A Toledo De Ida Y Vuelta

La vida de un autónomo hoy día es un auténtico deambular por la cuerda floja. Siempre haciendo cálculos y sin que nunca salgan como uno espera. Por eso cuando comienza julio y sin esperarlo cobras dos facturas que ya dabas por perdidas te sientes el rey del mambo. Y aunque las cuentas sigan sin cuadrar tú andas por las aceras hinchando el pecho, con el paso seguro y la mano ligera a la hora de pagar las cañas.
Es algo que se huele. Porque después de casi tres meses de vacas flacas (ahorrando de dónde no hay para el largo y cálido verano) ha sido poner un pie en la calle y salirme amigos por todas partes. No me puedo quejar. No os toméis mis frases como una queja hacia ellos, porque ciertamente muchos me han ayudado en más de una ocasión y me han dado asilo sin preguntarme el tiempo. A lo que me refiero cuando hablo de que se huele es a la libertad de poder hacer cosas que habrías pensado hasta tres y cuatro veces antes de hacerlas en días pasados. Porque sentir la cartera pesada en el bolsillo es mejor que el sol de agosto sentado en la playa, sonará banal y todo lo que queráis pero es una verdad como un templo.
La temporada de festivales no da tregua. A veces con la escusa del trabajo y otras, para que negarlo, por puro placer había perdido ya dos kilos desde que comenzara. Recién llegado del FIB, cuatro días de playa y conciertos sin parar. Después de un viernes apoteósico, un sábado de no parar y el domingo tuvo un cierre de edición algo descafeinado, y aunque mi cuerpo pedía a gritos un poco de calma el soul folk del escocés con nombre italiano no consiguió engancharme pese a la recua de músicos que traía consigo el chico. Esa misma crónica acababa de terminar y ahora era un hombre libre, por unos días.
Con la idea de descansar un poco de muchedumbre antes del inminente Arenal Sound había planeado pasar el fin de semana sin salir de Madrid. Es una ciudad que gana puntos con el calor. Las aglomeraciones se disuelven y las tardes se dejan marchar desde las terrazas que hacen de Madrid un oasis nocturno. En esas estaba, de risas, agarrado a mi vaso, esperando la noche, con un grupo cada vez más nutrido de amigos con ganas de ponerse al día de cualquier cosas menos de sus vidas.
Aún sin anochecer, estaba con la segunda copa en la mano y tirado de medio lado (porque no hay otra forma de sentarse recogiendo las piernas cuando uno mide metro ochenta en esos sillones-butacones que se llevan ahora) cuando empezó a sonar mi móvil y tuve que mirar dos veces para creerme quién llamaba. Aún ver su nombre escrito en la pantalla hace que me enderece y trate de adoptar una compostura que, para que vamos a engañarnos, no es real en absoluto. Una ex, por muy ex que sea, siempre tiene poder sobre una parte de uno mismo y Raquel siempre había sido para mi el recuerdo constante de mi falta de implicación, el deseo momentáneo de ser lo que se espera de mí. Algo que rara vez coincide con lo que soy realmente.
Raquel es la persona que mejor me ha conocido, y a la que no he podido engañar ni cuando cubría con silencios lo que no le he podido rebatir jamás; que yo no era el hombre que encajaba en su plan de vida, que jamás podría construir un hogar conmigo y que tratar de negarlo sólo conseguiría alargar el momento del fin. Por eso, aquellas Navidades en las que me instó a llevarme algo más que mis maletas en mi visita a la familia descubrí que no tenía sentido darle más vueltas. Lo nuestro, como ella misma decía, era la crónica de una ruptura anunciada, “un día me iré, Ruso, y tendré que llamarte para que te des cuenta de que ya no tienes que comprar leche desnatada cuando traes tus cervezas.” y bueno, como ya sabéis no se fue. Me largó a mí. Con cariño, con buenas maneras, educada como ella sólo sabe ser mientras que te da boleto. Que te vas al final con ganas hasta de pedir disculpas, pero al fin y al cabo te vas, que es lo que ella quería.
Me aparté un poco para poder hablar tranquilo, Hola, Raquel. Un pequeño silencio al otro lado me puso sobre aviso. Ruso, dijo con voz suave al fin y de nuevo el silencio. Vale, a estas alturas ya estaba preocupado. Ni cumpleaños, ni navidades, ni ninguna fecha en la que solemos hacernos la rutinaria llamada, algo pasaba.
—¿Estás ocupado?, ¿ te pillo en mal momento? Necesitaba hablar contigo. No quisiera molestar pero es que… necesito un favor.. — Colgué el teléfono y me acerqué a la mesa.
—Gentuza, dejo pagada esta ronda. Tengo que irme.
Y me marché después de alguna que otra queja, de que me soltasen que me vendo más caro que el oro y de que conmigo solo dos tetas pueden más que diez amigos. “Si el Ruso no acude a la llamada de una chica, es que se ha parado el mundo y hemos salido volando por la atmósfera.” No les saqué de su error, claro. Prefería tragarme esos chascarrillos a tener que contarles que mi ex me llamaba en busca de auxilio. Ya sabéis, ciertas cosas no le interesan a nadie, por muy amigos que fueran.
Y ahí estaba. Conduciendo camino de Toledo, contemplando a mi derecha un atardecer anaranjado típico de verano teniendo ante mí una de las situaciones más raras de mi vida. El perfil de Toledo siempre es un espectáculo, pero más aún si la noche es despejada y la ciudad se ha vestido de fiesta iluminando con pericia sus monumentos principales. Porque adoro Madrid, sus palacios, sus jardines, su ritmo, sus gentes y su diversidad con lo bueno y lo malo que conlleva pero el encanto del mágico Toledo no se puede negar. Toledo, no es de nadie. Bueno, es de todos… o como mucho, si tiene que ser de alguien, de día es de los japoneses y de los autobuses de excursionistas, que ahí andan con 40 grados a la sombra o con las heladas de enero; en el McDonalds o en el Parador… Toledo lo conozco razonablemente bien, al menos lo suficiente como para saber que es casi imposible subir al casco e intentar aparcar así que tiré directo al parking. Siempre que visito Toledo aparco abajo. Abajo es cualquier sitio desde la puerta de Bisagra hacia fuera, siempre y cuando no sea en Santa Bárbara o en el Polígono, que tienen estatus propio.
Cuando llegué ya era de noche, pero el calor todavía hacía estragos por lo que las terrazas estaban a rebosar. Busqué el sitio en el que había quedado con Raquel, y no me hizo falta rodear le mesa de la terraza para saber que la dueña de ese vestido blanco era ella. No viene al caso, pero nadie ha llevado nunca los vestidos veraniegos como ella… Después de un segundo de duda, me planté delante de ella y no se me ocurrió otra cosa que decirle más que
—Tachán. —Dioses, ¿por qué me convierto en un idiota siempre que tengo que hablar con Raquel?.
Ella se levantó, se me quedó mirando un instante como sopesando las diferentes opciones de saludo y al final me abrazó metiendo su cabeza en mi pecho mientras musitaba:
—Gracias, Ruso.
Nos saludamos, nos preguntamos por nuestros trabajos, se preocupó por mi delgadez, la felicité por su buen aspecto, pedimos bebidas, jugueteó con los cacahuetes… hasta que al final me miró muy seria, tan seria que temí que fuera a dejarme (seré idiota) y al final dijo: estoy embarazada.
Después del pánico inicial, y tras repasar a la velocidad de la luz los años que hacíamos separados, el aire salió de mis pulmones y pude por fin decir: felicidades. Lo que no esperaba es que Raquel se pusiera a llorar.
—¿Qué crees que hago en Toledo?
—No sé. —dije yo. —Siempre te gustó Toledo. Te gustaba pasear de noche, tapear… ya está, has venido a ver la exposición del centenario del Greco.
—Déjate de historias. Estoy en el Hotel Carlos V, en el puto centro de Toledo, con la azotea más bonita y romántica de la ciudad, con vistas al Alcázar y a la catedral… ¿sigo?
—¿Y te has venido tú sola?.
—Yo, a estas alturas ya sabía que algo había salido mal, pero me hice el tonto, aunque me caló rápido.
—No te hagas el tonto que no te pega.. Me conoces y sabes que no dejo nada a la improvisación. Aunque este embarazo no era buscado la verdad es que me hace ilusión, creo que es buen momento, la verdad . Quería dar una sorpresa a Fran, me inventé la misma excusa que tú: el Greco; reservé el hotel, me aseguré de que la habitación tuviera buenas vistas y jacuzzi, Moet Chandon en la habitación, y una cena romántica en la terraza. Todo iba según lo previsto hasta que después de estar pateando Toledo todo el día nos duchamos y arreglamos para subir a cenar. Lo estuve pensando mucho porque ¿cómo le dices a tu novio a que estás embarazada? Yo estaba muerta de hambre, así que se lo dije al final de la cena: “cariño, estoy embarazada. Vamos a tener un hijo”. Lo único que salió de su boca fue: “¡joder! Acompañada de una cara de susto que ni te imaginas. Ni una caricia, ni un abrazo, nada. Y no sé Ruso… se me fue la pinza al ver que no reaccionaba y le mandé a la mierda con cajas destempladas…
A esas alturas del relato yo estaba llorando de la risa y me gané un buen manotazo. Raquel, la reina de la mano izquierda, fuera de sus casillas por la cara de bobo del pobre Fran. Jajajajaja volví a reír como un loco. A Raquel solo conseguían descolocarla de esa manera su madre y Fran. Por eso supe desde el principio que eran tan para cual.
—No te rías Ruso, que me dejó allí como una estúpida y sin poder darme a la bebida.
—Pero vamos a ver, mujer ¿qué esperabas que hiciera si le dijiste que se fuera con su madre que no le querías ni ver?
—¡Pues que no se fuera, como mínimo! Es un estúpido. Un patán. Un…¿Qué clase de hombre se va cuando le dices que se vaya? Defintivamente es un mamarracho.
—Pobre hombre acojonado. No te enfades pequeña, que frunces el ceño y pareces una monita.
—Me gané otro manotazo, pero sonrió.
—Pero es que se ha ido dejándome tirada en Toledo.
Así que para eso estaba yo aquí. Porque Raquel había mandado a su novio a freír espárragos sin darse cuenta de que no estaban ni su casa, ni en su ciudad y no tenía ganas de explicárselo a ninguno de sus hermanos. Y se negaba a llamarle. No hubo forma de hacerla entrar en razón.

