en Navidad, no, es que ser bueno está genial. Si lo tuyo es archivar, ayuda a los que te rodean con tu talento, ofrécete a archivar facturas, informes médicos, correos electrónicos, todo lo que pilles, eso te hará sentir bien, y ya verás como al sentirte útil, te sientes menos achacosa.
Si haces todo esto, te vas a renacer, estarás radiante y la vida esa que llevas, hija mía, tan mortecina ya verás como cambia radicalmente.
Ese es el secreto.
Y ahora te tengo que dejar, tengo una cena navideña con unos amigos, hay uno de ellos que me gusta… Pero yo lo único que quiero es bailar y bailar, como una loca…
Ya me contarás como te fueron con mis consejos.
Con afecto,
Miss Sousa

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Corazón Guerrero de Johanna Lindsey

Joyas y yoyas, Vara gold

Para inaugurar por todo lo alto mi sección de yoyas traigo un ejemplar de los que hacen historia, me presento ante ti lector con una supuesta novela supuestamente romántica y de corte supuestamente futurista. Pido licencia para la validez de tanta redundancia pues tanta suposición no es casual, no nace de mi descuido ni de mi pereza para buscar sinónimos, los prodigo con absoluta deliberación, porque ninguna de estas suposiciones se hace realidad.
Corazón Guerrero de Johanna Lindsey tiene de futurista lo que el Ford de pedales, los tirachinas, la boina, la tos o las boñigas; de romántico lo que cenar en casa de los suegros o el burger de la esquina, lavar calzoncillos con zurrapas, que te regalen para tu aniversario una olla exprés o que se tire un pedo mañanero y airee las sábanas contigo aun dentro del sobre; y con tanto parecido a una novela como los panfletos del brujo vudú curalotodo con los que te atiborran el buzón o el adoquín que ponen en las calles del centro. Afortunadamente, patochadas de libros como éste no abundan, pues la densidad de despropósitos por página que alcanza la autora es difícilmente imitable.
Tengo una teoría. La teoría de que alguien tenía la teoría de que bajo el nombre de novela romántica se podía publicar cualquier bazofia y venderla como churros si su autoría se atribuía a una escritora del género de renombre. Y para demostrarla puso a la venta Corazón Guerrero de Johanna Lindsey. Supongo que no andaría muy desencaminada la teoría si el libro forma parte de una trilogía y la editorial consintió en sacar a la venta éste, que es el tercero nada menos.
En mi opinión el libro no tiene ni una faceta que salvar y para justificarme intentaré desmontarlo y analizar dichas facetas por separado.
Empezaré por los protagonistas y la historia.
Brittany es una mujer alta (aunque parezca una puntualización baladí, este adjetivo es de vital importancia en la historia) que trabaja de albañil porque quiere, un día, construir su casa con sus propias manos, sueño y meta de su existencia. Poco más se puede decir de ella, porque el personaje es más plano que Albacete y tan profundo como la bañera de mi casa.
De Dalden puedo decir que es un extraterrestre guerrero alto y machista. Y ya está. No hay más. La autora no se calienta mucho la cabeza, y si yo creía que su Britanny era plana y poco profunda, él es tan plano como el encefalograma de un muerto y tan profundo como una taza de café.
Pero hay un tercer personaje que para mí tiene más protagonismo que este par de lerdos: Martha, una computadora tocapelotas, sabelotodo, mandona, creída, desobediente, maquinadora, maleducada, impertinente, insoportable, omnisciente y omnipresente. No las he contado, pero creo sinceramente que tiene más líneas de texto que cualquiera de los dos protagonistas, o quizás no, pero cada una de ellas se me ha hecho eteeeeeeeeeeerna. No logro comprender por qué no la desconectan, es igual de molesta, insistente y cansina que una mosca cojonera, pero mucho más prepotente.
La historia va como sigue: un malo sideral llega a la tierra para convertirse en nuestro rey mundial. Es un rey sin padre ni madre ni perrito que le ladre, es decir, sin súbditos, que busca un pueblo que le adore y ande todo el día haciéndole besamanos y genuflexiones. Para ello viene con unos bastones hipnotizadores (que como nos ponga a todos en fila india para pasar a por nuestra ración de bastón se le iba a aponer el pandero cuadrado, pero bueno). Es por eso que llega Dalden a rescatar el mundo a salvarnos del rey tirano. El malo, que va con las cortas, se va con el bastón a hipnotizar al alcalde de un pueblo chusquero “con casa de empeños” (información facilitada por Brittany que nos da una idea de la importancia del municipio). Va disfrazado (vamos, que la corona la lleva en el bolsillo) y como no lo puede localizar así, a ojo, en la plaza del pueblo que está a reventar por un mitin, contrata a Brittany para que lo reconozca por el acento, a pesar de tener a Martha-yo-lo-sé-todo pegada en el cogote que no lo deja ni a sol ni a sombra, ni a pie ni a pata. Brittany es quien localiza primero a Dalden entre la multitud, porque mide 2,10 m y medio cuerpo sobresale de la marea humana. Al ver su estatura decide que se tiene que casar con él, cualquier otro impedimento es sin duda de poca monta, podría ser un asesino en serie, un violador de viejas, trabajar de aflojador de