A Toledo De Ida Y Vuelta

La vida de un autónomo hoy día es un auténtico deambular por la cuerda floja. Siempre haciendo cálculos y sin que nunca salgan como uno espera. Por eso cuando comienza julio y sin esperarlo cobras dos facturas que ya dabas por perdidas te sientes el rey del mambo. Y aunque las cuentas sigan sin cuadrar tú andas por las aceras hinchando el pecho, con el paso seguro y la mano ligera a la hora de pagar las cañas.
Es algo que se huele. Porque después de casi tres meses de vacas flacas (ahorrando de dónde no hay para el largo y cálido verano) ha sido poner un pie en la calle y salirme amigos por todas partes. No me puedo quejar. No os toméis mis frases como una queja hacia ellos, porque ciertamente muchos me han ayudado en más de una ocasión y me han dado asilo sin preguntarme el tiempo. A lo que me refiero cuando hablo de que se huele es a la libertad de poder hacer cosas que habrías pensado hasta tres y cuatro veces antes de hacerlas en días pasados. Porque sentir la cartera pesada en el bolsillo es mejor que el sol de agosto sentado en la playa, sonará banal y todo lo que queráis pero es una verdad como un templo.
La temporada de festivales no da tregua. A veces con la escusa del trabajo y otras, para que negarlo, por puro placer había perdido ya dos kilos desde que comenzara. Recién llegado del FIB, cuatro días de playa y conciertos sin parar. Después de un viernes apoteósico, un sábado de no parar y el domingo tuvo un cierre de edición algo descafeinado, y aunque mi cuerpo pedía a gritos un poco de calma el soul folk del escocés con nombre italiano no consiguió engancharme pese a la recua de músicos que traía consigo el chico. Esa misma crónica acababa de terminar y ahora era un hombre libre, por unos días.
Con la idea de descansar un poco de muchedumbre antes del inminente Arenal Sound había planeado pasar el fin de semana sin salir de Madrid. Es una ciudad que gana puntos con el calor. Las aglomeraciones se disuelven y las tardes se dejan marchar desde las terrazas que hacen de Madrid un oasis nocturno. En esas estaba, de risas, agarrado a mi vaso, esperando la noche, con un grupo cada vez más nutrido de amigos con ganas de ponerse al día de cualquier cosas menos de sus vidas.
Aún sin anochecer, estaba con la segunda copa en la mano y tirado de medio lado (porque no hay otra forma de sentarse recogiendo las piernas cuando uno mide metro ochenta en esos sillones-butacones que se llevan ahora) cuando empezó a sonar mi móvil y tuve que mirar dos veces para creerme quién llamaba. Aún ver su nombre escrito en la pantalla hace que me enderece y trate de adoptar una compostura que, para que vamos a engañarnos, no es real en absoluto. Una ex, por muy ex que sea, siempre tiene poder sobre una parte de uno mismo y Raquel siempre había sido para mi el recuerdo constante de mi falta de implicación, el deseo momentáneo de ser lo que se espera de mí. Algo que rara vez coincide con lo que soy realmente.
Raquel es la persona que mejor me ha conocido, y a la que no he podido engañar ni cuando cubría con silencios lo que no le he podido rebatir jamás; que yo no era el hombre que encajaba en su plan de vida, que jamás podría construir un hogar conmigo y que tratar de negarlo sólo conseguiría alargar el momento del fin. Por eso, aquellas Navidades en las que me instó a llevarme algo más que mis maletas en mi visita a la familia descubrí que no tenía sentido darle más vueltas. Lo nuestro, como ella misma decía, era la crónica de una ruptura anunciada, “un día me iré, Ruso, y tendré que llamarte para que te des cuenta de que ya no tienes que comprar leche desnatada cuando traes tus cervezas.” y bueno, como ya sabéis no se fue. Me largó a mí. Con cariño, con buenas maneras, educada como ella sólo sabe ser mientras que te da boleto. Que te vas al final con ganas hasta de pedir disculpas, pero al fin y al cabo te vas, que es lo que ella quería.
Me aparté un poco para poder hablar tranquilo, Hola, Raquel. Un pequeño silencio al otro lado me puso sobre aviso. Ruso, dijo con voz suave al fin y de nuevo el silencio. Vale, a estas alturas ya estaba preocupado. Ni cumpleaños, ni navidades, ni ninguna fecha en la que solemos hacernos la rutinaria llamada, algo pasaba.
—¿Estás ocupado?, ¿ te pillo en mal momento? Necesitaba hablar contigo. No quisiera molestar pero es que… necesito un favor.. — Colgué el teléfono y me acerqué a la mesa.
—Gentuza, dejo pagada esta ronda. Tengo que irme.
Y me marché después de alguna que otra queja, de que me soltasen que me vendo más caro que el oro y de que conmigo solo dos tetas pueden más que diez amigos. “Si el Ruso no acude a la llamada de una chica, es que se ha parado el mundo y hemos salido volando por la atmósfera.” No les saqué de su error, claro. Prefería tragarme esos chascarrillos a tener que contarles que mi ex me llamaba en busca de auxilio. Ya sabéis, ciertas cosas no le interesan a nadie, por muy amigos que fueran.
Y ahí estaba. Conduciendo camino de Toledo, contemplando a mi derecha un atardecer anaranjado típico de verano teniendo ante mí una de las situaciones más raras de mi vida. El perfil de Toledo siempre es un espectáculo, pero más aún si la noche es despejada y la ciudad se ha vestido de fiesta iluminando con pericia sus monumentos principales. Porque adoro Madrid, sus palacios, sus jardines, su ritmo, sus gentes y su diversidad con lo bueno y lo malo que conlleva pero el encanto del mágico Toledo no se puede negar. Toledo, no es de nadie. Bueno, es de todos… o como mucho, si tiene que ser de alguien, de día es de los japoneses y de los autobuses de excursionistas, que ahí andan con 40 grados a la sombra o con las heladas de enero; en el McDonalds o en el Parador… Toledo lo conozco razonablemente bien, al menos lo suficiente como para saber que es casi imposible subir al casco e intentar aparcar así que tiré directo al parking. Siempre que visito Toledo aparco abajo. Abajo es cualquier sitio desde la puerta de Bisagra hacia fuera, siempre y cuando no sea en Santa Bárbara o en el Polígono, que tienen estatus propio.
Cuando llegué ya era de noche, pero el calor todavía hacía estragos por lo que las terrazas estaban a rebosar. Busqué el sitio en el que había quedado con Raquel, y no me hizo falta rodear le mesa de la terraza para saber que la dueña de ese vestido blanco era ella. No viene al caso, pero nadie ha llevado nunca los vestidos veraniegos como ella… Después de un segundo de duda, me planté delante de ella y no se me ocurrió otra cosa que decirle más que
—Tachán. —Dioses, ¿por qué me convierto en un idiota siempre que tengo que hablar con Raquel?.
Ella se levantó, se me quedó mirando un instante como sopesando las diferentes opciones de saludo y al final me abrazó metiendo su cabeza en mi pecho mientras musitaba:
—Gracias, Ruso.
Nos saludamos, nos preguntamos por nuestros trabajos, se preocupó por mi delgadez, la felicité por su buen aspecto, pedimos bebidas, jugueteó con los cacahuetes… hasta que al final me miró muy seria, tan seria que temí que fuera a dejarme (seré idiota) y al final dijo: estoy embarazada.
Después del pánico inicial, y tras repasar a la velocidad de la luz los años que hacíamos separados, el aire salió de mis pulmones y pude por fin decir: felicidades. Lo que no esperaba es que Raquel se pusiera a llorar.
—¿Qué crees que hago en Toledo?
—No sé. —dije yo. —Siempre te gustó Toledo. Te gustaba pasear de noche, tapear… ya está, has venido a ver la exposición del centenario del Greco.
—Déjate de historias. Estoy en el Hotel Carlos V, en el puto centro de Toledo, con la azotea más bonita y romántica de la ciudad, con vistas al Alcázar y a la catedral… ¿sigo?
—¿Y te has venido tú sola?.
—Yo, a estas alturas ya sabía que algo había salido mal, pero me hice el tonto, aunque me caló rápido.
—No te hagas el tonto que no te pega.. Me conoces y sabes que no dejo nada a la improvisación. Aunque este embarazo no era buscado la verdad es que me hace ilusión, creo que es buen momento, la verdad . Quería dar una sorpresa a Fran, me inventé la misma excusa que tú: el Greco; reservé el hotel, me aseguré de que la habitación tuviera buenas vistas y jacuzzi, Moet Chandon en la habitación, y una cena romántica en la terraza. Todo iba según lo previsto hasta que después de estar pateando Toledo todo el día nos duchamos y arreglamos para subir a cenar. Lo estuve pensando mucho porque ¿cómo le dices a tu novio a que estás embarazada? Yo estaba muerta de hambre, así que se lo dije al final de la cena: “cariño, estoy embarazada. Vamos a tener un hijo”. Lo único que salió de su boca fue: “¡joder! Acompañada de una cara de susto que ni te imaginas. Ni una caricia, ni un abrazo, nada. Y no sé Ruso… se me fue la pinza al ver que no reaccionaba y le mandé a la mierda con cajas destempladas…
A esas alturas del relato yo estaba llorando de la risa y me gané un buen manotazo. Raquel, la reina de la mano izquierda, fuera de sus casillas por la cara de bobo del pobre Fran. Jajajajaja volví a reír como un loco. A Raquel solo conseguían descolocarla de esa manera su madre y Fran. Por eso supe desde el principio que eran tan para cual.
—No te rías Ruso, que me dejó allí como una estúpida y sin poder darme a la bebida.
—Pero vamos a ver, mujer ¿qué esperabas que hiciera si le dijiste que se fuera con su madre que no le querías ni ver?
—¡Pues que no se fuera, como mínimo! Es un estúpido. Un patán. Un…¿Qué clase de hombre se va cuando le dices que se vaya? Defintivamente es un mamarracho.
—Pobre hombre acojonado. No te enfades pequeña, que frunces el ceño y pareces una monita.
—Me gané otro manotazo, pero sonrió.
—Pero es que se ha ido dejándome tirada en Toledo.
Así que para eso estaba yo aquí. Porque Raquel había mandado a su novio a freír espárragos sin darse cuenta de que no estaban ni su casa, ni en su ciudad y no tenía ganas de explicárselo a ninguno de sus hermanos. Y se negaba a llamarle. No hubo forma de hacerla entrar en razón.

