A Toledo De Ida Y Vuelta

La vida de un autónomo hoy día es un auténtico deambular por la cuerda floja. Siempre haciendo cálculos y sin que nunca salgan como uno espera. Por eso cuando comienza julio y sin esperarlo cobras dos facturas que ya dabas por perdidas te sientes el rey del mambo. Y aunque las cuentas sigan sin cuadrar tú andas por las aceras hinchando el pecho, con el paso seguro y la mano ligera a la hora de pagar las cañas.
Es algo que se huele. Porque después de casi tres meses de vacas flacas (ahorrando de dónde no hay para el largo y cálido verano) ha sido poner un pie en la calle y salirme amigos por todas partes. No me puedo quejar. No os toméis mis frases como una queja hacia ellos, porque ciertamente muchos me han ayudado en más de una ocasión y me han dado asilo sin preguntarme el tiempo. A lo que me refiero cuando hablo de que se huele es a la libertad de poder hacer cosas que habrías pensado hasta tres y cuatro veces antes de hacerlas en días pasados. Porque sentir la cartera pesada en el bolsillo es mejor que el sol de agosto sentado en la playa, sonará banal y todo lo que queráis pero es una verdad como un templo.
La temporada de festivales no da tregua. A veces con la escusa del trabajo y otras, para que negarlo, por puro placer había perdido ya dos kilos desde que comenzara. Recién llegado del FIB, cuatro días de playa y conciertos sin parar. Después de un viernes apoteósico, un sábado de no parar y el domingo tuvo un cierre de edición algo descafeinado, y aunque mi cuerpo pedía a gritos un poco de calma el soul folk del escocés con nombre italiano no consiguió engancharme pese a la recua de músicos que traía consigo el chico. Esa misma crónica acababa de terminar y ahora era un hombre libre, por unos días.
Con la idea de descansar un poco de muchedumbre antes del inminente Arenal Sound había planeado pasar el fin de semana sin salir de Madrid. Es una ciudad que gana puntos con el calor. Las aglomeraciones se disuelven y las tardes se dejan marchar desde las terrazas que hacen de Madrid un oasis nocturno. En esas estaba, de risas, agarrado a mi vaso, esperando la noche, con un grupo cada vez más nutrido de amigos con ganas de ponerse al día de cualquier cosas menos de sus vidas.
Aún sin anochecer, estaba con la segunda copa en la mano y tirado de medio lado (porque no hay otra forma de sentarse recogiendo las piernas cuando uno mide metro ochenta en esos sillones-butacones que se llevan ahora) cuando empezó a sonar mi móvil y tuve que mirar dos veces para creerme quién llamaba. Aún ver su nombre escrito en la pantalla hace que me enderece y trate de adoptar una compostura que, para que vamos a engañarnos, no es real en absoluto. Una ex, por muy ex que sea, siempre tiene poder sobre una parte de uno mismo y Raquel siempre había sido para mi el recuerdo constante de mi falta de implicación, el deseo momentáneo de ser lo que se espera de mí. Algo que rara vez coincide con lo que soy realmente.
Raquel es la persona que mejor me ha conocido, y a la que no he podido engañar ni cuando cubría con silencios lo que no le he podido rebatir jamás; que yo no era el hombre que encajaba en su plan de vida, que jamás podría construir un hogar conmigo y que tratar de negarlo sólo conseguiría alargar el momento del fin. Por eso, aquellas Navidades en las que me instó a llevarme algo más que mis maletas en mi visita a la familia descubrí que no tenía sentido darle más vueltas. Lo nuestro, como ella misma decía, era la crónica de una ruptura anunciada, “un día me iré, Ruso, y tendré que llamarte para que te des cuenta de que ya no tienes que comprar leche desnatada cuando traes tus cervezas.” y bueno, como ya sabéis no se fue. Me largó a mí. Con cariño, con buenas maneras, educada como ella sólo sabe ser mientras que te da boleto. Que te vas al final con ganas hasta de pedir disculpas, pero al fin y al cabo te vas, que es lo que ella quería.
Me aparté un poco para poder hablar tranquilo, Hola, Raquel. Un pequeño silencio al otro lado me puso sobre aviso. Ruso, dijo con voz suave al fin y de nuevo el silencio. Vale, a estas alturas ya estaba preocupado. Ni cumpleaños, ni navidades, ni ninguna fecha en la que solemos hacernos la rutinaria llamada, algo pasaba.
—¿Estás ocupado?, ¿ te pillo en mal momento? Necesitaba hablar contigo. No quisiera molestar pero es que… necesito un favor.. — Colgué el teléfono y me acerqué a la mesa.
—Gentuza, dejo pagada esta ronda. Tengo que irme.
Y me marché después de alguna que otra queja, de que me soltasen que me vendo más caro que el oro y de que conmigo solo dos tetas pueden más que diez amigos. “Si el Ruso no acude a la llamada de una chica, es que se ha parado el mundo y hemos salido volando por la atmósfera.” No les saqué de su error, claro. Prefería tragarme esos chascarrillos a tener que contarles que mi ex me llamaba en busca de auxilio. Ya sabéis, ciertas cosas no le interesan a nadie, por muy amigos que fueran.