bombillas, tener tres tetillas, voz de pito, halitosis, llevar tanga de leopardo, ser adicto a las alubias… pero todo eso tiene solución, si mide 2,10 m a algún apaño llegaremos. En medio de la multitud ve como sin razón alguna pone cara de pánico y decide salvarlo de su ataque de ¿claustrofobia? Al acercarse y ver su atuendo, si había dudas sobre si era el hombre de su vida, éstas quedan despejadas y es que el atuendo no es para menos: cazadora, pantalones de cuero reapretados hasta parecer su propia piel, botas hasta la rodilla, medallón de oro colgado del cuello con cadena a juego (por como lo describe me lo imagino como un plato de café sujeto al cuello por la cadena de una bicicleta, ya que el conjunto pesa, así a ojo, más de 5 kgs, que no kilates, que no me explico cómo no le ha salido joroba de llevar eso arrastrando todo el día), escote en forma de V a lo “busco a Jacques” pero más masculino, artilugio fabricado por el profesor Bacterio colgado de la cintura con numerosos botones luminosos y de colorines más pinganillo molón, y melenón del quince. Vamos un cruce entre Hulk Hogan, un patriarca gitano, Andrés el Gigante, Fi Fa Fo, rapero de éxito, heavy ochentero, el gato con botas y el agente 007; el mayor anticonceptivo desde la píldora. Pero claro, ella que rozando ya la treintena sigue virgen a pesar de la sobreexposición que habrá sufrido a los piropos de andamio, carece ya de la claridad de discernimiento necesaria para distinguir a un hortera de bolera de un dandy. Además de que con los 2,10 m de maromo su suerte ya estaba echada y le hubiera parecido vestido con la elegancia del chaqué aunque le hubiera llegado arropado con taparrabos de antílope de la sabana y cabeza de ñu hueca, cual brujo de la tribu.
En breve encuentran al rey errante, que como el barco holandés de la leyenda vaga por estos pagos intentando infructuosamente encontrar el puerto que le dé cabida, y se lo llevan a su tierra tras una breve lucha cuerpo a cuerpo con Dalden, en la que éste se luce ante Britanny con un espadón más largo que un día sin pan (no sé si es una burda alegoría de sus atributos o simplemente seguir en la línea de burro grande, ande o no ande que sufrimos desde la primera página; pero la exhibición del plumaje o del as de espadas, lo que me da, es ganas de dejar la partida a medias).
La autora simultanea esta trama sin par con el intensísimo amor que Brittany y Dalden se profesan ya en cuestión de horas y sin haber cruzado más que un montón de malentendidos porque Dalden no habla su lengua y precisa de traducción simultánea por parte de Martha a través del pinganillo. Circunstancia que aprovecha la autora para meternos a la supuestamente graciosa Martha hasta en la sopa, pero que lo que dan es ganas de tirar el “pinganillófono” al pozo más profundo que podamos encontrar y entenderse por señas o con señales de humo si necesario fuera. Brittany toma a Martha, primero por una competidora al corazón de Dalden y después por algo así como su abuela y aunque de vez en cuando piensa que le gustaría estar a solas con Dalden en el fondo yo creo que le mola perderse en discusiones bizantinas con la maquinita en cuestión. Mientras tanto Dalden ya ha decidido que Brittany es su compañera de por vida, diga ella misa cantada, así que se la va a llevar a su planeta en cuanto termine la misión, pero como la quiere tantísimo intenta seguir el ritual de cortejo terrícola, por lo que se van a bailar a una discoteca donde ella intenta enseñarlo a bailar. Dalden, que no ha visto bailar en su vida, se pone a ejecutar katas de espada entre bolas de espejos y luces estroboscópicas (que lo que no sé, es cómo no lo echan de la pista a pedradas). Cuando toca bailar pegados empiezan a besarse e inmediatamente se ven inundados por una pasión incontenible, así que Dalden y Martha que hasta el momento habían puesto la discreción como elemento indispensable de la misión, mandan ésta a freír espárragos y hacen POP en medio de la pista llegando al catre por tele-transporte. Es decir, nuestra albañila de primera pasa de la pista de baile a la cama, sin transición de por medio y lo atribuye a una droga mezclada en el zumo de pomelo que  estaba tomando combinada con el irrefrenable ardor sexual desatado por el beso y no le da más vueltas al asunto. Brittany, que había guardado tan fieramente su flor, se la da a Dalden tras un restregamiento de cebolleta de milisegundos y con la abuela a la escucha durante todo el proceso. Sí, sí, lees bien: Martha se mantiene a la escucha, Brittany lo sabe, pero Dalden la tranquiliza diciéndole que no va a intervenir. Sólo nos hubieran faltado las indicaciones de Martha en la cama para terminar de espesar la densa atmósfera sensual que los rodea. Pero no creas por eso que el momento piltra está falto de estupideces del más alto grado, para que te hagas una idea de la ridiculez de la escena y del anticlímax que supone, valgan estas perlas:
1.  Llegado el momento clave ella le dice: “ Estoy en buena forma, estoy preparada, adelante”. Entra a matar machote, que de algo tiene que valer estar todo el día echándome sacos de cemento a las espaldas. Estoy hecha un toro. Ni el cantar de los cantares, ni Romeo y Julieta, ni Cyrano de Bergerac, ni leches. Aquí está El Corazón del Guerrero para llenar de poesía nuestros corazones.