Ya más calmada paseó conmigo hasta el hotel. Por la noche Toledo se cambia de piel y se vuelve una ciudad distinta. El casco se vacía de excursionistas y los vecinos toman las calles y las plazas. Multitud de terrazas ayudan a olvidar los calores del día y el encanto de sus edificios se potencia aún más. Paseando por las callejuelas de noche se pueden escuchar ecos de otras épocas, los colores brillan, masas de luces y sombras bailan sobre las piedras evocadoras y los problemas por un rato quedan suspendidos.

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Todo o nada Raine Miller por Porfirio Discount.

Sinopsis: Ethan Blackstone tiene un serio problema. Acaba de romper la confianza de Brynne y ella lo ha dejado. Sin embargo, no está dispuesto a darse por vencido, no va a rendirse; hará todo lo que pueda para recuperar a su preciosa chica americana. La pasión entre ellos es abrasadora pero los secretos que se esconden el uno al otro son muy dolorosos y lo suficientemente serios como para acabar con la posibilidad de una vida juntos.

Además, debido a las amenazas políticas que ahora caen sobre Brynne, Ethan tiene poco tiempo para reaccionar y ha de reunir toda su fuerza y habilidad para protegerla de los peligros que pueden apartarla de su lado para siempre. ¿Será capaz Ethan de liberar a Brynne de un pasado que la sigue atemorizando? ¿Volverá a sentir el calor de su piel, a recuperar su confianza de nuevo? Esta es la historia de un hombre enamorado que hará cualquier cosa para poseer el corazón de la mujer que ama. Y que llegará hasta donde sea para protegerla.
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No es habitual en mí subir por la Cuesta de Sto Domingo los sábados a las siete de la tarde en busca de Porfi. Solía tomarme un café con él en su chamarilería todas las mañanas cuando salía de los clubs de alterne de la zona, en los que trabajaba. Pero el destino me sonrió y cambié de profesión. Gracias a un cliente ahora soy modelo de fotografía, pero eso ya lo sabéis…
—¡Fueraaaaaaaa de mi tiendaaaaaa! —Grita Porfirio amenazando con una plancha de hierro en su mano derecha a un grupo de mujeres que le tienen rodeado en la puerta de la chamarilería.
—¡No les doy ni un maldito libro para reciclar! ¡Reciclen el papel del váter de su casa, o mejor sus cerebrooooss retrógrados! —Tiene la cara como la grana, congestionada , ¡Ay Dios mío! Echo a correr sin pensar en más salvando en pocos segundos la distancia que me separa del conflicto.
—Contrólese hombre, solo queremos esos libritos eróticos que no mira nadie, y que están acumulando polvo al lado de los radio-cassettes. —Habla una con cara de santa caída del cielo a escobazos y una mano sobre la otra tapándose el pubis; tiene pinta de ser la líder del grupo, ¡Qué peligro madre mía!
—¡He dicho que no! ¡Sobre mi cadáver! ¡Tía petarda!¡Santurrona! —Cada insulto se acompaña de un salivazo de regalo que escapa de los labios de Porfirio. ¡Nunca lo había visto así!
—¡Pero a usted que más le da! Si eso no lo lee nadie. ¿No ve que va contra natura? —Las otras mujeres que la acompañan asienten de forma inmediata a lo que va soltando por la boca la santurrona.Hombre_gritando
—¿Qué pasa aquí, Porfirio? —La fatiga por el sprint no me impide hablar con fuerza y claridad. Me abro paso entre las urracas que rodean con aviesas intenciones a mi amigo.
—¡Aléjate Teté de estas mojigatas! ¡Son las nuevas Torquemadas!.
—¡Tranquilo Porfirio! —Intento calmar a las locas que se abalanzan sobre mi amigo, a la vez que coloco mi cuerpo a modo de muro de contención.
—A ver usted la de las manos tapándose el coñ..pubis entre en la tienda con nosotros, y las demás ¡Fueraaaaaaaa!
—Señorita, tranquila., un poco de respeto, que nosotras somos de una ONG para reciclar….
—¡Adentrooo! —Grito enérgicamente. Entra sin rechistar, seguida de un Porfirio temblón y sudoroso. Echo el pestillo de seguridad de la puerta aunque no sé cuánto tiempo podré detener a las que se han quedado fuera.
Libros tirados por el suelo, trocitos de cristal de platos rotos y esparcidos por doquier, crucifijos entremezclados con tocadiscos del año de Maricastaña…
—¿Y esto? —Pregunto con un cabreo del quince
—“Esto” han sido las señoras estas que en nombre de no sé qué pamplinas de ONG me querían hacer creer que mis libros, solo sirven para ser reciclados.
—Vamos a sentarnos y a aclarar las cosas. —Acerqué tres sillas de plástico de jardín que había apiladas en un rincón.
—Yo no me voy a sentar ahí, están llenas de roña—Suelta la recatada con cara de asco, arrugando la nariz
—Señora, ¡No me ponga más nervioso de lo que estoy! —Vuelve a levantarse Porfirio con perversas intenciones. La puerta de la calle tiembla producto de los empujones de las que se quedaron fuera al ver que Porfirio levanta el puño con la plancha de hierro.
—Cálmate, Porfi. Comencemos por el principio, como seres civilizados. —Nos sentamos los tres, ella en el borde de la silla haciendo ruiditos de desaprobación y disgusto.
—Estaba terminando de leer Todo o nada de Raine Miller, cuando esta panda de de de…
—Señorita, nosotras somos un colectivo ecologista sin ánimo de lucro que…493eac43cdsuegra
—Pero, ¿No decías que no ibas a volver a leer nada de esta escritora? —Sonrío. ¡Qué valiente es mi amigo!
—Sí, bueno pero tú ya me conoces, tampoco puedo rechazar el reto que me supuso averiguar la amenaza…
—¡Esto es una falta de educación muy grande! ¡Me ignoran!
—¡Amenaaaazzaaa que pendía sobre la cabeza de la pobrecita Brynne !—Eleva la voz unos cuantos decibelios para taparle la boca a doña Recatada.
—A ver señora, ¿Me dice su nombre para poder dirigirme a usted? —Pregunto con calma.
—Agustina Ríoseco. —Eleva una ceja desafiante. No, no voy a hacer chistes con su apellido, pero me lo pone muy difícil la verdad sea dicha. Porfirio se está mordiendo los carrillos por dentro, lo noto, le lanzo una mirada de advertencia, para que se aguante de emitir comentarios al respecto…
—Dejemos a mi amigo que continúe con el relato y así podremos contemporizar señora Ríoseco.
—Sabes que cuando estuvimos en la playa, leí la primera parte, Desnuda. No aclaraba los motivos por los que la protagonista estaba siendo amenazada de muerte. El padre de la chica había contratado a Ethan Blackstone, dueño de una agencia de seguridad. para protegerla.
—Sí, sí. Lo recuerdo perfectamente. Continúa por favor.
—No sé para qué quiere que continúe, ya me lo imagino…—Suelta la Ríoseco.
—Sigue, ¡te lo suplico! —Bufé. Estaba claro que no nos iba a dejar hilar más de una frase seguida la muy estirada.
—Bueno pues aquí nos lo aclara. Pero quiso ser tan dramática que no consiguió emocionarme ni un pelo.
—Pero, ¿por qué?
—Porque inventa una historia trágica: El senador Oakley de los EE.UU, que ahora se presenta a las elecciones para presidente, tiene un hijo que hace años salió con Brynne. Siendo ella todavía menor, la violó junto con otros amigos sobre una mesa de billar…
—¡Qué horrorrr de libro! ¿Dónde lo tiene?
—Y, ¿para qué lo quiere saber señora? —Le ladra Porfirio
—Por favor un poco de calma. —Intercedo como puedo
—Esa escena según la estaba leyendo me recordaba a la película “Acusados” solo que a Jodie Foster la violaban sobre una máquina del millón. AcusadosDVDRipDualbyjose1969exploradoresp2pcomavi_snapshot_012353_20131016_050919

