Obsesiones invernales o cómo perder el eje en modo Zen


Estoy aparcando la moto en la puerta de mi cabaña de invierno. Un sitio apartado y olvidado de la mano de Dios. Necesito paz y tranquilidad. Solo unos días. No soy sociópata, no. Diríase que soy urbanita cien por cien. Pero de vez en cuando mi cuerpo y mi mente serrana necesitan entrar en contacto con la naturaleza, sentir cómo la savia elaborada de los abetos y los pinos que me rodean es absorbida a través de mi piel cuando me abrazo a mis hermanos vegetales y conecto con el Universo…

De vent d’Espagne en pluie d’Equateurrr , Voyageeeee, voyageeeeeee
Un escalofrío recorre mi columna vertebral desde la coronilla hasta la punta del dedo gordo del pie. Me ha entrado un miedo como no sentía hace años. Un intruso se ha colado en mi casa. El ruido proviene de mi hogar, sin duda. Pero el miedo que experimento no ha sido precisamente por lo que se supone que habéis pensado, no.

He sentido terror cuando las ondas sonoras procedentes del salón de la cabaña han atravesado en su movimiento uniforme a velocidad constante, el cristal del ventanal y han alcanzado sin vergüenza ninguna el oído medio y posteriormente atravesado como un rayo aniquilador mis tímpanos.Creo que me los ha reventado el sujeto “Okupa” ¡Diosss algunos cerdos gruñen mejor! No puedo entrar así como si nada. El shock me ha dejado paralizado. Apenas puedo pestañear para observar al pájaro que se ha colado en mi nido…
¡Voyage voyageee plus loin que la nuit et le jourrrrrrrrrrrrr voyageeee! —Noto resquebrajarse la nieve bajo mis pies. Como no le calle pronto vamos a tener en la zona un serio problema de aludes. Así pues abro la puerta de “Mi casa” sin contemplaciones, prácticamente arrancándola de los goznes.

¡Mon ami! Pasa estás en “su” casa —Se levanta del sofá con la mano extendida, sonrisa en la cara y una pinta impecable.
—¿Qué haces en mi casa? —Respondo con cara de pocos amigos. Rápidamente mi mirada se dirige al rincón donde guardo la escopeta de caza, por si acaso se me cuela algún animal salvaje en casa. Este solo es un humano con mucho hocico, pero probablemente más peligroso que cualquier jabalí malherido. El muy imbécil sigue con la mano extendida y el rictus un poco estirado, algo así como si llevara metido en el culo qué sé yo. ¿el palo de la escoba?

Asseyez- vous. Sienta amigo mío. —Muy bien, ¿quieres jugar? Juguemos. Me siento tranquilamente a su lado, me quito los guantes, el gorro, la bufanda y el abrigo. Los coloco en el sillón de al lado. No le quito ojo de encima. —¿Y bien?
—¡Ah!¡Oh! Oui, sí, Pardon amigo. Me llamo Germain, Germain Roussel. Enchanté. —Vuelve a estirar la mano. Los franceses son muy protocolarios no lo dudo, pero este se ha colado vilmente en mi territorio. Y como no se explique pronto lo va a pagar muy caro .Le estrecho la mano como si tal cosa.
—Soy Oliverio Morf…

Oui, oui, je le sais. Lo sé mi muy amigo mío. —¿Lo sabe?
—Bien, y ¿qué se supone que haces por aquí, Germain?
—Vivir el momento.
—Y vivir de los demás, también.
Non, non para nada Monsieur Morfidal. Mi filosofía de vida, es la de un rêveur, un soñador. Decidí un buen día allá en mi pueblo, aplicar a mi personne, el Carpe diem ¿Tú comprends? Abandoné todo. Lo vendí todo, mis propiedades, mis voituresTout.—¿Todo? —Qué interesante. Seguro que el capullo ha abandonado a su mujer y si tiene hijos por el mismo precio…pues también, ¡Qué coño! ¡A vivir que son dos días!
—Sigue querido, tu filosofía es muy interesante.
—¿N’est-ce pas? ¿Verdad que oui? Me conformo con poco mon ami. —Añade mientras alarga la mano y pilla con total desvergüenza unos cuantas lonchas de jamón serrano de bellota, de mi jamón “Cinco jotas”. Los ojos se me salen de las órbitas cuando veo el festín que tiene preparado en la mesita auxiliar. Además de un plato lleno de jamón, al que le concedo la maestría a la hora de cortarlo, sí señor, se le nota que lo ha pelado por la caña y luego por la veta que presenta el jamón lo ha cortado haciendo pequeños zigs zags con el cuchillo…