2. Mientras copulan él la llama “compañera de por vida” pero ella sigue viéndose como el polvete de una noche y al oírlo llamarla así se pregunta ¿qué querrá decir? No sé, no sé, ¿estará acordándose de alguna novieta anterior? Cuando dice “compañera de por vida” en realidad ¿no querrá decir “muñequita”? En fin, habrá que preguntarle después y que nos lo explique.
3.  Cuando terminan y Brittany se queda dormida, Dalden se la recuesta en el pecho porque está preocupado de que alguna juntura o arruga en las sábanas perturbe su sueño. Y es que aunque nosotras creíamos que era una ruda mujerona hecha a trabajar en las más duras labores, en realidad es la princesa del guisante y los 7 colchones. Esperemos que tenga el pecho bien depilado o al despertar la mejilla de la bella durmiente podría cubrirse de ronchas y escamaciones.
La segunda mitad del libro que nos queda se resume en el viaje de vuelta a “Gigantolandia” en el cual Brittany se dedica a tocarnos las narices no creyéndose nada, para ella todo es un estudio. Hay alguien interesado en medir su reacción ante la situación para hacer un estudio en la Universidad de las Chimbambas. Y para ello se gastan una millonada en hacer una nave espacial, contratar a todos los jugadores de baloncesto del planeta para hacer de extras, disfrazar a caballos de bestias extraterrestres, llevarla a ver un palacio en medio de una selva, y bla bla bla. No se cree nada hasta que por poco la mata un castor gigante con púas en la cola y la salvan con una máquina “curalotodo”. Y colorín colorado, ya somos felices y comemos perdices.
Yo aquí lo resumo muchísimo, pero ¿te haces una idea de lo que es leer esto durante páginas y páginas y páginas? Es imposible hacerse una idea, hay que leerlo para saberlo, te lo digo yo. Yo me lo he leído para hacer esta crítica y ahorrarte el sufrimiento, pero de lo contrario este libro se queda en la página 3.
Pero no es sólo la historia y los personajes, es que el libro está plagado de frases a medio camino entre la rimbombancia y la ridiculez que te tienen con los ojos en blanco a perpetuidad, si lo que no sé es como he conseguido centrar las pupilas el tiempo suficiente para terminar de leerlo. Frases y expresiones como “enloquecido infierno de pasión”, “ritual amatorio” o “¿estarían sus brazos registrados como armas letales?” (creo de verdad que esta pregunta se la hace Brittany totalmente en serio).
La ridiculez de establecer un universo plagado de planetas que albergan vida inteligente y que entre los habitantes de unos y otros no hay más diferencias que las que pueda haber entre un español y un portugués, o  entre un europeo del siglo XIX y otro del siglo XIII clama al cielo. Pero ¡si hasta las lenguas de unos planetas y otros se diferencian en chuminadas! Vamos, que a años luz de distancia, al final a la hora de comunicarse es casi como cuando un español aterriza en Buenos Aires, alguna palabrilla diferente, un boludo por aquí, un quilombo por allá, y arreando que es gerundio.
Pero lo peor de todo, lo que me subleva ya sin remisión es la ideología machista, retrógrada, rancia y conformista que intenta venderme. Dalden procede de un planeta que viene a estar a medio camino entre la Cimmeria de Conan el Bárbaro y el Afganistán de nuestros días. Allí cuando el hombre elige compañera de por vida, ésta no tiene ni voz ni voto, no ya en el matrimonio, sino en nada que venga antes o después. Las mujeres son niñas eternas, sin capacidad de decisión sobre nada. Una mujer sin protector puede ser vendida y maltratada y una mujer que tiene padre o marido, pierde en sus manos cualquier control sobre su vida, ha de obedecer sin rechistar y, lo que es peor, sin preguntar por qué sí o por qué no. Ya sé que esto no se lo inventa la autora y está basado en hechos reales, pero lo que me repatea hasta que me duelen los riñones, es que Brittany viene de un ambiente distinto y la sabia Martha le dice que todas estas soplapolleces debe aceptarlas en aras del respeto a las costumbres distintas. Debe permitir que Dalden la secuestre y convierta en su mujer, y, a partir de ese momento dejar en sus manos todas las decisiones grandes y pequeñas que afecten a su vida, porque él lo hará todo por el bien de ella, “lo aceptarás en cuanto veas la lógica que hay en ello”. Y así es, en cuanto está a punto de morir a manos del castor cola-de-púas, Brittany cae en la cuenta de que él sabe más que ella y que todo lo que le dice que haga o deje de hacer es por su bien. Y aquí no queda  todo. En “Gigantoburgo” también hay gente bajita. Los darash. Un pueblo esclavo procedente de un tercer planeta, que sometieron tiempo atrás y que trabajan sin cobrar para los guerreros, pero que son felices con su situación porque “se saben imprescindibles”. Qué más puedo añadir.
En resumen: no le recomendaría el libro ni al peor de mis enemigos. No le veo el romanticismo por ningún lado, la historia aburre hasta a las ovejas, la ambientación es risible, el lenguaje está a la altura del “Me llamo Teo”, la estructura del libro brilla por su ausencia y la doctrina que intenta impartir apesta. Un cero pelotero.