Y es que la escritora lo describe tan zafiamente que no logra conseguir el efecto deseado. O sea empatizar con la pobrecita Brynne. El senador no quiere que salga aireado en prensa el terrible comportamiento de su hijo, con lo cual lo empaqueta y lo envía a la guerra de Irak.
—Pero vamos a ver, ¿ Los padres de la protagonista no lo denunciaron, Porfirio?
—No, para nada; la madre cree que su hija es una zorra y que ensuciaría el nombre de la familia si llegara a saberse y el padre prefiere no airear el asunto tratándose del hijo de quién se trata. Se queda embarazada para terminar de rematar el culebrón. Y encima no sabe si abortar o no, con lo cual intenta suicidarse. Todo muy incongruente.
—¿Ve cómo mi ONG tiene razón de ser? Además hacemos un favor al medio ambiente retirando productos nocivos para la moral y las buenas costumbres. —Añade la riosecana con aire de suficiencia
—¡Deje de adoctrinar por Diossss!
—Cálmate y sigue. —No sé cómo va a terminar la contienda, empiezo a sudar de lo lindo…
—Veamos, en la última escena del primer libro, Brynne sale huyendo por sentirse engañada por el protagonista, al no saber los motivos por los cuales la está protegiendo. El padre no quería que lo supiera y cuando contrató los servicios de Blackstone así se lo hizo saber.
—El problema surge porque se hizo un video de la violación y se distribuyó por internet, la gente que ha tenido acceso a ese video está muriendo en extrañas circunstancias, así pues la protagonista vuelve a los brazos seguros y musculosos de Blackstone…
—Joder Porfi qué aburrimiento de libro
—No te lo puedes ni imaginar. Porque ahora viene lo peor. Y lo peor es que el protagonista nos narra en primera persona, el retorno a los brazos de su amada. Cuando se la lleva a la cama por primera vez en este libro, se apunta mentalmente agradecer a la señora que le limpia la casa haber cambiado las sábanas con restos de semen de la última paja que se hizo pensando en Brynne.tracyemin11
—¡Aaaaaaaaaaaaaaayyyyyyyy qué asco por Diossss! — Agustina se levanta de la silla como impulsada por un resorte, con los pelos tiesos.
—Pues sí pobre mujer, tener que limpiar las miasmas del prota…—Concedo a la mojigata.
—Es que no entiendo tanto detalle escabroso y de mal gusto en estas novelas. ¿Dónde quedaron esos suspiros tras dos horas mirando a los ojos del amado? ¿Dónde? —La histeria la domina y tiembla como una hoja.
—¿Eingg? —Nos miramos Porfi y yo con cara de incredulidad.
—El protagonista nos recalca hasta la saciedad que existe tal química entre ellos dos mientras viven, comen y follan juntos, que aburre a los muertos; cuando a nuestra protagonista le baja la regla, él se toma la molestia de llamarla “La Maldición”, pero querida mojigata y Teté, no os preocupéis que nuestra Brynne toma la píldora y esa maldición gitana que toda mujer posee una vez cada veintiocho días y al menos tres días en ese período , a ella le dura apenas un par de horas y puede follar como una coneja sin la molestia de los fluídos menstruales.
—¡Bastaaaaa! No puedo soportarlo. —Se tapa los oídos con las manos mientras se desgañita y canta canciones de patio de colegio.
—Los celos y la idea de posesión le persiguen al protagonista en cada escena del libro, de tal manera que podemos leer pensamientos del estilo “Este coñito tan dulce me pertenece a mí cuando lo lleno con mi polla y me corro dentro”. Las diferencias de opinión y de criterio de los personajes se resuelven con un pensamiento por parte de Ethan tal que así ” Qué falta le hacía un buen polvo para hacerla callar…” Te azotaré contra el lavabo”
—¡Cállese por Diosssss! —Se desgañita Agustina. —Miren nosotras hemos venido recogiendo libros de estas características que dañan la imagen de la mujer actual que no necesita leer estas guarrindogadas. Es totalmente innecesario.rottenmeier-von-heidi
—Bueno ya está bien señoraaaaa, a ver ¿por qué no va a ser necesario? —De nuevo se le está empezando a calentar la boca a Porfi…
—Porque no nos merecemos salir retratadas de esta forma sumisas, estúpidas y maltratadas.
—Mira Agustina, el problema está en que fundamentalmente estos libros son malos per se. —Pestañeo con cara de inocente.
—Malos de solemnidad además. —Añade Porfirio
—Y ustedes pretenden apagar fuegos de cocina con agua, no sé si me entiende. —Señalo con mi dedo índice a las de la puerta, que empiezan a gritar de nuevo como posesas.
—Entiendo que vivimos una época en que todo vale y hay que imponer unas normas, leyes que protejan a nuestro género de tales aberraciones.
—¿Y cómo se supone que lo vas a conseguir, Ríoseco? —Pregunta con sorna mi amigo. —¿Entrando en mi tienda con una panda de locas y destrozándome lo que encontráis a vuestro paso?
—En esta tienda y en todas las que podamos y denunciando si es preciso. —Asegura con la cara como un tomate.
—¿Denunciando el qué? ¿Libros de ficción? No me haga reír. — Me levanto de la silla yo también. Esto es ridículo.
—Podría yo también denunciarte por haber entrado así en mi tienda como una vándala con sus secuaces. Es más, ¿dónde anda el teléfono que ahora mismo voy a llamar…? — No termina la frase. Rebusca entre los papeles, vidrios y demás restos de utensilios esparcidos por el suelo..
—¡Quieto Porfi! ¡Déjalo! Esta señora no va a molestarte más, porque me voy a encargar yo de pasarle unos estudios realizados en mujeres adultas, sobre sus fantasías, sus gustos y sus apetencias sexuales más secretas.Fantasías-tarro
—¡No gracias! ¡No me hacen falta!
—Estaría mejor que te dedicaras a mirar un poco más hacia arriba. —Apunta con el dedo pulgar hacia el techo mi amigo. —Igual te manipulan haciéndote creer esto que defiendes y no es más que una guerra de ventas y markéting, ¿No te has parado a pensar un poco en ello? —La sonrisa que luce Porfi, es verdaderamente diabólica.
—Te aseguro que estos libros tan mediocres no merecen la energía que os gastáis. Eso sí podéis vociferarlo a los cuatro vientos que están mal escritos, que son horribles copias, de copias, de copias del absurdo Grey. Solo tienen ese valor Agustina, créeme.
—Me voy no quiero oír más sandeces.
—¿Cómo decías que se llamaba tu ONG?
Acelera el paso hacia la puerta. Tanta dignidad nos provoca la carcajada. El portazo que arrea es de campeonato.
—Por cierto, Porfi ¿Cómo termina el libro? No lo contaste al final.
—No pude acabarlo.¡ Qué malo por Dios!
Comenzamos a recoger trastos y a limpiar la tienda. Merecía la pena mucho más que pensar en el altercado ocurrido con las salvadoras del género femenino.
Continuará…