Ya más calmada paseó conmigo hasta el hotel. Por la noche Toledo se cambia de piel y se vuelve una ciudad distinta. El casco se vacía de excursionistas y los vecinos toman las calles y las plazas. Multitud de terrazas ayudan a olvidar los calores del día y el encanto de sus edificios se potencia aún más. Paseando por las callejuelas de noche se pueden escuchar ecos de otras épocas, los colores brillan, masas de luces y sombras bailan sobre las piedras evocadoras y los problemas por un rato quedan suspendidos.

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Esperando la Primavera (Sound)

Esperando la Primavera (Sound)

Little Angel

 

Perdida la cuenta de las cervezas y de empalmada, la tarde del viernes desapareció, sin que me diera casi cuenta. Una alerta en mi memoria me recordó que tenía una cita.

Anoche Los Madison actuaron en el Mobie Dyck y fue parte de mi larga noche de jueves-viernes. El cantante Txetxu, es una animal de escenario, uno de los mejores guitarristas del panorama musical español y además, y eso es lo que le hace casi perfecto, es amigo mío. Nos conocimos hace un montón de años en la noche de Madrid y hemos mantenido un contacto intermitente pero intenso entre humo, alcohol y “groupies” desatadas. Le había prometido asistir y con amigos o sin ellos no pensaba fallarle.

Incapaz de librarme de ellos, y sin que sirva de precedente, arrastré a mis amigos al lado más pijo de la ciudad para ir de gorra a un concierto. Lejos de agradecérmelo y tratar de disfrutar, estuvieron toda la noche dándome la paliza. Sigo sin recordar en que momento de despiste confirmé que iba a ir en coche al festival. Vamos que no les hice ni caso. O eso intenté después de soltar la frase desafortunada pero no logré desanimarlos. En cuanto acabó el concierto se largaron, no sin antes hacerme prometer que los llevaría conmigo en el coche a Barcelona y ahí me dejaron tirado.

Llegué hasta la barra y me quedé embobado viendo como preparaban un gin tonic: copa como un botijo de grande, ginebra azul, tónica rosa, pepino, lima, bolitas de enebro, vaina de canela… algunos tardan menos en preparar una ensalada mixta. Bueno, pensando este tipo de  gilipolleces estaba cuando me di cuenta de que ahora el observado era yo. La observadora era precisamente la “dueña” de esa copa con más colores que un cuadro de Andy Warhol.

-Qué aburrido, ¿no?

-Perdona, ¿qué?

-Tu tercio. Un poco soso

-Bueno, cuestión de gustos, supongo… a tu copa en cambio, no le falta de nada.

-Por lo que cobran por una de estas dejaría que me pusieran hasta piña en almíbar…

-Menos es más. ¿No crees?

-Muy bonito, pero casi nunca menos es más…salvo para el gobierno.

Reímos con ganas y entramos en la fase de las presentaciones, los gustos, los estudios, los trabajos… todo lo que hay que currarse para llegar con opciones a la pregunta clave: ¿y ahora qué hacemos?

Tenía, según me dijo sin que yo preguntara, 39 años; había estudiado Logopedia y era de un pueblo de Cáceres (¿habrá alguien en Madrid que no sea de fuera?), el resto de la “disección” se la hice yo entre confidencia y confidencia. Se había quitado algún año pero no me importó, pelo castaño ondulado que todavía olía al acondicionador, ojos verdes, pechos generosos y culo contundente. Sin duda era carne de gimnasio. El resto de mi noche se pierde en una bruma de cócteles de colores, piso de diseño y lencería negra.

Que odio despertarme temprano los sábados no es ninguna novedad, ni creo que sea exclusiva mía. Hace años que las 5 estrellas del viernes me amarran a la cama más de lo que me gustaría admitir y, seguramente, más de lo recomendable por los estudios de la Organización Mundial de la Salud. Si tienen estudios para todo, digo yo que tendrán uno que afecte a mis horas de sueño inducido por el alcohol. En fin, que este viernes tuvo una noche muy larga que empezó de jueves y no pretendía amanecer hasta bien entrado el sábado, así que el día prometía resaca, desgana y café tardío.

¿Pero qué cojones…? después de pegar un cabezazo contra la mesilla, tropezarme sucesivamente con mis zapatos, mis pantalones y un libro que por su tamaño debía ser por lo menos “Los pilares de la tierra”, caí en la cuenta de que lo que sonaba no era el timbre de la puerta, sino el puto “Whatsapp” del teléfono. Uno que es perro viejo en esto de hacer el vago ya domina ciertas técnicas básicas: apagar el teléfono, bajar las persianas, quitar los “plomos” para que no llamen testigos de Jehová o el cartero comercial… pero entre que llegué más pegado que legaña seca y que la tecnología ni me gusta ni me comprende ahí se quedó el móvil encendido y conectado al wifi para más Inri…

Después de bailar por toda la habitación en busca del artefacto maléfico lo encontré en el bolsillo del pantalón. Bueno encontré el teléfono, unas monedas, un halls de menta, un condón y una tarjeta de una logopeda. Me senté en el borde de la cama e inmediatamente caí de espaldas con el teléfono en la mano y un “su puta madre” en la boca. No, no era un “Whatsapp” normal, era que me habían metido en un grupo de esos del infierno ¡qué cabrones! Como se nota que la mitad de ellos ahora lleva una modélica vida familiar y que les da la una en casa. ¿En qué maldita hora le comenté a Manu que este año no me iba en tren sino en mi coche a Barcelona?

Aquello no paraba de pitar. Intentaba ver qué era lo que hablaban yendo al principio de la conversación, pero un nuevo mensaje me llevaba al final. Hasta que no pude más y con un ojo cerrado escribí malamente “se callen, coño” seguido de “parad hasta que yo os avise”.  Vale, leí a todo cisco: “pillar entradas”, “última semana de mayo”, “solo cuatro en el coche” (seguro que eso me incluía a mi), “comida” (bueno, algo mejora la cosa…), “festival”… ¡¡¡Festival!!! ¿qué clase de tarados se levantan hablando de lo mismo de lo que hablaban justo antes de irse a dormir? Bueno, era retórico, no es necesario que me contestéis la pregunta.

“Ok. Ya podéis seguir…” sin mí, claro. Porque pensaba borrarme de ese grupo en cuanto dejasen de moverse las letras en la pantalla. Resumiendo, seré el último en enterarme de quién vendrá en mi coche al Primavera Sound porque estos locos aún se están peleando por las cuatro plazas.

No eran ni las 11 de la mañana…. ¿qué se supone que se hace un sábado a esa hora? Porque ni recuerdo cuando fue el último sábado que estuve despierto a estas horas. Creo que mi padre siempre lavaba el coche los sábados; mi primo dedicaba las mañanas que no trabajaba para salir a dar una vuelta con la bici; mi madre aprovechaba para hacer ruido con la aspiradora intentando no dejarme dormir… pero yo desde hace años que no me levanto un sábado a tiempo para el telediario.