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Amor y Mortadela

SUCEDIÓ EN OJETE

Casio el solterón circulaba por la comarcal dirección Boñiga-Ojete, al pasar la vieja fábrica de harinas puso el intermitente, giró a la derecha, y apagó el motor junto a la mujer que lo esperaba. Como todos los viernes, La Úrsula, con las viejas botas de tacón de aguja y el uniforme de guerra, se ciñó  el chaquetón de falso leopardo al cuerpo y subió a la furgoneta luciendo muslamen  y carreras en las medias. Él no era un simple cliente, era su amigo. Casio llevaba parando en ese punto desde hacía ya cinco años, la convidaba a café y puro los primeros meses, a comida y copa los siguientes. Cincuenta y tantos ella, setenta y uno él. Además de  una entrañable e íntima relación, si la cosa se ponía a tiro y  funcionaba lo que tenía que funcionar, en el fondo ambos huían de  un  lugar llamado soledad. Ella, cascada por la mala vida y las miserias; él, sentía cerca su hora y le entristecía la idea de que la parroquia, como se esperaba de un anciano solterón y sin familia, heredase la casa y sus cuatro gatos.

—Úrsula, quiero hacerte una propuesta, ties que dejar la pensión.
—Pero hombre, si dejo la pensión ¿adónde quies tú que me meta?  Yo ya no estoy pa cambiar de vida, Casio.
—Nos vamos a casar.

Bien se le vieron las cuatro muelas que le quedaban  de tanto que Úrsula abrió la boca pintarrajeada de rojo.

—¿Pero tú qué es lo que has bebío?
— Ni una gota, Úrsula. ¡Ni una! Ya me he informao, me ties que preparar unos papeles y echamos la firmita.
—Casio, tú eres un buen hombre y sabes que te aprecio, pero ¿cómo te vas a casar con una como yo? ¡Que he sio puta Nicasio! Bien que ahora de uvas a peras me para algún cliente, pero yo no soy mujer pa llevar del brazo.
—Eres la mejor persona que conozco, Úrsula —Casio le tomó la mano, la miró a los ojos y la convenció con un tierno apretón—. No tenemos que dormir juntos si no quieres— le sonrió—, tengo una casa grande en el pueblo con muchas habitaciones…Y no creas que quiero que me cuiden, quiero cuidarte yo el tiempo que me quede. Y no se hable más.

Y así sucedió, se casaron por lo civil y Úrsula se mudó a casa de Nicasio en el número uno de la calle larga. La noticia de que Casio el solterón, natural y residente en Ojete de Abajo se había casado a los setenta, y a todas luces con una lagartona fue el chisme del momento. Las beatas se rasgaban las vestiduras y las vecinas criticonas daban rienda suelta a la imaginación teorizando sobre la vida íntima de la pareja.

En un primer momento a Casio le hubiese gustado casarse por la Iglesia, pero convino en esperar un tiempo respetando los deseos de su futura.  Con la llegada de Úrsula la casa cobró vida: brotaron las plantas, que  florecieron con más brío y color luciendo como nunca antes en el patio y los balcones, y los gatos, en contra de todo pronóstico, se acostumbraron a  la nueva señora de la casa en un tiempo récord. La vida del matrimonio transcurría en cotidiana armonía y maduro entendimiento. Y así, día a día, semana a semana  inmersos en su nueva vida, la pareja se disponía a disfrutar de su primera Noche Buena como esposos dando un paseo del brazo por la plaza de su pueblo.

—¡Nieva!

Hacía más de diez años que la nieve no visitaba Ojete de Abajo.