Bueno que me pierdo en menudencias. Mi chorizo y mi salchichón ibéricos, mi queso curado en aceite han corrido la misma puta suerte. Todo expuesto y bien presentado en sus platos con el único fin de que pase a la boca del gourmet de pacotilla. ¡Joder con el Carpe diem de los cojones!
—Toma un peu , es bueno. —Me ofrece como si los manjares fueran suyos y yo su invitado de honor.
—Pues claro que lo es.
Bon. Te cuento mon ami. Mi experiencia es simple. Me dedico a viajar. Me alojo en casa de la gente buena et belle que me quiera recoger y yo les hago unos petits trabajos en sus casas a cambio de un poco de comida sencilla y una cama también. Yo molesto poco y ayudo en lo que tú me pidas.
Este tío es un jeta… Así de claro ¿Un poco de comida sencilla? Lo mejor de mi despensa y una cama a cambio de ayudarme en las tareas de la casa. Vamos a ver ¿Y quién le llamó? Y lo más interesante ¿Por qué sabe mi nombre? Este conoce de mi vida y milagros y quiere algo de mí, algo más que un catre y un poco de comida “frugal”. Este no ha venido de vaya usted a saber dónde de forma casual; las mentiras las huelo a distancia ¿ No querrá quizá un consejillo del tío que sabe más sobre cómo tratar los problemas amorosos? Tengo paciencia de santo, pero este “Fransuas” me está sacando de mis casillas. Mientras le doy a la rueda con mis pensamientos.veo que se levanta y se dirige a la cocina. Oigo un “pop” de un descorche.c88a35dde8f26bbb24f8023f65fdd736 f05b71fe7567a989512ca6016d45af64

Mi botella de vino tinto de Vega Sicilia lo sé, lo presiento; el párpado inferior del ojo derecho ha empezado a temblarme descontrolado. Me levanto a por el rifle. Como no corte por lo sano, me come las reservas del invierno y se bebe hasta el agua de los floreros. Antes de entrarle le daré una última oportunidad de explicarse.
Me siento otra vez en el sofá como si tal cosa, y escondo la escopeta de caza lo suficiente para que no la vea y para que pueda sacarla a tiempo de que…
—¡Mon ami! Bueno tu vin.  —¡A morro! ¿Se está bebiendo mi Vega Sicilia cosecha del 85, a morro? Paciencia Oliverio que te pierdes y le vacías todo el surtido de cartuchos en el entrecejo.
—Como te decía molesto poco; yo partí de mi casa ahora hace dos meses. En busca de mi bonheur, mi felicidad. Cogí mi mochila y la llené con cuatro cositas de nada.
—Normal.
—¿Pour quoi?
—Porque el resto ya te encargas de saquearlo con ese aire servicial con el que te envuelves. Pero sigue mon ami, no te cortes bonito, cuéntame más.
—Yo vendí todo como te he dicho y decidí viajar y conocer el mundo. J’adore viajar. Soy sencillo, simple, me conformo con cualquier cosita.
—Con cualquier cosita no. —No había más que verle. Era un esnob. Su vestimenta le delataba. Los tejanos precisamente no eran del Carrefour. Si la vista no me fallaba el jodío llevaba enfundados unos Versace, una camisa blanca con el jugador de polo bordada en el pecho Ralph Lauren y unas botas Salomon…