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Un Engaño De Lujo

 

Hola amigos fú. He tenido un fin de semana muy entretenido. Son las fiestas en Veradilla del Campo. Bueno, son fiestas en la mitad de los pueblos de España, y en la otra mitad han sido o serán la semana que viene. En mi pueblo gustan mucho de “estrenar” en fiestas. Pintarse como puertas e ir paseo arriba y paseo abajo luciendo cual gallinas cluecas el plumaje ahuecado recién comprado. Por supuesto que yo puedo lucir estupendamente con cualquier cosilla  pero prefería irme con Aristarco (Aris para los amigos) a la capital, y así escapar un poco de todos estos cotillas y que no se enteren de si somos amigos o algo más. Aunque para que me saquen cantares hace falta poco, porque ¡qué aburridas son sus vidas, de verdad!.

 

Aris y yo nos conocemos desde niños, su padre fue el veterinario del pueblo los 60 años que vivió aquí, su hijo nunca pudo seguir los pasos del padre, se marea con la sangre el pobre. ¡Qué mal lo pasaba! Al primer parto de vaca que le obligó su padre a asistir, terminó cayendo al suelo y haciéndose una brecha de cinco puntos. Por fin tras varios percances comprendieron en casa que eso no era lo suyo y estudió para maestro, concretamente profesor de matemáticas, y se marchó de Veradilla en cuanto tuvo ocasión. Desde que está separado vuelve al pueblo y a mí en agosto. Es más majo mi Aris, dice que soy su sol. Por eso quería yo ponerme más guapa para cuando llegara. Y en que hora, de verdad.

 

Con esto de las fiestas no hubo manera de conseguir cita para ninguna de las dos peluquerías. Imposible, ni un hueco libre, me soltaron las dos. Así que yo, que no me amilano, pensé, me compro un tinte de esos de los anuncios, y mañana hago fus, fus con mi media melena al viento, delante de Aris, más rubia que la “Feifel”, o la “Chifer” esta de los coches alemanes. ¡Ay, en que horita! Nada más que a mí se me ocurre.

 

Ya imaginareis que el experimento terminó mal. Mal, mal… rematadamente mal. Lo que iba a ser un estupendo rubio terminó siendo verde. Pero verde, verde de verdad. Más verde que el cobre. Verde lima. ¡Y las peluqueras sin un hueco y el fin de semana por delante! Me quería morir, o matar a los publicistas. O ambas cosas. Me puse un turbante, porque no quería ni ver el estropicio, y me senté mando en ristre a rumiar mi pena frente al televisor, y fue cuando dí con la pelí de la que voy a hablaros: Un engaño de lujo.unenganodelujo2

 

Hors de Prix es el título original, porque es francesa, y viene a significar algo como ¡Carísimo! Esta una de esas películas que consiguen llamar la atención del espectador desde los títulos de crédito. Todos habréis visto alguna vez una comedia de los sesenta, ¿recordáis aquellas cabeceras a base de dibujos y musiquita machacona? Algo del estilo de Charada o el mundo está loco, loco, loco, entre otras muchas. Por muy jóvenes que seáis seguro que habéis visto alguna. Yo las adoro. Me encantan. Por eso mismo me puse a ver esta película sin saber ni lo que iba a ver. Por recordarme a las cintas de los sesenta con sus atractivos y coloridos títulos de crédito, llenos de motivos estivales, como las sombrillas de cocktail. Las sobrillitas giratorias eran muy utilizadas en las comedias americanas de esa época. Todo se plantea al principio como una típica cómedia romántica, pero creo que esa clasificación puede llamar a engaño con esta película, que no es exactamente lo que uno espera.

 

La película cuenta la vida de un inocente camarero de un gran hotel, Jean, que se enamora de Irene, una bella cazafortunas, por decirlo de una manera fina. Jean se hace pasar por multimillonario para estar con ella que lo rechaza en cuanto descubre quién es en realidad, pero él, que se ha enamorado, la sigue hasta la Costa Azul, donde pronto se queda sin recursos. Entonces decide imitar el estilo de vida de Irene…

 

 

 

La película es un entretenimiento sencillo y simpático, lleno de ambientes sofisticados, elegentes y tiendas de lujo. Sin grandes momentos cómicos pero te mantiene con una continua sonrisa en la boca.

 

Irene es Audrey Taoutou, todos la conocen por Amélie, pero en esta película no puede estar más lejos de ese personaje, creo que es de las pocas veces que consigue que me olvide de era Amélie. Sensual, erótica, sofisticada y pelín desalmada. Se aproxima a la refinada belleza de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes. Sabiendo que mucha gente adora a esta actriz y sin ánimo de ofender diré que siempre me pareció algo sosa y tremendamente encasillada. Pero en esta película se desmelena y se quita el sambenito de niña buena, vestida de Chanel y con escotes ombligueros todo el tiempo, enseñando esternón cual raspa de sardina, haciendo de devora hombres de hotel de cinco estrellas.

 

El otro protagonista es Gad Elmaleh (Jean), muy desconocido en España hasta hace poco. Ahora, siendo pareja de Carlota, la Casiragui, lo tenemos en las revistas del corazón día sí, día también.  Hace una interpretación sobria y sin espavientos. Haciendo de pobre hombre, currantito y sin sueños, con cara de mártir. El caso es que de primeras parece feo… pero cuanto más le miras más te va gustando. Es de esos feos peligrosos de los que te puedes enamorar en un descuido.

 

Personalmente siempre me han gustado los hombres con narices. Con nariz grande quiero decir. El tiempo y la experiencia me han demostrado que no suelen ir solas las narices en semejantes personalidades. Son grandes en general, digamoslo así. Para mí que a los dos protagonistas les falta una fabada, pero bueno, la moda actual es como es. Y para resultar elegante has de pesar cuarenta kilos. Yo soy más partidaria de la gente rotunda, lo veo más sensual, pero a lo que iba…

 

Él, un pobre hombre sin grandes posibilidades, se encuentra una noche con la una perita en dulce servida en bandeja. Y claro, aprovecha al oportunidad. Ella una mujer superficial que solo quiere de los hombres su dinero. El pobre se humilla de manera patética por conseguir el favor de la chica, básicamente un calzonazos. Una vez que se ha fundido todo el dinero que había ahorrado en su vida, termina adoptando la “profesión” de su amada. A la que tiene que recurrir en busca de ayuda, como maestra en el arte de la seducción. ¡Mi madre se escandalizaría y le daría un pasmo con la forma de vida de estos dos! jajajaja Sí desayuno con diamantes lo vio porque eran tan sutiles que ni se enteraba de la profesión de Audrey.

