Un Engaño De Lujo

 

Hola amigos fú. He tenido un fin de semana muy entretenido. Son las fiestas en Veradilla del Campo. Bueno, son fiestas en la mitad de los pueblos de España, y en la otra mitad han sido o serán la semana que viene. En mi pueblo gustan mucho de “estrenar” en fiestas. Pintarse como puertas e ir paseo arriba y paseo abajo luciendo cual gallinas cluecas el plumaje ahuecado recién comprado. Por supuesto que yo puedo lucir estupendamente con cualquier cosilla  pero prefería irme con Aristarco (Aris para los amigos) a la capital, y así escapar un poco de todos estos cotillas y que no se enteren de si somos amigos o algo más. Aunque para que me saquen cantares hace falta poco, porque ¡qué aburridas son sus vidas, de verdad!.

 

Aris y yo nos conocemos desde niños, su padre fue el veterinario del pueblo los 60 años que vivió aquí, su hijo nunca pudo seguir los pasos del padre, se marea con la sangre el pobre. ¡Qué mal lo pasaba! Al primer parto de vaca que le obligó su padre a asistir, terminó cayendo al suelo y haciéndose una brecha de cinco puntos. Por fin tras varios percances comprendieron en casa que eso no era lo suyo y estudió para maestro, concretamente profesor de matemáticas, y se marchó de Veradilla en cuanto tuvo ocasión. Desde que está separado vuelve al pueblo y a mí en agosto. Es más majo mi Aris, dice que soy su sol. Por eso quería yo ponerme más guapa para cuando llegara. Y en que hora, de verdad.

 

Con esto de las fiestas no hubo manera de conseguir cita para ninguna de las dos peluquerías. Imposible, ni un hueco libre, me soltaron las dos. Así que yo, que no me amilano, pensé, me compro un tinte de esos de los anuncios, y mañana hago fus, fus con mi media melena al viento, delante de Aris, más rubia que la “Feifel”, o la “Chifer” esta de los coches alemanes. ¡Ay, en que horita! Nada más que a mí se me ocurre.

 

Ya imaginareis que el experimento terminó mal. Mal, mal… rematadamente mal. Lo que iba a ser un estupendo rubio terminó siendo verde. Pero verde, verde de verdad. Más verde que el cobre. Verde lima. ¡Y las peluqueras sin un hueco y el fin de semana por delante! Me quería morir, o matar a los publicistas. O ambas cosas. Me puse un turbante, porque no quería ni ver el estropicio, y me senté mando en ristre a rumiar mi pena frente al televisor, y fue cuando dí con la pelí de la que voy a hablaros: Un engaño de lujo.unenganodelujo2

 

Hors de Prix es el título original, porque es francesa, y viene a significar algo como ¡Carísimo! Esta una de esas películas que consiguen llamar la atención del espectador desde los títulos de crédito. Todos habréis visto alguna vez una comedia de los sesenta, ¿recordáis aquellas cabeceras a base de dibujos y musiquita machacona? Algo del estilo de Charada o el mundo está loco, loco, loco, entre otras muchas. Por muy jóvenes que seáis seguro que habéis visto alguna. Yo las adoro. Me encantan. Por eso mismo me puse a ver esta película sin saber ni lo que iba a ver. Por recordarme a las cintas de los sesenta con sus atractivos y coloridos títulos de crédito, llenos de motivos estivales, como las sombrillas de cocktail. Las sobrillitas giratorias eran muy utilizadas en las comedias americanas de esa época. Todo se plantea al principio como una típica cómedia romántica, pero creo que esa clasificación puede llamar a engaño con esta película, que no es exactamente lo que uno espera.

 

La película cuenta la vida de un inocente camarero de un gran hotel, Jean, que se enamora de Irene, una bella cazafortunas, por decirlo de una manera fina. Jean se hace pasar por multimillonario para estar con ella que lo rechaza en cuanto descubre quién es en realidad, pero él, que se ha enamorado, la sigue hasta la Costa Azul, donde pronto se queda sin recursos. Entonces decide imitar el estilo de vida de Irene…

 

 

 

La película es un entretenimiento sencillo y simpático, lleno de ambientes sofisticados, elegentes y tiendas de lujo. Sin grandes momentos cómicos pero te mantiene con una continua sonrisa en la boca.

 

Irene es Audrey Taoutou, todos la conocen por Amélie, pero en esta película no puede estar más lejos de ese personaje, creo que es de las pocas veces que consigue que me olvide de era Amélie. Sensual, erótica, sofisticada y pelín desalmada. Se aproxima a la refinada belleza de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes. Sabiendo que mucha gente adora a esta actriz y sin ánimo de ofender diré que siempre me pareció algo sosa y tremendamente encasillada. Pero en esta película se desmelena y se quita el sambenito de niña buena, vestida de Chanel y con escotes ombligueros todo el tiempo, enseñando esternón cual raspa de sardina, haciendo de devora hombres de hotel de cinco estrellas.

 

El otro protagonista es Gad Elmaleh (Jean), muy desconocido en España hasta hace poco. Ahora, siendo pareja de Carlota, la Casiragui, lo tenemos en las revistas del corazón día sí, día también.  Hace una interpretación sobria y sin espavientos. Haciendo de pobre hombre, currantito y sin sueños, con cara de mártir. El caso es que de primeras parece feo… pero cuanto más le miras más te va gustando. Es de esos feos peligrosos de los que te puedes enamorar en un descuido.

 

Personalmente siempre me han gustado los hombres con narices. Con nariz grande quiero decir. El tiempo y la experiencia me han demostrado que no suelen ir solas las narices en semejantes personalidades. Son grandes en general, digamoslo así. Para mí que a los dos protagonistas les falta una fabada, pero bueno, la moda actual es como es. Y para resultar elegante has de pesar cuarenta kilos. Yo soy más partidaria de la gente rotunda, lo veo más sensual, pero a lo que iba…

 

Él, un pobre hombre sin grandes posibilidades, se encuentra una noche con la una perita en dulce servida en bandeja. Y claro, aprovecha al oportunidad. Ella una mujer superficial que solo quiere de los hombres su dinero. El pobre se humilla de manera patética por conseguir el favor de la chica, básicamente un calzonazos. Una vez que se ha fundido todo el dinero que había ahorrado en su vida, termina adoptando la “profesión” de su amada. A la que tiene que recurrir en busca de ayuda, como maestra en el arte de la seducción. ¡Mi madre se escandalizaría y le daría un pasmo con la forma de vida de estos dos! jajajaja Sí desayuno con diamantes lo vio porque eran tan sutiles que ni se enteraba de la profesión de Audrey.

 

Todos sabemos de antemano como va a acabar, siempre está rozando el tópico, pisando sobre terreno seguro, pero aún así la película acaba funcionando. Gracias al carisma de sus dos protagonistas. Un Engaño de Lujo, a pesar de su título, no engaña a nadie. No es una gran comedia al uso, pero resulta agradable y distendida. Hay que reconocerle un cierto un regusto clásico que le imprime sofisticación y sutileza.

 

Ya más relajada después de ver la película me puse a escribiros y llamé a la hija de mi vecina para que enviara por correo electrónico. La recibí sin turbante y con el pelo mojado. Lo había lavado por tercera vez, pero solo había conseguido dejarme más rubia la raíz e igual las puntas. En cuanto me vio exclamó “se saléeeeeee, ese verde lo quiero yo” y tras explicarme como peinarme a la moda, me decidí a irme con mi Ari, con el pelo peinado a lo Pataki engominado.

 

No os daré detalles pero ha sido un fin de semana de cine, amigos.

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Crónicas de un verano aciago (o sea chungo total) #putoveranodeloscojones

LOLA WELLINGTON

Ya estoy en Valdemontes de los Pinos y los Sotos un pueblo retirado y recoleto, o sea un coñazo total, con un gran reto entre mis dedos: escribir una novela, en este mes de agosto, ahora que dispongo de mucho más tiempo y el entorno es tan propicio para dejar la imaginación que vuele alto y lejos como un avioncito low cost.

pueblito

Digo low cost porque voy a escribir una novela ligera, sin el alambique de las otras, vamos que con esta paso de estar ocho años documentándome para que luego tanto trabajo no sepa valorarlo ni mi abuela. Así que nada, se acabó hacer el tonto, ahora voy a escribir algo sencillo, bajo en calorías y muy saludable: una ensalada de lechuga sin sal, ni aceite, ni picatostes, con cuatro trozos contados de pollo a la plancha por encima, todo puesto en un plato mono y con una florecita cuca de crochet en la mesa.

florganchillo

Y en eso estoy, pero llevo dos días… El primero me puse el despertador a las siete de la mañana, pero dio lo mismo, a las cinco ya estaba berreando un gallo, y que nadie ose a corregirme el verbo porque los gallos de Valdemontes de los Pinos y los Sotos berrean.

gallo

Y a esa hora, aún no me había dormido porque mi amigo Oliverio Morfidal seguía hablándome por Skype desde las ocho de la tarde que iniciamos la videoconferencia.

suicidio

A las cinco, desfallecida, con el berreo del gallo todavía talandrando mis oídos, le supliqué que lo dejáramos para el día siguiente: dio lo mismo, tardó otras dos horas en despedirse así que a las siete seguía despierta.

Ya no me acosté, no me merecía la pena, además mi madre Doña Lola ya había puesto La Pastoral de Beethoven en el viejo tocadiscos del abuelo, así que para qué intentarlo…

 

dormida

 

Intenté escribir un poco, pero a la media hora, mamá entró para que fuéramos a dar una estimulante caminata matutina por los bosques, y quién le dice que no a una madre que te mira con ojos lastimeros después de amenazarte: tú haz lo que quieras, pero luego no vengas pidiéndome favores porque yo no voy a estar… ¿Quién puede resistirse a este encantador chantaje emocional? Me puse unas botas de senderismo que pesan ocho kilos y me fui a caminar tres horas por el bosque repleto de bichos y de senderistas pesados, empeñados en contarme sus miserias absurdas. ¿Por qué no hay senderistas normales?

arbol

Cuando regresé, mi prima Eli me estaba esperando con una toalla y una gran sonrisa: Te estoy esperando desde hace tres horas para ir a la pisci. Sin desayunar, cojo la toalla como el atleta el testigo y me arrastro hasta la piscina donde Eli me suplica al borde las lágrimas: Tía, vamos a hacernos unos largos que está Bruno mirando y me da cosa que me vea nadando sola. Pues allá que voy, yo escribo novelas románticas porque creo en el amor por encima de todo #claroquesi

ESTHER

Dos horas y medias después, salimos del agua como chufas. Mareada, caigo redonda sobre la tolla bajo una buena sombra de pino. Pero la alegría me dura tres minutos, porque me llama mi abuela para que le acompañe al mercado, así que abandono la piscina, cruzo el pueblo desierto y aparezco en la carnicería donde me espera mi abuela con la compra para la próxima semana. Nada, poca cosa, unos veintiocho kilos de peso.