Monsieur Morfidal, soy lo que ves, moi, no engaño, no oculto nada. —Eso ya lo decidiría yo.
—Germain, ¿desde dónde dices que vienes?
Au nord de la France. Viajo con mi caravane, conozco gente.
—¡Bueno ya está biennnnnnn! —Me levanto de golpe , gastando apenas un par de segundos en coger la escopeta de caza y apuntarle como Dios manda en el entrecejo. El pobre tipo pasa a adquirir un tono de cara cerúleo, muy, muy desagradable. La botella de vino se escurre de sus manos, manchando la tapicería del sofá. No voy a ganar este año suficiente dinero para arreglar los desaguisados del loquito fou este.

—Oliverio, s’il vous plaît, Je suis un homme d’honneur.
—¡Tú eres un cara dura para empezar! Responde o lo hará mi escopeta por ti.
—Soy normal, sencillo no escondo nada.
—¿Estás casado? ¿Tienes novia? ¿Pareja? ¿Mascotas? —Le tiembla el ojo como a mí. ¿Me voy acercando al motivo de su visita? No sé. Seguiré ajustando las tuercas del tiparraco.
—¡No, nada, sseee llllo jujujuro! —Encima el estupidito es un cabezón. Tendré que utilizar métodos más expeditivos.
El primer disparo dirigido contra el techo, suena como un trueno seco, retumbando en toda la casa. Adiós a mi lámpara Art Déco, una lluvia de cristales de colores cae cerca de nuestras cabezas.
—¡Responde canalla! —La mancha en la entrepierna es clara. Se ha meado de miedo, pero no abre la boca. Bien, lo hará el cañón de mi escopeta.
¡Jfjñguofafhohphljljfjoa plaîttttttt!
—Fransuas, Fransuas…
mi paciencia no es infinita.—Vuelvo a meterle el cañón un segundo. Aúlla de dolor. Le he quemado seguro. Pero más quemao me tiene a mí.
Je parle, je parle…
Comienza entonces.
— Oui, sí,
tenía un… un… un…
—¡Un quéeeeee! — Le encañono otra vez.
—Une une, pardonUne femme,
una mujer. —Suelta entre lloriqueos.
—¿La has abandonadoooo?
Oui.

—Hijo de … ¿Por qué? ¿La amas? —No puede soportar mi pregunta. Se tapa los oídos con las manos y tiembla como un cachorro abandonado y muerto de frío.
—Mmmm…
Cochon. —Tiro la escopeta al suelo. Acompaño entonces el apelativo con un puñetazo en la mandíbula. Un buen directo a la barbilla. El  imbécil tiene el detalle de desmayarse. Bien, esto me va a facilitar las cosas, más de lo que yo pensaba. Subo corriendo a la buhardilla. De un armario de herramientas, saco unas cuerdas. A este no le van a quedar ganas de viajar en lo que le resta de vida. Bajo nuevamente a paso ligero. Le ato de pies y manos.
Me siento tranquilamente enfrente de él. Mientras tiene ahora el buen gusto de despertarse y explicarme de qué va su historia, me fumo apaciblemente un buen Cohiba. El humo denso en forma de círculos que despido suavemente por la boca, lo dirijo sin contemplaciones al rostro del okupa.
Mueve los labios murmurando incoherencias, en francés obviamente: Pero hay algo que me llama la atención. Su subconsciente le traiciona y de vez en cuando suelta alguna palabra en español. ¡Qué interesante! Me levanto y me acerco a ver si capto algún mensaje de interés. ¿Cuántos kilómetros ha tenido que recorrer hasta mi humilde morada? ¿Mil? ¿Dos mil? Solamente, ¿Para qué? ¿Para comerse mi embutido y beberse mi vino? ¿Viajar solo para conocer mundo y recaer precisamente en casa de un chamán resuelvepleitos amorosos? No cuela.
Mis oídos captan palabras sueltas ¿Bebe? ¿Más todavía? ¿El qué? ¿El Nilo esta vez?
Mon bébé… —No puedo escucharlo. ¡Tiene un bebé! ¡Lo ha abandonado! Mi puño cobra vida nuevamente y se estampa contra la nariz del interfecto.
Mon Dieu, no más, ¡para Oliverio! Monsieur Morfi…
—Eso depende de cuánto tiempo estarás dispuesto a aguantar sin decirme la verdad.
Moi,  je n’ai pas, no tengo nada que añadir.
—¡Serás cabrón! —Vuelvo a levantar el puño, pero yerro el blanco. Es rápido y esquiva el golpe a pesar de tener las manos atadas.

