Amores Turbulentos por Vara Gold

A Amores Turbulentos (Rebecca Brandewyne) lo he escogido como representante de un subgénero dentro del género. Seguramente no será el peor de su tribu, pero algún cabeza de turco tiene que recibir la yoya, alguien tiene que pagar el pato, y éste ha hecho tantos méritos como cualquiera. Amores Turbulentos pertenece a esos libros en los que se nos intenta vender la relación de un maltratador con su rehén como una historia de amor apasionado, confundiendo las témporas con el culo, mezclando churras con merinas, igualando amor con posesión y pasión con maltrato. Y sin duda alguna, este subconjunto de libros vendidos como románticos, para mí no merece otra cosa que la expulsión del género a patadas, a empujones o, mejor todavía, a yoyas, porque ni amor, ni pasión, ni romance encontrarás entre sus páginas. Te pongo un poco en situación. Los protagonistas son primos hermanos. Nietos ambos de un decrépito y cascarrabias aristócrata irlandés. Rian resulta ser el favorito, por ser el más arrogante y desafiante, mientras Morgana es la prima pobretona, por ser huérfana del hijo desheredado del vejestorio. Esta desgracia de historia comienza al perder ella a su padre y quedarse sola en el mundo. Rian, que la tenía fichada desde hace tiempo, la invita por carta al castillo familiar, haciéndose pasar por el abuelo, que en realidad no quiere saber nada de la descendencia del hijo díscolo. Sin embargo, cuando ve a su nieta, cambia de opinión, pues aqueja de las mismas “virtudes” que su primo. Semejante par de impresentables (esto lo digo yo, el abuelo está extasiado con la parejita) deben casarse y procrear a la mayor brevedad (aquí entre la consanguineidad y el nivel intelectual de los padres, lo menos que nos puede salir es un hemofílico, pero el abuelo está decidido), así que pergeña un plan maquiavélico (jo jo jo, ríe mientras se mira al espejo a media noche con una vela bajo el mentón): rehace su testamento de forma que el nieto (y hay unos cuantos en el castillo) que consiga conquistar a la voluntariosa pelirroja, se quedará con toda la herencia y al resto que les den por donde amargan los pepinos. Este plan es claramente infalible, así Rian intentará camelarla y ¿qué mujer en su cabales no caería rendida ante los pies de ese galán sin igual? Pues a pesar de que pareciera imposible, el plan se malogra y Morgana decide casarse con el primo poeta. Es por ello que el abuelo debe recurrir a un plan B de urgencia aún más peregrino, absurdo y descabellado, aunque parezca imposible de buenas a primeras. Encierra al novio en su habitación el día de la boda y cuando éste no se presenta en el altar, chantajea a Rian para que se case con ella, de forma que Morgana no tenga que pasar por el escarnio de que la dejen plantada en semejante trance. Y contra todo pronóstico ¡FUNCIONA! ¿FUNCIONA? SÍIIIIIII ¡FUNCIONA! Si tras leer semejante majadería no tiras el libro por la ventana llegarás al principio de lo que me ha impulsado a traer el libro a esta sección. En la noche de bodas él la viola. Y no será la única vez. La violará una y mil veces hasta que pierdas la cuenta, hasta que te duelan los ojos y el alma, hasta que quieras colgar al prota del palo mayor de su barco, a ser posible de las criadillas (sí, tiene un barco mercante, se me había olvidado contártelo) . Cuando ella se muestre especialmente reacia la abofeteará, la morderá hasta hacerle sangrar, la tirará al suelo y la estrangulará hasta someterla. Cuando al día siguiente vea los hematomas, no se arrepentirá ni avergonzará, sino todo lo contrario, lo invade el orgullo de dejarle su marca, para que todos sepan, empezado por ella misma, que él manda sobre sus posesiones, LITERALMENTE. Y si crees que con eso has cumplido, aviada vas. Porque Rian no es el único que la viola o lo intenta. Tendrás que aguantar el mismo trato por parte del hermano de la sirvienta, del amigo de la ex-amante de él, del archi-enemigo del protagonista, del jefe de una tribu africana, del hermano de un marajá,… ¡ARROPA QUE HAY POCA! Si lo que yo no consigo entender es cómo no se traumatiza la protagonista ¿cómo puede sobrevivir una mujer a todo esto sin huir de cualquier hombre que se cruce en su camino como si fueran los cuatro jinetes del apocalipsis? ¿Exuda Morgana algún tipo de feromona que convierte en animales a todos los hombres que se le arriman lo suficiente para olerla? He de señalar sin embargo que, aunque esta altísima concentración de violador por página cuadrada me toca las narices, son las violaciones de Rian las que se me hacen insoportables, porque toda esta violencia de género o conyugal o como la queramos llamar, este malparido matrimonio se nos intenta vender como un amor pasional, turbulento, desgarrado que ni otros personajes ni yo misma podemos entender porque somos débiles de carácter. Aunque esto parezca una exageración mía, es Morgana quien se lo dice a un amigo médico que intenta ayudarla a salir de esa malhadada unión. Y tú dirás ¿pero cómo te va a vender esa burra sin dientes la autora? Pues léeme un poco más que te lo explico. Para empezar empieza con la consabida matraca de que el protagonista está irremediablemente obsesionado con ella desde que la ve y quiere reclamarla como suya, suya, suyaaaaaaaaaaa. Pobrecito, si es que ha caído bajo su embrujo y no lo puede evitar. No para de darte la murga con que si su pelo tal, que si su figura cual, que si pelirroja resuelta por acá, que si mujer de rompe y rasga por acullá, que si las motas doradas de sus ojos destacan con el vestido A, que si las motas doradas de sus ojos brillan por el contraste con el vestido B, que si las motas doradas de sus ojos destellan con el vestido C, que si las motas doradas de sus ojos relampaguean con el vestido D,… ¡la Virgen Santa con las motitas de los cojones!, y perdona por esta salida por pata de banco, pero es que he terminado de las motitas hasta la punta del moño, que cada vez que se cambia de vestido ya estamos con el mantra. Morgana debe tener los ojos del tamaño de huevos de dos yemas para que las motas se vean tanto ¿no? Y mira que tienen un color agradecido las “jodías”, que con cualquier color quedan bien.Pinky-con-los-ojos-como-huevos-fritos