 

Todos sabemos de antemano como va a acabar, siempre está rozando el tópico, pisando sobre terreno seguro, pero aún así la película acaba funcionando. Gracias al carisma de sus dos protagonistas. Un Engaño de Lujo, a pesar de su título, no engaña a nadie. No es una gran comedia al uso, pero resulta agradable y distendida. Hay que reconocerle un cierto un regusto clásico que le imprime sofisticación y sutileza.

 

Ya más relajada después de ver la película me puse a escribiros y llamé a la hija de mi vecina para que enviara por correo electrónico. La recibí sin turbante y con el pelo mojado. Lo había lavado por tercera vez, pero solo había conseguido dejarme más rubia la raíz e igual las puntas. En cuanto me vio exclamó “se saléeeeeee, ese verde lo quiero yo” y tras explicarme como peinarme a la moda, me decidí a irme con mi Ari, con el pelo peinado a lo Pataki engominado.

 

No os daré detalles pero ha sido un fin de semana de cine, amigos.

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Crónicas de un verano aciago (o sea chungo total) #putoveranodeloscojones

LOLA WELLINGTON

Ya estoy en Valdemontes de los Pinos y los Sotos un pueblo retirado y recoleto, o sea un coñazo total, con un gran reto entre mis dedos: escribir una novela, en este mes de agosto, ahora que dispongo de mucho más tiempo y el entorno es tan propicio para dejar la imaginación que vuele alto y lejos como un avioncito low cost.

pueblito

Digo low cost porque voy a escribir una novela ligera, sin el alambique de las otras, vamos que con esta paso de estar ocho años documentándome para que luego tanto trabajo no sepa valorarlo ni mi abuela. Así que nada, se acabó hacer el tonto, ahora voy a escribir algo sencillo, bajo en calorías y muy saludable: una ensalada de lechuga sin sal, ni aceite, ni picatostes, con cuatro trozos contados de pollo a la plancha por encima, todo puesto en un plato mono y con una florecita cuca de crochet en la mesa.

florganchillo

Y en eso estoy, pero llevo dos días… El primero me puse el despertador a las siete de la mañana, pero dio lo mismo, a las cinco ya estaba berreando un gallo, y que nadie ose a corregirme el verbo porque los gallos de Valdemontes de los Pinos y los Sotos berrean.

gallo

Y a esa hora, aún no me había dormido porque mi amigo Oliverio Morfidal seguía hablándome por Skype desde las ocho de la tarde que iniciamos la videoconferencia.

suicidio

A las cinco, desfallecida, con el berreo del gallo todavía talandrando mis oídos, le supliqué que lo dejáramos para el día siguiente: dio lo mismo, tardó otras dos horas en despedirse así que a las siete seguía despierta.

Ya no me acosté, no me merecía la pena, además mi madre Doña Lola ya había puesto La Pastoral de Beethoven en el viejo tocadiscos del abuelo, así que para qué intentarlo…

 

dormida

 

Intenté escribir un poco, pero a la media hora, mamá entró para que fuéramos a dar una estimulante caminata matutina por los bosques, y quién le dice que no a una madre que te mira con ojos lastimeros después de amenazarte: tú haz lo que quieras, pero luego no vengas pidiéndome favores porque yo no voy a estar… ¿Quién puede resistirse a este encantador chantaje emocional? Me puse unas botas de senderismo que pesan ocho kilos y me fui a caminar tres horas por el bosque repleto de bichos y de senderistas pesados, empeñados en contarme sus miserias absurdas. ¿Por qué no hay senderistas normales?

arbol

Cuando regresé, mi prima Eli me estaba esperando con una toalla y una gran sonrisa: Te estoy esperando desde hace tres horas para ir a la pisci. Sin desayunar, cojo la toalla como el atleta el testigo y me arrastro hasta la piscina donde Eli me suplica al borde las lágrimas: Tía, vamos a hacernos unos largos que está Bruno mirando y me da cosa que me vea nadando sola. Pues allá que voy, yo escribo novelas románticas porque creo en el amor por encima de todo #claroquesi

ESTHER

Dos horas y medias después, salimos del agua como chufas. Mareada, caigo redonda sobre la tolla bajo una buena sombra de pino. Pero la alegría me dura tres minutos, porque me llama mi abuela para que le acompañe al mercado, así que abandono la piscina, cruzo el pueblo desierto y aparezco en la carnicería donde me espera mi abuela con la compra para la próxima semana. Nada, poca cosa, unos veintiocho kilos de peso.

porteador

Deslomada, en cuanto llego a casa me meto en la cama, sin comer, pero apenas concilio el sueño mi primo Alex comienza con sus ensayos de trompeta… La música es tan importante en nuestras vidas. #quierometerselaporelculo pero respiro hondo y se me pasa. Además, aprovecho para levantarme, comer algo, y a acompañar a mi tío Juan a jugar unas partiditas de dominó, que al hombre le hace mucha ilusión. #putodominodeloscojones pero sonrío y fluyo. Total, solo van a ser unas horitas perdidas… Unas cuantas, porque me dan las ocho de la tarde, que es justo cuando entra Oliverio y me dice: ¿Qué tal las vacaciones? ¿Tienes un ratito para charlar? Y nada que son las ocho de la mañana y acabo de terminar de conversar con él. #putoveranoaciagooseamuychungo

Pero esto tiene que cambiar…

 

Standard

Amor y Mortadela. La Pensión Bertolini

Con un cabreo simiesco Francesco se resignó a estacionar su apreciado descapotable en un vulgar descampado a las afueras del pueblo. Después de haber dado unas cincuenta vueltas por estrechas callejuelas concluyó que no había parkings públicos, como mucho unas cuantas cocheras particulares, algunas con puerta y todo… Le había costado lo suyo dar con el puñetero pueblecito. En cuanto abandonó el frescorcito del interior del biplaza, sintió el guantazo de cuarenta grados al sol. Alcanzó la plaza principal de Ojete de Abajo luciendo dos buenos rodales de sudor bajo las axilas.
– —¡Ma que calore! Putto pueblo…
La plazuela estaba muy concurrida, un sofocante olor a chorizos y a carne asada casi lo tira de culo; el zagal era vegetariano. Los pueblerinos se apelotonaban en un punto en concreto. Modesto colocaba otra tanda de tocino y de hermosos chorizos sobre las parrillas, tenía la cara encendida como un guiri en Benidorm, y los brazos, expuestos al fulgor de las brasas, escaldados como tomates en conserva. Eso sí, más contento que un indio con espejo: ¡había hecho el amor con Clara! La había besado una y otra vez y ella había respondido a su pasión con igual goce y entrega.
—¡Papá, que estás en las nubes! ¡Se queman los chorizos! —gritó Marco, mientras ofrecía bandejas repletas de apetitosa y humeante carne asada a sus vecinos, que se daban de tortas para ver quién pillaba el tajo más gordo.
El Liendres y sus compinches eran los peores, se ponían ciegos de embutidos y chuletas de cordero hasta el coma digestivo. Marco se retiró el sudor que le perlaba la frente con el dorso de la mano y miró su reloj, era más de medio día, hacía un calor del infierno, y Greta no tardaría en aparecer: se moría de ganas por verla.
— Scusi…—Francesco abordó a un paisano que pasó de su jeta descaradamente al ver que El Salchicha sacaba una nueva fuente repleta de tocino churruscadito. Por el rabillo del ojo Marco vio la cabeza rubia, que no le era familiar, tratando de abrirse paso entre la turba. Se preguntó de quién sería pariente el forastero.
—¡Per favore! —el italiano elevó la voz— ¿Alguien podría indicarme cómo llegar a la finca Los Laureles? ¡Busco la mia ragazza! ¡La mia novia, Gretta!
El de Ojete clavó los ojos en el figurín y a punto estuvo de perder el temple, pero nada, excepto la fuerza con que estampó el tocino sobre el plato del Liendres, denotó la tensión y el arranque de celos que lo embargaron. El Liendres engulló el bocado trasladando su atención al recién llegado, después se giró y dirigió unas palabritas a Marco:
– —¡Tronco! Me parece que te has quedao sin la novia, JAjaJAja –rió con ganas mientras se llevaba a la boca una costilla de palo, masticando a dos carrillos, con la boca abierta, y disparando perdigones cárnicos directamente a la jeta del italiano.
– —¡Eh, pelucas! Ma que asssco, me estás salpicando la comida de la tua bocca
– —Oye, oye…—le advirtió El Liendres, repelando el hueso— ¿A quién estás llamando pelucas? ¿Eh, señoritingo?
– —Catetto…—escupió el otro por lo bajini, dándole la espalda.
– —Joioioioi —se cachondeó El Liendres. Yo no seré un gomoso como tú, pero por lo menos a mí no me han levantao la novia ¿Verdad, Salchichas? –soltó otra carcajada señalando al carnicero sin el menor disimulo.
– Francesco estudió a Marco con atención: era más alto que él, más ancho, le jorobó reconocer que mucho más fuerte, sus bíceps resaltaban sin esfuerzo y la vulgar camiseta de algodón se le pegaba al cuerpo adivinando un vientre plano y una marcada chocolatina…Empezaba a echar humo.
Ambos se medían en silencio cuando un señor panzón, algo achispado, se plantó en el medio empinando un porrón.
—¡Pasa el morapio, Celedonio! —voceó El Liendres, que pescó al vuelo el porrón derramando parte del tintorro sobre la fina camisa de diseño del italiano.