Ahora ya no podía quitarme el festival de la mente. Siendo sincero no es el festival lo que me tiene descolocado. Es una muchacha apenas pero con un talento y una personalidad como nunca he visto.

De pie, acariciando las tapas de mi cuaderno de notas, recordé a mi Little Angel. El mes pasado presentó su segundo disco y confirmé lo que ya sentí la primera vez que la oí. En su debut hace un par de años aquella voz siempre pegada a su guitarra acústica me hizo escribir: “Este pequeño ángel del indie folk es aparentemente frágil. Con grandes canciones y una voz preciosa de maneras añejas nos deja completamente enamorados a todos.”

Ahora, además de su voz y al sonido de su guitarra puedo recordar el sonido de su risa, su acento de Missouri, su nariz pequeña y pecosa y las ojeras bajo el azul de sus ojos. Porque  conseguí hablar con ella para una breve entrevista. Posee una voz quebradiza y una juventud apabullante, ¿cómo alguien tan joven puede escribir con tanta coherencia del desamor? Y es que, por delante de la pena y el dolor de sus letras la esperanza se convierte en la idea fundamental de todo su álbum.

Podría llegar a enamorarme de alguien como ella. Y que en medio de su gira se tome la molestia de escribirme, aunque sea contándome pequeñas cosas, no ayuda. Hace que una y otra vez mi mente vuelva a ella. “I wish you with me in Barcelona” me dice… Podría llegar a enamorarme.

Intentar volverme a dormir me parecía a esas alturas una tarea imposible. Como Madrid es una ciudad para andar, pensé, y yo casi siempre la recorro de noche seguro que descubro algo. Me puse el vaquero gastado de la noche anterior, eché al bolsillo las monedas, el caramelo Halls y el condón que había sacado; busqué una camiseta que no oliera a tabaco y que a su vez estuviera medianamente planchada (me llevó más tiempo del que esperaba); me até los cordones de las zapatillas (las Wambas, qué decía siempre mi madre) y bajé a la calle. Las gafas de sol nunca son lo suficientemente oscuras en casos como este, así que comencé a andar cabizbajo tratando de ocultar mis ojos de la claridad del medio día.

No llevaba ni cinco minutos andando cuando la necesidad de cafeína en mi organismo fue completamente evidente. No sé cómo se llama el bar, pero vamos, que podía llamarse “Los Arcos”, “La Encina”, “La Tapita”… lo típico. En la barra un parroquiano dándole al orujo, otro tomándose un café con un pincho de tortilla y otro jugando a la máquina tragaperras… muy Kiko Veneno todo.

Pedí un café solo y por suerte el molinillo tenía café porque no sé si hubiera soportado ese ruido infernal que hace de tanto en tanto ese artilugio del diablo. El café estaba bueno, con cuerpo y con una concentración de cafeína tal que notaba como se abrían mis venas a su paso y mi mente se despejaba un poco. Estiré el brazo para alcanzar un periódico que había sido abandonado por su anterior lector de malos modos sobre la barra. Yo los periódicos -no me preguntéis por qué- siempre los empiezo por el final… con la excepción del Sport que lo empiezo “como Dios manda” y tampoco sé por qué. ¿Cuánto hace que no compro un periódico? Por lo menos desde que compré el portátil – pensé- mientras pasaba la contraportada, la programación de televisión, los deportes, el tiempo, los obituarios… ¡a este paso me ventilo el periódico en dos minutos! En la sección de cultura me detuve un poco más. Uno, a  pesar de sus debilidades, es un enamorado de la cultura y el arte: más del teatro que del cine; más de la música que de la danza; más del gótico que del barroco…

Nunca he tenido problemas de hipertensión, así que pedí otro café. Bueno, eso, y que de la cocina salió una chica sorprendentemente española, joven y despierta:

– Hola, ¿me pones otro café solo?

– Ahora mismo. La noche ha sido durilla, eh…

–La noche no. Ha sido el despertar antes de lo previsto.

– Pues nada, aprovecha la mañana.

– No, por favor. No me digas que lave el coche, que salga con la bici o que pase la aspiradora.

– Ja ja ja. Y de ir al fútbol, ya ni hablamos…

– Bufff, ¡qué pereza!

– Pues acuéstate otra vez porque… ya me dirás tú que haces levantado con el ánimo que llevas.

– Esperando la primavera.

Se me quedó mirando unos segundos después de dejar frente a mí el café. Vale, sé que la frase no tiene mucho sentido para ella. Pero lo cierto es que yo desde que hablé con mi Little Angel no puedo pensar en otra cosa.

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Recuerdos y regalos por Ruso

Recuerdos y regalos

Ayer por la tarde mandé mi pieza que ya estará on line y tengo por delante una semana de vacaciones. Unas fechas entrañables. No hay quien pasee por el centro. Atascos a diario. Y un puto frío que pela.

Si cada Navidad recibo unos guantes y una bufanda de regalo familiar, ¿cómo es posible que al año siguiente no quede rastro de ellos por casa?.

Cierto que en un estudio de 40 metros no hay demasiado sitio donde esconder trastos, pero en mi caso no es necesario. En cuanto comienza marzo, suelo perder uno de los guantes en cualquier bar, en una calle donde me los quité para anotar algo,  en bolsillo ajeno prestado sin retorno… Todo un simbolismo el de los guantes. ¿Me pregunto si alguien guardará uno de mis pobres desemparejados? Irremediablemente la pareja abandonada termina en el cubo de basura la tercera vez que compruebo que es el mismo izquierdo que encontré la vez anterior y que su compañero efectivamente ha salido de mi vida.

Llevo un rato pensando, bueno más bien recordando, regalos recibidos y los momentos que los acompañan. Porque las flores, bombones y vinos suelen ser siempre acertados pero rara vez se recuerdan mucho más allá de unos días.

Los regalos de mi familia tienden a cobijarse en la costumbre de lo práctico. “Si Ruso no pierde la cabeza porque la lleva unida al cuello, regalemos todo lo que va perdiendo irremediablemente” y así me nutren cada invierno de bufanda, guantes, alguna cartera de piel, gafas de sol… De ahí vienen los tres paraguas negros de diferentes tamaños y que están por estrenar junto a la puerta de entrada. Los paraguas es de lo poco que no pierdo, ya que no suelo usarlos nunca. Guardo también dibujos hechos por las mellizas en una carpeta de cartón que data de mi época de instituto, uno de ellos lleva pegadas lentejas a modo de marco. Ellas se dibujaban como una serie de pequeñas circunferencias y yo soy unas piernas largas a su lado con brazos casi hasta el suelo. Como tenía la costumbre de alzarlas y recogerlas al vuelo imagino que debían ver mi estatura como algo apasionante.

Los regalos de los compañeros de curro (o los regalos también llamados del “amigo invisible”) son a todas luces comprados en el chino de la calle de enfrente, o reciclados de “amigos invisibles” de años anteriores. De ese tipo de presente tengo un “set” de cucharones de palo y una esponja abrillanta zapatos. El despertador blanco con campanas y solo cuatro números enormes que compré a Isabel (que siempre está con prisas y haciendo referencia a mis retrasos) ha pasado ya por la mano de tres compañeros distintos (con diferente caja pero yo sé que es él). Aún me temo que termine en las mías cada cena de Navidad que hacemos. Creo que hay algún regalo recurrente más, como ropa interior roja o velas aromatizadas y de formas imposibles. Uno de los más asombrosos que yo he recibido (y nunca supe de quién provenía) fue la cajita mejor envuelta de aquel año, dentro de una bolsita a juego de Musgo. Cuando lo abrí me quedé a cuadros, ¡era un receptáculo para albergar bastoncillos de los oídos! Con bastoncillos incluidos, por supuesto.

Recuerdo especialmente el año que un becario regaló tres morcillas. Supimos que fue él por el color de sus mejillas cuando estalló el cachondeo. Los cuatro meses que le quedaban los pasó escondiéndose cual sombra… Y no entiendo por qué, eran de arroz y Julio el receptor dijo días después que estaban cojonudas. Pero la “coña morcillera” nos duró muuucho tiempo. Pese a todo me parece de los mejores regalos que se han hecho.