¿Por dónde iba, que se me va el santo al cielo? ¡Ah, vale, sí! En cómo intenta convencernos la autora de que esto es amor del bueno. Pues con conversaciones y pensamientos de los protagonistas sobre violaciones como si fueran algo excitante y morboso, no como el acto execrable hasta el vómito que realmente son. -Morgana, guapa, ¿tú sabes que nuestro tatara-tatarabuelo secuestró y violó a nuestra tatara-tarabuela? Un amor para toda la vida que te lo dice a ti tu primo. Sí, sí, como lo oyes. Él murió en el mar y desde entonces ella vaga por el castillo, primero en vida y ahora muerta, esperando a que vuelva para darle candela, no te digo más. Anda tontuela, no te me hagas la estrecha ¡échate acá p’allá, que te voy a apontocar contra el granero! ¡Te van a hacer chiribitas las motitas! ¿Qué no quieres? Tú tranquila, que no hace falta, esto tiene fácil apaño. Justificando algunas de ellas con la lerdéz de la protagonista, o sease, Morgana hace alguna estupidez digna de un tonto de baba, Rian se pone de los nervios y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, con la excitación del momento, una cosa lleva a la otra, se empieza por un sopapo y la remangada de falda es ineludible. Y si con todas estas razones no compras la burra, aquí vienen las dos que te va a convencer del todo, aunque no le quede un solo pelo en la cola, ni un diente con el que ramonear, ésta no se nos muere de hambre porque se alimenta de AMOR, amor del bueno, ya sabes. RAZÓN 1: cuando él no la viola, ella lo echa de menos. ¿Será que ya no me desea? ¿Se ha evaporado la magia? RAZÓN 2: sólo llega al clímax si la viola Rian. Así que no es que la excite que la violen, es que sólo se excita si Rian la viola. Sobre gustos no hay nada escrito, no le des muchas vueltas a la cabeza. Listo. Burra empaquetada y envuelta para regalo, si no la compras es que no sé dónde tienes la cabeza. Ahora que te hemos encasquetado la burra desdentada, andamos crecidas y disponemos de una nutrida reata de rucias melladas, achacosas y sarnosas que necesitamos endosar, así que sin más dilación, paso a requebrar a la siguiente pollina. Bueno, pollino en realidad. Al pollino del protagonista. Vamos a venderte a Rian como protagonista romántico. ¡Ahí es nada! Por el momento sabes que es un violador y un prepotente marino mercante. Y, como tal, tiene una mujer en cada puerto, y todas ellas quieren cazarlo (Dios sabrá el porqué). Pero es que además es el equivalente a un quemarruedas descerebrado de esos que hacen apuestas sobre quién aguanta más tiempo conduciendo en sentido contrario en una autovía. Me explico. Rian y su mejor amigo se van de cañas, y con la tajada no les da por tocar Oh Susana con el sobaco, no. Apuestan para ver quién es capaz de arremeter más fuerte con su carruaje a los carruajes que se van cruzando. Así es Rian, un hombre que se viste por los pies. Se ponen manos a la obra y, como no podía ser de otra manera, es Rian quien se lleva el gato al agua, es decir, el carruaje a la cuneta.