—Hace un frío que pela, ¡se me están helando las pelotas! —Exclamó El Llagas desde su lugar de privilegio en el Belén viviente—. Menos mal que  bajo el sayo llevo dos jerséis y la barba ésta calienta un huevo, aunque huele un poco a choto…
—A mí me pican los leotardos —se quejó la Virgen María con voz lastimera.
—A ver si lo que te pica es otra cosa Pepi… —contestó El Llagas, que no quería ni levantar la vista por miedo a toparse de nuevo con esa pelusilla morena que como un toldo sombreaba el labio superior de la muchacha—. No me pongas ojitos que estás lista si piensas  voy a caer otra vez.

La Pepi, azorada, agachó  la  cabeza  y  estiró de  un  hilo  que  se escapaba de su túnica.

—A ver muchachos, volvamos otra vez a la posición original —ordenó el párroco—. La Virgen María a la izquierda, y tú Llagas, deja de moverte que parece que tienes azogue ¡Y colócate bien la barba!
—Padre…
—Deja de quejarte y pon cara de piadoso.
—Es que  la mula está orinando en el pesebre…donde Manolito.
—¡Ay, pobrecito mío! Cagoen…—gruñó el cura.
—¡Andá! —exclamó El Llagas— ¡Por ahí van La Úrsula y el vejestorio!

El cura se volvió a mirar y saludó a la pareja con un gesto de cabeza.

—A  ver si tenemos más respeto por los mayores, muchacho —lo reprendió.

El Llagas se disponía a replicar cuando  El Liendres, montado en su Rieju con el pelo al viento  y disfrazado de Papá Noel, apareció derrapando sobre el suelo helado. Detrás, de paquete, llevaba al Josete que se  agarraba al sillín con las dos manos como una garrapata. Una turba  de humo gris salía del tubo de escape atufando al personal.

—¡Eh, Padre Cipote! ¡Le presto la moto para dar una vuelta! —se cachondeó El Liendres haciendo cabriolas alrededor del Belén.
—¡Gamberro! —gritó el párroco— ¡Y disfrazado de mamarracho! ¡Ya hablaré yo con tu abuela! ¡Gamberro!
—Phsss… Pepiiii —susurró El Llagas—. Seguro que sabes por qué al cura le llaman “El Padre Cipote”
—Mmmm, mi madre dice que es porque de joven tocaba el tambor…
—¡JA! Conmigo no te hagas la inocente. ¿No me digas que no te has fijado lo que sobresale de la sotana?  Ya sabes lo que dicen: quien tuvo, retuvo…
—Venga, vosotros dos dejaos de charreta —protestó el cura más cabreao que una mona—. No hagáis caso de ese hereje,  ¡a lo nuestro! que está empezando a llegar la gente.
—¡Eh Llagas! —exclamó El Liendres en tono burlón—¡Si pareces un santurrón ! ¿Vas a dejar que La Pepi te toque la zambomba? JAJAJAJA

Al atardecer  había más de un palmo de nieve sobre la plaza, los copos caían ligeros como plumas y Ojete se iluminaba con el modesto alumbrado dispuesto para las fiestas navideñas. La cruz del campanario destelló de rojo y amarillo y  las bombillas colgantes, con forma de angelitos panzones se encendieron todas de una vez. A los pies del Belén un puñado de pequeños pillos abrigados hasta la asfixia cantaban villancicos y tocaban la pandereta a cambio del aguinaldo. Los vecinos se fueron dispersando y  los miembros del Belén  abandonaron al fin sus posiciones volviendo a sus casas para celebrar la cena de Noche Buena en familia. Las chimeneas rendían a todo trapo colmando el aire de un aroma a leña, a carne asada,  y a hogareño calor.

A las doce en punto, las campanas de la iglesia doblaron llamando a Misa de Gallo. Esa noche, el pueblo de Ojete al completo, con la muda limpia y la ropa nueva, acudía a la Iglesia de Nuestra Señora de la Angustias para recibir la navidad. Empezada la misa, Casio el solterón y su flamante esposa se abrían paso entre los feligreses  buscando asiento en los primeros bancos. Algunas mujeres, que presumían de ser las más cristianas se persinaron.
— Realmente esta es una Noche Buena, noche gloriosa y valiosa por un nacimiento en Belén. Una noche en la que se junta el cielo con la tierra y…

El murmullo interrumpió el sermón. El día anterior el cura había oficiado en privado el casamiento religioso de Nicasio y María Luisa otorgando su bendición a la pareja.

—Le acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido curadas de enfermedades y espíritus malignos: María, llamada “Magdalena”…—enfatizó el sacerdote improvisando en su discurso para acallar los cuchicheos.

Al término de la oratoria exclamó:
—¡Que la navidad sea el pan nuestro de cada día! Podéis ir en paz.

El Liendres escurrió el bulto y fue de los primeros en abandonar el la iglesia.

—Vámonos tíos, que no me caiga encima El Cipote que me la tiene jurá.
—Es que le has tocao la moral con el trajecito del barbas… —rió El Llagas— ¿De dónde lo has sacao?
—Lo pedí por el Venca, el catálogo ese donde mi madre se compra los camisones transparentes para fin de año,  que se cree que soy tonto y  no me cosco… ¡Ayyyyy!
—Ven aquí hereje —El padre Cipote lo agarró de una oreja y estiró y estiró hasta casi ponerlo de rodillas —¡Mañana bien temprano a confesar!