porteador

Deslomada, en cuanto llego a casa me meto en la cama, sin comer, pero apenas concilio el sueño mi primo Alex comienza con sus ensayos de trompeta… La música es tan importante en nuestras vidas. #quierometerselaporelculo pero respiro hondo y se me pasa. Además, aprovecho para levantarme, comer algo, y a acompañar a mi tío Juan a jugar unas partiditas de dominó, que al hombre le hace mucha ilusión. #putodominodeloscojones pero sonrío y fluyo. Total, solo van a ser unas horitas perdidas… Unas cuantas, porque me dan las ocho de la tarde, que es justo cuando entra Oliverio y me dice: ¿Qué tal las vacaciones? ¿Tienes un ratito para charlar? Y nada que son las ocho de la mañana y acabo de terminar de conversar con él. #putoveranoaciagooseamuychungo

Pero esto tiene que cambiar…

 

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Amor y Mortadela. La Pensión Bertolini

Con un cabreo simiesco Francesco se resignó a estacionar su apreciado descapotable en un vulgar descampado a las afueras del pueblo. Después de haber dado unas cincuenta vueltas por estrechas callejuelas concluyó que no había parkings públicos, como mucho unas cuantas cocheras particulares, algunas con puerta y todo… Le había costado lo suyo dar con el puñetero pueblecito. En cuanto abandonó el frescorcito del interior del biplaza, sintió el guantazo de cuarenta grados al sol. Alcanzó la plaza principal de Ojete de Abajo luciendo dos buenos rodales de sudor bajo las axilas.
– —¡Ma que calore! Putto pueblo…
La plazuela estaba muy concurrida, un sofocante olor a chorizos y a carne asada casi lo tira de culo; el zagal era vegetariano. Los pueblerinos se apelotonaban en un punto en concreto. Modesto colocaba otra tanda de tocino y de hermosos chorizos sobre las parrillas, tenía la cara encendida como un guiri en Benidorm, y los brazos, expuestos al fulgor de las brasas, escaldados como tomates en conserva. Eso sí, más contento que un indio con espejo: ¡había hecho el amor con Clara! La había besado una y otra vez y ella había respondido a su pasión con igual goce y entrega.
—¡Papá, que estás en las nubes! ¡Se queman los chorizos! —gritó Marco, mientras ofrecía bandejas repletas de apetitosa y humeante carne asada a sus vecinos, que se daban de tortas para ver quién pillaba el tajo más gordo.
El Liendres y sus compinches eran los peores, se ponían ciegos de embutidos y chuletas de cordero hasta el coma digestivo. Marco se retiró el sudor que le perlaba la frente con el dorso de la mano y miró su reloj, era más de medio día, hacía un calor del infierno, y Greta no tardaría en aparecer: se moría de ganas por verla.
— Scusi…—Francesco abordó a un paisano que pasó de su jeta descaradamente al ver que El Salchicha sacaba una nueva fuente repleta de tocino churruscadito. Por el rabillo del ojo Marco vio la cabeza rubia, que no le era familiar, tratando de abrirse paso entre la turba. Se preguntó de quién sería pariente el forastero.
—¡Per favore! —el italiano elevó la voz— ¿Alguien podría indicarme cómo llegar a la finca Los Laureles? ¡Busco la mia ragazza! ¡La mia novia, Gretta!
El de Ojete clavó los ojos en el figurín y a punto estuvo de perder el temple, pero nada, excepto la fuerza con que estampó el tocino sobre el plato del Liendres, denotó la tensión y el arranque de celos que lo embargaron. El Liendres engulló el bocado trasladando su atención al recién llegado, después se giró y dirigió unas palabritas a Marco:
– —¡Tronco! Me parece que te has quedao sin la novia, JAjaJAja –rió con ganas mientras se llevaba a la boca una costilla de palo, masticando a dos carrillos, con la boca abierta, y disparando perdigones cárnicos directamente a la jeta del italiano.
– —¡Eh, pelucas! Ma que asssco, me estás salpicando la comida de la tua bocca
– —Oye, oye…—le advirtió El Liendres, repelando el hueso— ¿A quién estás llamando pelucas? ¿Eh, señoritingo?
– —Catetto…—escupió el otro por lo bajini, dándole la espalda.
– —Joioioioi —se cachondeó El Liendres. Yo no seré un gomoso como tú, pero por lo menos a mí no me han levantao la novia ¿Verdad, Salchichas? –soltó otra carcajada señalando al carnicero sin el menor disimulo.
– Francesco estudió a Marco con atención: era más alto que él, más ancho, le jorobó reconocer que mucho más fuerte, sus bíceps resaltaban sin esfuerzo y la vulgar camiseta de algodón se le pegaba al cuerpo adivinando un vientre plano y una marcada chocolatina…Empezaba a echar humo.
Ambos se medían en silencio cuando un señor panzón, algo achispado, se plantó en el medio empinando un porrón.
—¡Pasa el morapio, Celedonio! —voceó El Liendres, que pescó al vuelo el porrón derramando parte del tintorro sobre la fina camisa de diseño del italiano.

—¡Pero Idiota!¡ Ma che cosa fai! ¡Merda!
—¿Idiota? ¿Quién? ¡¿Yo?! –El Liendres pegó un salto abriéndose al tiempo los botones de la camisa. A su lado, El Llagas se preparó para lanzar la patada voladora.
En ese preciso instante Clarita hizo acto de presencia.
– —¡Hola Marco! ¿Cómo va la cosa? Huele de maravilla…—se le apagó la voz al ver a Francesco.
– —Signora—. Saludó el forastero con rictus serio, avistando una melena castaña que asomaba por detrás de Clara y que le resultaba conocida—. Ciao Grettita…
Al reconocerlo Greta se sintió desconcertada, acto seguido buscó a Marco, le bastó un vistazo para detectar el fastidio en el rostro del carnicero, que cruzó con ella una mirada dura y penetrante, luego les dio la espalda y fue donde su padre.
– —Sirve tú ahora, papá. Yo me ocupo, anda ve y refréscate un poco… acaba de llegar Clara.
– —Francesco, qué grata sorpresa…—fingió Greta— ¿Has cambiado el número de teléfono? Te estuve llamando unas cuantas veces…
– —Gretitta… He tenido algunos problemitas —se excusó—, deja que io te explique.
– —Déjalo tú, Francesco. Ahora no es momento.
– —Ya veo…—admitió con recelo echando una ojeada a Marco, que atizaba las brasas enérgicamente. No es que tengas mal gusto —apuntó—, ma poco stile … ¿Come si dice los paletos questo pueblo? ¿Ojetosos?
– —Estás siendo un poco grosero ¿No crees, Francesco?
– —Ma no te enfades, Gretitta… Sono venuto a buscarte por il nostro viaje, ¿tu recordi, cara?
– Pero qué cara más dura —pensó ella con fastidio—. Se dio cuenta de que nada le apetecía menos que pasar unos días en compañía de Francesco, ya no. Lo invitó a seguirla hasta un lugar más apartado para poder hablar a solas.

Terminada la barbacoa, Marco se marchó a su casa con la excusa de darse una ducha pero ya no regresó. Greta tardó un poco más de lo esperado en quitarse a Francesco de encima. Él trató de camelársela con dolci paroles, se permitió el lujo de confesarle un desliz y hasta de perdonarle el suyo…, pero Greta lo tuvo claro y en cuanto pudo lo despachó. Francesco, sediento y malhumorado, cruzó hasta el bar de la plaza, se sentó frente a la barra ante el atento escrutinio de los cotillas, y se hizo unos cuantos pelotazos. Al cabo de un buen rato abandonaba el bar con una cogorza de impresión; las llaves del coche se le cayeron al suelo, y El Justo, un guardia civil retirado que iba camino de su casa, las recogió al ver la castaña que llevaba el forastero. Amablemente, lo condujo hasta un banco cercano sentándose un momento con él.
—¡Pero cómo va uste a conducir en ese estado, hombre…! Tie que dormir la mona y luego se bebe uste un huevo crudo del corral, hágame caso.
Justo convenció a Francesco para que lo siguiese hasta la pensión de La Úrsula, en el número uno de la calle Larga, y a ella se lo encomendó. El italiano, bastante perjudicado y mareado por la chispera y el intenso olor procedente de un jazminero, siguió a la mujer pasillo adentro a trompicones y sin ser muy consciente de dónde se encontraba. Un gato rallado le salió al paso y se colgó de su pernera haciéndole un siete en el pantalón. La Úrsula lo acomodó en una de las dos sencillas habitaciones para huéspedes.

“Prohibido dar voces a la hora de la siesta”, rezaba el cartel sujeto a un poste con un alambre ¿Estaría Marco echando la siesta? Modesto y Clarita habían desaparecido juntos hacía rato, en unos minutos comenzaría el desfile de la banda de música. Greta se decidió y fue hasta la casa de Marco a buscarlo; por más que llamó a la puerta nadie abrió.
A eso de las ocho de la tarde, Francesco se echó mano a la minga, que le explotaba de tantas ganas como tenía de orinar. Abrió un ojo y vio que Sarita Montiel que le giñaba el suyo desde un poster en la pared.
10585749_694888957227325_733084521_n Se encontraba en una habitación desconocida echado en una cama de cuerpo y medio, medio en pelotas, pues solo llevaba puestos los calzoncillos y los calcetines. Había estado soñando con Greta, un sueño muy

caliente en el que los dos echaban un polvo increíble en una playa desierta; a un empuje para llegar al momento álgido, un paisano con boina se la arrancaba de los brazos y
juntos desaparecían a lomos de una burra. Haciendo memoria recordó los acontecimientos de la mañana y retazos de su conversación con Greta antes de que entrase en ese bar de mala muerte y se pusiese hasta las patas. Se sentía muy mareado, las paredes de la habitación se movían, hasta le pareció que salía humo del puro de la Montiel … La puerta se abrió y una mujer madura y pechugona, que vestía una bata roja con volantes se aproximaba a la cama; llevaba los labios pintados de rojo fuerte y los rulos puestos. En una mano portaba un tazón humeante.
—¿Ya se ha despertao uste de la cogorza? Le traigo un caldito reparador…
Francesco sentía la lengua basta como un zapato y el gaznate áspero como papel de lija, tenía tanta sed que aceptó el tazón de calducho y le pegó unos tragos: sabía a huevo crudo. Se incorporó y preguntó con un hilo de voz.
—¿Dónde está la mia ropa?
—Ah, su ropa. No se preocupe uste que enseguida se la traigo. Le he lavao la camisa, que la traía perdidica, y he intentao coserle el pantalón…Tendrá uste que disculpar a Misifú… Ha quedao bastante decente, si uno no se fija no se nota ná.
—Necesito ir al baño…
—¡Uy! ¡Pues ni más faltaba!: sale uste al pasillo, to recto al fondo y pallá —señaló—. Voy a buscar su ropa que con este chicharrero ya debe haberse secao.
Francesco se desahogó en el baño y regresó al cuarto. Se le había puesto tiesa; siempre le ocurría al despertarse, además estaba lo del sueño erótico… La Úrsula le tenía el ato preparado y cuando lo vio entrar con aquello como una tienda de campaña canadiense, por primera vez desde la muerte de su Casio, se le pusieron los pezones como balas. Hacía tanto tiempo que no lo cataba… y eso, en su caso, habiendo sido puta y muy mujer, era polvo fijo. Dejó la ropa cuidadosamente doblada sobre una silla y comenzó a desabrocharse la bata.
¡Aquello no eran tetas sino ubres! pensó Francesco, alarmado. Debía seguir borracho perdido porque el miembro se le había puesto como un garrote.
—Ven pacá espagueti… —la escuchó decir— que La Úrsula te va a dar lo tuyo.