conduciendo_carruaje

Por poco mata al conductor, que Oh Sorpresa (no confundir con Oh Susana), se lo toma a mal. Es que hay gente que no tiene sentido del humor, oiga. Además es celoso (¿es que pensabas que te ibas a escapar?), o como diría Morgana: posesivo. Sin embargo, inexplicablemente, cuando llegan a Londres, se la “encaloma” a un amigo, que para más INRI se siente atraído por ella, para que la lleve de compras, a conocer la ciudad, de actos sociales… Incluso se la endilga para un baile en Almack’s. Pero bueno ¿no habíamos quedado en que eras celoso y posesivo? ¿en que no querías que fuera con su amigo el médico? ¿en que te planteabas encerrarla en el camarote para no verte en el brete de tener que colgar del palo mayor a tus marineros por mirarle el culo? Este Rian es de calvo o tres pelucas. Parece que me oye el pensamiento y, en mitad de la partida de cartas con los amigotes en el club de caballeros, parte raudo y veloz a cambiarse de ropa para acudir a Almack’s (donde lógicamente no puede aparecer de trapillo) con objeto de mearle en la pierna a Morgana para marcar territorio y, ATENCIÓN, “con las prisas estropeó nada menos que siete fulares”. Yo no sé tú, pero yo me he quedado que no doy el habla. Pero ¿cómo se carga siete fulares? ¡Anda que como tuviera que llevar pantys, se le iba el sueldo en una tarde nervios! Y, ya sé que me repito, pero ¿CÓMO SE ARRUINAN 7 FULARES?