La noche continuó como en cualquier otra parte y lugar: unos a acostarse, otros de juerga;  frente al fuego, bajo la mesa de camilla, partiendo nueces, asando castañas, jugando al bingo; con los niños, con los amigos, con la parienta…

Los más afortunados coronaban la festividad con un alegre polvete; improvisando sobre la cama, desde el armario, excepcionalmente, de estreno, de aburrimiento, con suerte…

Casio y Úrsula se acostaron tan pronto como  llegaron a su casa,  calentaron la cama con un par de bolsas de agua caliente y durmieron abrazados  con un nuevo y pequeño gatito a los  pies de la cama.

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Momentos Rubios por Encarna Magín

MOMENTOS RUBIOS

Hoy me apetece hablar de esos momentos rubios que alguna vez todos hemos tenido sea hombre o mujer, morena, rubia, pelirroja… no tiene por que ser rubia a la fuerza. El tema, como siempre, salió en la conversación que tengo con dos amigas a las que quiero un montón. Hablábamos de las novelas románticas (mi tema preferido) y esta vez nos centramos en las protas estúpidas que abundan en muchas historias. Quien escribe sabe que darle vida, soltura, credibilidad a un personaje no es trabajo fácil, yo lo considero un arte; requiere de mucha habilidad. Muchas y muchos desean para sus historias una prota inocente y dulce que es lo que más abunda en novela romántica y, sinceramente, les acaba saliendo un churro. No pretendo insultar a nadie, pero a veces como lectora me siento insultada y eso tampoco está bien. Me refiero a que acaban creando a la típica rubia tonta (repito: aunque no sea rubia el concepto ya lo entendéis) sin neuronas y con el cerebro entre las piernas. Esas protas cuya lengua, por algún motivo que se me escapa, no conecta adecuadamente con sus sesos y conecta mejor con esa parte del cuerpo que sirve de desagüe. Es lo que digo siempre, si los hombres fueran adictos a la novela romántica, esos chistes machistas que todas hemos escuchado muchas veces cobrarían sentido y tendrían su lógica.
En fin, que sigo yo con mis momentos rubios. Reconozco que yo también a lo largo de mi vida he tenido algún momentillo de estos, y en el futuro supongo que se dará más de uno; soy humana y ya se sabe que los humanos, gracias a Dios, somos imperfectos. Pero no voy a hablar de mis momentos rubios, no quiero dar carnaza a «rubias tontas» para proporcionarles temas de conversación tan tontos como ellas o ellos, me da igual el género, la tontuna no entiende de masculino o femenino, se lleva dentro y sale por la boca.

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Pues bueno, voy a contar un momento rubio que tuvo una de mis amigas, la cual me ha dado permiso para contar sin que diga su nombre. Ahora mismo se me ocurre que estaría bien hacerle la bromita de que tuve un momento rubio y escribí su nombre jajajajaja. Ella me hace otras bromas y siempre caigo. Pero no, no le voy hacer tal cosa, no quiero ser la culpable en el caso de que le dé un ataque.
Mi amiga trabaja en una farmacia y hace unos días entró un adolescente muy bien parecido (tipo yogurin) a comprar preservativos. Él nada más entrar pues le pide una caja de condones en un tono decidido, pero tenso por aquello de que el chaval es todavía un gallito joven, tierno y la vergüenza aún puede con él. Entonces le dice de golpe y porrazo a mi amiga:
−Oyeeeee que tengo veintidós y medio…
Mi amiga, la pobre, se queda sin habla y ya en su cabeza se pasea un miembro erecto de grandes dimensiones. Ella me explicó que se quedó roja como un tomate, ya que notó su cara arder, hay que reconocer que la impresión puede con cualquiera por muy versada que se esté en el tema y por muchos polvos que se hayan tenido. A esto ella le contesta casi tartamudeando:
−Ehhhhh, bueno… te…tenemos tallas…
El chaval, entonces, se da cuenta de su error; su apuro es visible a simple vista y también se sonroja. Mi amiga me contó que no sabía ni dónde mirar el pobre, solo dijo en un hilo de voz:
−Solo llevo veintidós euros y medio…
Bufffff viene aquel momento en que mi amiga quiere que se la trague literalmente la tierra. Se trataba de la cantidad de dinero, no del tamaño en centímetros de su instrumento de placer. Claro, esa manía que tienen los jóvenes de reducir textos en WhatsApp se contagia en sus otras maneras de comunicación. Porque vamos a ver, qué le hubiera costado decir que quería un paquete de condones, pero que su precio no pasara de veintidós eurillos. Se hubiera ahorrado la escenita y el momento rubio de mi amiga.
Ella fue a buscarle el paquete de condones, no se atrevió a abrir la boca y el muchachito aún menos. Era evidente que él quería salir de allí cuanto antes mejor y mi amiga que se fuera también rápido. El chaval pagó con sus veintidós euros y ella le devolvió el cambio. Y se fue deprisa, disimulando como pudo sus prisas y su bochorno. Mi amiga acabó por reírse de su estupidez, ¡menudo momento rubio!, para recordar. Al menos en la farmacia no había más gente, porque si llega a haber clientes entonces es para morirse, eso sí que hubiera sido apoteósico.
En fin que ya veis que momentos rubios tiene todo el mundo. Mi amiga no es rubia, sino morena y metió la pata hasta el fondo en una situación ridícula. Aunque sí que es verdad que hay mujeres tontas, tontas que bien merece eso de que «tenía que ser rubia» aunque sea teñida. Alguna conozco y yo le daría el premio a la estupidez. También hay famosas que encajan con esta descripción que solo por follarse a un famosito o tener un hijo de él llegan más lejos que una mujer emprendedora con estudios. Fíjate que carrera tan prometedora, solo hace falta tener los bajos bien lubricados y ser un poco mona, luego ya te harás retoques vendiendo tu vida. Y encima tienen seguidoras y fans histéricas que si bien muchas no son rubias, pues como si lo fueran, no hay diferencia entre unas y otras. Igual si les abriéramos la cabeza no encontraríamos nada, solo eco.
En fin… que en este mundo tiene que haber de todo y como ya he dicho yo también he tenido mis momentos rubios, y gordos. Tal vez algún día los ponga en una novela.
Y solo me queda desearos un buen inicio de año y que este 2014 venga cargado de cosas buenas. Dedicaros a vivir la vida que es lo mejor que se puede hacer sea el año que sea.