Pasadas las fiestas, la mayoría de los comercios, incluida la carnicería, cerraban unos días por vacaciones. El jueves por la tarde Marco ultimaba los preparativos para su viaje al país de la mozzarella, trataba de convencerse de que todos los italianos no tenían por qué ser gilipollas.
—Tienes que estar en el aeropuerto como muy tarde a las diez de la mañana, hijo.
—No te preocupes, papá, saldremos con tiempo. ¿Has llenado el depósito de la furgoneta?
—De la gasolinera vengo. Bueno, emm… he pasado un rato a ver a Clara. Greta ha preguntado por ti, se siente muy apenada por lo de su amigo, pues no era más que eso: un amigo… Clara dice que ese mismo día su hija lo despachó.
Marco estaba dolido, ella nunca le había hablado del italiano, y fuera su novio o no, ¡se sintió traicionado! En el fondo era mejor así, se había pasado los últimos días sin salir de casa, hosco y desabrido. Se estaba enganchando demasiado a esa chica y al final ella acabaría marchándose del pueblo. Ahora solo quería pensar en su viaje y vivir la experiencia.
—No me debe ninguna explicación, entre nosotros no hay nada —aseguró Marco a su padre.
Llegaron con tiempo suficiente al aeropuerto. Marco facturó la trolley, en la que viajó sin problemas una hermosa tripa de mortadela en un envase especial para mantener la temperatura. A su llegada al aeropuerto Amerigo Vespucci, un chófer enviado por la organización le estaría esperando para llevarlos a él y a su mortadela hasta un hotel. Según detallaba el programa, al día siguiente volvería a recogerlo para el traslado a la Villa en las afueras donde tendría lugar el evento. Modesto se mostraba bastante inquieto, miraba el reloj cada cinco minutos.

—Papá, relájate que ya estamos aquí, tengo mi tarjeta de embarque y ya he facturado el equipaje, solo me queda subir a ese avión, es hora de marcharme.
Modesto se despidió de su hijo antes de que entrase en la zona de embarque.

El avión iba casi completo, disponían de más espacio sus pollos en el corral… Un azafato muy simpático le indicó un asiento libre entre una señora gruesa y un amable jubilado. A punto del cierre de puertas, un último pasajero rezagado se presentó. Cuando pasan estas cosas todo el mundo se vuelve para mirar al tardón… en este caso, tardona. La reconoció de inmediato, con la cara arrebolada y el pelo alborotado Greta entró en la nave, traía una pequeña bolsa de viaje en una mano. Marco veía cómo la muchacha intercambiaba unas palabras con una azafata, esta sonrió y caminó hasta el asiento ocupado por el jubilado, junto al de Marco, que trataba de mantener a raya su sofoco.
—¿Buenos días señor, le importaría dejar su plaza a la señorita y ocupar aquel asiento libre?—. La atractiva azafata señaló una plaza dos filas más atrás y susurró algo al oído del jubilado, le guiñó un ojo y prometió servirle zumo gratis durante todo el vuelo.
No dejaron de mirarse a los ojos mientras Greta se acomodaba en el asiento. Marco, que sentía cómo el corazón le saltaba dentro del pecho, se dejó llevar por un impulso y la tomó de la mano estrechando sus dedos con fuerza , con sus uñitas tan monas pintadas de rosa, y se las besó. Una radiante sonrisa iluminaba sus oscuros ojos color chocolate, la sonrisa se trasladó a los labios, y todo lo incierto quedó atrás. Greta se quedó dormida apoyada en el hombro de Marco; estaba agotada. Había pasado la noche en vela, nerviosa e indecisa por el plan urdido por Modesto, para que ella sorprendiese a Marco acompañándolo en su viaje. Afortunadamente, quedaban plazas libres en el mismo vuelo. Greta se presentaría en el último momento para que Marco no tuviese tiempo para objetar. Y así había sido, aunque Greta y su madre se habían perdido de camino al aeropuerto y a punto había estado de no llegar a tiempo. Marco la despabiló con delicadeza cuando se disponían a aterrizar.
—Despierta dormilona, estamos llegando.
—Umm… ¿He dormido mucho tiempo? Marco sonrió, la miraba con una mezcla de ternura y deseo.
—Una hora y cuarenta minutos, para ser exactos.
En el área de llegadas, un hombre bajito con coleta, vistiendo camisa blanca y pantalón oscuro, blandía un cartelito: Sr. Marco Guerrero.
—Buongiorno, sono Marco Guerrero —se presentó.
—Buongiorno signore, sono Antonino para serviré—. El chófer tenía la tez morena y era fuerte como Popeye el marinero. Io capisco lespañol, no preoccupare —Antonino echó un vistazo a Greta con aprobación y cargó con los equipajes.
—La señorita es mi acompañante —informó Marco—. Si hay algún inconveniente…
—No problema, no preoccupare. Le belle signorinas sono sempre bienvenute.
Había un buen trayecto en coche hasta el pequeño pueblo de Montepulciano. Entre besos y arrumacos la pareja trataba de seguir la conversación mientras contemplaban el bello y ondulante paisaje toscano. Antonino les hacía de guía, y parlaba y parlaba sin parar con un marcado acento florentino.
– —Ustedes sono de lespaña…¿ De qué parte de lespaña?
– —De la zona centro — aclaró Marco—, de un pueblecito llamado Ojete de Abajo.
– —¡Ma che cosa! Antonino soltó una carcajada —feo nombre…, ma belle ragazze. Greta vio cómo le guiñaba un ojo a través del espejo retrovisor.
– —Estoy pasando el verano en Ojete con mi familia —aclaró ella.
Una lucecita de alarma se encendió en el cerebro de Marco al escuchar la aclaración, pero trató de ignorarla, firme en su propósito de disfrutar al máximo de esos días en compañía de Greta. Fue entrar en el pueblo y en varias ocasiones Antonino tuvo que detener el vehículo y bajar la ventanilla para saludar a sus amiguitas…, que lo vitoreaban y aclamaban al pasar.
—¡Eh, Antoninoooooo!
—¡Ciao, Bello!
—¡Antonino! ¡Ti amooo¡
A su llegada al hotel, la cosa se torció.

— Scusi, signore. La cama é sencilla, no bien para dos personas… siamo completi.
— No preoccupare, no problema —terció Antonino— io llevo in un altro albergo, no problema.
En varios hoteles se encontraron con el mismo panorama: completi.

—Io conozco un albergo bene —sugirió Antonino— del mio primo, no preoccupare, no problema.
La subida a la Pensión Bertolini, en el barrio antiguo, era mortal, unos treinta escalones sin descansillo y a pleno sol. La fachada era antigua, algo descuidada sin llegar a ser ruinosa; el portón de entrada a la pensión, asoleado y agrietado, resultaba poco halagüeño. En el interior olía ligeramente a humedad, aunque no llegaba a ser del todo desagradable. Al pasar al pequeño vestíbulo fue como si el tiempo hubiese quedado suspendido, aquel lugar tuvo que haber sido un hotelito bonito y acogedor. Las paredes conservaban los paneles de madera laqueada y el entelado de damasco. Sobre el mostrador de recepción motas de polvo revoloteaban suspendidas en un rayo de sol, que se colaba a través de las pesadas cortinas y acariciaba a una pareja de esculturas de bronce y porcelana que se hacían arrumacos. Los recibió el anciano Bertolini, que se ajustó las gafas de cerca para comprobar su libro de registros. Les ofreció una copita de Nobile y les entregó las llaves del cuarto. En un rincón Antonino coqueteaba con la muchacha que hacía los pisos.
La habitación les sorprendió gratamente: no podía decirse que estuviese reformada. Antigua pero bien cuidada, debía de ser una de las mejores habitaciones de la pensión. Presidía la estancia una gran cama con dosel entelado enmarcado por una talla dorada, la colcha de seda roja bordada era espectacular. Antes de marcharse, la chica de servicio depositó sobre la cama dos juegos de toallas limpias, descorrió las cortinas y abrió el ventanal, con preciosas vistas de los tejados y de la torre del Palazzo Comunale. Se dirigió a la cocina llevándose con ella la mortadela para ponerla a buen recaudo. Greta cotilleó la estancia encantada mientras Marco permanecía de pie en el umbral de la puerta. Se dejó caer sobre la enorme cama y soltó una exclamación al descubrir el mural pintado en el techo.10569881_694889027227318_841314329_n
—Marco, ¡ven a ver esto! —pero Marco se había puesto repentinamente serio, la seguía con la mirada observándola con intensidad.
—¿No te gusta la habitación? —preguntó Greta con cautela.
—En este momento solo puedo pensar en ti y en mí… y en esa cama.

Pasado el tórrido momento ambos yacían abrazados mirando el techo; satisfechos, empapados en sudor, con la piel enrojecida por besos ardientes y ardientes declaraciones. Contemplaban relajados la escena pintada, una reproducción de la Alegoría de Venus y Cupido de Bronzino.
—Ese debe ser Cupido —comentó Greta, señalando la figura desnuda que besaba a Venus.
—No veo el arco ni las flechas.
—A veces no hacen falta flechas, basta con un cuchillo carnicero para enamorar…
—Marco se movió para estrecharla aún más, la acurrucó acariciándole la espalda y la atrajo para darle otro beso: suave, profundo y lento.
—Con que un cuchillo carnicero, ¿eh? Ummm, vamos a hacerlo de nuevo —susurró al oído— pero esta vez completamente desnudos, quiero verte bien.
Terminaron de desvestirse mutuamente, con las prisas y el subidón pasional del primer encuentro se habían deshecho de lo imprescindible. Ahora, dedicarían más tiempo a mirarse, estudiarse, tocarse, y acariciarse a placer. Marco era verdaderamente un adonis; definido, fuerte pero no exagerado, unos rasgos, en general, muy masculinos y viriles. Contemplar la mortadela en todo su esplendor era exuberantemente sexual y excitante. Greta se avergonzó al recordar las veces que en la carnicería, atraída por su volumen y empaque, había desviado la mirada hasta el paquete de Marquitos, que la atraía como un imán. La realidad no decepcionaba en absoluto, debía ser cosa de familia.

—Me alegro de que hayas venido. Me encantas Greta…—suspiró Marco mientras lamía con deleite el vientre femenino— sabes a vainilla y un poco… a mí. No quiero que te vayas —confesó.

—No pienso abandonar esta cama por nada del mundo.
—Sabes a lo que me refiero — murmuró— y su lengua se perdió entre gemidos.
Las campanadas de la torre daban las siete. Decidieron salir a comer algo y recuperar fuerzas, hacía mucho calor a pesar del ventilador.