—¡Pardon! —Suena lastimero, pero no me fío ni de mi sombra, así que lanzo un buen rodillazo a su entrepierna. —Esto te pasa por entrar en mi casa sin haber sido invitado, sin saber que vive un señor con muy malas pulgas que aborrece a los cobardes como tú que se dedican a abandonar a sus femmes y a sus enfants.
—Pero Monsieur, yo no tengo enfants
—¿No? ¿Tú te crees que me he caído de un guindooooo? —Le grito al oído sin contemplaciones.
—¿Guindo? —Pregunta con voz entrecortada.
—Un árbol, pero ¿a ti qué te importa? —Dime, si no quieres que saque la escopeta de nuevo. Esta vez no apuntaré al techo, te lo aseguro.
—¡No tengo enfants, tienes que creerme!
—Te he oído pronunciar la palabra bebé. ¡No me tomes por idiota, Germain!
Bébé… —Empieza a berrear sin pudor ninguno. —Pronuncia como un becerro herido. Realmente se le nota el desconsuelo en su actitud, en cómo abre la boca grande y rígida y en cómo aprieta los puños.
—He decidido vivir sin ataduras, pensando única y exclusivamente en mí.
—O te explicas ahora mismo, o te estampo el puño en esa cara tan rígida que Dios te ha dado…

—¡Bien! Déjame que me serene. Son dos minutos et bien, bébé c’est un apelativo cariñoso, era así como llamaba a mi mujer.
—¿Ha muerto? —Pregunto incrédulo.
Non.  Non está viva y es hermosa.  ¡Belle!
—¿La amas?
—¡Oui, más que a mi vida!¡Pero nunca lo sabrá!
—¡Eso ya lo veremos! —Añado con una nueva patada en la entrepierna del pobre diablo. No puedo con los canallas tumbaviejas.
—Nooo me consagro a mí, a mi vida  je suis un rêveur… ¡Un soñadorrr! ¡No me pegues más por favorrrr!
—Germain, Germain…
Non.
No le escucho. Me pone enfermo. Tiro del cuello de su camisa de señorito y le tumbo en el suelo. Ayudado por la fuerza de mi ira le pateo en los riñones. Le sacaré la verdad como sea. Aborrezco los egoísmos, y los abandonos sin explicaciones. Un papel sobresaliendo de uno de los bolsillos de sus tejanos me llama la atención. La bota de la sierra se queda suspendida en el aire sin alcanzar el objetivo. Me agacho y extraigo de una sola vez el papelito.
—¿Esto qué es? —Agito el folio doblado delante de su cara. —¡Fransuas! —Desdoblo con suma paciencia la hoja. Está tan sobada como la barra del metro. Cae una fotografía.
Bébé
—Bebe, sí, bebe que te va a hacer falta. —Tomo la fotografía del suelo. Es la imagen de una mujer como no podía ser de otra forma. Mirada profunda, mejillas delicadamente sonrosadas, labios hermosos de un tono rojo atardecer, cabellos recogidos en un moño bajo, cualquier hombre desearía que su mujer le mirara con tanta pasión. Alzo la vista . El señorito se ha encaramado de nuevo al sofá.
—Dime de qué me conoces. —Tomo de nuevo el puro que había dejado depositado con sumo cuidado en el cenicero, antes de emprenderla con Germain. Me siento tranquilamente enfrente de él. Voy a darle otra oportunidad mientras leo sin pudor el folio doblado una y mil veces.
—A través de un ami, al que mandaste à l`hôpital el año pasado.