IMG_0793 Dado que la autora no nos lo explica y yo he quedado sobrecogida por el desaguisado, me he animado a improvisar una simulación (en diferido) de lo que pudo haber sucedido con Rian, los 7 fulares y sus nervios de acero. Venga Rian, corre que no llegas. A ver cambiados los calzones: sip, vale pues ya sólo quedan calcetines y fular. Pero primero un pis, que luego en Almack’s la cola del baño llega al palacio de Buckingham. Deja el fular en la silla mientras saca el orinal de debajo de la cama, abre la portañuela, se pone con el asunto y… fular número 1 inservible. Si ya lo dice el refrán: quien para mear tiene prisa, acaba de mear en la camisa. Vaaaaale, en el fular. ¡Cáspita! Es lo que tiene ser un torito bravo y comprar orinales con porcelana de primera, que orina uno con tal ímpetu que se salpica todo. Bueno, más se perdió en Cuba, me pondré el amarillo. Saca el fular de la cómoda y de camino a la mesilla de noche para coger los calcetines, lo pisa y RAAAAAAAAAAAAAAS. Fular número 2 hecho unos zorros. ¡Cachis en los mengues! ¡Vaya tropezón tonto! Y encima mi favorito, bueno ¡qué le vamos a hacer! Cogeremos el de lunares verdes (que además hará juego con las pintitas doradas de los ojos de Morgana, ¡vamos a ser la sensación!). Con los nervios le entra un apretón. ¡Vaya por Dios! Esto no admite esperas. Así que con el fular aun sin terminar de anudar se va al retrete y al terminar… ¡Cago en diez! ¡Morgana, como siempre, termina el rollo y deja el canuto(o las toallitas húmedas que usaran en la época)! ¿Con qué me limpio yo ahora? Fular número 3 a la mierda (literalmente). Era lo único que tenía a mano, no seamos muy duras con él. ¡Uf, qué calor hace en esta habitación (por no hablar de la peste)! Voy a abrir la ventana que no es cuestión de llegar oliendo a sobaquina (o a algo peor). Así, fular en mano, abre la ventana y una inesperada ventarea le arrebata el fular. Fular número 4 a tomar viento (literalmente también). Este tío tiene manos de brevas, a mí que no me digan. Tendrá que ser el azul pues, que ahora que lo pienso lo tengo en el armario. Al ir a sacarlo se engancha en una púa mal rematada y RAAAAAAAAAAAAAAAAAAAS. Fular número 5 que pasa a mejor vida. ¡Aaaaarg! Si ya lo dijo Felipe II, o Carlos V o Perico de los Palotes, vísteme despacio que tengo prisa. Lo mejor será tomarme un chospe del vaso de whisky que tengo en la mesilla de noche para hacer gárgaras al levantarme, a ver si me tranquilizo. Pero con los dichosos nervios y ese pulso que tiene para robar panderetas, se derrama un buen chorretón en el fular número 6, que se va a freír espárragos con los anteriores. El fular número 7, de un verde precioso, todo hay que decirlo, lo saca y se lo anuda como quien trata con una botella de nitroglicerina. Consigue salir de casa con él anudado y con mil ojos (y una bolsita de trigo en el bolsillo, que parece que el cajón de los fulares tiene mal de ojo) llega hasta la cuadra. Pero allí su caballo Impetuoso (a quien a continuación le cambian el nombre por Rompetechos) intenta merendarse el pañuelo al confundirlo con una manzana. Fular número 7 que no vale ni para trapo del polvo. ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaarg! ¡No ves tres en un burro, ni tres burros aunque te los pongan unos encima de otros! Se te ha acabado la dieta a base de azucarillos. Así me imagino yo al fulano de los fulares, pidiendo a gritos que alguien le engargante un Valium o le pegue un tiro y acabe ya con su sufrimiento (y de paso, con el nuestro). Y estas son mis dos principales quejas contra el libro. Hay bastantes más, pero ni me parecen tan importantes, ni me dan para tanto rollo. Sé que había mencionado una reata como si nos fuéramos a Samarkanda, pero habrá que dejar algo se sitio a mis compañeras de revista. Quiero sin embargo mencionarte tres pequeñas tonterías para que te hagas una idea de a qué me refiero: -Una cama king-size, con dosel incluido, en el camarote de un barco mercante, donde lógicamente debería primar la economía de espacio. -Gente que cava tumbas con palos de bambú. Que vale que las palas no crecen en los árboles en medio de la selva, pero si hay prisa, porque estás en peligro y no se puede enterrar, pues no entierras y punto o recurres a otros métodos más expeditivos para no dejar los cuerpos a los carroñeros. Pero anda que te deben salir agujeros grandes y rápidos cuando caves con bambú… -Una típica comida gaditana compuesta por tortitas ¿de camarones? Nooooooooo, de maíz con carne picada, queso fundido y pimientos jalapeños ¿seguro que estamos en la tacita de plata? Me da que el GPS anda un poco desnortado. Así que yoya para Amores Turbulentos, tan grande como pueda proporcionarla mi limitada mano. A él y a todos los de su calaña.

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La Bikina por Oliverio Morfidal

La Bikina

 

 

Pasa luciendo su real majestad
pasa, camina y nos mira sin vernos jamás”

Increíble pero cierto. De nuevo estoy en ruta con mi vespa por la Sierra de Gredos,  volviendo a mi hogar. Con la llegada del verano, las aguas revueltas que amenazaban con inundar mi vida, han vuelto a su cauce. He podido salir de mi escondrijo con la inestimable ayuda de mi amiga Miss Sousa. No puedo superar el rechazo de esa gata traicionera de gafas espejadas, pero por los dioses que  conseguiré su amor, así me cueste mmm ¿la vida?