Abandonaron la maraña de sábanas revueltas, tomaron una ducha rápida y salieron cogidos de mano a conocer Montepulciano. Pasearon por sus estrechas y enredadas callejuelas, compartieron un panzanella, bebieron mucho Nobile y pudieron saborear el mejor helado de la toscana, sin dejar de besarse, dedicarse miradas tórridas y buscar el contacto en cualquier ocasión. Esa noche, al volver a la pensión Bertolini hicieron el amor hasta el amanecer, durmiendo a intervalos y disfrutando el uno del otro sin reservas.
Antonino pasó a recogerlos a las nueve en punto de la mañana, sonrió con picardía al verlos bostezar, tras las gafas de sol ocultaban las ojeras de una larga noche de buen sexo. El evento gastronómico se celebraba en una magnífica villa, propiedad de uno de los organizadores, originaria del siglo XV y magníficamente restaurada y rodeada por un extenso olivar. Los jardines eran exuberantes, presididos por una bellísima fuente renacentista y decorados con pequeñas cascadas y juegos de agua. Bajo el sol de la Toscana el cielo era más azul y las nubes más mullidas. Maestros queseros, charcuteros, reconocidos enólogos, artesanos y los mejores en el arte de elaborar masas y pastas frescas se daban cita en un evento anual en el que los protagonistas eran exquisitos delicatesen con denominación de origen. Una azafata mona los recibió ofreciéndoles un típico aperitivo, recogió sus invitaciones y las entregó al secretario de la organización. El secretario anotaba los datos principales de los participantes: nombre, producto y procedencia. A cada producto se le asignaba un número, y eran presentados en diferentes mesas agrupadas por categorías: la mesa de las pastas, la de los quesos, embutidos y chacinas acompañados por los mejores vinos y licores de la región, que concursaban en categoría aparte. Los jueces y expertos probaban cada una de las elaboraciones que eran previamente anunciadas por megafonía:
—Il numero diciotto: Mortadela del Oje… del … culo.
Un señor sesentón con bigote de mosquetero que estaba a punto de llevarse el trozo de mortadela a la boca dio un respingo y la sala se echó a reir. Marco se puso rojo de vergüenza e irritación, se acercó al secretario para aclararle que la Mortadela no era “del ojete”, si no de un pueblo llamado Ojete, podía llamarla simplemente mortadela de España, o tal vez, mortadela Guerrero. Otro de los jueces se adelantó a la mesa y tomó una porción de mortadela, haciendo una graciosa reverencia se la llevó a la boca, cerró los ojos, saboreó y sonrió con deleite.
—Ohhh, questa mortadela del culo é sublime —declaró, tras lo cual, el resto la probó también.
El de Ojete se llevó uno de los tres cuchillos de oro a casa, además de un contrato firmado por un año como proveedor de mortadela a las mejores tiendas especializadas, delicatesen y restaurantes de la región. Se despidieron de Antonino y de la pensión Bertolini con pesar, la intensidad con la que habían vivido esos días, las confidencias, los sentimientos y el placer que habían experimentado, habían hecho de ese fin de semana el mejor de sus vidas; Marco y Greta regresaban a Ojete perdidamente enamorados.

A su llegada a los Laureles, a Greta la esperaba una última emoción. Clara esperó a que su hija, radiante como estaba, le contase sobre el viaje y su romance con Marco.
—¡Me alegro tanto de que lo hayáis pasado tan bien!
—¡Vamos, Clarita! dale ya la carta a la niña, ¡puñetas! –prorrumpió doña Leonarda, aplastando un par de moscas que copulaban desvergonzadas sobre el reposabrazos de su sillón favorito.

—¿Qué carta, mamá? Clara metió la mano en el bolsillo del delantal y una emoción que Greta no supo definir se apoderó de su rostro, temerosa y expectante le entregó el sobre a su hija. Estaba fechada y sellada en París (France).

Querida hermana,

No sé si sabrás de nuestra existencia, mi nombre es Armand, y soy tu hermano. Tienes dos hermanos, hermanos de padre, como imaginarás. Nuestro padre Eugene falleció hace dos años, ahora que faltó también nuestra madre hemos querido escribirte, tal y como él nos pidió. Nuestro padre, a pesar de que nunca tuvo el valor de buscarte, siempre te tuvo en su pensamiento y no te olvidó. Fue su deseo, y es el nuestro, que su apartamento de soltero en Montmatre fuese para ti, para que puedas venir a Paris siempre que quieras, tratarnos y conocernos. Te entregaremos las escrituras de la propiedad y realizaremos los trámites legales cuando tú lo desees. Te esperamos,

Un abrazo,
Armand y Emile

Cuando Greta relató a Marcos lo sucedido, este sonrió pensativo y comentó:
—¿Les gustará la mortadela a los parisinos?
—Marcos Guerrero, ¿estás pensando en llevar tu mortadela “del ojete” a París? —rió.
—Bueno, el alojamiento nos va a salir gratis, y ahora que tengo a una guapa abogada como socia…
—No te rías de mí…— murmuró Greta refugiándose en su abrazo ¿Crees que debo aceptarlo?
—¿Lo dices en serio? ¿Un appartement, en París? No, no. Qué va…
—Eres un tonto — le recriminó ella— pero te quiero.
—Y yo te quiero más.

¿FIN?

Para vosotros, queridos lectores, es el fin. Pero no para Greta y Marco, para ellos es el comienzo. El comienzo de su relación: conocerse, compartir, hacer planes juntos como toda pareja que empieza, con ilusión y en este caso… con mucho AMOR Y MORTADELA.

Betty L♥ve

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Amores Turbulentos por Vara Gold

A Amores Turbulentos (Rebecca Brandewyne) lo he escogido como representante de un subgénero dentro del género. Seguramente no será el peor de su tribu, pero algún cabeza de turco tiene que recibir la yoya, alguien tiene que pagar el pato, y éste ha hecho tantos méritos como cualquiera. Amores Turbulentos pertenece a esos libros en los que se nos intenta vender la relación de un maltratador con su rehén como una historia de amor apasionado, confundiendo las témporas con el culo, mezclando churras con merinas, igualando amor con posesión y pasión con maltrato. Y sin duda alguna, este subconjunto de libros vendidos como románticos, para mí no merece otra cosa que la expulsión del género a patadas, a empujones o, mejor todavía, a yoyas, porque ni amor, ni pasión, ni romance encontrarás entre sus páginas. Te pongo un poco en situación. Los protagonistas son primos hermanos. Nietos ambos de un decrépito y cascarrabias aristócrata irlandés. Rian resulta ser el favorito, por ser el más arrogante y desafiante, mientras Morgana es la prima pobretona, por ser huérfana del hijo desheredado del vejestorio. Esta desgracia de historia comienza al perder ella a su padre y quedarse sola en el mundo. Rian, que la tenía fichada desde hace tiempo, la invita por carta al castillo familiar, haciéndose pasar por el abuelo, que en realidad no quiere saber nada de la descendencia del hijo díscolo. Sin embargo, cuando ve a su nieta, cambia de opinión, pues aqueja de las mismas “virtudes” que su primo. Semejante par de impresentables (esto lo digo yo, el abuelo está extasiado con la parejita) deben casarse y procrear a la mayor brevedad (aquí entre la consanguineidad y el nivel intelectual de los padres, lo menos que nos puede salir es un hemofílico, pero el abuelo está decidido), así que pergeña un plan maquiavélico (jo jo jo, ríe mientras se mira al espejo a media noche con una vela bajo el mentón): rehace su testamento de forma que el nieto (y hay unos cuantos en el castillo) que consiga conquistar a la voluntariosa pelirroja, se quedará con toda la herencia y al resto que les den por donde amargan los pepinos. Este plan es claramente infalible, así Rian intentará camelarla y ¿qué mujer en su cabales no caería rendida ante los pies de ese galán sin igual? Pues a pesar de que pareciera imposible, el plan se malogra y Morgana decide casarse con el primo poeta. Es por ello que el abuelo debe recurrir a un plan B de urgencia aún más peregrino, absurdo y descabellado, aunque parezca imposible de buenas a primeras. Encierra al novio en su habitación el día de la boda y cuando éste no se presenta en el altar, chantajea a Rian para que se case con ella, de forma que Morgana no tenga que pasar por el escarnio de que la dejen plantada en semejante trance. Y contra todo pronóstico ¡FUNCIONA! ¿FUNCIONA? SÍIIIIIII ¡FUNCIONA! Si tras leer semejante majadería no tiras el libro por la ventana llegarás al principio de lo que me ha impulsado a traer el libro a esta sección. En la noche de bodas él la viola. Y no será la única vez. La violará una y mil veces hasta que pierdas la cuenta, hasta que te duelan los ojos y el alma, hasta que quieras colgar al prota del palo mayor de su barco, a ser posible de las criadillas (sí, tiene un barco mercante, se me había olvidado contártelo) . Cuando ella se muestre especialmente reacia la abofeteará, la morderá hasta hacerle sangrar, la tirará al suelo y la estrangulará hasta someterla. Cuando al día siguiente vea los hematomas, no se arrepentirá ni avergonzará, sino todo lo contrario, lo invade el orgullo de dejarle su marca, para que todos sepan, empezado por ella misma, que él manda sobre sus posesiones, LITERALMENTE. Y si crees que con eso has cumplido, aviada vas. Porque Rian no es el único que la viola o lo intenta. Tendrás que aguantar el mismo trato por parte del hermano de la sirvienta, del amigo de la ex-amante de él, del archi-enemigo del protagonista, del jefe de una tribu africana, del hermano de un marajá,… ¡ARROPA QUE HAY POCA! Si lo que yo no consigo entender es cómo no se traumatiza la protagonista ¿cómo puede sobrevivir una mujer a todo esto sin huir de cualquier hombre que se cruce en su camino como si fueran los cuatro jinetes del apocalipsis? ¿Exuda Morgana algún tipo de feromona que convierte en animales a todos los hombres que se le arriman lo suficiente para olerla? He de señalar sin embargo que, aunque esta altísima concentración de violador por página cuadrada me toca las narices, son las violaciones de Rian las que se me hacen insoportables, porque toda esta violencia de género o conyugal o como la queramos llamar, este malparido matrimonio se nos intenta vender como un amor pasional, turbulento, desgarrado que ni otros personajes ni yo misma podemos entender porque somos débiles de carácter. Aunque esto parezca una exageración mía, es Morgana quien se lo dice a un amigo médico que intenta ayudarla a salir de esa malhadada unión. Y tú dirás ¿pero cómo te va a vender esa burra sin dientes la autora? Pues léeme un poco más que te lo explico. Para empezar empieza con la consabida matraca de que el protagonista está irremediablemente obsesionado con ella desde que la ve y quiere reclamarla como suya, suya, suyaaaaaaaaaaa. Pobrecito, si es que ha caído bajo su embrujo y no lo puede evitar. No para de darte la murga con que si su pelo tal, que si su figura cual, que si pelirroja resuelta por acá, que si mujer de rompe y rasga por acullá, que si las motas doradas de sus ojos destacan con el vestido A, que si las motas doradas de sus ojos brillan por el contraste con el vestido B, que si las motas doradas de sus ojos destellan con el vestido C, que si las motas doradas de sus ojos relampaguean con el vestido D,… ¡la Virgen Santa con las motitas de los cojones!, y perdona por esta salida por pata de banco, pero es que he terminado de las motitas hasta la punta del moño, que cada vez que se cambia de vestido ya estamos con el mantra. Morgana debe tener los ojos del tamaño de huevos de dos yemas para que las motas se vean tanto ¿no? Y mira que tienen un color agradecido las “jodías”, que con cualquier color quedan bien.Pinky-con-los-ojos-como-huevos-fritos