—El año pasado salvé a ese amigo tuyo de que muriera atropellado bajo las ruedas de un coche, y los dos estuvimos en el hospital. No me lo recuerdes. Continúa…
—No leas eso por favor. No quiero escucharlo.
—¿Por qué? “…El amor consiste siempre en dar, y yo no voy a abandonarte justamente ahora que es cuando más lo necesitas…” —Es una declaración de amor impresa desde una conversación de un chat ¡Qué interesante!
—Justamente lo que has hecho tú con ella. —Le vuelve a temblar el párpado inferior del ojo izquierdo.
—Decidí que era lo mejor para los dos. Ella es libre ahora. —Le miro de reojo por encima del folio.
—Libre , ¿para qué? —Continúo leyendo. — “… Me partes el alma, me has atado de pies y manos, dime qué puedo hacer con todo este paraíso que me ofreciste…” —¿Libre? Ya ves que no. Está atada igual que tú ahora mismo, pero sus ligaduras son peores que las tuyas. La has amarrado emocionalmente de tal forma que ha perdido el norte de una forma estrepitosa.
—No podemos estar juntos. Vivimos lejos, muy lejos el uno del otro.
—Querido papanatas, estamos en el siglo indicado para establecer comunicaciones de forma rápida y sencilla. ¿Dónde la conociste? No me lo digas, en alguna página de contactos de internet, de esas que tanto se estilan ahora. —Una nueva calada a mi Cohíba hace que me sienta más tranquilo. El humo inunda su cara . Tose espasmódicamente. Mejor así. Es posible que las volutas le hagan confesar antes de que lo haga mi bota estampándose en su cara.
Oui. Es imposible No llegaríamos a nada.
—“… Viajaré hasta los confines del Universo para oírte decir en mi cara que ya no me amas..”. Has abandonado a una mujer valiente, absurdo mentecato. —Sigo leyéndole. Le resulta tortuoso. Mejor.
—No creo en estos amores virtuales. —Alza el cuello dignamente entre la niebla de humo del puro.
—¿Crees en algo que no puedas tocar con tus propias manos?
Oui. En mis sueños, en Dios, énormément.
—¿Y no puedes creer en este amor virtual? —Dejo tranquilamente el puro en el cenicero y la declaración de amor junto con la foto al lado. Me levanto despacio, me aproximo a él y por supuesto, lanzo el puño nuevamente contra su barbilla.