Y ahí estaba. Conduciendo camino de Toledo, contemplando a mi derecha un atardecer anaranjado típico de verano teniendo ante mí una de las situaciones más raras de mi vida. El perfil de Toledo siempre es un espectáculo, pero más aún si la noche es despejada y la ciudad se ha vestido de fiesta iluminando con pericia sus monumentos principales. Porque adoro Madrid, sus palacios, sus jardines, su ritmo, sus gentes y su diversidad con lo bueno y lo malo que conlleva pero el encanto del mágico Toledo no se puede negar. Toledo, no es de nadie. Bueno, es de todos… o como mucho, si tiene que ser de alguien, de día es de los japoneses y de los autobuses de excursionistas, que ahí andan con 40 grados a la sombra o con las heladas de enero; en el McDonalds o en el Parador… Toledo lo conozco razonablemente bien, al menos lo suficiente como para saber que es casi imposible subir al casco e intentar aparcar así que tiré directo al parking. Siempre que visito Toledo aparco abajo. Abajo es cualquier sitio desde la puerta de Bisagra hacia fuera, siempre y cuando no sea en Santa Bárbara o en el Polígono, que tienen estatus propio.
Cuando llegué ya era de noche, pero el calor todavía hacía estragos por lo que las terrazas estaban a rebosar. Busqué el sitio en el que había quedado con Raquel, y no me hizo falta rodear le mesa de la terraza para saber que la dueña de ese vestido blanco era ella. No viene al caso, pero nadie ha llevado nunca los vestidos veraniegos como ella… Después de un segundo de duda, me planté delante de ella y no se me ocurrió otra cosa que decirle más que
—Tachán. —Dioses, ¿por qué me convierto en un idiota siempre que tengo que hablar con Raquel?.
Ella se levantó, se me quedó mirando un instante como sopesando las diferentes opciones de saludo y al final me abrazó metiendo su cabeza en mi pecho mientras musitaba:
—Gracias, Ruso.
Nos saludamos, nos preguntamos por nuestros trabajos, se preocupó por mi delgadez, la felicité por su buen aspecto, pedimos bebidas, jugueteó con los cacahuetes… hasta que al final me miró muy seria, tan seria que temí que fuera a dejarme (seré idiota) y al final dijo: estoy embarazada.
Después del pánico inicial, y tras repasar a la velocidad de la luz los años que hacíamos separados, el aire salió de mis pulmones y pude por fin decir: felicidades. Lo que no esperaba es que Raquel se pusiera a llorar.
—¿Qué crees que hago en Toledo?
—No sé. —dije yo. —Siempre te gustó Toledo. Te gustaba pasear de noche, tapear… ya está, has venido a ver la exposición del centenario del Greco.
—Déjate de historias. Estoy en el Hotel Carlos V, en el puto centro de Toledo, con la azotea más bonita y romántica de la ciudad, con vistas al Alcázar y a la catedral… ¿sigo?
—¿Y te has venido tú sola?.
—Yo, a estas alturas ya sabía que algo había salido mal, pero me hice el tonto, aunque me caló rápido.
—No te hagas el tonto que no te pega.. Me conoces y sabes que no dejo nada a la improvisación. Aunque este embarazo no era buscado la verdad es que me hace ilusión, creo que es buen momento, la verdad . Quería dar una sorpresa a Fran, me inventé la misma excusa que tú: el Greco; reservé el hotel, me aseguré de que la habitación tuviera buenas vistas y jacuzzi, Moet Chandon en la habitación, y una cena romántica en la terraza. Todo iba según lo previsto hasta que después de estar pateando Toledo todo el día nos duchamos y arreglamos para subir a cenar. Lo estuve pensando mucho porque ¿cómo le dices a tu novio a que estás embarazada? Yo estaba muerta de hambre, así que se lo dije al final de la cena: “cariño, estoy embarazada. Vamos a tener un hijo”. Lo único que salió de su boca fue: “¡joder! Acompañada de una cara de susto que ni te imaginas. Ni una caricia, ni un abrazo, nada. Y no sé Ruso… se me fue la pinza al ver que no reaccionaba y le mandé a la mierda con cajas destempladas…
A esas alturas del relato yo estaba llorando de la risa y me gané un buen manotazo. Raquel, la reina de la mano izquierda, fuera de sus casillas por la cara de bobo del pobre Fran. Jajajajaja volví a reír como un loco. A Raquel solo conseguían descolocarla de esa manera su madre y Fran. Por eso supe desde el principio que eran tan para cual.
—No te rías Ruso, que me dejó allí como una estúpida y sin poder darme a la bebida.
—Pero vamos a ver, mujer ¿qué esperabas que hiciera si le dijiste que se fuera con su madre que no le querías ni ver?
—¡Pues que no se fuera, como mínimo! Es un estúpido. Un patán. Un…¿Qué clase de hombre se va cuando le dices que se vaya? Defintivamente es un mamarracho.
—Pobre hombre acojonado. No te enfades pequeña, que frunces el ceño y pareces una monita.
—Me gané otro manotazo, pero sonrió.
—Pero es que se ha ido dejándome tirada en Toledo.
Así que para eso estaba yo aquí. Porque Raquel había mandado a su novio a freír espárragos sin darse cuenta de que no estaban ni su casa, ni en su ciudad y no tenía ganas de explicárselo a ninguno de sus hermanos. Y se negaba a llamarle. No hubo forma de hacerla entrar en razón.

Ya más calmada paseó conmigo hasta el hotel. Por la noche Toledo se cambia de piel y se vuelve una ciudad distinta. El casco se vacía de excursionistas y los vecinos toman las calles y las plazas. Multitud de terrazas ayudan a olvidar los calores del día y el encanto de sus edificios se potencia aún más. Paseando por las callejuelas de noche se pueden escuchar ecos de otras épocas, los colores brillan, masas de luces y sombras bailan sobre las piedras evocadoras y los problemas por un rato quedan suspendidos.

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