Luego están esos regalos que recibes pero que en realidad son “autoregalos”. Un año poco después de estar viviendo juntos, Raquel me regaló un electro estimulador de esos para hacer gimnasia pasiva que se suponía que era para mí pero que solo utilizó ella. La única vez que me lo puso estoy seguro de que lo puso al máximo, ¡eso daba unos chispazos de aupa!  Otra vez recibí unas gafas de sol, claramente femeninas, que quedaban perfectas en la cabeza de quién las entregaba y no en la mía.

También he recibido de regalo ropa interior femenina, sí, pero no penséis raro… ya que normalmente ha llegado puesta sobre la “obsequiadora”. Es algo de lo que no me oiréis quejarme jamás. ¡Vivan Intimissimi, Women’Secret y Agent Provocateur!

Otro de los regalos imposibles que he recibido fue de manos de una chica de Rumanía con la quedé de forma intermitente durante unos meses, sin contar los 15 días que viajó a su país. No recuerdo bien si me dijo que era de Cluj o algo así. El caso es que cuando a su vuelta quedamos a cenar, me dio emocionada un souvenir de su tierra, Transilvania. Ya os lo podéis imaginar. Era una placa de color barro, que en sus extremos imitaba a un papiro, y en el centro el castillo del Conde Drácula y el mismísimo señor conde, en lo que parecía un dibujo de colegio.
Parece ser que es algo típico de allí y ella me lo entregó con mucha ilusión, yo se lo agradecí con la emoción e intensidad adecuada durante un par de horas de aquella noche. Poco tiempo después les perdí la pista a ella y al souvenir pero no me olvido de ninguno.

Está claro que regalar bien es un arte que no todos poseen, pero quién lo tiene suele hacerse un hueco en la memoria del receptor por el acierto logrado. Aunque bien es cierto que los recuerdos no tienen por qué ir asociados a un objeto concreto. Os contaré porque para mí los mantecados tienen indefectiblemente aroma a leña y nostalgia de manta de lana gorda.

Uno de los últimos años que viajamos al pueblo de mi madre (cuando las mellizas aún no iban a la escuela) compartí calor, una caja de mantecados y algo más, bajo una manta de cuadros en la casa vacía de la abuela de Inés. Recuerdo la forma en que me miró Inés entonces como si fuera todo un héroe, cuando tras dejar frente a ella el botín, logré encender el fuego. Pocas veces he vivido una estampa tan navideña; con las calles nevadas, los villancicos sonando desde un altavoz en el Ayuntamiento y alumbrados por las llamas. Y menos veces aún he sido tan sinceramente feliz y me he sentido tan ilusionado y emocionado como entonces. No fue una primera vez en toda la propiedad del término y tampoco contaré todo lo que hicimos entre risas y azúcar bajo aquella manta pesada y enorme, eso se queda para mis memorias. Resumiré en que fue un gran día, pese a que nos encontrasen,  (horas después y con la caja a medias) nos castigasen y nos obligaran a estar alejados el resto de las vacaciones. Vacaciones que pasé tratando de esquivar la mirada dolida de mi madre que me reprochaba, no ya el haber robado la caja de mantecados, ni haber desaparecido todo el día haciendo que nos buscara medio pueblo, sino el hecho de haber sido encontrado en bolas junto a la hija de Ramón el pescadero.

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Camino Soria. Entre poetas y fantasmas.

Camino Soria

Entre poetas y fantasmas

            Es la primera vez que cuento esto y me ocurrió hace ya algunos años. Me amparo en que nadie de mi gente sabe que escribo en esta revista. Tampoco vosotros me conocéis aún, pero debéis de saber que todo lo que cuento siempre es verdad, por más que lo adorne o me sirva de recursos. Lo mío es pura deformación profesional y se me escapa la retórica aún cuando no lo pretendo. A día de hoy sigo sin saber cómo ocurrió o si todo fue un delirio.

Un compañero me invitó a pasar el puente de los Santos en la casa de su familia en Soria. Me pintó el plan tan lleno de alcohol y fiesta que no dudé un segundo en apuntarme. Se trataba, por así decirlo, de una tradición fundada por su hermano: hacer una fiesta de Halloween con los amigos en la vieja casa familiar. El hermano que es un fan del Tenorio y junto a su mujer, haciendo de Doña Inés, representaban un par de escenas. Los demás se disfrazaban de fantasmas errantes y demás parafernalia, se leían leyendas de Bécquer y le daban de lo lindo al vino, la zurra y al yantar hasta la madrugada. Me aseguró que no tendríamos el cuerpo para jotas al día siguiente por lo que nos fuimos en autobús.

Llegamos a Soria en un día típico de otoño con el cielo gris claro. La casona  de dos plantas, en una calleja que daba a la plaza del Rosel, tenía en su fachada piedras de sillería, ventanas enrejadas y los restos de lo que debió ser un escudo junto al portalón de entrada. Dentro bullía de actividad. Carlos me presentó a su hermano y a otros dos más junto a la lumbre. Estaban haciendo la caldereta,  catando cuantas veces sea necesario como bien me informaron. En este grupo de amigos todos eran familia, o eso me pareció en las presentaciones. Entre primos y primos de primos me recordó al pueblo de mi padre, donde todos se tocaban algo y a duras penas logré retener un nombre. Salvo el de ella, Mabel, que me acompañó a dejar la mochila en la habitación en la primera planta. Dos mujeres risueñas bajaron las escaleras con sillas y se llevaron a mi guía, que dejó un “ha sido un placer” y una sonrisa colgando tras ella.

Acompañé a mi amigo a recoger varios encargos mientras varias mujeres acomodaban los muebles para dar cabida a todos los que seríamos, acondicionarlo con velas y demás aportes siniestros. La casa, con su zócalo de azulejos, su escalera de madera oscura, sus anchas paredes de piedra y sus corrientes de aire, me pareció bastante tétrica per se.

            Mi primera impresión de que la ciudad era como un pueblo se afianzó andando por ella con Carlos. Gerardo Diego en el poema Paseo de Portales calcó ese sensación rural: Los ausentes que tornan, / los trajes que se estrenan, / las risas que se pierden, / los ojos que acechan.

 

            ¿Ruso, no me escuchas? Oí que preguntaba Carlos mientras yo volvía de mi mundo. Habíamos pasado frente a la Iglesia de Santo Domingo y me había quedado absorto, como me suele suceder cuando trato de recordar versos o imágenes. Él me estaba hablando de las pastas de las Clarisas, que seguro que estaban de muerte, pero yo estaba analizando la fachada del monumento, sus impresionantes arquivoltas y cómo el románico siempre consigue conmoverme. El caso es que me encontraba algo raro. No, perdona. ¿Qué me decías? Andábamos de vuelta al casa a buen paso porque el frío soriano se acentuaba. Pues que la leyenda del Monte de las ánimas la leerás tú esta noche, que tienes la voz más grave que yo. Se lo he dicho a mi hermano y le parece bien la idea. Me eché a reír, porque ya sabía yo que ese era el motivo por el que me llevaba a la fiesta, escaquearse del papel asignado. No le gustaba ni un pelo hablar en público y no tenía alma de juglar mi amigo, por lo que era un mal trago para él. De acuerdo, pero cumplo con vestir de negro. Lo del disfraz lo dejo para ti. ¿Me llevarás a conocer el monte al menos? La cara de mi amigo era un poema, Pffff, Ruso, tengo aún que hacer las migas. A una legua se notaban las pocas ganas que tenía de pasear. Pareció decidirlo de repente mientras me indicaba Mira, al final de la calle, sigues por San Agustín y cruzando el Duero verás las indicaciones. No te vayas hasta San Saturio que hay casi una hora de paseo. Asentí mientras preguntaba ¿A qué hora empieza la fiesta? No me parecía mal plan dar un paseo por esas sendas que recorriera Machado. Los románticos nacemos así, un poco idos de la olla. En un par de horas, cuando anochezca llegará todo el mundo.

            ¡Ruso, no hagas que tenga que ir a buscarte! Me gritó cuando ya iba a buen paso calle abajo, porque como bien imaginareis, pensaba llegar hasta dónde me habían dicho que no lo hiciera.

Cruzando el viejo puente el frío se iba acentuando. Abroché hasta el último botón de mi cazadora. Un grupo en sentido contrario al mío hablaban emocionados del claustro de San Juan. Justo frente a mi apareció la señal indicando el monumento.

Mi asombro al cruzar la tapia fue total. Mi total desconocimiento de este monasterio no me había preparado para lo que me esperaba. Tal mezcla de estilos, combinados en aquellas arquerías sin cubrir semejante a un esqueleto, me dejo pensando apoyado contra el muro. Perteneciendo a la orden Hospitalaria ese catálogo de arcos se me hacían un símil de la gran variedad de gente que cruzó por ellos y recorrió ese Monte de las Ánimas. En el interior de la iglesia fui atraído hacia los capiteles de uno de los dos templetes. Desde allí seres fantásticos contaban su historia, vista en mi mente como en una película; un centauro, arpías, dragones, una hidra… El tiempo no se detuvo mientras yo soñaba despierto otras vidas.