Ya diviso a través del casco mi casa y a alguien más. ¿Quién será ese hombre que está paseándose frenético, alrededor de mi jardín? ¡Ay Dios! ¿No será el tipo de mi aventura pasada, que juró descuartizarme porque erré un pelín en el diagnóstico? El caso es que  le dejé pegando gatillazos a diestro y siniestro. Freno en seco la moto. Me quito el casco y me pongo las gafas de sol que llevo guardadas en el bolsillo de la camisa. Aparco  un poco lejos de casa, lo sé, sin embargo la distancia prudencial que dejo hasta la cancela del jardín podría ser determinante para salvarme el pellejo de este posible indeseable…

—¿Doctor Morfidal? ¿Es usted Oliverio Morfidal? —Eleva la voz y la cabeza. El frenazo ha debido alertarle de mi presencia.

—Depende. —Me escucho decir. La verdad es que no me llega la camisa al cuello cuando veo que el tipo se abalanza sobre mí, el brazo derecho estirado con intenciones de quién sabe si estrecharme la mano o clavarme una navaja de Albacete en la barriga. Menudo aspecto desaliñado presenta el amigo: La camiseta blanca y unos bermudas caqui arrugados, señal de haber dormido con ellos puestos por lo menos  dos o tres noches seguidas, unas playeras viejas, los pelos revueltos como si hubiera metido los dedos en un enchufe, y una barba de al menos  tres días. No lo puedo evitar. Tanta desidia y dejadez disparan todas las alarmas en mi cabeza.

—Mi nombre es Diego Argenta. —Le brillan los ojos, pero no logro distinguir si es de angustia, desesperación, o de que se ha pasado tres pueblos con los gin-tonics. Disimuladamente huelo a su alrededor. En la primera olfatada descarto que esté “mamado”.

—¿Es o no es usted el doctor? —Insiste con la mano estirada. No me queda más remedio que ofrecerle la mía, que la estreche y que sea lo que Dios quiera.

—Sí, bueno, no…

—¿Sí, bueno o no? Mire no tengo tiempo para estupideces. Me dijeron que el doctor Morfidal podría ayudarme con unas herramientas un tanto peculiares…

—Ya no las tengo. Las fundí. —¡Oh Dios qué voy a hacer sin mi quijada y sin mi rabo!

—Entonces sí es usted. ¡Menudo alivio! Llevo horas esperándole. Tengo la lengua pegada al paladar. Necesito urgentemente un par de vasos de agua, o moriré deshidratado. —Apenas le oigo, la pena por la pérdida de mis herramientas me tiene abrumado, tanto o más que la indiferencia de mi amada…

—Pssst, ¡eh! ¡oigaaa! ¿Se encuentra bien? —Nos acercamos a casa con trote cochinero hasta llegar a la verja del jardín.

—Sí claro. Entremos. —Abro la puerta de mi hogar y desconecto la alarma. Avanzamos por el pasillo y llegamos a la cocina. La claridad de la tarde se cuela por el ventanal que da al jardín. El tipo zarrapastroso me adelanta por la izquierda y empieza a abrir los armarios, sin tino ninguno en busca de un vaso. Sigo anestesiado por la tristeza. Me importa una mierda meter a un desconocido en la cocina para que me la revuelva o vaya usted a saber para qué.

—Oiga menudo casoplón tiene. ¡Me gusta! ¿Vive solo? —Me pregunta mientras abre el grifo. Me ha dejado todas las puertas de los armarios abiertas, pero al final ha dado con un vaso de Duralex, de esos que vende mi amigo Porfirio.

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—Sí, ahora sí. —Cierro todas las puertas. ¡Qué tío más jeta! Apoyado contra el fregadero, me observa fijamente mientras se bebe lentamente el vaso de agua. Según él estaba sediento, pero se lo toma con total parsimonia, como si fuera el más fino de los vinos, degustando y paladeando cada sorbo.

—Es paradójico que en una cocina parecida a esta empezara toda la historia que me ha traído hoy hasta usted, ¿sabe?

—¿No quiere sentarse? —Le acerco una banqueta de esas giratorias de patas altas, yo me acomodo en otra.

—Sí claro, gracias. Llevaba dos horas esperándole.

—Dice que la historia empezó en una cocina…

—Mire. —Del bolsillo trasero del pantalón extrae una cartera con más roña que el palo de un gallinero. Saca  una fotografía  y me la pasa.

—Mmmm.

—Mmmm, ¿qué?

—¿Quién es? —Me mira con cara de pocos amigos. Me abstengo de comentar lo que me parece la tipa de la foto.