¿Por dónde iba, que se me va el santo al cielo? ¡Ah, vale, sí! En cómo intenta convencernos la autora de que esto es amor del bueno. Pues con conversaciones y pensamientos de los protagonistas sobre violaciones como si fueran algo excitante y morboso, no como el acto execrable hasta el vómito que realmente son. -Morgana, guapa, ¿tú sabes que nuestro tatara-tatarabuelo secuestró y violó a nuestra tatara-tarabuela? Un amor para toda la vida que te lo dice a ti tu primo. Sí, sí, como lo oyes. Él murió en el mar y desde entonces ella vaga por el castillo, primero en vida y ahora muerta, esperando a que vuelva para darle candela, no te digo más. Anda tontuela, no te me hagas la estrecha ¡échate acá p’allá, que te voy a apontocar contra el granero! ¡Te van a hacer chiribitas las motitas! ¿Qué no quieres? Tú tranquila, que no hace falta, esto tiene fácil apaño. Justificando algunas de ellas con la lerdéz de la protagonista, o sease, Morgana hace alguna estupidez digna de un tonto de baba, Rian se pone de los nervios y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, con la excitación del momento, una cosa lleva a la otra, se empieza por un sopapo y la remangada de falda es ineludible. Y si con todas estas razones no compras la burra, aquí vienen las dos que te va a convencer del todo, aunque no le quede un solo pelo en la cola, ni un diente con el que ramonear, ésta no se nos muere de hambre porque se alimenta de AMOR, amor del bueno, ya sabes. RAZÓN 1: cuando él no la viola, ella lo echa de menos. ¿Será que ya no me desea? ¿Se ha evaporado la magia? RAZÓN 2: sólo llega al clímax si la viola Rian. Así que no es que la excite que la violen, es que sólo se excita si Rian la viola. Sobre gustos no hay nada escrito, no le des muchas vueltas a la cabeza. Listo. Burra empaquetada y envuelta para regalo, si no la compras es que no sé dónde tienes la cabeza. Ahora que te hemos encasquetado la burra desdentada, andamos crecidas y disponemos de una nutrida reata de rucias melladas, achacosas y sarnosas que necesitamos endosar, así que sin más dilación, paso a requebrar a la siguiente pollina. Bueno, pollino en realidad. Al pollino del protagonista. Vamos a venderte a Rian como protagonista romántico. ¡Ahí es nada! Por el momento sabes que es un violador y un prepotente marino mercante. Y, como tal, tiene una mujer en cada puerto, y todas ellas quieren cazarlo (Dios sabrá el porqué). Pero es que además es el equivalente a un quemarruedas descerebrado de esos que hacen apuestas sobre quién aguanta más tiempo conduciendo en sentido contrario en una autovía. Me explico. Rian y su mejor amigo se van de cañas, y con la tajada no les da por tocar Oh Susana con el sobaco, no. Apuestan para ver quién es capaz de arremeter más fuerte con su carruaje a los carruajes que se van cruzando. Así es Rian, un hombre que se viste por los pies. Se ponen manos a la obra y, como no podía ser de otra manera, es Rian quien se lleva el gato al agua, es decir, el carruaje a la cuneta.

conduciendo_carruaje

Por poco mata al conductor, que Oh Sorpresa (no confundir con Oh Susana), se lo toma a mal. Es que hay gente que no tiene sentido del humor, oiga. Además es celoso (¿es que pensabas que te ibas a escapar?), o como diría Morgana: posesivo. Sin embargo, inexplicablemente, cuando llegan a Londres, se la “encaloma” a un amigo, que para más INRI se siente atraído por ella, para que la lleve de compras, a conocer la ciudad, de actos sociales… Incluso se la endilga para un baile en Almack’s. Pero bueno ¿no habíamos quedado en que eras celoso y posesivo? ¿en que no querías que fuera con su amigo el médico? ¿en que te planteabas encerrarla en el camarote para no verte en el brete de tener que colgar del palo mayor a tus marineros por mirarle el culo? Este Rian es de calvo o tres pelucas. Parece que me oye el pensamiento y, en mitad de la partida de cartas con los amigotes en el club de caballeros, parte raudo y veloz a cambiarse de ropa para acudir a Almack’s (donde lógicamente no puede aparecer de trapillo) con objeto de mearle en la pierna a Morgana para marcar territorio y, ATENCIÓN, “con las prisas estropeó nada menos que siete fulares”. Yo no sé tú, pero yo me he quedado que no doy el habla. Pero ¿cómo se carga siete fulares? ¡Anda que como tuviera que llevar pantys, se le iba el sueldo en una tarde nervios! Y, ya sé que me repito, pero ¿CÓMO SE ARRUINAN 7 FULARES?

IMG_0793 Dado que la autora no nos lo explica y yo he quedado sobrecogida por el desaguisado, me he animado a improvisar una simulación (en diferido) de lo que pudo haber sucedido con Rian, los 7 fulares y sus nervios de acero. Venga Rian, corre que no llegas. A ver cambiados los calzones: sip, vale pues ya sólo quedan calcetines y fular. Pero primero un pis, que luego en Almack’s la cola del baño llega al palacio de Buckingham. Deja el fular en la silla mientras saca el orinal de debajo de la cama, abre la portañuela, se pone con el asunto y… fular número 1 inservible. Si ya lo dice el refrán: quien para mear tiene prisa, acaba de mear en la camisa. Vaaaaale, en el fular. ¡Cáspita! Es lo que tiene ser un torito bravo y comprar orinales con porcelana de primera, que orina uno con tal ímpetu que se salpica todo. Bueno, más se perdió en Cuba, me pondré el amarillo. Saca el fular de la cómoda y de camino a la mesilla de noche para coger los calcetines, lo pisa y RAAAAAAAAAAAAAAS. Fular número 2 hecho unos zorros. ¡Cachis en los mengues! ¡Vaya tropezón tonto! Y encima mi favorito, bueno ¡qué le vamos a hacer! Cogeremos el de lunares verdes (que además hará juego con las pintitas doradas de los ojos de Morgana, ¡vamos a ser la sensación!). Con los nervios le entra un apretón. ¡Vaya por Dios! Esto no admite esperas. Así que con el fular aun sin terminar de anudar se va al retrete y al terminar… ¡Cago en diez! ¡Morgana, como siempre, termina el rollo y deja el canuto(o las toallitas húmedas que usaran en la época)! ¿Con qué me limpio yo ahora? Fular número 3 a la mierda (literalmente). Era lo único que tenía a mano, no seamos muy duras con él. ¡Uf, qué calor hace en esta habitación (por no hablar de la peste)! Voy a abrir la ventana que no es cuestión de llegar oliendo a sobaquina (o a algo peor). Así, fular en mano, abre la ventana y una inesperada ventarea le arrebata el fular. Fular número 4 a tomar viento (literalmente también). Este tío tiene manos de brevas, a mí que no me digan. Tendrá que ser el azul pues, que ahora que lo pienso lo tengo en el armario. Al ir a sacarlo se engancha en una púa mal rematada y RAAAAAAAAAAAAAAAAAAAS. Fular número 5 que pasa a mejor vida. ¡Aaaaarg! Si ya lo dijo Felipe II, o Carlos V o Perico de los Palotes, vísteme despacio que tengo prisa. Lo mejor será tomarme un chospe del vaso de whisky que tengo en la mesilla de noche para hacer gárgaras al levantarme, a ver si me tranquilizo. Pero con los dichosos nervios y ese pulso que tiene para robar panderetas, se derrama un buen chorretón en el fular número 6, que se va a freír espárragos con los anteriores. El fular número 7, de un verde precioso, todo hay que decirlo, lo saca y se lo anuda como quien trata con una botella de nitroglicerina. Consigue salir de casa con él anudado y con mil ojos (y una bolsita de trigo en el bolsillo, que parece que el cajón de los fulares tiene mal de ojo) llega hasta la cuadra. Pero allí su caballo Impetuoso (a quien a continuación le cambian el nombre por Rompetechos) intenta merendarse el pañuelo al confundirlo con una manzana. Fular número 7 que no vale ni para trapo del polvo. ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaarg! ¡No ves tres en un burro, ni tres burros aunque te los pongan unos encima de otros! Se te ha acabado la dieta a base de azucarillos. Así me imagino yo al fulano de los fulares, pidiendo a gritos que alguien le engargante un Valium o le pegue un tiro y acabe ya con su sufrimiento (y de paso, con el nuestro). Y estas son mis dos principales quejas contra el libro. Hay bastantes más, pero ni me parecen tan importantes, ni me dan para tanto rollo. Sé que había mencionado una reata como si nos fuéramos a Samarkanda, pero habrá que dejar algo se sitio a mis compañeras de revista. Quiero sin embargo mencionarte tres pequeñas tonterías para que te hagas una idea de a qué me refiero: -Una cama king-size, con dosel incluido, en el camarote de un barco mercante, donde lógicamente debería primar la economía de espacio. -Gente que cava tumbas con palos de bambú. Que vale que las palas no crecen en los árboles en medio de la selva, pero si hay prisa, porque estás en peligro y no se puede enterrar, pues no entierras y punto o recurres a otros métodos más expeditivos para no dejar los cuerpos a los carroñeros. Pero anda que te deben salir agujeros grandes y rápidos cuando caves con bambú… -Una típica comida gaditana compuesta por tortitas ¿de camarones? Nooooooooo, de maíz con carne picada, queso fundido y pimientos jalapeños ¿seguro que estamos en la tacita de plata? Me da que el GPS anda un poco desnortado. Así que yoya para Amores Turbulentos, tan grande como pueda proporcionarla mi limitada mano. A él y a todos los de su calaña.

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La Bikina por Oliverio Morfidal

La Bikina

 

 

Pasa luciendo su real majestad
pasa, camina y nos mira sin vernos jamás”

Increíble pero cierto. De nuevo estoy en ruta con mi vespa por la Sierra de Gredos,  volviendo a mi hogar. Con la llegada del verano, las aguas revueltas que amenazaban con inundar mi vida, han vuelto a su cauce. He podido salir de mi escondrijo con la inestimable ayuda de mi amiga Miss Sousa. No puedo superar el rechazo de esa gata traicionera de gafas espejadas, pero por los dioses que  conseguiré su amor, así me cueste mmm ¿la vida?