—¡Pero Idiota!¡ Ma che cosa fai! ¡Merda!
—¿Idiota? ¿Quién? ¡¿Yo?! –El Liendres pegó un salto abriéndose al tiempo los botones de la camisa. A su lado, El Llagas se preparó para lanzar la patada voladora.
En ese preciso instante Clarita hizo acto de presencia.
– —¡Hola Marco! ¿Cómo va la cosa? Huele de maravilla…—se le apagó la voz al ver a Francesco.
– —Signora—. Saludó el forastero con rictus serio, avistando una melena castaña que asomaba por detrás de Clara y que le resultaba conocida—. Ciao Grettita…
Al reconocerlo Greta se sintió desconcertada, acto seguido buscó a Marco, le bastó un vistazo para detectar el fastidio en el rostro del carnicero, que cruzó con ella una mirada dura y penetrante, luego les dio la espalda y fue donde su padre.
– —Sirve tú ahora, papá. Yo me ocupo, anda ve y refréscate un poco… acaba de llegar Clara.
– —Francesco, qué grata sorpresa…—fingió Greta— ¿Has cambiado el número de teléfono? Te estuve llamando unas cuantas veces…
– —Gretitta… He tenido algunos problemitas —se excusó—, deja que io te explique.
– —Déjalo tú, Francesco. Ahora no es momento.
– —Ya veo…—admitió con recelo echando una ojeada a Marco, que atizaba las brasas enérgicamente. No es que tengas mal gusto —apuntó—, ma poco stile … ¿Come si dice los paletos questo pueblo? ¿Ojetosos?
– —Estás siendo un poco grosero ¿No crees, Francesco?
– —Ma no te enfades, Gretitta… Sono venuto a buscarte por il nostro viaje, ¿tu recordi, cara?
– Pero qué cara más dura —pensó ella con fastidio—. Se dio cuenta de que nada le apetecía menos que pasar unos días en compañía de Francesco, ya no. Lo invitó a seguirla hasta un lugar más apartado para poder hablar a solas.

Terminada la barbacoa, Marco se marchó a su casa con la excusa de darse una ducha pero ya no regresó. Greta tardó un poco más de lo esperado en quitarse a Francesco de encima. Él trató de camelársela con dolci paroles, se permitió el lujo de confesarle un desliz y hasta de perdonarle el suyo…, pero Greta lo tuvo claro y en cuanto pudo lo despachó. Francesco, sediento y malhumorado, cruzó hasta el bar de la plaza, se sentó frente a la barra ante el atento escrutinio de los cotillas, y se hizo unos cuantos pelotazos. Al cabo de un buen rato abandonaba el bar con una cogorza de impresión; las llaves del coche se le cayeron al suelo, y El Justo, un guardia civil retirado que iba camino de su casa, las recogió al ver la castaña que llevaba el forastero. Amablemente, lo condujo hasta un banco cercano sentándose un momento con él.
—¡Pero cómo va uste a conducir en ese estado, hombre…! Tie que dormir la mona y luego se bebe uste un huevo crudo del corral, hágame caso.
Justo convenció a Francesco para que lo siguiese hasta la pensión de La Úrsula, en el número uno de la calle Larga, y a ella se lo encomendó. El italiano, bastante perjudicado y mareado por la chispera y el intenso olor procedente de un jazminero, siguió a la mujer pasillo adentro a trompicones y sin ser muy consciente de dónde se encontraba. Un gato rallado le salió al paso y se colgó de su pernera haciéndole un siete en el pantalón. La Úrsula lo acomodó en una de las dos sencillas habitaciones para huéspedes.

“Prohibido dar voces a la hora de la siesta”, rezaba el cartel sujeto a un poste con un alambre ¿Estaría Marco echando la siesta? Modesto y Clarita habían desaparecido juntos hacía rato, en unos minutos comenzaría el desfile de la banda de música. Greta se decidió y fue hasta la casa de Marco a buscarlo; por más que llamó a la puerta nadie abrió.
A eso de las ocho de la tarde, Francesco se echó mano a la minga, que le explotaba de tantas ganas como tenía de orinar. Abrió un ojo y vio que Sarita Montiel que le giñaba el suyo desde un poster en la pared.
10585749_694888957227325_733084521_n Se encontraba en una habitación desconocida echado en una cama de cuerpo y medio, medio en pelotas, pues solo llevaba puestos los calzoncillos y los calcetines. Había estado soñando con Greta, un sueño muy

caliente en el que los dos echaban un polvo increíble en una playa desierta; a un empuje para llegar al momento álgido, un paisano con boina se la arrancaba de los brazos y
juntos desaparecían a lomos de una burra. Haciendo memoria recordó los acontecimientos de la mañana y retazos de su conversación con Greta antes de que entrase en ese bar de mala muerte y se pusiese hasta las patas. Se sentía muy mareado, las paredes de la habitación se movían, hasta le pareció que salía humo del puro de la Montiel … La puerta se abrió y una mujer madura y pechugona, que vestía una bata roja con volantes se aproximaba a la cama; llevaba los labios pintados de rojo fuerte y los rulos puestos. En una mano portaba un tazón humeante.
—¿Ya se ha despertao uste de la cogorza? Le traigo un caldito reparador…
Francesco sentía la lengua basta como un zapato y el gaznate áspero como papel de lija, tenía tanta sed que aceptó el tazón de calducho y le pegó unos tragos: sabía a huevo crudo. Se incorporó y preguntó con un hilo de voz.
—¿Dónde está la mia ropa?
—Ah, su ropa. No se preocupe uste que enseguida se la traigo. Le he lavao la camisa, que la traía perdidica, y he intentao coserle el pantalón…Tendrá uste que disculpar a Misifú… Ha quedao bastante decente, si uno no se fija no se nota ná.
—Necesito ir al baño…
—¡Uy! ¡Pues ni más faltaba!: sale uste al pasillo, to recto al fondo y pallá —señaló—. Voy a buscar su ropa que con este chicharrero ya debe haberse secao.
Francesco se desahogó en el baño y regresó al cuarto. Se le había puesto tiesa; siempre le ocurría al despertarse, además estaba lo del sueño erótico… La Úrsula le tenía el ato preparado y cuando lo vio entrar con aquello como una tienda de campaña canadiense, por primera vez desde la muerte de su Casio, se le pusieron los pezones como balas. Hacía tanto tiempo que no lo cataba… y eso, en su caso, habiendo sido puta y muy mujer, era polvo fijo. Dejó la ropa cuidadosamente doblada sobre una silla y comenzó a desabrocharse la bata.
¡Aquello no eran tetas sino ubres! pensó Francesco, alarmado. Debía seguir borracho perdido porque el miembro se le había puesto como un garrote.
—Ven pacá espagueti… —la escuchó decir— que La Úrsula te va a dar lo tuyo.