—Es mi ex mujer. Menudo bellezón, ¿eh? —Me guiña un ojo. Sonrío por compromiso. La mujer que aparece en una cocina de dudoso gusto es delgada, lleva puesto un bikini de imprimación animal y unas chanclas. Completan “el cuadro “ unos cacharros recién fregados puestos en un escurreplatos de plástico; todo muy idílico y choniesco.

—Esa foto tiene unos añitos, pero ella sigue estando igual de guapa. Ese cuerpazo ha parido tres veces pero continúa macizorra.

—La sigue amando por lo que veo.

—¿Yo? ¿Qué dice? ¡Por favor! Nos llevamos de puta madre, eso es todo.

—Entonces, ¿para qué quiere mi ayuda? Mire señor Argentia…

—Argenta. —Me rectifica.

—Argenta, disculpe estoy muy cansado, así que le ruego que vaya al grano o me temo que no tendré más remedio que invitarle a que salga de mi casa.

—¡Andaaaa! ¡Nos ha salido el hechicero tiquismiquis! ¡No te jodee!

—Oiga señor Argentina, ¡un respeto!

—¡Argenta! No se impaciente hombre de Dios. —Deja el vaso apoyado en la encimera, se rasca la cabeza con fruición y comienza su relato.

—Mi ex y yo nos separamos hace un par de años. Conoció a un hombre más simple que la cagada de un pavo, menos profundo y más divertido que yo, eso me dijo, así pues me dejó con tres palmos de narices. Me soltó eso del “Te quiero pero no estoy enamorá”.

—Le noto que  al hablar  desprende un resentimiento del tamaño de la  catedral de Burgos…

—¡Que no coñooo! ¡Cómo quiere que se lo diga! ¡Que somos gente guay y civilizadaa!

—Prosiga señor Argentosa.

—¡ARGENTA! ¡Diosss! ¿Está sordo o qué? Verá el otro día me la llevé a la playa… Vivimos en un pueblo costero del Levante.

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—¿Y ha venido desde el quinto pino para decirme que se la llevó a la playa? ¿Y por qué no se la lleva el otro, su pareja, el simplorro?

—Se han separado. Se juraron amor eterno. Pero ha durado un año la relación. Alicia tiene un concepto un tanto peculiar de la palabra eternidad.

—Señor Argamasa o va al grano o le voy a tener que…

—¡ Argenta joooderrrrrrr A-R-G-E-N-T-A! —Tiene los ojos inyectados en sangre. No le está gustando nada que  me burle de él. Pobrecillo si  supiera que estoy empezando a pasármelo teta a su costa.

—Le decía que me fui con ella y con los críos a la playa. No quiero dejarla sola. Siempre ha sido un poco débil de carácter. Tengo miedo a que se haga daño ella sola. —Añade pensativo.

—Es muy creativa, no se vaya a pensar, pero no termina de rematar la faena con nada de lo que emprende. Lo mismo te diseña una lámpara, o un vestido que te monta una empresa de catering.

—Pero a ver Argensola, no se está explicando usted nada bien…

—¡Qué coñoooo, Argentaaaaaaaaaaa! —Voy  a dejar de tomarle el pelo, o mi cara se topará con un puño que no tenía previsto para hoy.

—Está bien, cálmese Argenta. Recapitulemos. Su ex le abandonó para compartir un ratito de eternidad con un cabeza hueca. Es una mujer creativa, emprendedora, pero que no cristaliza ninguno de los proyectos que se le cruzan por su loca cabecita.

—Exacto, veo que nos vamos entendiendo. —Se sienta de nuevo en el taburete. Coge el vaso de agua que había dejado sobre la encimera y vuelve a paladear el líquido elemento.

—¿Y qué tiene que ver todo esto con usted? ¿Quiere al cabeza de chorlito pero ya no está enamorá tampoco? ¡No me digaaa! ¡Desea volver con usted! —Me doy una palmada en el muslo derecho al darme cuenta de la jugada.