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Las indicaciones hacia San Polo, antiguo monasterio del Temple, me llevaron a un camino bordeado por unos altos setos que parecían muros. La profusa vegetación que cubría las paredes del monasterio y la luz plomiza de finales de octubre afectaron mi ánimo, que iba volviéndose más melancólico por momentos.

Atravesé San Polo y seguí el sendero, disfrutando de las vistas del Duero. A lo largo del camino, se podían leer placas con versos de Machado. ¡Colinas plateadas, / grises alcornoques, cárdenas roquedas / por donde traza el Duero / su curva de ballesta / en torno a Soria, oscuros encinares / ariscos pedregales, calvas sierras…

            En aquel solitario paraje en aquellas fechas y en esas horas, comprendí la inspiración que aquellas tierras encontraron los poetas. El sendero paralelo al río, los montes con sus antecedentes de batallas templarias, esa Soria “mística y guerrera” descrita por Machado… Al fondo, espectacular, colgada de la roca, divisé la ermita de San Saturio. Fue poner un pie en sus escaleras de piedra y empezar a aullar el viento. Por detrás del monte una gran nube, oscura y cargada se desplazaba hacia la ciudad. Di media vuelta. Subí el cuello del jersey lo más que pude y oculté las manos en lo más profundo de los bolsillos de mi chaqueta, pero el viento parecía encontrar la forma de pasear por la piel de mi espalda. Repetía inconscientemente unos versos del poeta sevillano que memoricé de pequeño en la escuela:

aquí bocas que bostezan
o monstruos de tierras garras;
allí una informe joroba,
allá una grotesca panza,
torvos hocicos de fieras
y dentaduras melladas,
rocas y rocas, y troncos
y troncos, ramas y ramas.
En el hondón del barranco
la noche, el miedo y el agua.

Miré las aguas del Duero y no me quedó más remedio que acercarme a su orilla. Ante mis ojos la corriente fluía en sentido contrario al que había observado hacía unos minutos. Pensé que estaba alucinando, y fue cuando noté que algo se movía cerca de mí. Un gran sapo, oscuro y brillante había saltado a un palmo de mis botas. Ruso, te estás volviendo loco pensé, retomando la marcha a buen ritmo, solo entre los álamos temblones. Loco, loco… me repetía, porque mientras andaba, escuchaba susurros en el viento y hasta un eco lejano de campanas. 

            Creo que pocas veces he andado a semejante velocidad. Y pese al ejercicio, mis dedos y mi nariz estaban helados al llegar. Llamé al timbre y Carlos fue quién abrió la puerta. La noche caía sobre la ciudad a mis espaldas. Dentro de la casa los aromas a guiso y lumbre cargaban el aire. Ya pensaba en salir a buscarte. Yo con las manos aún sin circulación abría y cerraba los dedos No he tardado tanto, murmuré sin demasiada convicción.

Lo cierto es que no sabía cuanto había estado fuera, pero pudo ser más de hora y media. Mis ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad del portal y pude ver que la mayoría ya disfrazados, un par junto a las escaleras eran esqueletos, una bruja, creo que al fondo de la sala vi algún fantasma. En la habitación anochecía mientras me cambiaba de ropa con dedos torpes. La oscuridad cayó de golpe obligándome a encender la luz para terminar de calzarme. Soria vivía la noche de difuntos de puertas para dentro, nadie cruzaba por las calles. Como banda sonora se escuchaban unos ladridos lastimeros.

La cena, copiosa. El vino, reconfortante. La compañía, amena. Mis sentidos, aletargados. Los anfitriones, con más oficio que arte, interpretaron el clásico de Zorrilla de la noche de difuntos arrancando clamores con posos de tinto. El libro de leyendas sobre mi regazo esperaba a que tocara mi turno. Yo arrinconado en un acogedor sofá, pedí leer desde allí. Como estaba lejos de la claridad del fuego tuvo que alumbrarme con una pequeña linterna una chica disfrazada de bruja, de las de verruga y escoba. Acomodó su pequeño cuerpo en el brazo del sofá y enfocó al libro, que junto a mis manos, era lo único que se veía nítidamente en esa esquina de la sala. Pese a la cantidad de alcohol ingerida seguía sintiendo los pies helados y un martilleo persistente en la cabeza. Me dolía la garganta al leer en alto. Noté que mi voz, más grave de lo acostumbrado, se rompía en algunos párrafos.

            <<La noche de difuntos me despertó a no qué se hora el doblar de las campanas. Su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria… >>

Cuando terminé la leyenda, el martilleo en mis sienes me tenía mareado y me apreté la frente. La bruja que estaba mirándome fijamente dijo: Tienes mala cara, ¿te encuentras bien? Sonreí Este vino, que entra solo. ¿Dónde está el baño?

            Subí a la primera planta ya que al fondo del pasillo dejando atrás mi habitación estaba el baño. No fui capaz de localizar los interruptores e iba a ciegas. Se escuchaban, deformadas contra las gruesas paredes, las voces y risas del salón. El aire hacía rechinar una puerta mal cerrada en el piso de arriba. Olía al humo del fuego, las velas y el tabaco por toda la casa. Me lavé la cara para ver si me despejaba un poco porque la noche de los Santos me estaba cayendo como un tiro. Al volverme el corazón me saltó del pecho. No había oído a nadie venir detrás de mí, pero ahí estaba ella. Sujetando una vela en medio de la oscuridad del pasillo. Vestida con un hábito blanco y el pelo suelto. Más que una monja parecía ser la representación de un ánima, con un camisón liviano que se movía sutilmente sobre sus pies descalzos sobre la alfombra. Mabel, vas a helarte, me acerqué. Sus ojos, tal vez por efecto de la vela tenían un verde brillante que no recordaba. Para eso estás tú, para darme calor. También su voz sonó completamente distinta, parecía otra mujer. Sonrió. Sonreí. Sopló la vela y la dejó sobre la cómoda. Sus labios cálidos contrastaban con el frío de los míos.

El calor se empezaba a extender desde mi boca al resto de mi cuerpo de una manera extraña. Recorrí su cuerpo, apenas cubierto, con manos exploradoras. La excitación aumentó mis latidos tan rápidamente que paré mis caricias con brusquedad. Sentí la mente embotada. En mi recuerdo todo parece irreal. Se acercó a mi sensual, marcando con sus pezones endurecidos un sendero sobre mi camisa y mordió mi cuello con fuerza, susurrando junto a mi oreja sabes a vino tinto. Un calor ardiente se anudó a mi cintura. Allí mismo la alcé sujetándola contra la pared. Besándonos profundamente enlazó sus piernas en torno a mis caderas. Mis dedos recorrieron sus nalgas, estaba completamente desnuda bajo la túnica. Una de sus manos me desabrochó el pantalón y comenzó a acariciarme. La sangre me ardía casi incapaz de organizar un pensamiento coherente. De nuevo rechinó una puerta y me volví instintivamente. Solo descubrí el pasillo vacío lleno de sombras. El ruido de la gente en el piso inferior consiguió devolverme un momento la lucidez. Entré en la habitación, cerré con el pie y me tumbé sobre la cama sin soltar mi placentera carga. Con movimientos precisos me liberó y me introdujo en su interior. Hipnotizado, contemplé sus movimientos certeros. No se detuvo hasta que temblorosa cayó sobre mi pecho. Después nos quitamos la ropa y entre las sábanas continuamos nuestra tarea. Fuera la noche empeoraba, el viento arreciaba y la cama gemía al compás nuestro.

Me desperté tiritando con la claridad entrando por la ventana. Completamente solo y con el cuerpo dolorido. En la cocina pregunté a Carlos cuándo se había ido de la fiesta Mabel, pareció desconcertado ¿Mabel? Pero si ayer por la tarde se fue con sus padres al pueblo. Completamente confundido volví a insistir, pero me confirmaron que no estuvo ni en la fiesta ni en Soria desde antes del anochecer. La cuñada de Carlos me tocó la frente, estás ardiendo de fiebre, confirmó.

            Por un rato pensé que todo podía haber sido un sueño y que nada había sucedido la noche anterior pero en el autobús de vuelta Carlos señaló mi cuello ¡Menudo mordisco, Ruso! ¿Qué tipo de paseo diste tu ayer? muerto de risa continuó, ¿pero en medio del monte, hombre, cómo no vas a pillar una gripe?