Ya diviso a través del casco mi casa y a alguien más. ¿Quién será ese hombre que está paseándose frenético, alrededor de mi jardín? ¡Ay Dios! ¿No será el tipo de mi aventura pasada, que juró descuartizarme porque erré un pelín en el diagnóstico? El caso es que  le dejé pegando gatillazos a diestro y siniestro. Freno en seco la moto. Me quito el casco y me pongo las gafas de sol que llevo guardadas en el bolsillo de la camisa. Aparco  un poco lejos de casa, lo sé, sin embargo la distancia prudencial que dejo hasta la cancela del jardín podría ser determinante para salvarme el pellejo de este posible indeseable…

—¿Doctor Morfidal? ¿Es usted Oliverio Morfidal? —Eleva la voz y la cabeza. El frenazo ha debido alertarle de mi presencia.

—Depende. —Me escucho decir. La verdad es que no me llega la camisa al cuello cuando veo que el tipo se abalanza sobre mí, el brazo derecho estirado con intenciones de quién sabe si estrecharme la mano o clavarme una navaja de Albacete en la barriga. Menudo aspecto desaliñado presenta el amigo: La camiseta blanca y unos bermudas caqui arrugados, señal de haber dormido con ellos puestos por lo menos  dos o tres noches seguidas, unas playeras viejas, los pelos revueltos como si hubiera metido los dedos en un enchufe, y una barba de al menos  tres días. No lo puedo evitar. Tanta desidia y dejadez disparan todas las alarmas en mi cabeza.

—Mi nombre es Diego Argenta. —Le brillan los ojos, pero no logro distinguir si es de angustia, desesperación, o de que se ha pasado tres pueblos con los gin-tonics. Disimuladamente huelo a su alrededor. En la primera olfatada descarto que esté “mamado”.

—¿Es o no es usted el doctor? —Insiste con la mano estirada. No me queda más remedio que ofrecerle la mía, que la estreche y que sea lo que Dios quiera.

—Sí, bueno, no…

—¿Sí, bueno o no? Mire no tengo tiempo para estupideces. Me dijeron que el doctor Morfidal podría ayudarme con unas herramientas un tanto peculiares…

—Ya no las tengo. Las fundí. —¡Oh Dios qué voy a hacer sin mi quijada y sin mi rabo!

—Entonces sí es usted. ¡Menudo alivio! Llevo horas esperándole. Tengo la lengua pegada al paladar. Necesito urgentemente un par de vasos de agua, o moriré deshidratado. —Apenas le oigo, la pena por la pérdida de mis herramientas me tiene abrumado, tanto o más que la indiferencia de mi amada…

—Pssst, ¡eh! ¡oigaaa! ¿Se encuentra bien? —Nos acercamos a casa con trote cochinero hasta llegar a la verja del jardín.

—Sí claro. Entremos. —Abro la puerta de mi hogar y desconecto la alarma. Avanzamos por el pasillo y llegamos a la cocina. La claridad de la tarde se cuela por el ventanal que da al jardín. El tipo zarrapastroso me adelanta por la izquierda y empieza a abrir los armarios, sin tino ninguno en busca de un vaso. Sigo anestesiado por la tristeza. Me importa una mierda meter a un desconocido en la cocina para que me la revuelva o vaya usted a saber para qué.

—Oiga menudo casoplón tiene. ¡Me gusta! ¿Vive solo? —Me pregunta mientras abre el grifo. Me ha dejado todas las puertas de los armarios abiertas, pero al final ha dado con un vaso de Duralex, de esos que vende mi amigo Porfirio.

oliverio

—Sí, ahora sí. —Cierro todas las puertas. ¡Qué tío más jeta! Apoyado contra el fregadero, me observa fijamente mientras se bebe lentamente el vaso de agua. Según él estaba sediento, pero se lo toma con total parsimonia, como si fuera el más fino de los vinos, degustando y paladeando cada sorbo.

—Es paradójico que en una cocina parecida a esta empezara toda la historia que me ha traído hoy hasta usted, ¿sabe?

—¿No quiere sentarse? —Le acerco una banqueta de esas giratorias de patas altas, yo me acomodo en otra.

—Sí claro, gracias. Llevaba dos horas esperándole.

—Dice que la historia empezó en una cocina…

—Mire. —Del bolsillo trasero del pantalón extrae una cartera con más roña que el palo de un gallinero. Saca  una fotografía  y me la pasa.

—Mmmm.

—Mmmm, ¿qué?

—¿Quién es? —Me mira con cara de pocos amigos. Me abstengo de comentar lo que me parece la tipa de la foto.

—Es mi ex mujer. Menudo bellezón, ¿eh? —Me guiña un ojo. Sonrío por compromiso. La mujer que aparece en una cocina de dudoso gusto es delgada, lleva puesto un bikini de imprimación animal y unas chanclas. Completan “el cuadro “ unos cacharros recién fregados puestos en un escurreplatos de plástico; todo muy idílico y choniesco.

—Esa foto tiene unos añitos, pero ella sigue estando igual de guapa. Ese cuerpazo ha parido tres veces pero continúa macizorra.

—La sigue amando por lo que veo.

—¿Yo? ¿Qué dice? ¡Por favor! Nos llevamos de puta madre, eso es todo.

—Entonces, ¿para qué quiere mi ayuda? Mire señor Argentia…

—Argenta. —Me rectifica.

—Argenta, disculpe estoy muy cansado, así que le ruego que vaya al grano o me temo que no tendré más remedio que invitarle a que salga de mi casa.

—¡Andaaaa! ¡Nos ha salido el hechicero tiquismiquis! ¡No te jodee!

—Oiga señor Argentina, ¡un respeto!

—¡Argenta! No se impaciente hombre de Dios. —Deja el vaso apoyado en la encimera, se rasca la cabeza con fruición y comienza su relato.

—Mi ex y yo nos separamos hace un par de años. Conoció a un hombre más simple que la cagada de un pavo, menos profundo y más divertido que yo, eso me dijo, así pues me dejó con tres palmos de narices. Me soltó eso del “Te quiero pero no estoy enamorá”.

—Le noto que  al hablar  desprende un resentimiento del tamaño de la  catedral de Burgos…

—¡Que no coñooo! ¡Cómo quiere que se lo diga! ¡Que somos gente guay y civilizadaa!

—Prosiga señor Argentosa.

—¡ARGENTA! ¡Diosss! ¿Está sordo o qué? Verá el otro día me la llevé a la playa… Vivimos en un pueblo costero del Levante.

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—¿Y ha venido desde el quinto pino para decirme que se la llevó a la playa? ¿Y por qué no se la lleva el otro, su pareja, el simplorro?

—Se han separado. Se juraron amor eterno. Pero ha durado un año la relación. Alicia tiene un concepto un tanto peculiar de la palabra eternidad.

—Señor Argamasa o va al grano o le voy a tener que…

—¡ Argenta joooderrrrrrr A-R-G-E-N-T-A! —Tiene los ojos inyectados en sangre. No le está gustando nada que  me burle de él. Pobrecillo si  supiera que estoy empezando a pasármelo teta a su costa.

—Le decía que me fui con ella y con los críos a la playa. No quiero dejarla sola. Siempre ha sido un poco débil de carácter. Tengo miedo a que se haga daño ella sola. —Añade pensativo.

—Es muy creativa, no se vaya a pensar, pero no termina de rematar la faena con nada de lo que emprende. Lo mismo te diseña una lámpara, o un vestido que te monta una empresa de catering.

—Pero a ver Argensola, no se está explicando usted nada bien…

—¡Qué coñoooo, Argentaaaaaaaaaaa! —Voy  a dejar de tomarle el pelo, o mi cara se topará con un puño que no tenía previsto para hoy.

—Está bien, cálmese Argenta. Recapitulemos. Su ex le abandonó para compartir un ratito de eternidad con un cabeza hueca. Es una mujer creativa, emprendedora, pero que no cristaliza ninguno de los proyectos que se le cruzan por su loca cabecita.

—Exacto, veo que nos vamos entendiendo. —Se sienta de nuevo en el taburete. Coge el vaso de agua que había dejado sobre la encimera y vuelve a paladear el líquido elemento.

—¿Y qué tiene que ver todo esto con usted? ¿Quiere al cabeza de chorlito pero ya no está enamorá tampoco? ¡No me digaaa! ¡Desea volver con usted! —Me doy una palmada en el muslo derecho al darme cuenta de la jugada.

—Mire después de abandonar al cabeza hueca, se sintió bastante deprimida. Se veía fea, vieja, sin curvas, plana como una tabla de planchar. —Noto que titubea levemente. Creo que está a punto de soltarme el porqué de su presencia en mi casa…Lo huelo, lo presiento. Ahí va la bomba, está  a punto de estallar, 3 , 2 , 1…

—Ya le he dicho que somos gente civilizada, y que nos llevamos muy bien a pesar de habernos separado. ¡Joder ella es mi familia, la madre de mis tres cachorros!

—¿Y?

—Pues que no valgo para verla sufriendo. Así que el otro día en la playa me insinuó que si podría pagarle unas peras nuevas.

—¿Unas peras? ¿O sea que quiere tetas? —¡Jajajaja pero qué inocente! Carraspeo. Tengo que disimular la risa floja que amenaza con explotar en la cara del pobre alma de cántaro.

—¡Sí! Tetas, domingas, melones.

—Ya, sí, si hasta ahí llego amigo. El lenguaje de barrio lo controlo aún. Y no le pidió, mmm ¿algo más? Liposucción, blefaroplastia, pómulos, labios…

—¡Pssst! Oiga, Argumosa ¿Se encuentra bien? —Se le había ido el fuelle y mucho me temo que junto con él también se había esfumado el dinero de la cuenta corriente.

—Bueno, sí, no…

—¿Bueno , sí o no? —La ex le había limpiado hasta las telarañas del bolsillo. Me apostaba el cuello y seguro que no lo perdía. Me levanté de la banqueta y me acerqué al buen samaritano que ahora lucía como un trapo desmadejado. Sin humos, sin ínfulas, encogido, con la ropa arrugada, parecía un señor muy mayor, vaya un vejete.”Ringgggg Ringgggg”…

—Ese es su teléfono, Argenta. —Se rebusca mecánicamente entre los bolsillos del pantalón y saca un móvil de cuando el Mar Muerto estaba todavía enfermo.viejo-móvil

—¿Diga?

—¡Iti, Itiiiiiiiiiiiii! ¿Dónde te meteessssssssssssss?

—Alicia no puedo hablar ahora…

—¡Tienees que volveerrrrrrrrrrrr! Los niños te necesitan. ¿No estarás con ella otra veeeeez?

—No te preocupes, te prometí que la familia era lo primero para mí.

—¡Bieeeeennnnnnnnnnnnnnn! —Si gritaba un poco más desde luego que no le haría falta el móvil antediluviano para escucharla. El pobrecillo estaba padeciendo un infierno en vida. Dicen que por la caridad entra la peste. El desgraciado se encontraba en fase terminal con las bubas reventadas. Vivía a expensas de los caprichos de su ex. Cuando  terminara con él, no le iba a reconocer ni la madre que lo parió.