Pasadas las fiestas, la mayoría de los comercios, incluida la carnicería, cerraban unos días por vacaciones. El jueves por la tarde Marco ultimaba los preparativos para su viaje al país de la mozzarella, trataba de convencerse de que todos los italianos no tenían por qué ser gilipollas.
—Tienes que estar en el aeropuerto como muy tarde a las diez de la mañana, hijo.
—No te preocupes, papá, saldremos con tiempo. ¿Has llenado el depósito de la furgoneta?
—De la gasolinera vengo. Bueno, emm… he pasado un rato a ver a Clara. Greta ha preguntado por ti, se siente muy apenada por lo de su amigo, pues no era más que eso: un amigo… Clara dice que ese mismo día su hija lo despachó.
Marco estaba dolido, ella nunca le había hablado del italiano, y fuera su novio o no, ¡se sintió traicionado! En el fondo era mejor así, se había pasado los últimos días sin salir de casa, hosco y desabrido. Se estaba enganchando demasiado a esa chica y al final ella acabaría marchándose del pueblo. Ahora solo quería pensar en su viaje y vivir la experiencia.
—No me debe ninguna explicación, entre nosotros no hay nada —aseguró Marco a su padre.
Llegaron con tiempo suficiente al aeropuerto. Marco facturó la trolley, en la que viajó sin problemas una hermosa tripa de mortadela en un envase especial para mantener la temperatura. A su llegada al aeropuerto Amerigo Vespucci, un chófer enviado por la organización le estaría esperando para llevarlos a él y a su mortadela hasta un hotel. Según detallaba el programa, al día siguiente volvería a recogerlo para el traslado a la Villa en las afueras donde tendría lugar el evento. Modesto se mostraba bastante inquieto, miraba el reloj cada cinco minutos.

—Papá, relájate que ya estamos aquí, tengo mi tarjeta de embarque y ya he facturado el equipaje, solo me queda subir a ese avión, es hora de marcharme.
Modesto se despidió de su hijo antes de que entrase en la zona de embarque.

El avión iba casi completo, disponían de más espacio sus pollos en el corral… Un azafato muy simpático le indicó un asiento libre entre una señora gruesa y un amable jubilado. A punto del cierre de puertas, un último pasajero rezagado se presentó. Cuando pasan estas cosas todo el mundo se vuelve para mirar al tardón… en este caso, tardona. La reconoció de inmediato, con la cara arrebolada y el pelo alborotado Greta entró en la nave, traía una pequeña bolsa de viaje en una mano. Marco veía cómo la muchacha intercambiaba unas palabras con una azafata, esta sonrió y caminó hasta el asiento ocupado por el jubilado, junto al de Marco, que trataba de mantener a raya su sofoco.
—¿Buenos días señor, le importaría dejar su plaza a la señorita y ocupar aquel asiento libre?—. La atractiva azafata señaló una plaza dos filas más atrás y susurró algo al oído del jubilado, le guiñó un ojo y prometió servirle zumo gratis durante todo el vuelo.
No dejaron de mirarse a los ojos mientras Greta se acomodaba en el asiento. Marco, que sentía cómo el corazón le saltaba dentro del pecho, se dejó llevar por un impulso y la tomó de la mano estrechando sus dedos con fuerza , con sus uñitas tan monas pintadas de rosa, y se las besó. Una radiante sonrisa iluminaba sus oscuros ojos color chocolate, la sonrisa se trasladó a los labios, y todo lo incierto quedó atrás. Greta se quedó dormida apoyada en el hombro de Marco; estaba agotada. Había pasado la noche en vela, nerviosa e indecisa por el plan urdido por Modesto, para que ella sorprendiese a Marco acompañándolo en su viaje. Afortunadamente, quedaban plazas libres en el mismo vuelo. Greta se presentaría en el último momento para que Marco no tuviese tiempo para objetar. Y así había sido, aunque Greta y su madre se habían perdido de camino al aeropuerto y a punto había estado de no llegar a tiempo. Marco la despabiló con delicadeza cuando se disponían a aterrizar.
—Despierta dormilona, estamos llegando.
—Umm… ¿He dormido mucho tiempo? Marco sonrió, la miraba con una mezcla de ternura y deseo.
—Una hora y cuarenta minutos, para ser exactos.
En el área de llegadas, un hombre bajito con coleta, vistiendo camisa blanca y pantalón oscuro, blandía un cartelito: Sr. Marco Guerrero.
—Buongiorno, sono Marco Guerrero —se presentó.
—Buongiorno signore, sono Antonino para serviré—. El chófer tenía la tez morena y era fuerte como Popeye el marinero. Io capisco lespañol, no preoccupare —Antonino echó un vistazo a Greta con aprobación y cargó con los equipajes.
—La señorita es mi acompañante —informó Marco—. Si hay algún inconveniente…
—No problema, no preoccupare. Le belle signorinas sono sempre bienvenute.
Había un buen trayecto en coche hasta el pequeño pueblo de Montepulciano. Entre besos y arrumacos la pareja trataba de seguir la conversación mientras contemplaban el bello y ondulante paisaje toscano. Antonino les hacía de guía, y parlaba y parlaba sin parar con un marcado acento florentino.
– —Ustedes sono de lespaña…¿ De qué parte de lespaña?
– —De la zona centro — aclaró Marco—, de un pueblecito llamado Ojete de Abajo.
– —¡Ma che cosa! Antonino soltó una carcajada —feo nombre…, ma belle ragazze. Greta vio cómo le guiñaba un ojo a través del espejo retrovisor.
– —Estoy pasando el verano en Ojete con mi familia —aclaró ella.
Una lucecita de alarma se encendió en el cerebro de Marco al escuchar la aclaración, pero trató de ignorarla, firme en su propósito de disfrutar al máximo de esos días en compañía de Greta. Fue entrar en el pueblo y en varias ocasiones Antonino tuvo que detener el vehículo y bajar la ventanilla para saludar a sus amiguitas…, que lo vitoreaban y aclamaban al pasar.
—¡Eh, Antoninoooooo!
—¡Ciao, Bello!
—¡Antonino! ¡Ti amooo¡
A su llegada al hotel, la cosa se torció.

— Scusi, signore. La cama é sencilla, no bien para dos personas… siamo completi.
— No preoccupare, no problema —terció Antonino— io llevo in un altro albergo, no problema.
En varios hoteles se encontraron con el mismo panorama: completi.

—Io conozco un albergo bene —sugirió Antonino— del mio primo, no preoccupare, no problema.
La subida a la Pensión Bertolini, en el barrio antiguo, era mortal, unos treinta escalones sin descansillo y a pleno sol. La fachada era antigua, algo descuidada sin llegar a ser ruinosa; el portón de entrada a la pensión, asoleado y agrietado, resultaba poco halagüeño. En el interior olía ligeramente a humedad, aunque no llegaba a ser del todo desagradable. Al pasar al pequeño vestíbulo fue como si el tiempo hubiese quedado suspendido, aquel lugar tuvo que haber sido un hotelito bonito y acogedor. Las paredes conservaban los paneles de madera laqueada y el entelado de damasco. Sobre el mostrador de recepción motas de polvo revoloteaban suspendidas en un rayo de sol, que se colaba a través de las pesadas cortinas y acariciaba a una pareja de esculturas de bronce y porcelana que se hacían arrumacos. Los recibió el anciano Bertolini, que se ajustó las gafas de cerca para comprobar su libro de registros. Les ofreció una copita de Nobile y les entregó las llaves del cuarto. En un rincón Antonino coqueteaba con la muchacha que hacía los pisos.
La habitación les sorprendió gratamente: no podía decirse que estuviese reformada. Antigua pero bien cuidada, debía de ser una de las mejores habitaciones de la pensión. Presidía la estancia una gran cama con dosel entelado enmarcado por una talla dorada, la colcha de seda roja bordada era espectacular. Antes de marcharse, la chica de servicio depositó sobre la cama dos juegos de toallas limpias, descorrió las cortinas y abrió el ventanal, con preciosas vistas de los tejados y de la torre del Palazzo Comunale. Se dirigió a la cocina llevándose con ella la mortadela para ponerla a buen recaudo. Greta cotilleó la estancia encantada mientras Marco permanecía de pie en el umbral de la puerta. Se dejó caer sobre la enorme cama y soltó una exclamación al descubrir el mural pintado en el techo.10569881_694889027227318_841314329_n
—Marco, ¡ven a ver esto! —pero Marco se había puesto repentinamente serio, la seguía con la mirada observándola con intensidad.
—¿No te gusta la habitación? —preguntó Greta con cautela.
—En este momento solo puedo pensar en ti y en mí… y en esa cama.