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Las mellizas y cia.

Comenzaba el otoño con pocas ganas de dejarse notar. Las tardes se alargaban perezosas hasta la madrugada en las terrazas de la pulcra, invadida y familiar La Latina, (porque no todo va a ser Malasaña, Chueca o Lavapiés) con el gentío propio de un pueblo que saca a la calle los bares a poco que tenga ocasión. Y allí estaba yo. Acodado en una ventana en el bar de abajo, que es como mi segunda casa, con un botellín en la mano y un teléfono en la otra.

Las mellizas habían llamado la noche antes avisando de que iban a venir, para que estuviera localizable y no perdiera el teléfono durante unas horas. ¡Como si fuera mi nuevo hobby comprar un nuevo aparato cada trimestre! de un despiste o dos hacen un chiste estas crías, joder. Así que llevaba todo el día con ese trasto al alcance de mis ojos (aunque hay gente que creo que lo lleva tatuado en la mano) y estaba empezando a estar harto de ellas antes de que llegasen. Porque son un auténtico dolor de cabeza y las conozco, lógicamente desde que nacieron.

Vienen “a conquistar la ciudad” tal como dijo Elena. Bueno, técnicamente a buscar piso, comenzar los estudios y posteriormente conquistar lo conquistable. Con su edad aún es posible. No hablo de conquistar sino de albergar ese sentimiento de poder inabarcable.
Elena va a estudiar periodismo por mucho que he tratado de hacerla cambiar de idea. “¡Pero si yo no quiero ser como tú, Ruso!” fue la frase lapidaria que terminó con nuestra discusión. Y es que en ningún momento había pensado que yo fuera ejemplo ni espejo en el que se mirara, ¡ni de casualidad vaya! Pero la rotundidad de su frase me dejó un regusto amargo que tardé un buen rato en digerir. No he vuelto a dar mi opinión sobre su elección, aunque siga pensando lo mismo.

Esther tiene claro que lo suyo es la filosofía, y nadie en la familia lo hemos dudado ni un momento. Reflexiva, analítica y certera, así es ella. Que las salidas profesionales del grado elegido se reduzcan prácticamente a la enseñanza no parece preocuparle lo más mínimo. Y como damos por hecho que ya ha calculado a lo que querrá dedicar sus días tampoco hemos insistido con ella.

Rápida de reflejos, como siempre, Sonia me cambio el botellín vacío justo tras dar el último trago. Me miró con esa sonrisa suya de “te conozco más que nadie, no me la das con queso” y me hizo un gesto con la barbilla. Son años de cuidarme, observarme y acompañar mis neuras. Nuestra amistad comenzó desde que Raquel me hizo el favor de dejarme y me mudé al estudio que ahora ocupo. “Ahora vuelvo y me lo cuentas” dijo mientras desaparecía entre la gente bandeja en ristre. Luego, frente a sus ojos escrutadores tuve que soltar lo que me tenía agobiado. Porque a Sonia no se le puede mentir sin que te suelte una mirada de pena y un “Ya. Claro”. Las pocas veces que lo he hecho me ha tenido a dieta de sonrisas y tapas varios días. Y teniendo en cuenta que mi alimentación casi se reduce a lo que surge de su bandeja es bastante malo para mi salud.

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Al cabo de tres botellines aparecieron mis hermanas volviendo la esquina precedidas de sus risas, cargadas con maletas y bolsones. “¡Ruso, echa una mano!”. Me gritó Esther, tendiéndome una bolsa casi del tamaño de ella. Mientras Elena se colgaba de mi cuello para besarme y yo obediente cargaba cuantas bolsas podía. Por detrás descubrí a la muchacha que venía con ellas con una trolley rosa chicle. Algo en su forma de afilar la mirada me hizo ponerme en lo peor. Y cuando me la presentaron pude confirmarlo, esta chica me iba a dar dolores de cabeza. Se agarró de mi hombro y me inclinó hasta su altura, en lo que parecía un remedo de reverencia y me dio los dos besos de presentación más lentos y sonoros que me han dado en la vida. Menuda y pequeña, de un rubio poco natural y con poderosa delantera se movía como si fuera la reina del neón sobre unos tacones de vértigo.

Sí, efectivamente, la amiga venía con mis hermanas. Venía quiere decir que se quedaba también en mi casa mientras ellas se dedicaban a la búsqueda del piso que iban a compartir. Sonia se reía ante mi cara de susto. Estoy seguro de que la muy cabrita sabía la tesitura en la que la amiga me iba a poner.

“Esther, las tres no podéis quedaros en casa”, empezaba ya a desesperarme intentando que entendieran que no habría sitio ni para las maletas. “No entiendo por qué, Ruso” y volvían con la cantinela esa de donde caben dos caben tres, o cuatro… Ellas iban a dormir en mi cama y yo en el sofá del salón. Allí dejé los bultos que cargaba, suspirando. Iba a tener que conseguir algo para que una durmiera en el suelo porque tres cuerpos en mi cama, si no están sobrepuestos, no entran. De eso estaba seguro.

“Trae algo de cenar” me gritaron mientras el caos absoluto se apoderaba de los 50 metros a los que llamo casa. Al verme en mitad de la acera teléfono en mano, pasando los dedos por el pelo una y otra vez, Sonia se acercó a preguntarme. “El colchón hinchable de Luis pasó a mejor vida” expliqué. “Si esperas a que cerremos te dejo el colchoncito del sofá cama” me dijo dando ánimos.
Aquel sofá cama barato del Ikea conocía perfectamente la separación entre mis costillas. Lo estrenamos y lo customizamos juntos cuando la compañera de piso de Sonia aún tenía nombre de mujer. He conocido tres fundas distintas, a juego siempre con el tono de piel de mi amiga y coincidiendo sus adquisiciones con la remodelación de su hábitat posruptura. Sonia dice que sus amigas cambian de color de pelo, pero que a ella le gusta mucho tal y como lo tiene y prefiere cambiar de funda o de edredón.

Asilo en su casa es lo que yo quería en esos momentos. Aunque no nos moviéramos del sofá cama en dos días. Ella es de las pocas que comprende que los hombres llevamos un gen que nos pide continuamente tratar de reproducirnos y no se toma a mal que lo intente una y otra vez. Creo que incluso se enfadaría conmigo un día si no trato de desnudarla al primer resquicio. “Qué poco te gusta que invadan tu mundo” contestó, haciendo referencia a las pocas veces que he dejado que durmiera en casa conmigo. “No es invadir, Sonia, es arrasar” contesté pesaroso, mientras veía como ella cargaba con todos los vasos de una de las mesas y se marchaba riendo.

Los fideos chinos de la cena casi ni me pasan de la garganta viendo como sacaban a manos llenas CD’s de la estantería que cubre toda la pared y los apilaban a sus pies, en montones desordenados y sin sentido. Sentadas en el suelo, reían, hacían planes, e ignoraban mi ceño fruncido con una soltura profesional.

Llegué cargando con el colchón y lo acoplamos en el suelo junto a la cama. El salón parecía terreno minado. Dos maletas abiertas en las que habían rebuscado la ropa para dormir. Conté cinco pares de sandalias antes de desplomarme en el sofá, y desde allí vi otras dos bajo la silla del escritorio. Secadores, pinzas y planchas para el pelo, y botes que ni sé de que serían. Salió de la ducha la amiga con una toalla enroscada. Se paró un momento a mirarme, tirado como estaba y os puedo jurar que vi como relucía el ojo izquierdo. Esta niña nació loba, ya desde la cuna lo era. Me la podía imaginar enseñando las encías al médico el día que su madre la parió.

Pasé al baño y allí de frente me topé con el sujetador de encaje rosa y negro colgando del toallero. Colocado como en un expositor, por si a simple vista no había captado el calibre que portaba la muchacha. “Inmoderadamente descarada. Descaradamente joven.” pensé. En el sofá no había quién durmiera, tampoco es que yo tuviera el sueño fácil. Volví los ojos a las pilas de ropa y CD’s. y tracé un camino hasta el escritorio y el ordenador.

Estaba tratando de recordar mis primeros días en la universidad, pensando si serán para las mellizas lo mismo que fueron para mí. Reconozco que era un niño. Prácticamente desconocedor de todo. Y sin embargo yo miro a mis hermanas y las veo mucho más preparadas para la vida de lo que me sentía yo. Será eso que dicen de que los tiempos cambian o que verdaderamente las mujeres maduran antes… Algunas, claro.