—¿A qué has venido?
— ¡Auuuugggg! Moi, je… —La sangre se desliza por su barbilla. Tengo que calmarme o la chiquilla no podrá volver a ver de una pieza a este imbécil del que está enamorada sin remedio.
—Tú, ¿qué?
—Quiero recuperarla.
—No te oigo bien.
—¡Oliverio quiero recuperarlaaaaaaaaa! Désatame ¡Oh Mon Dieu! ¡Ayúdameee!
—No me gustan los cobardes, pero haré una excepción contigo puesto que has recorrido tantos kilómetros solo para enmendar la plana. —Le desato las manos y los pies. Se masajea las muñecas para recuperar la circulación sanguínea. Le extiendo mi pañuelo para que pueda limpiarse la sangre de la cara . No tengo remedio, he nacido para resolver conflictos amorosos. El infeliz tiene la dicha de haber encontrado a una mujer que le ame. Con ese canguelo que le adorna ha tenido suerte de que alguien se dignara siquiera a mirarle a la cara.
Pero ahí está. Arrepentido. Y eso le honra. Bien ¡Allá vamos, Oliverio!
—¿Has intentado reanudar contacto con ella? —Me paseo por la estancia, masajeándome la nuca.
—Empiezo a escribirla de nouveau, pero borro siempre la conversación. No puedo. Sé que la he herido tanto… Creo que me odia.
—Y de qué te extrañas. —Giro la cabeza y contemplo su cara magullada. Me he pasado un poco, lo reconozco, no me gusta la violencia, pero los abandonos a mujeres bellas y de buen corazón me gustan menos todavía.
—Bien, estoy pensando que aunque yo no manejo mucho las redes sociales, y ¡ojo! eso no quiere decir que no las conozca, simplemente me aburren, bueno pues como te decía en la redes sociales os manejáis mucho con las alusiones, lanzáis un comentario, una imagen, una canción al aire, y el destinatario del mensaje, seguro que lo capta, ¿Verdad que sí, Fransuas?
—¡Oui! —Algo parecido a una sonrisa se dibuja en su boca hinchada.
—Podríamos empezar por dedicarle una cancioncilla , ¿Qué te parece? —Voy en busca de mi portátil. —Subo a mi habitación y en menos de cinco minutos regreso con él. Me siento a su lado. Le tiemblan las manos. Supongo que está intentando controlar el miedo que siente a enfrentarse a la situación de restablecer comunicación con su amada.
—Bien, Germain vamos a recomendarle que escuche una canción, una por supuesto que hable sobre lo mucho que la amas.
—¡Oui!
—¿La tienes?

—¡Oui!
—Bien pues si ya has pensado en una que le pueda gustar… ¡Adelante! Te cedo mi ordenador para que hagas buen uso de él. Esperemos que la chica no te odie tanto como tú crees.
Empieza a teclear con dedos torpes. Sin embargo por su cara diríase que parece decidido. No me aparto ni medio centímetro de su lado. No quiero que se arrepienta y tenga que aguantarle más tiempo de lo necesario en mi casa vaciándome la despensa. La habitación se llena con el sonido de la música que ha elegido. La letra es buena. “Dame luz, siempre te amaré..”.
—Ya está. Ya se la he enviado.
—Bien, ahora reza muchacho a ese Dios que no ves pero en el que crees enormemente para que ella te responda.
—¡Oliverioooooooo! ¡Síiii!
—¿Ya? —No han pasado ni cinco minutos y el hombre ya tiene respuesta. Esa chica está hasta las trancas por el pazguato este.
Bon, realmente solo ha añadido a su lista de favoritas la canción que le hemos enviado.
—¿Te piensas que va a volver a rendirse a tus pies así como así? Vas a tener que trabajar duro, Fransuas.
—La amo tanto, que no puedo aguantar más este sufrimiento.
—Entonces, escríbela. ¡Ya! ¡Ahora mismo!
—¿Quoi?. No sé cómo empezar.
—¿Qué te parece un sencillo Salut?
—¡Oui! —Teclea ahora con más decisión la palabra clave. Sin embargo los minutos van pasando y no recibe contestación alguna. La tristeza invade su rostro.
—Acuéstate Germain. Te cedo mi habitación. Encendí la chimenea cuando fui en busca del portátil.
—Oliverio, gracias… merci.—Con paso cansino se dirige escaleras arriba a mi habitación. El ordenador ha quedado apoyado en el sofá. Ha dejado abierta la página del chat.
El cursor parpadea al lado del solitario saludo . Miro a través de los ventanales. Ha empezado a nevar copiosamente. Echo más leña al fuego. La habitación se está quedando fría. Me tumbo en el sofá. Me arropo con una manta. Faltan un par de horas para que amanezca. Cierro los ojos. Solo un rato. Noto los nudillos hinchados de los golpes que le he endosado al pobre diablo.
La luz del amanecer y el ruido de una campanilla me despiertan. Giro la cabeza en dirección a la fuente de ese sonido peculiar que avisa de la entrada de un nuevo mensaje. En la pantalla del ordenador aparece una nueva línea brillante que no estaba ayer y que dice así:
Salut mon Germain”.

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