Pasado el tórrido momento ambos yacían abrazados mirando el techo; satisfechos, empapados en sudor, con la piel enrojecida por besos ardientes y ardientes declaraciones. Contemplaban relajados la escena pintada, una reproducción de la Alegoría de Venus y Cupido de Bronzino.
—Ese debe ser Cupido —comentó Greta, señalando la figura desnuda que besaba a Venus.
—No veo el arco ni las flechas.
—A veces no hacen falta flechas, basta con un cuchillo carnicero para enamorar…
—Marco se movió para estrecharla aún más, la acurrucó acariciándole la espalda y la atrajo para darle otro beso: suave, profundo y lento.
—Con que un cuchillo carnicero, ¿eh? Ummm, vamos a hacerlo de nuevo —susurró al oído— pero esta vez completamente desnudos, quiero verte bien.
Terminaron de desvestirse mutuamente, con las prisas y el subidón pasional del primer encuentro se habían deshecho de lo imprescindible. Ahora, dedicarían más tiempo a mirarse, estudiarse, tocarse, y acariciarse a placer. Marco era verdaderamente un adonis; definido, fuerte pero no exagerado, unos rasgos, en general, muy masculinos y viriles. Contemplar la mortadela en todo su esplendor era exuberantemente sexual y excitante. Greta se avergonzó al recordar las veces que en la carnicería, atraída por su volumen y empaque, había desviado la mirada hasta el paquete de Marquitos, que la atraía como un imán. La realidad no decepcionaba en absoluto, debía ser cosa de familia.

—Me alegro de que hayas venido. Me encantas Greta…—suspiró Marco mientras lamía con deleite el vientre femenino— sabes a vainilla y un poco… a mí. No quiero que te vayas —confesó.

—No pienso abandonar esta cama por nada del mundo.
—Sabes a lo que me refiero — murmuró— y su lengua se perdió entre gemidos.
Las campanadas de la torre daban las siete. Decidieron salir a comer algo y recuperar fuerzas, hacía mucho calor a pesar del ventilador.

Abandonaron la maraña de sábanas revueltas, tomaron una ducha rápida y salieron cogidos de mano a conocer Montepulciano. Pasearon por sus estrechas y enredadas callejuelas, compartieron un panzanella, bebieron mucho Nobile y pudieron saborear el mejor helado de la toscana, sin dejar de besarse, dedicarse miradas tórridas y buscar el contacto en cualquier ocasión. Esa noche, al volver a la pensión Bertolini hicieron el amor hasta el amanecer, durmiendo a intervalos y disfrutando el uno del otro sin reservas.
Antonino pasó a recogerlos a las nueve en punto de la mañana, sonrió con picardía al verlos bostezar, tras las gafas de sol ocultaban las ojeras de una larga noche de buen sexo. El evento gastronómico se celebraba en una magnífica villa, propiedad de uno de los organizadores, originaria del siglo XV y magníficamente restaurada y rodeada por un extenso olivar. Los jardines eran exuberantes, presididos por una bellísima fuente renacentista y decorados con pequeñas cascadas y juegos de agua. Bajo el sol de la Toscana el cielo era más azul y las nubes más mullidas. Maestros queseros, charcuteros, reconocidos enólogos, artesanos y los mejores en el arte de elaborar masas y pastas frescas se daban cita en un evento anual en el que los protagonistas eran exquisitos delicatesen con denominación de origen. Una azafata mona los recibió ofreciéndoles un típico aperitivo, recogió sus invitaciones y las entregó al secretario de la organización. El secretario anotaba los datos principales de los participantes: nombre, producto y procedencia. A cada producto se le asignaba un número, y eran presentados en diferentes mesas agrupadas por categorías: la mesa de las pastas, la de los quesos, embutidos y chacinas acompañados por los mejores vinos y licores de la región, que concursaban en categoría aparte. Los jueces y expertos probaban cada una de las elaboraciones que eran previamente anunciadas por megafonía:
—Il numero diciotto: Mortadela del Oje… del … culo.
Un señor sesentón con bigote de mosquetero que estaba a punto de llevarse el trozo de mortadela a la boca dio un respingo y la sala se echó a reir. Marco se puso rojo de vergüenza e irritación, se acercó al secretario para aclararle que la Mortadela no era “del ojete”, si no de un pueblo llamado Ojete, podía llamarla simplemente mortadela de España, o tal vez, mortadela Guerrero. Otro de los jueces se adelantó a la mesa y tomó una porción de mortadela, haciendo una graciosa reverencia se la llevó a la boca, cerró los ojos, saboreó y sonrió con deleite.
—Ohhh, questa mortadela del culo é sublime —declaró, tras lo cual, el resto la probó también.
El de Ojete se llevó uno de los tres cuchillos de oro a casa, además de un contrato firmado por un año como proveedor de mortadela a las mejores tiendas especializadas, delicatesen y restaurantes de la región. Se despidieron de Antonino y de la pensión Bertolini con pesar, la intensidad con la que habían vivido esos días, las confidencias, los sentimientos y el placer que habían experimentado, habían hecho de ese fin de semana el mejor de sus vidas; Marco y Greta regresaban a Ojete perdidamente enamorados.

A su llegada a los Laureles, a Greta la esperaba una última emoción. Clara esperó a que su hija, radiante como estaba, le contase sobre el viaje y su romance con Marco.
—¡Me alegro tanto de que lo hayáis pasado tan bien!
—¡Vamos, Clarita! dale ya la carta a la niña, ¡puñetas! –prorrumpió doña Leonarda, aplastando un par de moscas que copulaban desvergonzadas sobre el reposabrazos de su sillón favorito.

—¿Qué carta, mamá? Clara metió la mano en el bolsillo del delantal y una emoción que Greta no supo definir se apoderó de su rostro, temerosa y expectante le entregó el sobre a su hija. Estaba fechada y sellada en París (France).

Querida hermana,

No sé si sabrás de nuestra existencia, mi nombre es Armand, y soy tu hermano. Tienes dos hermanos, hermanos de padre, como imaginarás. Nuestro padre Eugene falleció hace dos años, ahora que faltó también nuestra madre hemos querido escribirte, tal y como él nos pidió. Nuestro padre, a pesar de que nunca tuvo el valor de buscarte, siempre te tuvo en su pensamiento y no te olvidó. Fue su deseo, y es el nuestro, que su apartamento de soltero en Montmatre fuese para ti, para que puedas venir a Paris siempre que quieras, tratarnos y conocernos. Te entregaremos las escrituras de la propiedad y realizaremos los trámites legales cuando tú lo desees. Te esperamos,

Un abrazo,
Armand y Emile

Cuando Greta relató a Marcos lo sucedido, este sonrió pensativo y comentó:
—¿Les gustará la mortadela a los parisinos?
—Marcos Guerrero, ¿estás pensando en llevar tu mortadela “del ojete” a París? —rió.
—Bueno, el alojamiento nos va a salir gratis, y ahora que tengo a una guapa abogada como socia…
—No te rías de mí…— murmuró Greta refugiándose en su abrazo ¿Crees que debo aceptarlo?
—¿Lo dices en serio? ¿Un appartement, en París? No, no. Qué va…
—Eres un tonto — le recriminó ella— pero te quiero.
—Y yo te quiero más.

¿FIN?

Para vosotros, queridos lectores, es el fin. Pero no para Greta y Marco, para ellos es el comienzo. El comienzo de su relación: conocerse, compartir, hacer planes juntos como toda pareja que empieza, con ilusión y en este caso… con mucho AMOR Y MORTADELA.

Betty L♥ve

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