—Mire después de abandonar al cabeza hueca, se sintió bastante deprimida. Se veía fea, vieja, sin curvas, plana como una tabla de planchar. —Noto que titubea levemente. Creo que está a punto de soltarme el porqué de su presencia en mi casa…Lo huelo, lo presiento. Ahí va la bomba, está  a punto de estallar, 3 , 2 , 1…

—Ya le he dicho que somos gente civilizada, y que nos llevamos muy bien a pesar de habernos separado. ¡Joder ella es mi familia, la madre de mis tres cachorros!

—¿Y?

—Pues que no valgo para verla sufriendo. Así que el otro día en la playa me insinuó que si podría pagarle unas peras nuevas.

—¿Unas peras? ¿O sea que quiere tetas? —¡Jajajaja pero qué inocente! Carraspeo. Tengo que disimular la risa floja que amenaza con explotar en la cara del pobre alma de cántaro.

—¡Sí! Tetas, domingas, melones.

—Ya, sí, si hasta ahí llego amigo. El lenguaje de barrio lo controlo aún. Y no le pidió, mmm ¿algo más? Liposucción, blefaroplastia, pómulos, labios…

—¡Pssst! Oiga, Argumosa ¿Se encuentra bien? —Se le había ido el fuelle y mucho me temo que junto con él también se había esfumado el dinero de la cuenta corriente.

—Bueno, sí, no…

—¿Bueno , sí o no? —La ex le había limpiado hasta las telarañas del bolsillo. Me apostaba el cuello y seguro que no lo perdía. Me levanté de la banqueta y me acerqué al buen samaritano que ahora lucía como un trapo desmadejado. Sin humos, sin ínfulas, encogido, con la ropa arrugada, parecía un señor muy mayor, vaya un vejete.”Ringgggg Ringgggg”…

—Ese es su teléfono, Argenta. —Se rebusca mecánicamente entre los bolsillos del pantalón y saca un móvil de cuando el Mar Muerto estaba todavía enfermo.viejo-móvil

—¿Diga?

—¡Iti, Itiiiiiiiiiiiii! ¿Dónde te meteessssssssssssss?

—Alicia no puedo hablar ahora…

—¡Tienees que volveerrrrrrrrrrrr! Los niños te necesitan. ¿No estarás con ella otra veeeeez?

—No te preocupes, te prometí que la familia era lo primero para mí.

—¡Bieeeeennnnnnnnnnnnnnn! —Si gritaba un poco más desde luego que no le haría falta el móvil antediluviano para escucharla. El pobrecillo estaba padeciendo un infierno en vida. Dicen que por la caridad entra la peste. El desgraciado se encontraba en fase terminal con las bubas reventadas. Vivía a expensas de los caprichos de su ex. Cuando  terminara con él, no le iba a reconocer ni la madre que lo parió.

—Era mi ex. —Había colgado susurrando un “Ciao”.

—No, si ya me di cuenta. ¡Cómo grita por Dios! ¿Le pasa algo? No sé, ¿sordera, quizás? —Alzó rápidamente la mirada y la dejó fija en un punto indefinido de la pared de enfrente.

—Me llama cuatro o cinco veces al día.

—Insiste en que los hijos son lo primero. Ella no importa solo me recuerda lo fundamental, es decir que nuestros vástagos crezcan como debe ser con las figuras paterna y materna presentes en sus vidas adolescentes sirviéndoles de guía y apoyo en su camino hacia la mayoría de edad como seres autosuficientes, maduros y afectivos.

—Ya…

—Por lo tanto en mi vida no debería caber otra persona que me restara amor. Es como si se lo negara a mis hijos, para regalárselo a otra.

—Ya…

—Lo estoy consiguiendo Oliverio, me esfuerzo a cada momento por salvar a mi familia de las garras de los afectos ajenos de su padre. —Susurra, mirándose las manos.

—Ya… —Menuda lucha interior se trae el amigo Argenta, entre el deber impuesto y el amor “Fú” que intuyo siente por la otra.

—¿Sabe? El otro día le dije que contara conmigo para lo que quisiera, soy su amigo. Me encanta la belleza que desprende cuando me habla. —Sus ojos brillaban de nuevo con la misma intensidad que la luz que inundaba el jardín de mi casa a mediodía, en pleno verano.

—Ajá. Si no me equivoco ahora está hablando usted de otra mujer, la que dice su amiga.