—Era mi ex. —Había colgado susurrando un “Ciao”.

—No, si ya me di cuenta. ¡Cómo grita por Dios! ¿Le pasa algo? No sé, ¿sordera, quizás? —Alzó rápidamente la mirada y la dejó fija en un punto indefinido de la pared de enfrente.

—Me llama cuatro o cinco veces al día.

—Insiste en que los hijos son lo primero. Ella no importa solo me recuerda lo fundamental, es decir que nuestros vástagos crezcan como debe ser con las figuras paterna y materna presentes en sus vidas adolescentes sirviéndoles de guía y apoyo en su camino hacia la mayoría de edad como seres autosuficientes, maduros y afectivos.

—Ya…

—Por lo tanto en mi vida no debería caber otra persona que me restara amor. Es como si se lo negara a mis hijos, para regalárselo a otra.

—Ya…

—Lo estoy consiguiendo Oliverio, me esfuerzo a cada momento por salvar a mi familia de las garras de los afectos ajenos de su padre. —Susurra, mirándose las manos.

—Ya… —Menuda lucha interior se trae el amigo Argenta, entre el deber impuesto y el amor “Fú” que intuyo siente por la otra.

—¿Sabe? El otro día le dije que contara conmigo para lo que quisiera, soy su amigo. Me encanta la belleza que desprende cuando me habla. —Sus ojos brillaban de nuevo con la misma intensidad que la luz que inundaba el jardín de mi casa a mediodía, en pleno verano.

—Ajá. Si no me equivoco ahora está hablando usted de otra mujer, la que dice su amiga.

—Me gustaría contarle tantas cosas, escribir lo que siento por ella. —Asiente levemente. Entre frases inconexas iba descubriendo el sofisticado juego de ataque de la ex mujer: Al igual que un martillo pilón estaba aplastando aquel amor apasionado pero reprimido del corazón oxidado de Argenta.

—¿Y por qué no lo hace? ¿O prefiere seguir manteniendo una parodia de familia?

—Oiga, ¡un respeto! ¡Mis hijos no son ninguna parodia de familia! —Me taladra con el dedo índice derecho el hombro izquierdo. Pero no me amilano, no.1301769350638r4O

 

—¡Exacto! ¡Sus hijos son su familia! Su ex no. Ya no. Solo es la madre de sus hijos. Le está extorsionando emocionalmente, para seguir sacándole la pasta, mi querido Argenta. En cuanto le pague el último apaño estético, volverá a compartir la eternidad de un momento con cualquier otro mindundi. Hasta que se canse del de turno y regrese a por más guita para más reparaciones de chapa y pintura.

—Ya me arruinó la vida en otra ocasión.

—No deje que lo haga más. No permita que le confunda. Hoy en día existen muchos tipos de familia y ninguno necesariamente ha de ajustarse al modelo que le impone su ex. ¿Cómo se llama ese bombón que desprende tanto amor mientras habla?

—Elvira. —Responde raudo como una centella. —¡Ufff! Este hombre está coladito, vamos hasta las trancas por la tal Elvirita.

—Usted vino a pedirme consejo y yo se lo voy a dar. Olvídese de su ex. Conozca mejor a Elvira. Dese una nueva oportunidad de amar y ser amado. Constrúyase una nueva familia. Inténtelo por lo menos.

—No sé si podré hacerles comprender a mis hijos esto que siento.

—¡No tiene por qué complacerlos en ese sentido! ¡Usted es un buen padre y es lo único que a ellos les interesa de usted!

—¿Cómo lo sabe?

—¡Lo sé y punto! ¿Acaso no vino usted a mí desde tan lejos a pedirme consejo? Soy el mejor en este campo querido Argamasa. —Elevo una ceja para reafirmarme. —¿Quiere que le siga arruinando la bikina? Hoy le ha pedido unas tetas nuevas. Mañana qué será, ¿un culo nuevo? ¿blanqueamiento de ano? ¿De dónde sacará usted el dinero para complacerla si dice que le tiene arruinado? ¿Enseñará una pierna al cirujano a cambio de una prótesis de silicona? —Para qué hablar de la pensión que ya le estaría pasando a “los cachorros”. Vaya joyón de señora… ¡Lista como ella sola!

—¿Cómo la ha llamadooo?

—¿ A quién?

—A Alicia, a mi ex…

—¿A esa hortera descerebrada? “Bikina”. Las mujeres que llevan bikini se les debería llamar bikinas como dice la canción…

—Diossss Morfidal.

—¿Quéeee?

—Creo que me voy a desmayar del alivio que siento —El color verde “revuelto de pisto” de su cara indicaba a las claras que el pobre diablo no mentía.oliverio2

—¡Ni se le ocurra echar la papa en mi cocina! Venga conmigo. Recuéstese un poco en el sofá del salón. Seguramente le ha arreado un golpe de calor mientras me esperaba. Tranquilo Argentina, ya pasó todo. —Baja de la banqueta muy despacio. Se agarra a mi brazo como una vieja mientras nos dirigimos al salón. Le ayudo a tumbarse. Pongo el aire acondicionado. Quién hubiera apostado un céntimo  a que la fiera que me esperaba apenas hacía un rato en la calle era un pobre sufridor, víctima de una arpía que apelaba a los más nobles sentimientos  para conseguir sus propósitos más “bajunos”.

—Morfidal no sé cómo lo ha conseguido, pero me ha abierto los ojos. Elvira tiene que saberlo. La amo. Se lo diré, se lo escribiré, lo pregonaré a los cuatro vientos ¡Oh Dios! ¡Qué alivio expresar de viva voz lo que siento!

—Ya le dije que soy el mejor de la profesi… —Le había abierto los ojos  del alma pero ahora roncaba como un bendito.  Soy el mejor en estas lides, jojojo. No se me resiste ningún paciente.

En cuanto se despertara y le echara de mi casa pondría de nuevo el cartel de abierto en la puerta de mi consulta.

Continuará…

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¿Qué pintan las mujeres en un museo?

¿Qué pintan las mujeres en un museo?

Margarita la Ojiplática

El sábado 8 de marzo, en torno al mediodía, mi móvil vibró, sacándome bruscamente de mi sesión de inventario en la librería y devolviéndome a la realidad. Se trataba de un wasap de mi amiga Elena emplazándome para una de sus inesperadas (pero irrechazables) citas:

“Tienes la tarde libre? Te espero a las cinco en la puerta del Thyssen para celebrar el Día de la Mujer…”.

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Ya tenía la tarde organizada. Sus citas siempre se prolongaban hasta la hora de cierre del museo o el lugar en el que nos encontrásemos. Estaba impaciente por saber qué maravillas me mostraría de un museo que, para mi vergüenza, no conozco demasiado bien a pesar de haber nacido en Madrid.

Poco antes de las cinco estaba entrando en el patio del Palacio de Villahermosa, sede del Museo Thyssen desde 1992. Había bastante público y sospechaba que dentro habría más. Elena emergió de la multitud enarbolando dos entradas de acceso.

—¡Marga! Ya tengo las entradas. Me he adelantado para que no tengamos que esperar la cola.

—¡Qué detalle! Ya sabes que me agobian las multitudes. Dime que dentro no habrá tanta gente…

—No te preocupes… este museo es un oasis, un remanso de paz comparado con otros en los que no se puede dar un paso.

Dejamos los bolsos en el guardarropa y nos dirigimos a la entrada de la colección permanente. Iba a coger un plano cuando Elena me interceptó el brazo a medio camino del mostrador:

—No necesitas el plano. No vamos a ver el museo de manera normal.

—¿Entonces…? –pregunté confundida. No veía sentido a moverme por un museo casi desconocido sin un plano.

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—¿Hoy qué día es?

—El Día Internacional de la Mujer, por supuesto…

—Entonces vamos a ver qué pintan las mujeres en el museo. O más bien, cómo han sido pintadas.

Sin decir una palabra más, subimos en silencio las escaleras hasta la segunda planta, donde se inicia la visita en sentido cronológico con la pintura medieval. Sin ningún tipo de preámbulo entramos en la sala y Elena me dijo:

—¿Qué tal se te dan los porcentajes?

—Si se trata de saber en cuánto se incrementa el precio de los productos de mi tienda con el IVA, soy una experta…

—Entonces, ¿te atreverías a decir qué porcentaje de pinturas realizadas por mujeres hay en este museo y qué porcentaje de pinturas que representan a mujeres hay?

—Pues… a ojo obviamente no sabría decirte. Pero mi sentido común sospecha que hay una gran diferencia entre un porcentaje y otro.

—Así es y así ocurre en este y otros muchos museos. Y a las feministas no se les escapó este hecho para convertirlo en uno de sus principales argumentos. Te voy a enseñar una cosa…

Sacó su móvil y comenzó a buscar algo en internet. A los pocos segundos me acercó la pantalla, donde pude ver una especie de cartel con una mujer desnuda de espaldas con el rostro cubierto por una máscara. La máscara me hizo pensar al momento en el Jeti… o King Kong.

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—¿Tienen que estar las mujeres desnudas para entrar en el Met Museum?— traduje.

—El Museo Metropolitano de Nueva York, exacto. Y mira el subtítulo: “Menos del 3% de los artistas en las secciones de Arte Moderno son mujeres, pero el 83% de los

desnudos son femeninos”.

—Es una reflexión acertada. En cierto modo también pasa con los libros, hay más hombres escribiendo sobre mujeres que mujeres escribiendo. ¿De quién es esto?

—De un grupo de artistas feministas que se formó en Nueva York en 1985. Buscaban llamar la atención sobre la relación entre el arte y la mujer.  De hecho ellas mismas vestían con las máscaras de gorila de este póster…

—¡Vaya! Eso sí es pisar fuerte.

—Su intención era cuestionar el mundo del arte: por eso se llamaron Las Guerrilla Girls.

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—¿Guerrilla Girls? Me tomas el pelo.

—Así se llamaban y se llaman algunos grupos que existen hoy y se autoproclaman sus sucesoras.

—Un nombre muy belicoso…

—Ya sabes que en el arte del siglo XX hay que llamar la atención como sea: es lo que se llama succès de scandale: éxito por el escándalo.

—Una cosa: el desnudo (sin la cara de gorila, claro) me recuerda mucho a alguna pintura que he visto en libros de arte.

—Claro, es la célebre Odalisca del francés Ingres. Y seguro que te recuerda a una obra de Velázquez, La Venus del Espejo, que también participó en el movimiento feminista a su manera, aunque salió algo mal parada.

—Ah sí, esa obra está en la National Gallery Londres. ¿Qué ocurrió?

—El encontronazo de la Venus con el feminismo vino de la mano de la sufragista de origen canadiense Mary Richardson, quien ya había tenido sus roces con la justicia debido a la colocación de alguna bomba y la rotura de ventanas de edificios gubernamentales.