La búsqueda de piso parecía que no iba tan bien como pensaban. “Barrios muy chungos, Ruso”, “Oscuro como la boca del lobo”, “¡Y el de las taquillas en vez de armarios! Sólo faltaban las literas para parecer un cuartel”. Llevaba dos días invadido, escribiendo con el portátil en un bar, y con la espalda como un siete. Tratando de esquivar el descarado sobeteo de la pequeña rubia. Que incluso se me coló en el baño justo antes de entrar en la ducha y ni sé cómo, porque el pestillo lo eché. “Tus hermanas han ido a por la cena, ¿necesitas algo antes de que vuelvan?” me dio un escalofrío porque os juro que su voz sonó como Sarita Montiel. Fui cuidadoso mandando a la cría a paseo, pero noté en sus ojos un mosqueo digno de temer.

Afrontaba mi tercera noche en el sofá. Después de dar un par de vueltas encontré una extraña posición, boca abajo con las piernas sobre la silla. No sé si sería el cansancio pero por un rato quedé dormido. Sentí una mano en mi pierna y empezaba a volverme  bajando las piernas de la silla cuando un sonoro azote en el culo me dejó paralizado. “¡Bernardito! Gordo, vamos de paseo” soltó la loca de la rubia tirando del cuello de mi camiseta. El pasmo y lo absurdo de la situación me dejaron allí, de rodillas con el cuerpo sobre el sofá y una rubia de metro y medio ahogándome. “Vamos, Bernardito” volvió a decir soltándome otra sonora palmada. “¡¡La madre que la parió!!” grité poniéndome en pie justo cuando aparecían mis hermanas, porque había visto claramente como sujetaba una sonrisa. “Ruso, que es sonámbula. Te ha confundido con su perro” trataba de apaciguarme Esther, mientras Elena lloraba de risa sujetándose en la pared. “Vas a tener que afeitarte, te confunden con un chucho, jajajajaja”.
Sí, me habían llamado perro antes, aunque no en referencia a un San Bernardo de 90 kilos. Sí, también me habían dado algún azote pero en otro contexto que ya imaginaréis. No como esta niña, que se iba a ir de rositas con la excusa de ser sonámbula. Pero ya estaba bien. Quiero mucho a mis hermanas pero a pequeños sorbos, y a estas alturas tenía sobredosis.

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Estuve llamando a cuanta gente conocía. A ver quién tenía un primo, un amigo, un vecino, a punto de mudarse. En plan oficinista total y dejando de lado hasta cosas del curro. De algo tendrá que servir tener la agenda a más no poder. Al final a media tarde tenían dos pisos para elegir, un billete para volver a Albacete.

El caso es que su amiga al final se quedó estudiando en Albacete y no la he vuelto a ver  desde entonces. Pero no se fue del todo de mi casa, a los dos días en un cajón me encontré un tanga con un lazo y una nota: “Un besito, Bernardito”.

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Maneras de Vivir por Ruso

¿Quién soy?

Estudié  periodismo en la Complutense. Hasta hace unos años fui un becario más. Ahora tengo la fortuna de estar fijo en el suplemento cultural de un periódico  de tirada nacional y de tener varias columnas de música en periódicos on-line.

Soy Ruso. Nadie me llama de otra forma, ni mi propia familia utiliza el nombre que aparece en mi D.N.I. Cada uno que me conoce da una explicación del porqué de este nombre.

Unos dicen  que me llamaban así en la facultad por ser de Albacete. Por esos mismos años, en los que aún andaba reñido con el ejercicio, alguien sacó parecido a mis pelos y mi barba con los de un cantante griego cuyo  apellido  se pronuncia  de  manera similar a mi mote. Otros  cuentan que es por lo impronunciable de mi castellano  a ciertas  horas de  la madrugada  tras  haber humedecido  el gaznate incansablemente. O porque en alguna borrachera me decidí a cantar Triki, triki, triiiiki, triiiki, triki, Mon Amour… con los brazos en alto.

Son incontables los orígenes de mi mote.

Como  incontables  son las noches en vela, los cuadernos  escritos, las risas con los amigos, los amores repartidos y las maneras de vivir.

NOITE DA QUEIMA

Se acerca la noche de San Juan y no puedo evitar recordar  mi primer baño de las nueve olas. Me viene a la mente la imagen de los ojos de la meiga que me enseñó el rito, con el fuego reflejándose en ellos.

Volvía de correr temprano por el recién inaugurado salón de pinos, sudando como si el estío recién estrenado quisiera hacernos olvidar la primavera de golpe. Había adoptado  ese itinerario por una pelirroja “razón” y trataba de averiguar sus rutinas horarias, porque las de indumentaria deportiva  empezaba a sabérmelas de memoria. En el portal de mi casa Luis insistía con el telefonillo. ¿Ruso, dónde te metes? Fue su saludo al verme. Respondí con un gesto vago, alzando cejas y hombros, mientras trataba de recuperar el aliento. Te llamé anoche y llevo toda la  mañana tratando  de localizarte. Cómo  no iba a localizarme  si este era ya el segundo teléfono que perdía en lo que iba de año, y sin conseguir nada más de la chica de la tienda que un ¡No lo pierdas esta vez!. Simpática. Demasiado. Con  una simpatía algo forzada que parecía producto  de una imposición más que una reacción a mi presencia. A lo que iba, Luis tenía planes (para él y en los que se me incluía a mí como de costumbre) de los que parecía ser que ya me había hablado en el concierto  que dieron un mes antes.

Me recorrió  un escalofrío. Yo conocía esa expresión  en la cara de  mi amigo. Es  más o menos así; abre sus ojillos de manera que los parpados no tocan el iris, sonríe con un sutil “quiero y no puedo” en plan mona Lisa (salvando las distancias, claro, porque no hay misterio en lo que hace sonreír  así a este hombre: siempre tiene nombre de  mujer…) y las orejas se le despegan unos milímetros de la cabeza. Lo juro. No he llevado encima nunca un metro cuando ha ocurrido, pero cuando alguien lleva el rapado de mi amigo y sus pabellones auditivos tienen las proporciones  que tienen los suyos… esas cosas se notan.

Y así terminé conduciendo  seis horas hasta tierras  gallegas, con mi amigo y sus compañeros, porque  sabía que  cuando  las  orejas  de  Luis  despegan el fin de  semana será memorable.

Estaban en el cartel de un festival en Pontevedra, tocaron varios grupos durante toda la tarde y parte de la noche. Algunos locales fueron una sorpresa, mal está por mi parte que lo diga y anoté sus nombres para seguir un poco su pista. Más de una vez me han salvado a última hora estás notas y algún artículo pasable podría salir de allí el día de mañana.

Los minis pasaban de mano en mano mientras oscurecía y el colegueo aumentaba. Público heterogéneo frente al escenario y niñas de risa fácil entre los músicos. Luis no perdía el paso, ni quitaba los ojos, de una morena menuda que mantenía una sonrisa permanente en su boca. Un flequillo recto sobre unos ojos azules muy claros y muy redondos. Ruso, es tierra de meigas.

¡Déjate hechizar!, me soltó un Luis pletórico del brazo de su Cleopatra al ver que mantenía la verticalidad perfecta, el ceño marcado y la cadera contra una pila de bafles.

Y es que yo me estaba esperando  algo del estilo  a la última escapada  que me organizó Luis, cuando  apareció  ante mí colgado  del  brazo  de  dos  alemanas de  metro  ochenta . Cómo consiguió ligárselas es un misterio. Ellas  de español solo sabían olé, paella y Macarena. Y él de inglés casi lo mismo que de alemán. ¡Este es Ruso, veréis que bien lo pasamos! Gritaba, y ellas riendo todo  el tiempo repetían algo así “ic furs teiu das nik” que di por hecho sería algo como “qué dice  este tío”. Terminamos  en la sierra, con varias litronas vacías y dos  alemanas coloradas enrollándose en la parte trasera de mi coche y él y yo mirándonos con cara de tontos.

Mientras el cantante de uno de los grupos me hacía partícipe de todo  el conocimiento musical que poseía en un intento por camelarme para que escribiese  de su grupo y de él, acabé perdiendo  de vista a Luis. No pasaba nada, sabía que estaría bien acompañado y justo dónde quería estar desde antes de salir de Madrid. Imaginé que daría señales de vida cuando el sol calentase un poco a media mañana y dejé pasar las horas con mi habitual despreocupación.