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De vuelta a los orígenes

DE VUELTA A LOS ORÍGENES
Sor Virtudes

Pues sí. Estoy de vuelta a mis orígenes «lecturiles». No hay nada como retroceder lecturas para recuperar la fe en la novela romántica erótica. Porque sí. Porque leyendo la mierda que publican últimamente, y digo MIERDA en mayúsculas para que todas os enteréis, estoy de un bajón literario tremendo, incapaz de seguir torturándome con tremendos bodrios. ¿Soy yo la única que ve que la novela romántica erótica que se publica ahora es una puta mierda? (Ya sé que estoy soltando muchos tacos, pero luego me confesaré y listo). Me la suda si son superventas o si todos hablan de estos libros. La realidad es que son novelas para meter en un cubo con salfumán, insanos, sin sentido, nada románticos. Vamos que no sirven ni para papel higiénico.
Por eso en un acto desesperado he regresado al pasado, a esos libros que me llenan de emociones y que me excitan tanto que me conformo con un pepino para aplacar la libido a falta de carne erecta, tierna y salvaje.
Pero ha llovido mucho desde mis primeros libros eróticos, entonces era una monjita inocente, casta y pura que había encomendado su alma a ese Dios bondadoso. De acuerdo que el Diablo siempre hace sus apariciones tentándome todo lo que puede. Y ya sabemos que la carne es débil y siempre hay un curita a quien echarle mano. A estas alturas nadie se va a creer eso del voto de castidad, hermanas y hermanos. La verdad es tozuda y por mucho que los reprimidos mandamás de la Iglesia quieran hacernos creer lo contrario, la única verdad es que Jesús follaba. Sí, FOLLABA. Y quien diga lo contrario es un mentiroso; él antes de iluminarse fue humano también, y como humano pues tenía sus necesidades. Eso de la castidad llegó después de la crucifixión de Jesús porque un papa estrechito de miras, sin neuronas y con la polla pequeña exigió celibato. Además esos mismos que exigen celibato son los que en secreto follan más que los conejos y los que más perversiones satisfacen. Que sí, que sí, que es así, que yo sé lo que digo y los secretos tarde o temprano salen.
Bueno, pero eso no tiene nada que ver con lo que yo quiero explicar. Estaba que necesitaba recuperar mi fe en la novela romántica erótica. Pues nada, que abrí las cajas donde tengo guardadas mis reliquias, esos libros que adoro, que no  quiero  que  se  me  ensucien de  polvo  y  que  de vez en cuando saco para recuperar la fe perdida.
Y entonces… entonces vi uno de mis primeros libros de romántica erótica. Ese que me hizo babear y que me empujó a devorar más literatura erótica. Estoy hablando de Placer Salvaje de Sarah McCarty. No pude evitarlo… ¡y me lo volví a leer! Lo devoré en tan solo una tarde. Porque sí, porque estos libros me pueden, no me canso de leerlos, me cargar las pilas y sobre todo hacen que no pierda la fe.