—Me gustaría contarle tantas cosas, escribir lo que siento por ella. —Asiente levemente. Entre frases inconexas iba descubriendo el sofisticado juego de ataque de la ex mujer: Al igual que un martillo pilón estaba aplastando aquel amor apasionado pero reprimido del corazón oxidado de Argenta.

—¿Y por qué no lo hace? ¿O prefiere seguir manteniendo una parodia de familia?

—Oiga, ¡un respeto! ¡Mis hijos no son ninguna parodia de familia! —Me taladra con el dedo índice derecho el hombro izquierdo. Pero no me amilano, no.1301769350638r4O

 

—¡Exacto! ¡Sus hijos son su familia! Su ex no. Ya no. Solo es la madre de sus hijos. Le está extorsionando emocionalmente, para seguir sacándole la pasta, mi querido Argenta. En cuanto le pague el último apaño estético, volverá a compartir la eternidad de un momento con cualquier otro mindundi. Hasta que se canse del de turno y regrese a por más guita para más reparaciones de chapa y pintura.

—Ya me arruinó la vida en otra ocasión.

—No deje que lo haga más. No permita que le confunda. Hoy en día existen muchos tipos de familia y ninguno necesariamente ha de ajustarse al modelo que le impone su ex. ¿Cómo se llama ese bombón que desprende tanto amor mientras habla?

—Elvira. —Responde raudo como una centella. —¡Ufff! Este hombre está coladito, vamos hasta las trancas por la tal Elvirita.

—Usted vino a pedirme consejo y yo se lo voy a dar. Olvídese de su ex. Conozca mejor a Elvira. Dese una nueva oportunidad de amar y ser amado. Constrúyase una nueva familia. Inténtelo por lo menos.

—No sé si podré hacerles comprender a mis hijos esto que siento.

—¡No tiene por qué complacerlos en ese sentido! ¡Usted es un buen padre y es lo único que a ellos les interesa de usted!

—¿Cómo lo sabe?

—¡Lo sé y punto! ¿Acaso no vino usted a mí desde tan lejos a pedirme consejo? Soy el mejor en este campo querido Argamasa. —Elevo una ceja para reafirmarme. —¿Quiere que le siga arruinando la bikina? Hoy le ha pedido unas tetas nuevas. Mañana qué será, ¿un culo nuevo? ¿blanqueamiento de ano? ¿De dónde sacará usted el dinero para complacerla si dice que le tiene arruinado? ¿Enseñará una pierna al cirujano a cambio de una prótesis de silicona? —Para qué hablar de la pensión que ya le estaría pasando a “los cachorros”. Vaya joyón de señora… ¡Lista como ella sola!

—¿Cómo la ha llamadooo?

—¿ A quién?

—A Alicia, a mi ex…

—¿A esa hortera descerebrada? “Bikina”. Las mujeres que llevan bikini se les debería llamar bikinas como dice la canción…

—Diossss Morfidal.

—¿Quéeee?

—Creo que me voy a desmayar del alivio que siento —El color verde “revuelto de pisto” de su cara indicaba a las claras que el pobre diablo no mentía.oliverio2

—¡Ni se le ocurra echar la papa en mi cocina! Venga conmigo. Recuéstese un poco en el sofá del salón. Seguramente le ha arreado un golpe de calor mientras me esperaba. Tranquilo Argentina, ya pasó todo. —Baja de la banqueta muy despacio. Se agarra a mi brazo como una vieja mientras nos dirigimos al salón. Le ayudo a tumbarse. Pongo el aire acondicionado. Quién hubiera apostado un céntimo  a que la fiera que me esperaba apenas hacía un rato en la calle era un pobre sufridor, víctima de una arpía que apelaba a los más nobles sentimientos  para conseguir sus propósitos más “bajunos”.

—Morfidal no sé cómo lo ha conseguido, pero me ha abierto los ojos. Elvira tiene que saberlo. La amo. Se lo diré, se lo escribiré, lo pregonaré a los cuatro vientos ¡Oh Dios! ¡Qué alivio expresar de viva voz lo que siento!

—Ya le dije que soy el mejor de la profesi… —Le había abierto los ojos  del alma pero ahora roncaba como un bendito.  Soy el mejor en estas lides, jojojo. No se me resiste ningún paciente.

En cuanto se despertara y le echara de mi casa pondría de nuevo el cartel de abierto en la puerta de mi consulta.

Continuará…

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