Dejamos bajar unas Estrellas  en Barbol, un pequeño bar de tapas con unas camareras muy majas. Un buen surtido de tapas abundantes y con la consumición: callos, croquetas, calamares y el consabido pinchito de tortilla alargaron el mediodía. Luis y la morena no se quitaban las manos de encima. Cuando ya estábamos en los coches, dispuestos  para la vuelta, Luis me puso una mano en el brazo diciendo Oye, vamos a Coruña, Ruso, a las hogueras. Le miré un segundo, desde unos pasos de distancia Cleopatra  esperaba la respuesta. Tres  son multitud  pensé, malditas las ganas que tengo. He  quedado  con mi primo, nos esperan. Versos  de Quevedo me vinieron a la mente mientras asentía;

“Amor me ocupa el seso y los sentidos,

absorto estoy en éxtasis amoroso,

no me concede tregua ni reposo

esta guerra civil de los nacidos…”

Nos encontramos con el primo junto a la estatua del gigante Breogán, a los pies de la Torre de Hércules y fuimos en busca del resto hacía la plaza de María Pita. No sé como llegué, y mucho menos como aparqué en el paseo, ya que según caía la tarde  la ciudad
bullía de gente, copando calles  y plazas. Formábamos  un grupo  ecléctico. Los amigos del  primo, amables y generosos, adoptaban a todo aquel que se les unía, que por los acentos
eramos más de uno, sin preguntas y con complacencia.

Desde  la fachada del Palacio Municipal las cuatro Gracias vigilaban el gentío y las dos matronas en lo alto sujetaban el escudo de la ciudad. Según una leyenda, Hércules se enfrentó al mítico rey de Brigantium, lo derrotó  y posteriormente le cortó la cabeza. Enterró sus restos y construyó  sobre ellos un gran faro para ayudar  a los navegantes a surcar  las peligrosas  costas gallegas. Me recuerda  a una bandera pirata, me parece la leche tener como escudo de la ciudad dos tibias y una calavera.

La noche se desperezaba  con alma de  fiesta y las parrillas prendían en cada recodo llenado el aire con olor a sardina, como dice el refrán popular Por San Xoán a sardiña molla o pan.

Mi mente voló, sin que yo hiciese mucho por evitarlo, a una noche de agosto en una playa de Mijas, poco tiempo después de terminar la carrera. Con los espetos en el fuego y nosotros sentados en la arena. Raquel con su larga melena rizada me dejaba besar su boca con sabor a mar. Es increíble como ciertos olores consiguen evocar con tal nitidez los recuerdos, y me pregunté si ella recordaría  esa noche de igual manera que lo hacía yo. Seguro que tenía razón cuando me dejó diciendo  que lo hacía por mi, que yo era un lobo con piel de cordero  y que me gustaba más cazar una presa que tener la certeza  de una despensa llena. Tampoco  sé si es cierto  o no. Aún estoy intentando entenderlo. Me gusta más la versión de mi hermana de que soy un romántico solitario.

Deambulamos por la Ciudad  Vieja, aún cerca de la plaza de María Pita, hasta un parque. Junto a los ábsides de una pequeña iglesia románica nos esperaban dos amigos más, con palés y maderas traídos de todas partes, bolsas con bebidas y neveras con hielos. De allí nos marchamos a la playa.

En el aire cabalgaban las notas de una lejana verbena y a ratos se podían oír charangas, bandas de cornetas  y tambores y de gaitas. Miles de personas abarrotaban el Paseo Marítimo, entre las playas de Riazor y Orzán. En el arco de la ensenada del Orzán, cientos de pequeñas pilas de cartón y madera aguardaban para la noche mágica, de ritos y cultos ancestrales, pues por mucho que lleve desde hace siglos el nombre de un santo católico, el fuego y la fiesta tienen claros tintes paganos.

Parecían tener claro la zona de la playa que era la suya, delimitada por cintas en parcelas y alejados de la gran Hoguera. Acomodaron cajones y maderos, y ya perdí la cuenta de los que éramos en grupo  cuando  rebasamos la veintena. El ambiente cálido de principio de verano no hacía necesario usar chaquetas y aún había claridad  en el cielo.

Sería  cerca  de  la medianoche  y sentí una extraña emoción. Llegó a la playa la vistosa comitiva del fuego de San  Juan y comenzaron  a alzarse las llamas. Me quedé mirando el mar cuando el cielo se iluminó de fuegos multicolor y empezaron a arder con fuerza las hogueras. Era la hora bruja y el ambiente parecía crepitar como las llamas, lleno de energía.

El primo de Luis se acercó  a mi dándome  una palmada en la espalda, a noite de san Xoán, pasaralo ben, e o día seguinte mal, me dijo y con un guiño me tendió una cerveza. Yo  lo  estaba  pasando  realmente  bien  sólo  que  a veces  me gusta  quedarme  apartado sintiendo el momento. Pero no es porque no disfrute, todo lo contrario, la magia de la noche se podía sentir, la fuerza de una costumbre  tan ancestral como la humanidad misma. Y la luz de las hogueras se proyectaba en el cielo y en el mar, con un color casi fantasmal.

Volví al grupo junto a la hoguera. Al otro lado de las llamas descubrí unos ojos fijos en los míos. Por  un segundo quedaron  ocultos  por el fuego y sentí un chispazo en la nuca. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaban esos ojos? ¿Habían sido todo imaginaciones mías? No. No porque sus ojos seguían fijos en mí mientras me acercaba a ella, que parecía haber decidido   por ambos en algún momento de la noche.

Media melena por encima de los hombros, unos enormes ojos hazel que parecían camuflarse con  las llamas. Llevaba un vestido  corto  de  algodón azul marino y  una chaqueta vaquera con las mangas dobladas. ¿Eres una meiga? Pregunté exhibiendo una carencia total de ingenio e imaginación. Con mi brazo como punto de apoyo se deshizo de las sandalias que llevaba. Unas  veces más, otras menos. Vamos, descálzate, hay que darse el baño de las nueve olas.

Me descalcé  mientras ella dejaba la cazadora  y la bandolera sobre las sandalias. Con las manos sobre mi pecho se alzó en puntillas y susurró: “Si no piensas quitarte la ropa, al menos deja el móvil aquí”. La risa bailaba en sus ojos sin rastro de maquillaje. No pude contenerme y, mientras acariciaba su mejilla, la besé.

Cuando  me preguntó mi nombre me planteé por un momento qué versión del origen de mi mote  debería  utilizar. Explicar   que  mis  hermanas, que  posiblemente  fueran de  su edad, me bautizaron  como Ruro  cuando  comenzaron a balbucear  no era una opción. Pero  ella, Uxía, sólo sonrió y tras escuchar mi nombre, dijo: “Muy apropiado”.

Me parecía tan joven que me daba miedo calcular su edad. Solo con pensar en las mellizas se me anudaban las tripas. Mi cabeza no paraba de dar vueltas, porque meiga o no, cuando uno sobrepasa la treintena dejarse hechizar por ciertos duendecillos  puede traer consecuencias. Aún así vacié lo que llevaba en los bolsillos sobre su bolso, y quitándome la camiseta lo cubrí todo. Tal y como me encontraba, descalzo y en vaqueros, me dejé llevar al mar para cumplir de su mano el rito purificante.

Tenía la voz dulce como la cantante a la que debía el nombre. Parecía tener tan claro todo, que ni pedía ni preguntaba. Tomaba las cosas sin más, con esa pasmosa seguridad  que da el tener claro  lo que se quiere. Y aquella noche Uxía  me quería a mí. Estudiaba   cuarto  del  grado  en Publicidad  y Relaciones Públicas en la Universidad de Vigo, por lo que pasaba de los veintiuno. Hablaba de todo pero sin hablar de nadie, reía con cada poro de su piel y se mordía el labio al final de un beso largo. A su lado, con esa simple alegría de vivir que destilaba, la huella de las noches de insomnio y humo que el tiempo ha dejado en mis ojos se intensificaba. Pero no parecía que le importaran mis arrugas, ni su procedencia.

Hablando  junto al fuego dejamos secar nuestras ropas. Sus amigos se dedicaban  a beber y fumar. Algunos decidieron  saltar por encima de la hoguera, en otro de los ritos acostumbrados:

Salto por enriba

do lume de San Xoán

pra que non me trabe

nin cobra nin can.

Al igual que mi amigo Luis y su compañera la noche antes, buscamos la forma de perdernos unas horas antes del amanecer. Había conversaciones  y exploraciones  que con naturalidad  no se podían realizar en la abarrotada playa.

Mi pequeña meiga poseía una sabiduría ancestral y amaba haciéndote sentir el único hombre del mundo. Pensé que sin duda había sido la noche más corta del año cuando el sol nos pilló abrazados en el monte de San Pedro. Después de aquello no hubo email’s, ni números por medio, ni promesas de volverse a verse, sólo el placer mutuo de habernos conocido. Sin más.

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