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—Una buena pieza. Intuyo que no visitó a la Venus para fotografiarla precisamente…

—Pues no. Un diez de marzo de 1914 Mary entró en la National Gallery con un hacha de pequeño tamaño dentro de su abrigo y se colocó delante de la Venus, atacándola con tal ímpetu que no sólo rajó el lienzo en siete ocasiones, sino que para ello tuvo que romper a golpes el cristal que protegía la obra…

—Pero… ¿por qué hizo algo así? ¿Le ofendía que una mujer apareciera desnuda, como si fuera un objeto para ser mirado por un hombre?

—En realidad hubo una causa más “mundana”: poco antes habían detenido a la famosísima sufragista Emmeline Pankhurst y Mary consideró que con esta detención el Gobierno la había destruido, a ella, el “personaje más bello del mundo”.

—Ya… y en respuesta ella destruyó una de las pinturas más bellas del mundo.

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—Así es, o al menos eso es lo que dijo a la prensa. El próximo diez de marzo se cumplirán cien años de ese ataque. Por suerte, los restauradores hicieron un buen trabajo…

Mientras Elena terminaba de contarme esta historia, llegamos a la Ninfa de la fuente de Lucas Cranach. No pude evitar preguntarme qué pensarían acerca de todo esto las grandes pintoras del pasado, tan relegadas al olvido como pintoras, tan protagonistas de las obras como anónimas mujeres. Otro día se lo preguntaré a Elena.

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El protector

CRITICA FÍLMICA: El protector

 

Me voy a hacer famosa.

Eso lo sabía yo antes de ponerme a escribir con la gente tan maja esta de Amor Fú. Porque desde luego en mi pueblo nadie ha visto más películas que yo. Manuela, la estanquera, me guarda todas las semanas las que vienen con los periódicos y veo toditas las que dan en la sobremesa. No me pierdo ni una después de comer. Con la cantidad de canales que hay ahora da gusto, siempre se encuentra alguna película (ya que no soy mucho de culebrones). Aunque descabece un sueñecito alguna vez que otra me entero de todo lo que pasa. Tampoco es que tengan una trama como para perderse, seamos sinceros.

Pues como os decía, me voy a hacer famosa. La hija de mi vecina y todas sus amigas leyeron lo que os conté de la otra película (esa del muchachito guapetón y la rubia pavisosa cuyo padre era Tom Selleck, Killers me parece que se llamaba). Me pararon en la plaza, cargada como iba con la compra. Bueno parece que no están muy de acuerdo conmigo. Según ellas “la peli se sale” pero que me van a seguir leyendo, que les gustó mucho la revista, y que se “partieron” con ella. No sabía yo que mis seguidoras iban a ser tan jóvenes, pero siempre se agradece.

Os cuento esto de mi inminente fama al hilo de que ha llegado a casa Jessica, la niña de mi vecina, diciendo que también su madre nos lee en la tableta. Me ha pillado viendo el DVD de “La casa de los líos” que me ha dado hoy la Manuela, con Arturo Fernández. A este hombre todo se le vuelve “joder, joder”  “bueno, bueno” “esto, esto” y tirones de la chaqueta. Pensaba que Resines (el de la serie de los Serrano) había creado la escuela de actuar repitiendo dos veces la última palabra. ¡Que olvidadiza puede ser la mente algunas veces! Está claro que el precursor de la escuela fue Arturo Fernández. No me gusta. He sido siempre más de Carlos Larrañaga ¡qué pena de hombre, ay!

Menos mal que me ha interrumpido esta niña porque me estaba empezando a aburrir.  Venía con el argumento de la película de la que os voy a hablar hoy, se llama El Protector. Os lo copio aquí:

***

Titulo original: Avenging Angelo 3891b78ca50dd812a350a6f980925772

Durante un tiroteo en un restaurante de Nueva York, el capo Mafioso Angelo Allieghieri es asesinado mientras que su guardaespaldas, Frankie Biggio, sobrevive. Habiéndose liberado de la muerte por los pelos, Frankie recuerda que debe cumplir su juramento de proteger a la única hija de Angelo, Jennifer Barret, quien desconoce sus orígenes mafiosos. Ella no sabe que es la hija de Angelo Allighieri, un poderoso capo de la mafia, lo primero que tiene que hacer Frankie es revelarle a Jennifer su verdadera identidad y advertirla del grave peligro que corre. Frankie cumple honorablemente su juramento a Angelo y se mantiene unos pasos por detrás de Jennifer protegiéndola en todo momento.

***

Y claro, si una lee esto ¿qué piensa? ¿Qué es una película de mafiosos y tiroteos? Sí, sería lo más lógico. Si os digo que el protagonista es Sylvester Stallone ya os lo estáis imaginando, metralleta en mano, en su eterno papel de Rambo ¿verdad? pues no. Nada más lejos de la realidad.

Bajo lo que parece una película de acción, de esas de familia mafiosa de toda la vida, se encuentra una comedia de acción con claros tintes de película romántica. Por mucho que os asombre (y más con el amigo Rambo de por medio) hacedme caso a mí que de pelis ñoñas entiendo.

Tiene continuos toques cómicos, rozando el absurdo, que hacen indefinible el tipo de película que estamos viendo. A medio camino entre lo original y un desatino completo. Momentos muy muy predecibles y algún momento ingenioso. Es como si quisieran meter con calzador todos los tópicos del género, habidos y por haber.

No deja de parecerme meritorio que Stallone intente cambiar de registro por una vez. Ya imaginaréis (si me leísteis en el otro número sobretodo) que si tengo que elegir entre los actores musculados- recauchutados con el que me quedaría es con el Schaurch, Schuawrze… (¿nunca aprenderé a escribir el apellido de este hombre?) Arnold, el Conan vamos. Pero esta vez Rambo está casi simpático. Haciendo de bobito enamorado. La cara de pan que ponía mirando a su jefe fue lo que me decidió a quedarme viendo El protector. Fue justo por la escena inicial con el jefe por lo que paré con el mando en mi búsqueda de películas. ¡¡Pero si todavía no os he dicho quién es Angelo!! si es que me voy por las ramas siempre, no tengo arreglo.

Angelo Allighieri, el poderoso capo de la mafia, es Anthony Quinn. Aparece siempre sentado y muy mayor, creo que poco después de esta película se murió. Me gustaba mucho este señor, porque le gustaba España y porque le gustaban las señoras. Eso me temo que ni lo intentaba disimular. ¡Las películas que habré visto de este hombre! y no solo las que todos dicen al mencionar su nombre “Zorba el Griego”, “Viva Zapata” etc. sino las románticas que tanto me gustan en las que tenía una participación secundaria magistral: en “Un paseo entre las nubes” es el abuelo de Aitana Sánchez-Gijón y curiosamente en Venganza (la de Quevin Costner) es el marido cornudo de Madeleine Stowe, que después sería su hija en El protector. Cosas del cine.

Pues ahí tenemos a un Stallone con mirada tierna, grabando en vídeo a su anciano jefe que quiere como última voluntad confesar toda la verdad. Vemos la complicidad de años, el cariño entre ellos. Nos cuentan que llevan años cuidando y vigilando en secreto a la hija de Angelo. Son diez minutos los que podemos disfrutar del señor Quinn, pero está estupendo.
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Luego nos presentan a la hija, que como una loca creyendo ver desde el coche a su hijo en el avión saca medio cuerpo por la ventanilla del techo. Y es que mandan a su niño de siete años de camino a un internado militar, parece ser que en contra de la voluntad (poca parece tener en este momento la buena mujer) de la madre. La verdad es que el personaje de ella roza lo absurdo y sobre-excitado, se queda en la fina línea entre simple loca y mujer al borde de una ataque de nervios. Con una serie de pequeñas escenas nos enteramos de que el matrimonio no es feliz, él tiene problemas con el dinero y ella… bueno, ella tiene problemas con él.

Las amigas (tan pijas como ella) para calmar a esta pobre la dopan a base de pastillas que ella toma de buen grado y en gran cantidad. Entonces es cuando hace su entrada en el club de lectura Marcello de la Rosa, afamado novelista… ainssss. Perdón por el suspiro. ¿Por qué no habrá ni un hombre parecido a ese ni en Veradilla ni en toda la región? ¿Voy a tener que mudarme a Italia? ¡Qué ojos! ¡qué cuello! ¡qué boca! ¡qué… me pierdo! Raoul Bova debería ser patrimonio de la humanidad, he dicho.

Volviendo al tema, a la película digo, Jennifer regresa a su hogar (que parece un hospital robado) mal que bien. Me parece que drogada Jennifer tiene su puntito. Tiene más voluntad. Y tiene buena puntería. A tiro limpio se deshace de la amiga con la que encuentra en pleno acto a su marido y del propio marido. Olé por ella.

Luego, después del tiroteo en el restaurante en el que muere Angelo, llega a la puerta de Jennifer un malherido Frankie. Un malherido gracioso, con una gran compostura y educación para el momento en cuestión. Se cose a sí mismo la herida y todo. Alaba sus senos con mucho arte; “pechos como copas de champán” dice.

Como una mujer sola en casa abre la puerta y deja pasar a un desconocido sangrando lo tenéis que ver vosotros mismos, porque por mucho que os lo explique no tendría sentido. Luego ven juntos el vídeo del viejo Angelo, contando su vida con una extraña y a la par absurda trama mafiosa y terminando con la confesión de paternidad y el lema familiar “Los Alleghieri no aceptamos las derrotas”.

Bueno, pues ya tenemos todas las cartas dispuestas, empieza el juego. O no.

El abnegado guardaespaldas intentando controlar a la niña bien que está histérica y tratando de que asuma los cambios repentinos que ha tenido su vida. De todas maneras me parece normal que esté un pelín de los nervios esta chica: los enemigos de la familia detrás de ellos. Los padres que no lo eran, ni son lo que parecen. Un extraño que llega de la nada para protegerla y que resulta ser un gran cocinero. Un marido que la engaña con una de sus amigas del club. Y una tormenta de tiros… Vamos el día a día de cualquiera.

Frankie está enamorado hasta las trancas de Jennifer y va tratando de mantener las distancias, en esto que entra en escena Marcello. Claro, no es por ser mala (ya sabéis eso de que las comparaciones son odiosas) pero si pones a Stallone con sus pantalones sobaqueros a lo Julio Iglesias al lado de Bova ejem… No hay color.

Madelaine (la actriz que interpreta a Jennifer) luce palmito con vestidos que delinean su silueta, dando un toque erótico sin que se le llegue a ver nada.

La trama juega todo el tiempo con temas como la nostalgia, la venganza y el amor. La historia va un poco a trompicones y con algunas lagunas y contradicciones. Avanza lenta a ratos y en otros pasa en 5 minutos lo que debía ocupar 20. Para mi gusto el final se precipita, en dos minutos acaban con el jefe mafioso rival (no diré más, para no fastidiar sorpresas) en tres nos muestran la incipiente relación de Jennifer con Marcello y en los diez minutos restantes nos da para el apoteósico final y el consabido epílogo de la situación meses después.

Bueno, he de decir que tiene un final feliz, como todas las comedias. No es una gran película pero resulta entretenida. Prometo que para la próxima elegiré una que no tenga ningún tiroteo, palabra.

 

 

 

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