9788468724249

Sinopsis
Todas las mujeres de Texas sabían que los Ocho del Infierno ofrecían un placer salvaje y sin compromiso.
O casi todas…
Sam MacGregor no sólo era conocido en todo Texas por imponer sus propias reglas y su sentido de la justicia, también por conseguir que las mujeres se rindieran incondicionalmente a él. Sin embargo, la seducción era lo último que se le había pasado por la cabeza cuando se encontró a una hermosa joven en apuros. Una mujer fuerte y orgullosa que guardaba secretos demasiado peligrosos como para enfrentarse a ellos sola.
Isabella podía parecer inocente y sencilla, pero su fuerte carácter podía rivalizar con el de cualquier hombre. Su propósito inicial era entregarle su cuerpo a Sam sin arriesgar su corazón, pero algo le decía que aquél era un hombre íntegro y honrado que intentaba sobrevivir en una tierra hostil. Un hombre que, tras su coraza, anhelaba el contacto de una mujer apasionada y aventurera que estuviese dispuesta a arriesgarlo todo.

¿Pues que tiene este libro? Muuuuuchas cosas. Primero: es un libro del Oeste histórico y me gusta mucho esta temática. Segundo: una trama de amor romántica que se apoya en los sentimientos de la pareja y que la trama sexual enriquece. Algo muy diferente a las novelas románticas eróticas de hoy en día donde la trama romántica se apoya en las mentes enfermas de los protagonistas por unos gustos sexuales insanos. Los sentimientos y la profundidad en estas novelas no entran en juego, solo valen los deseos de un coño y una polla. En realidad más bien se trata de las historias de un coño llamado fulanito y una polla llamada menganita, ¡menudas historias asquerosas y vomitivas! ¿verdad? Ya me entendéis, no hace falta que me explaye.
Continúo. Isabella es una protagonista con los dos ovarios bien puestos, este tipo de protas me encantan. Tener los ovarios bien puestos significa ser una mujer que no se deja intimidar por nada ni nadie y que sale adelante así se le caiga el mundo entero, ella siempre encontrará una salida luchando contra las adversidades de cualquier tipo. Lo digo porque parece ser que muchas escritoras confunden lo de tener ovarios con ser maleducada, ordinaria, borde, gritona y agresiva. Horripilante, sí señor, y donde se ponga una como Isabella que no se ponga una chonita marujil pija sin neuronas que tiene el aparatito de pasar la tarjeta de crédito entre las piernas.
Isabella, desde el principio de la historia, lucha por su vida, pues un tal Tejala −un hombre todopoderoso y malísimo− sí o sí quiere casarse con ella para adueñarse de la propiedad de ella. La mujer bien sabe que si se casa con ese avaricioso su vida se convertirá en un infierno, incluso tal vez pierda la vida. Por eso la mujer, sacando valor y fuerza de su alma, no duda en huir y escapar de los secuaces de Tejala que la persiguen sin descanso y de un negro futuro a manos de ese indeseable.
Pero entra en acción un ranger de Texas, Sam MacGregor. Su deber es proteger a los más débiles de las garras de los villanos sin escrúpulos y de las injusticias. El chaval lo tiene todo, pero todo empezando por un cuerpo de infarto y un gran corazón. Él está buscando la hermana de la mujer de su amigo y se tropieza con la valerosa Isabella. Ohhhhh y entonces salta el chispazo entre ellos. Él la protegerá y la mantendrá a salvo de los hombres de Tejala y le promete que la regresará a casa sana y salva y que después se enfrentará al malo malísimo. Pero ella quiere más de él y él de ella, pero piensa que Isabella será más feliz con otro hombre, el cual le dará una mejor vida. Sin embargo, la mujer tiene claro lo que quiere y a quién quiere. Y quiere a Sam. Tiene buen gusto la muchacha ehhhhh.
Ella, durante el viaje por tierras salvajes, no dudará en usar sus armas de mujer y provocará, incitará, coqueteará con ese maromo para que le dé todo lo que ella quiere: o sea que se la folle, las cosas hay que decirlas por su nombre.
A veces la mejor arma no es esa que escupe balas, ¡quéeeee va! Unos dedos acariciando un cuerpo anhelante, un comentario picarón, una insinuación inocente pueden matar a un hombre de deseo. Y es lo que le pasa a nuestro querido Sam, el pobre se convierte en un osito de peluche encantador cuando ella usa sus armas.
Y no cuento más que si no destripo el librito y os aseguro que merece la pena leer. Es una historia de amor con sexo, pero no el sexo de los libros de erótica de hoy en día asqueroso, visceral, de mentes insanas, etc… etc… Es el tipo de sexo romántico, sano, especial que una mujer con una cabeza bien amueblada ansía de su hombre.
Así que estos días de invierno: manta, sofá y… Placer salvaje jijijiji
Ahhhhhhh FELIZ AÑO ovejas descarriadas. Que la paz esté con vosotros. Os deseo mucho amor y muchos polvos este nuevo año. Sed malos porque yo este año en Amor fú voy a ser muy mala. La voy a liar: palabrita de niño Jesús.

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